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Matanzas (Cuba): Por ahí se pasa desde La Habana hacia Varadero, y se puede ir.

Escribe: Cosmos99
Notas al paso para reivindicar el lugar que ocupa mi ciudad en la geografía cubana, lastrada por la desleal competencia que le hacen dos monstruos de la categoría de la ciudad de La Habana, y la playa más linda del mundo, Varadero. Sin embargo, para aquel más cercano a la condición de viajero que de turista, le garantizo emociones y sensaciones que otros lugares no podrán ofrecerle.

 

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Capítulo 1
 

Matanzas (Cuba): Por ahí se pasa desde La Habana hacia Varadero, y se puede ir.

Matanzas, Cuba — sábado, 11 de diciembre de 2010

MATANZAS (CUBA): Por ahí se pasa desde La Habana hacia Varadero, y se puede ir.
 
  Este es un Diario de reflexión, pues me pongo a pensar en las dos principales atracciones turísticas de mi país: la ciudad de La Habana, y la playa de Varadero, de las que se habla en el mundo entero y reciben anualmente varios cientos de miles de turistas. Ambos destinos están separados por unos 140 kilómetros solamente, y esa particularidad favorece que el tránsito entre ambos sea continuo, aun cuando los turistas no se detengan durante su traslado, y la publicidad no sea exactamente generosa con mi ciudad.  Me visita un amigo, y le muestro los lugares que me resultan agradables, y llega a la conclusión de que Matanzas, esa ciudad dormida teniendo a su magnífica bahía por almohada,  con sus calles desiertas a partir de las 8 de la noche, con rincones oscuros que a la luz del día se animan hasta la fiebre, tiene encantos que para el viandante ocasional pasan inadvertidos, y me permito recordar ahora lo que dijo el poeta: esta ciudad no es para turistas, sino para viajeros… ¿Cuál será la diferencia? Tal vez sea alguien así como mi amigo, que prefiera compartir la mesa de mi modesto hogar, andar sin prisas, conversar amigablemente, elogiar una comida casera amorosamente elaborada, interesarse por la geografía y la naturaleza y no por el hormigón y el asfalto, y al final lamentarse: “si lo llego a saber, le dedico más tiempo a tu ciudad, y no me hubiera limitado a bordearla siguiendo el rumbo desde La Habana hasta Varadero, como hacen casi todos los taxis y buses, dejándola todo el tiempo a su derecha, como si fuera una zona vedada o existieran valles que prohíben el paso”.

Afortunadamente, ese paso obligado permite admirar los majestuosos puentes sobre los ríos Bacunayagua (viniendo desde La Habana, en ese orden), Yumurí, San Juan y Canímar, éste último ya enrumbando hacia Varadero, y justificar uno de los apelativos de esta urbe fundada en 1693: “la ciudad de los puentes”. Tal vez el acompañante de este sorprendido turista, le narre sobre el origen del nombre, de que unos digan que en el siglo XVI los españoles realizaron una masacre de aborígenes a orillas del río Yucayo, hoy conocido como Yumurí a partir de aquellos hechos: al parecer ya nuestros pobres indios antillanos, comidos por la sífilis y con esperanza de vida de 35 años, habían aprendido algo de castellano, y al caer abatidos por efecto de mandobles, lanzas y espadas, lanzaban su quejumbroso grito de “Yo-morí”; “Yo-murí”; Yu-murí”.

Otros menos trágicos defienden la hipótesis de que sí, hubo matanzas, pero de reses, que una vez sacrificadas y convenientemente saladas, garantizaban el matalotaje de las tripulaciones de las naves que se dirigían más hacia el oeste, en busca de la plata mexicana, o los que ya traían de vuelta los metales preciosos rumbo a la metrópoli, tal vez teniendo como contrapeso para la arriesgada travesía las maderas preciosas cubanas que servirían para la construcción del Escorial, allá en la España de mis amores. Ésta, y otras más, serían la justificación de aquello de “la ciudad de las leyendas”. Pasarían por el teatro Sauto, el de mejor acústica de toda Cuba, donde cantó Caruso, a una velocidad aun mayor por encontrarse en plena autopista no dejarían de reconocer la Universidad de Matanzas, donde trabajo, y se hablaría de “la Atenas de Cuba”, recordando los bardos y escritores que engalanaron su pluma cantando las bellezas naturales que increíblemente aun hoy pueden admirarse.

Aquel que venga desde el mar será recibido por la India Dormida, descansando sobre unas elevaciones en las afuera de la ciudad, y que los geógrafos insisten en llamar el Pan de Matanzas. Ríos, mares, lomas y paisajes: aquí los tienen esperando por ojos curiosos que se deleiten ajenos al mundanal ruido de discotecas y ferias artificiales. También hay pintores, escultores y artesanos exponentes de una obra auténtica y exclusiva… ¿Serán realmente artesanías esas figuras que dada su cantidad y similitud, parecen fabricadas en serie mediante moldes monotemáticos? Allí donde se conjugan las aguas dulces de sus apacibles ríos con las en ocasiones tormentosas de su profunda bahía, es que, pienso yo, se origina el olor característico de la urbe, no sin antes condimentarse con el polvo de las centenarias piedras, los frutos de la tierra y el mar, el sudor de los caballos al trote y algo, por qué no decirlo, producto de la combustión de los dudosos líquidos de los vehículos.

Te desafío, viajero incrédulo, a que me traslades en cuerpo y alma con los ojos vendados, lo mismo a Barcelona, Madrid, Alicante, Luanda o Namibe, y te sorprendas de que soy capaz de identificar a cualquiera de ellas sólo por el olor, ese que puede venir indistintamente del mar o del desierto, o que sencillamente no viene de ninguna parte, está allí mismo cocinándose durante siglos.

 
  Al llegar a Varadero, es verdad: mucho sol, mucha playa, mojitos, cerveza, se pasa bien, no lo niego. Mas, ¿Dónde he dejado a aquel amigo, que me mostró sus libros, que me habló de sus viajes, de sus escritores preferidos, que mantel mediante me mostró fotos y recuerdos, que añora Europa y África por igual, que está en deuda con América y Asia? Y que responde con precisión a la pregunta: ¿Dónde podemos ir en Matanzas?
 
  La confesión queda para el final: no soy matancero. Sin embargo, es el lugar de Cuba donde más tiempo he vivido, aquí han nacido mis hijos, aquí me han amado y he dejado de amar. Pero sigo sintiéndome como un emigrado en mi propio país: aún no me hacen sufrir las derrotas del equipo de béisbol de la ciudad. Y termino con los versos finales del “Canto a Matanzas” de la excelsa poetisa Carilda Oliver Labra: “Ya que te debo la vida // te quiero deber la muerte”.

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Últimos comentarios

Guardaparque1946 dice:
Agradable redacción, estimulante lectura. Luego se busca mas del tema... al borde de la adicción ya.
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babydollspain dice:
Si ya tenía ganas de conocer Matanzas, ahora lo necesito!!
Espero hacerlo pronto.
Saludos.

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