Marrakesh: el misterio de la "Ville Rouge"

Escribe: centaura000
La primera vez que pensé en viajar a Marruecos no debo haber tenido ni diez años. Para entonces aquello se asociaba a las mil y una noches. Los años transcurrieron y el sueño quedó intacto en...

 

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Capítulo 1

Marrakesh: el misterio de la "Ville Rouge"

Marrakech, Marruecos — miércoles, 13 de febrero de 2008

La primera vez que pensé en viajar a Marruecos no debo haber tenido ni diez años. Para entonces aquello se asociaba a las mil y una noches. Los años transcurrieron y el sueño quedó intacto en un rincón de la memoria.

Tan intacto que a pesar de la cara de incertidumbre de muchos y las advertencias veladas de otros acepté entusiasta la idea de mi hija Verónica de combinar un Congreso que tenía en España y mi promesa de visitar a mi amiga Nieves allí, con una estadía breve en Marruecos que me evitara el frío clima de la península en pleno enero.

Primero pensamos en contratar una excursión pero luego mi amiga Jehane me alentó a planificar el viaje por mí misma. Leí otros diarios de viajeros, indagué imágenes y relatos de aquellas remotas tierras y armamos junto con mi hija y las recomendaciones de Jehane el rompecabezas inicial que empezaba en Ezeiza, luego Barajas con destino Marrakech hasta que culminaba nuevamente en Barajas, cuatro días después cuando Nieves me pasara a buscar por el Aeropuerto a mi regreso.

En el ínterin me pasé el mes de enero fantaseando con aquellas tierras, sus desiertos y su indefinible misterio. Hasta que llegó el día tan esperado y esta vez fue otra solícita viajera, Poupeé (Reus) quién me acompaño hasta el último minuto en Ezeiza (Gracias!!!!), cuando la cola de Iberia daba la vuelta y se convertía en una anónima multitud de caras extrañas y pasaportes en mano. Compartí el vuelo con una astróloga maravillosa que me aseguró que tantos Escorpios en mi vida no eran casualidad y que si bien soy Sagitario algo tengo con aquellos feroces e intensos animalillos. Barajas se me presentaba como el primer enigma del viaje con sus estaciones, su trencito, sus trasbordos y esa masa informe de viajeros con cara de hastío y preocupación. Pensé que extrañaría la precisión con que mi compañero encuentra siempre todas las puertas. Pero tenía varias horas y fue fácil localizar el embarque a Marrakech.

Allí saque mi primera foto púes no me lo podía creer...En el avión empecé a sentir que el español no iba a ser suficiente para entenderme con nadie en Marruecos y las instrucciones de a bordo entre el idioma vernáculo y el francés me resultaron un galimatías infernal. Me había aprendido la palabra shucram! (Gracias!) Y era lo único que distinguía en cada comunicación Bien aferrada a mi cinturón, mis ojos se humedecieron de emoción a la vista de las palmeras cercanas a la pista de aterrizaje, que anunciaban la llegada a destino.

La luz mortecina del Aeropuerto, los interminables y confusos trámites no lograron amedrentarme así que gané fácilmente la salida. Allí se suponía que estaba esperándome alguien que me llevaría al Ryad pero aunque recorrí meticulosamente todos los carteles y estaba convencida de la llegada a horario no reconocí el nombre de mi alojamiento y allí me empezó a ganarme la tensión púes estaba anocheciendo y no sabía que hacer. Me acerqué a un señor que sostenía un cartel cuyo nombre era lo más semejante a lo que yo buscaba y acerté con la persona que me esperaba! Nunca hay una sola forma de transcribir los nombres del hermoso alfabeto de ellos al despojado alfabeto nuestro y allí aprendí la lección. Enfilamos por una enorme y moderna Avenida hacia la parte antigua de la ciudad. Al fondo de la misma divisé la famosa torre de la Koutubia que había visto en tantas fotos y comentarios.

Al llegar al final de la animada avenida viró a la izquierda y rodeamos la Medina con su majestuosa muralla luego entramos por una calle y llegamos hasta la puerta cerca de la que se encontraba el Ryad. Y allí me desembarcó mi transporte sin otra explicación que una seña a un cartel que se hallaba en la parte superior del portal y que rezaba Der Zemrane. Le pidió a un chico de alrededor de diez años que me acompañara y empecé mi recorrido por las murallas laberínticas que constituyen esos lugares de la medina donde habita la gente y que se diferencian bien de aquellos otros en donde la agitada y hasta caótica vida social y comercial se desenvuelve entre el bullicio más alborotado que se pueda imaginar.

