Al dia siguiente madrugamos para evitar las previsibles aglomeraciones en las tumbas saadies, nuestros primeros inconvenientes fueron evitar a los taxistas acampados a las puertas del hotel y a un transeunte que quería hacernos de guia.
Fuimos rodeando la muralla hasta dar con la puerta de entrada adecuada, por el camino admiramos la mezquita de la Koutoubia, la hermana gemela de la Giralda, desde fuera pues la entrada está prohibida a los no musulmanes.
Las tumbas están en un callejón, un poco escondidas, mejor preguntar. No faltará a quien ya que en seguida te agobian los vendedores de pulseras, brazaletes, colgantes... supuestamente de plata bereber, es alpaca, sin valor. Por un pasillo se llega al mausoleo donde están enterrados 65 saadies. Impresiona la verdad.
Al lado está el palacio el Badi, del que, lamentablemente, solo quedan en pie sus muros de tierra prensada. No aconsejo pagar la entrada pues lo unico que vas a ver son las cigueñas que han colonizado sus muros.
Atravesando la plaza de les Ferblantiers pudimos admirar a los artesanos del latón haciendo faroles y otros objetos. Si vas a comprar algún tipico farol arabe hazlo allí, es mas barato.
Y llegamos al otro palacio, el de la Bahia. Lamentablemente solo se puede visitar una parte pues la otra se ha incorporado al palacio Real, que no se puede visitar. Tiene preciosos y amplios patios de placenteros jardines. Poco mas, tampoco aconsejo pagar la entrada para ver esto.
Al caer la tarde nos dirigimos a la famosa plaza de Djemaa el-Fna, patrimonio de la humanidad, para, desde una terraza tomando un té a la menta, no hay alcohol admirar como se iba llenando de vida. Los malabaristas, cuentacuentos, encantadores de serpientes, musicos...toman posiciones. ¡OJO, si te quedas mucho tiempo mirando o hazes fotos tienes que pagar.
Cenamos allí en uno de las decenas de restaurantes improvisados con el atractivo de ver como cocinan tu comida en los fogones.