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Extremadura: su historia en tres ciudades
Escribe: Merlinna
Desde sus inicios como la Hispania romana, pasando por su etapa árabe y el desarrollo en el renacimiento con las riquezas sustraídas de la conquista de América, aquí podrás descubrir las maravillas que guarda esta región española conociendo la historia de tres de sus principales ciudades: Trujillo, Mérida y Cáceres, en un itinerario histórico para disfrutar.
Mérida
Mérida, España — jueves, 4 de marzo de 2010
En el centro de España, la ciudad de Mérida ha preservado las ruinas monumentales de Emérita Augusta, la colonia romana fundada en el año 25 a.C. que llegó a ser una de las más importantes del imperio. El excelente nivel de conservación del Teatro, el Coliseo, el Foro y el Circo, así como de varios templos, calzadas de piedra, puentes y embalses, hacen posible retrotraerse en el tiempo para sentir el peso y paso de la historia.
En el año 25 a.C., por orden del emperador Octavio Augusto, se establecieron dos legiones romanas en un punto central de la península ibérica, lo cual originó la fundación de Emérita Augusta. Al poco tiempo, la ciudad fue declarada capital de la provincia Lusitania y llegó a ser una de las más importantes del imperio. Por allí pasaba la famosa Vía del Plata, una gran calzada que unió durante siglos el Atlántico con el Adriático. Emérita Augusta fue un baluarte del imperio hasta el siglo V y como toda ciudad romana tenía su teatro y anfiteatro, un circo y un foro, un acueducto, varios templos, una muralla que la encerraba y hasta un embalse. En la actual ciudad de Mérida, los restos romanos han aflorado como en pocos lugares del continente gracias al trabajo de los arqueólogos. Y no sería exagerado decir que, por momentos, la vieja Emérita Augusta se asemeja a la mismísima Pompeya, pero en mucho menor escala.
Voces del pasado
El monumento emblemático de Mérida es el Teatro Romano, con capacidad para 6 mil personas. Según el plano urbanístico, el teatro se hallaba en uno de los extremos del recinto amurallado de la ciudad. Su patrocinador fue el cónsul Marco Agripa, yerno de Octavio Augusto, y fue inaugurado entre los años 16 y 15 a.C. Más de veinte siglos después, los actores volvieron a ocupar el escenario: desde 1933, se realiza allí todos los años un Festival de Teatro Clásico.
El enorme graderío semicircular fue construido aprovechando la ladera de un cerro. Perfectamente conservado, se pueden ver los tres sectores separados por unos pequeños muros que dividían a las clases sociales: la parte inferior es el “ima cavea”; luego, el “medio”, y en los altos la “summa cavea”, con cinco filas de asientos. La “orchestra” es una medialuna central ubicada frente al escenario, donde se situaba el coro de las tragedias griegas. Pero la parte más espectacular es el “fron scaenae”, que sería en realidad el fondo de la escena, a espaldas de los actores, con dos pisos de columnas corintias y un gran muro revestido con mármol. Entre las columnas hay siete esculturas entre las que sobresalen Plutón, Proserpina y Ceres, y otras estatuas con togas y corazas que se cree serían imágenes de los emperadores.
En las ciudades romanas, los teatros se erigían por razones políticas, y el arte teatral en realidad era un medio de propaganda para consolidar la autoridad y el prestigio del imperio. Pero los gustos populares estaban claramente orientados hacia espectáculos como el circo y la lucha de gladiadores. Con la inauguración del anfiteatro en el año 8 a.C., se completó el proyecto de dotar a la colonia romana de un gran área pública para espectáculos, acorde con su categoría política. Ubicado cerca del teatro, este verdadero coliseo con capacidad para 14 mil espectadores era el escenario de jornadas apoteóticas que comenzaban por la mañana, cuando se enfrentaban numerosos elefantes, rinocerontes, tigres, leones e hipopótamos, enfurecidos a fuerza de flechazos. La tarde era el momento de los gladiadores, reclutados entre esclavos y prisioneros de guerra. Cada evento derivaba en una verdadera orgía de sangre, cuyas salpicaduras a veces caían sobre las primeras filas. De todo aquello, sólo han quedado las piedras y hoy impera el silencio en los oscuros recintos donde estaban encerrados los gladiadores y las bestias.
El otro espectáculo popular de los tiempos imperiales eran las carreras de carros tirados por caballos que se realizaban en el circo. El de Emérita Augusta –ubicado extramuros debido a sus vastas proporciones– fue uno de los mayores de todo el imperio, con una planta de 440 metros de largo por 115 de ancho, y capacidad para 30 mil espectadores. En este caso, la restauración ha sido más modesta, limitándose a la pista de carreras, sin las gradas. Generalmente, estas carreras las financiaba algún personaje de las clases dirigentes con fines electorales. El conductor de carros más célebre de Roma fue un lusitano llamado Cayo Apuleyo Diocles, y es de suponer que haya comenzado su exitosa trayectoria en el circo de Emérita Augusta. Con la adopción del cristianismo como religión oficial del imperio en el siglo V, estos espectáculos fueron decayendo, al igual que los combates de gladiadores.