Acá en cambio, solo me topé con los escasos habitantes que a esa hora poblaban los pasillos, niños muy sonrientes, unos pocos adolescentes hablando a los empujones, bicicletas y hasta burros. Mi guía me insistía que íbamos bien y yo recorriendo detrás de él unas cuantas cuadras tortuosas, escuchando el sobresalto de la ruedas de mi pequeña valija y tratando de no escuchar el tun tun más sobresaltado aún de mi asustado corazón. En la última bocacalle cuando casi no había un resquicio de alumbrado me planté y le dije que no caminaba más Una señora me preguntó que me pasaba y le expliqué a señas. Y ella me devolvió una sonrisa que para mí fue como el maná del cielo, la luz que me alumbró la noche, me alentó a seguirla me señaló una hermosa puerta azul añil y calmó al muchachito que no quería aceptarme el euro que le ofrecí de propina.

En cuanto me abrieron la puerta reconocí el Ryad como cuando las imágenes de Internet se te corporizan frente a los ojos: su decoración sencilla pero elegante, sus colores cálidos y su estilo bien tradicional. Me buscaron mi habitación a duras penas púes el encargado de esa noche solo hablaba francés pero yo tenía una hojita donde mi hija me había impreso primorosamente todos los datos de la reserva La recordé con todo mi amor. Luego buscaron a una chica francesa que se alojaba allí y conocía el español Me tranquilizó hablar con ella, me indicó como guiarme en el exterior y llegar al portal donde me había dejado el taxi para poder comprar algo para comer en unos kioscos que funcionan todo el día y que venden de todo lo que te puedas imaginar. Compre un pan y una gaseosa con euros y me volví a encerrar en mi habitación

Después de tantas agotadoras emociones aquella sencilla habitación con sus detalles primorosos y su abrigada cama me resultaron un oasis .Pero en la madrugada me esperaba una sorpresa. Cuando te alojas en el interior de la medina el silencio de la noche es total. Pero la primera oración te produce un sobresalto indescriptible Aquella voz gutural que te rompe el sueño y te embota el entendimiento, repite la letanía que luego durante el día en la sucesivas oraciones ni siquiera podrás distinguir de corrido porque se la traga el bullicio peremne de esta ciudad. Las noches siguientes, a sabiendas de que me despertaría con aquella arenga religiosa lo acepté sin más.

Era, como tantas cosas que vi, parte de lo que había elegido sin saber, cuando tenía menos de diez años...Me levanté para el desayuno con un ánimo magnífico , un día tan soleado y brillante que consideré como un buen augurio El desayuno estaba exquisito con una miel que delataba el aroma de las rosas que abundan en la ciudad y una manteca rústica y muy blanca que se dejaba domesticar bien sobre los toscos panecillos En uno de los desayunos en el Ryad, la simpática mucama María que hablaba español muy bien me obsequió incluso con unos buñuelos exquisitos. Me fui a caminar y a conquistar la ciudad: los laberintos se resisten a los mapas, a los folletos y a las guías Me gusta prescindir en lo posible de ellos y guiarme por mi afán de ver y tomar referencias, así que enseguida estaba en la calle esquivando motonetas que pasaban graciosamente a cinco centímetros de mi muslo y sólo podía conformarme con escuchar un cordial ¡pardón madame!, tratando de adelantar a los burritos que con sus fardos de leña o sus bolsas cargadas de menta que dejaban poco espacio en las callejuelas , a los taxis , a los colegiales que insistían en jugar a la pelota y a los ciegos que en toda esta batahola apenas se distinguen porque usan un bastón igual que cualquier otro.

Hasta los escupitajos son parte de los constantes intercambios de la vida en las calles. Estas van cobrando una animación mayor a medida que transcurre el día para luego decaer hacia la hora de la siesta y recobrar luego a la noche toda su bulliciosa efervescencia. Es difícil sustraerse a su ritmo el río de gente te lleva y esa primera mañana, llegué caminando a la Koutubia de allí a la famosa plaza Djemma El Fná..donde a esa hora del mediodía te encuentras todo tipo de personajes: saltimbanquis, encantadores de serpientes y fabulosos simuladores de cuentos como uno que ví, actuando con varios escorpiones caminando por el brazo (mi astróloga tiene razón...) y luego hay también gente haciendo su vida, jugadores de naipes, vendedores de artesanías, hacedoras de tatuajes con henna que hacen las delicias de algunas turistas y también algunos puestos donde por muy poco dinero puedes tomarte un rico jugo de naranja o pomelo natural y complementarlo con higos secos o almendras.

Todo exquisito...Mientras paseaba, localicé Argana un café que me había recomendado Jehane y me senté en su terraza a mirar el sol y el gentío y saborear el clásico te de menta .Y aunque luego desistí de este tradicional brebaje porque me caía peor que nuestra yerba mate y me hacía retorcer de dolor al digerirlo, me sentí conmovida cuando vi la clásica vajilla de metal que contiene el té, todo un emblema de la vida social que tanto aprecian los marroquíes. Porque la gente es muy amable y le encanta charlar y aunque no hablan español intentan por todas las formas de acercarse a ti y entablar una comunicación. Sin celulares sin Internet, sin televisión salvo partidos de fútbol que son seguidos con gran atención, lo más interesante es la conversación!!!!! Y el tema más interesante es comprar y vender!! Por eso el regateo es una práctica imprescindible, sin ella la vida sería demás aburrida. Allí justo en el centro de esta emblemática plaza me pasó algo que pintó mi trayecto de otro matiz que yo no había tenido en cuenta cuando planeé el viaje.

Un niño de unos doce años se acercó a venderme unas viboritas articuladas de madera, típico recuerdo de un país desértico que abunda en serpientes. Y ante mi cortés negativa esgrimió una pregunta que me zarandeó de pies a cabeza ¿E votre mari? En lo sucesivo escuché varias veces la pregunta y cuando no era explícita podía verla reflejada en gestos o miradas inquisitivas.. ¿Qué hacía una mujer de mi edad sin marido ni otra compañía que lo reemplace? Como el asunto fue transcurriendo similar en otras ocasiones opté por la consigna bárbara y elemental Mon mari e mort! No sé francés pero me inventé esto que resultó efectivo aunque una sola vez para disuadir a un cargoso me inventé un temible marido cirujano demasiado ocupado en trepanaciones y suturas en un hospital de Buenos Aires y la mentira surtió un efecto inmediato.

Aquel primer día y hasta muy tarde lo dediqué a pasear, siempre rodeando la muralla antigua, metiéndome en sus calles y suspirando por la belleza de sus viejas puertas A la tarde también emprendí la marcha hacia la Gare Rutiere el lugar de donde salen los buses hacia Essauira : quería consultar precios, horarios y evaluar la posibilidad de una escapada a esa ciudad a la orilla del mar, famosa por sus artesanías, su pasado hippie y sus deliciosos pescados.

La dirección que emprendí me llevó hacia el lado contrario de lo que había estado recorriendo durante la mañana, hacia la antigua puerta Bab Doukkala. Al atardecer las calles habían recuperado plenamente su frenesí de tránsito y su animada vida social Los puestitos de comida estaban repletos, las gallinas cacareaban en su jaula esperando un cliente que las llevara al sacrificio y los mostradores de carnes y verduras lucían sus tesoros al sol en medio de un vaho denso y cálido donde se mezclaba también los fuertes tintes del teñido de textiles y de los carpinteros, que trabajan en plena calle, junto con las confituras de almendras y miel. Y los gatos... omnipresentes coqueteando y remoloneando al sol como efigies venidas a menos pero siempre dignos y misteriosos. Todo mezclado, así es esta ciudad.

En el camino a pie, veo que un cordón policial me impide avanzar ...hay un gentío compacto alrededor de algo que sucede en el medio de la calle donde hay muchos vehículos utilitarios estacionados y mucha gente hablando en inglés .Me asomo todo lo que mi escasa altura me lo permite y me entero: están filmando una película. Hay dos gansters apuntándose entre sí y un antiguo vehículo de transporte, rescatado de algún museo, lleno de extras vestidos a la manera árabe tradicional, estacionado en el medio de la escena. Camarógrafos, auxiliares, altavoces por doquier pero muchos más curiosos que pululan con cara sonriente y mirada cómplice a despecho de las cintas rojas que la policía ha puesto para delimitar el lugar e impedir el paso. Trato de seguir adelante aunque la escena me resulta inolvidable.

Llego casi a la puerta donde varias mujeres cocinan unas tortas bien amarillas, que la gente compra y devora ahí mismo. Al atravesar la puerta veo la estación y trato de averiguar lo que necesito por lo que decido destinar mi tercer día al viaje. El segundo día completo en Marrakech lo destiné a recorrer los alrededores de la ciudad tras la muralla. Había atravesado las avenidas al anochecer cuando llegué y ahora quería verlo a plena luz. Ese día caminé horas y horas pues estas avenidas llenas de hoteles, edificios de departamentos y comercios de aspecto occidental son muy extensas. Encontré el único supermecado que ví en Marrakech y entré a comprar especias que son baratas y de mucha calidad. La bolsita de canela contagió mi equipaje con su persistente aroma. Para recorrer, llevaba mi mapa que está vez si me ayudó a orientarme y mi intención era llegar a la Menara una edificación muy famosa, cercana al aeropuerto.