Más allá de las ruinas, al recorrer la actual Mérida descubrimos en diez puntos distintos de la ciudad fragmentos de las calles de Emérita Augusta, que estaban pavimentadas con losas de diorita procedentes de una cantera cercana. Así, siguiendo el hilo de sus desperdigadas piezas se puede ir armando el gran mosaico de los distintos ámbitos en que se desarrollaba la vida en esta capital provincial de la Hispania Romana. Aunque los restos de Emérita Augusta no se pueden comparar con Pompeya –donde el puzzle está completo–, los fragmentos sueltos permiten imaginar el rompecabezas terminado, sin llegar a verlo. Acaso éste sea, precisamente, el secreto de su velado encanto.
En el año 25 a.C., por orden del emperador Octavio Augusto, se establecieron dos legiones romanas en un punto central de la península ibérica, lo cual originó la fundación de Emérita Augusta. Al poco tiempo, la ciudad fue declarada capital de la provincia Lusitania y llegó a ser una de las más importantes del imperio. Por allí pasaba la famosa Vía del Plata, una gran calzada que unió durante siglos el Atlántico con el Adriático. Emérita Augusta fue un baluarte del imperio hasta el siglo V y como toda ciudad romana tenía su teatro y anfiteatro, un circo y un foro, un acueducto, varios templos, una muralla que la encerraba y hasta un embalse. En la actual ciudad de Mérida, los restos romanos han aflorado como en pocos lugares del continente gracias al trabajo de los arqueólogos. Y no sería exagerado decir que, por momentos, la vieja Emérita Augusta se asemeja a la mismísima Pompeya, pero en mucho menor escala.
Voces del pasado
El monumento emblemático de Mérida es el Teatro Romano, con capacidad para 6 mil personas. Según el plano urbanístico, el teatro se hallaba en uno de los extremos del recinto amurallado de la ciudad. Su patrocinador fue el cónsul Marco Agripa, yerno de Octavio Augusto, y fue inaugurado entre los años 16 y 15 a.C. Más de veinte siglos después, los actores volvieron a ocupar el escenario: desde 1933, se realiza allí todos los años un Festival de Teatro Clásico.
El enorme graderío semicircular fue construido aprovechando la ladera de un cerro. Perfectamente conservado, se pueden ver los tres sectores separados por unos pequeños muros que dividían a las clases sociales: la parte inferior es el “ima cavea”; luego, el “medio”, y en los altos la “summa cavea”, con cinco filas de asientos. La “orchestra” es una medialuna central ubicada frente al escenario, donde se situaba el coro de las tragedias griegas. Pero la parte más espectacular es el “fron scaenae”, que sería en realidad el fondo de la escena, a espaldas de los actores, con dos pisos de columnas corintias y un gran muro revestido con mármol. Entre las columnas hay siete esculturas entre las que sobresalen Plutón, Proserpina y Ceres, y otras estatuas con togas y corazas que se cree serían imágenes de los emperadores.
En las ciudades romanas, los teatros se erigían por razones políticas, y el arte teatral en realidad era un medio de propaganda para consolidar la autoridad y el prestigio del imperio. Pero los gustos populares estaban claramente orientados hacia espectáculos como el circo y la lucha de gladiadores. Con la inauguración del anfiteatro en el año 8 a.C., se completó el proyecto de dotar a la colonia romana de un gran área pública para espectáculos, acorde con su categoría política. Ubicado cerca del teatro, este verdadero coliseo con capacidad para 14 mil espectadores era el escenario de jornadas apoteóticas que comenzaban por la mañana, cuando se enfrentaban numerosos elefantes, rinocerontes, tigres, leones e hipopótamos, enfurecidos a fuerza de flechazos. La tarde era el momento de los gladiadores, reclutados entre esclavos y prisioneros de guerra. Cada evento derivaba en una verdadera orgía de sangre, cuyas salpicaduras a veces caían sobre las primeras filas. De todo aquello, sólo han quedado las piedras y hoy impera el silencio en los oscuros recintos donde estaban encerrados los gladiadores y las bestias.
El otro espectáculo popular de los tiempos imperiales eran las carreras de carros tirados por caballos que se realizaban en el circo. El de Emérita Augusta –ubicado extramuros debido a sus vastas proporciones– fue uno de los mayores de todo el imperio, con una planta de 440 metros de largo por 115 de ancho, y capacidad para 30 mil espectadores. En este caso, la restauración ha sido más modesta, limitándose a la pista de carreras, sin las gradas. Generalmente, estas carreras las financiaba algún personaje de las clases dirigentes con fines electorales. El conductor de carros más célebre de Roma fue un lusitano llamado Cayo Apuleyo Diocles, y es de suponer que haya comenzado su exitosa trayectoria en el circo de Emérita Augusta. Con la adopción del cristianismo como religión oficial del imperio en el siglo V, estos espectáculos fueron decayendo, al igual que los combates de gladiadores.
Más allá de las ruinas, al recorrer la actual Mérida descubrimos en diez puntos distintos de la ciudad fragmentos de las calles de Emérita Augusta, que estaban pavimentadas con losas de diorita procedentes de una cantera cercana. Así, siguiendo el hilo de sus desperdigadas piezas se puede ir armando el gran mosaico de los distintos ámbitos en que se desarrollaba la vida en esta capital provincial de la Hispania Romana. Aunque los restos de Emérita Augusta no se pueden comparar con Pompeya –donde el puzzle está completo–, los fragmentos sueltos permiten imaginar el rompecabezas terminado, sin llegar a verlo. Acaso éste sea, precisamente, el secreto de su velado encanto.
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