Es un inmenso pabellón de recreo, rodeado por un jardín de olivares. Antaño estaba destinado a los encuentros amorosos de los sultanes de Marrakech. Fue levantado en el año 1870 en la base de un estanque almohade del siglo XII, utilizando un sistema hidráulico que conducía agua desde la cadena de montañas llamada Alto Atlas. Aunque me decepcionó su descuidado aspecto tuve una sorpresa agradable: una exhibición aérea que, desde el cercano aeropuerto, nos regalaba con un espectáculo frenético y atronador las piruetas enloquecidas de unos aviones a chorro un poco viejos, que dejaban unas preciosas estelas rosadas a su paso por nuestras cabezas.

En los olivares extensos de los alrededores la gente descansa, hace improvisadas comidas o va al baño. Hay unos viejos camellos para montar que se aburren bastante por la falta de entusiasmo de los paseantes y por sobretodas las cosas reina una animación muy estimulante que el ruido ensordecedor de los aviones y las piruetas enloquecidas no hacen más que avivar. El camino de regreso al atardecer con las avenidas repletas de rosales en flor como no puede ser de otra manera en "la ville rouge" me trajo un sentimiento de alegría difícil de explicar. Me produce placer lo que es complicado...lo bello tiene para mí que tener cierta rareza, soy muy barroca.

Cuando llegué al Ryad los floreros del hall desbordaban de pimpollos fragantes que invitaban a soñar en noches más cálidas. Hacía frío y la última oración iniciaría el fin de esa jornada por la ciudad. Al amanecer del tercer día me fui a la estación de autobuses a las siete y media de la mañana para tomar el coche de las ocho que llegaba a Essauira a las once. Pero me pasó un percance. Perdí mi orientación!!!!!! la calle tenía un aspecto desolado y yo no encontré la puerta de Bab Doukkala. Erré sin mucha suerte, pregunté sin poder hacerme entender (tendría que haber tomado un taxi....) y volví al hotel a desayunar a las nueve. Pasé por la Kasba que está derruida y me resultaron atractivos los nidos de cigüeñas que coronan las cornisas, le dediqué un recuerdo a nuestro amigo Horni. Como tenía el día libre lo destiné a descansar y a comprar regalitos.

La tarea de regatear es eso para mí, una tarea y realizarla en otro idioma y en otra moneda me agobia un poco, después de algunos intentos no muy exitosos y de toparme con un señor muy iracundo que me quiso retener por el brazo en un local, decidí tomarme menos tiempo y comprar menos recuerdos para no ponerme tensa. Lo mismo el gran zoco es un mundo fascinante que puedes avizorar en cada puerta, en cada arcada y en cada local que te invite a curiosear Lo que me resultó más interesante es que está dividido en sectores hay una parte de cestería, otra de comestibles frescos (hasta gallinas) otras de frutos secos y conservas, otra de cueros y así.

La que me resultó más fascinante es la de los anticuarios donde en distintos canastos uno encuentra de todo: aparejos de camellos, estatuillas antiguas, morteros pequeños y otros utensillos de uso cotidiano, gastados por el tiempo. En fin retazos de mundos perdidos todos mezclados en un mismo conjunto Recordé mucho a Jehane y a mi querida Ana Belén pensé que su compañía sería fantástica! Para almorzar elegí una tajine de carne especiada que estaba deliciosa y conversé animadamente con unas catalanas que veraneaban en los hoteles de las afueras Comprendí que aunque hubiera estado más acompañada, no hubiera conocido Marrakech si me hubiera contratado una excursión como la de ellas, con números artísticos y visitas codificadas.

Espere a que se hiciera el atardecer para recorrer la plaza con sus puestos nocturnos de comida: caracoles en montañas gigantes, cabezas de cordero cocidas y expuestas para picar un bocado, tajines humeantes, una batahola gastronómica amenizada por el ulular de las serpientes en sus cestas, los mendigos en fila salmoneando delante de las pequeñas mezquitas o pidiéndote una limosna con una risita divertida y la conversación, la clave de un bullicio que suena a música. Mi voraz curiosidad se alimentó durante horas. Al día siguiente preparé mis maletas y me fui temprano al Aeropuerto para decirle adiós desde el aire a la Ville Rouge.



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