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Crónicas Filipinas

Escribe: Gato_perplejo
A primera vista, Filipinas no parece ser uno de los destinos prioritarios que se te pueden ocurrir si quieres visitar el sudeste asiático. Quizá eso es ya un buen motivo para visitar este archipiélago de más de 7000 islas, el segundo más numeroso del mundo.Pero afortunadamente tengo información de primera mano: mis compañeras María y Ángela Yoldi nos han hablado maravillas del país donde vive parte de su familia. Interminables playas, buenos precios, gente amable, fondos marinos espectaculares,.

 

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Manila, 20 horas y a casa

Manila, Filipinas — sábado, 20 de agosto de 2011

Último día del viaje en Filipinas, porque a las seis y cuarto de la tarde saldremos volando del país y llegaremos mañana domingo día 21 a eso de las once de la mañana.
Nos levantamos en el edificio anexo del hostel a las ocho de la mañana, nos ponemos la ropa que hemos dejado preparada fuera de la maleta y nos bajamos a desayunar al hostel. Yo pido unos pancakes (cuando el tonto coge la linde....) con miel y café, y Clara unas tostadas también con miel y té. Nos hemos bajado el portátil por si acaso había vuelto Internet. Clara tiene que mirar si le han concecido el mismo cole y aunque todos los años le sale que sí, hasta que no lo ven en la pantalla no se queda tranquila.
Volvemos a nuestra habitación, cogemos las mochilas y vamos a que nos dejen una taquilla en recepción para guardarlas. Como vamos a volver más tarde de las doce dejamos ya la habitación y ya las recogeremos para marcharnos. Además, reservamos el transporte del hostel al aeropuerto, que sólo cuesta 120 euros haciéndolo aquí.
Los del Hostel también ofrecen un servicio de traslado al Mall of Asia por 140 pesos, bastante barato, pero vamos a ver si somos capaces de llegar por medios filinpinos, es decir, un triciclo, un autobús, o un jeepney.
A 200 metros del hostel hay una pequeña explanada donde paran autobuses y jeepneys que van a todos los rincones de Manila. Sólo se trata de encontrar el que lleve el cartel de MOA (Mall of Asia) y pillarllo al vuelo, porque practicamente no se detienen.
Llegamos, nos ponemos a mirar y entre los nueve o diez autobuses que hay moviéndose constantemente no encontramos el bueno. Al final veo a uno de los revisores con el cartel correcto, le pregunto si van allí y me dice que no, pero luego rectifica y me dice que subamos. El bus se pone en marcha, el revisor (por llamarlo de algún modo) nos cobra 12 pesos y dice que ahora nos avisa. 5 minutos después nos llama, para el bus y nos señala unos pequeños jeepneys donde pone en todos Mall of Asia. Esto es como los taxis, te subes en el primero de la fila. La diferencia es que el primero es muy pequeño y ya está petado, hay unas 8 o nueves personas a cada lado y no hay sitio. Por supuesto no se puede ir de pie, ya que la altura desde el suelo al techo no llegará a medio metro. La gente se apretuja y nos deja un huequecillo para el culo, así que allá vamos.
Otra cosa curiosa es el pago: La gente le da el dinero al de al lado y este lo va pasando hasta que llega al conductor. Pero al conductor tiene que llegar el dinero justo, por lo que el tío que está más cerca de él es el que se encarga de repartir el cambio. Así de curioso y así de legal. Preguntamos al de al lado cuanto es, nos dice que ocho pesos cada uno y allá van nuestros dieciseis camino del conductor, mientras vuelven por otro lado las vueltas de los que no lo han dado justo. Acojonante.
En poco más de 10 minutos llegamos al monstruoso Mall of Asia, el segundo centro comercial más grande de Asia y el cuarto del mundo. Está en una especie de prolongación de la tierra, probablemente una isla artificial, en la bahía de Manila, con una gran bola del mundo metálica presidiendo su entrada. Cuando llegamos no sabemos muy bien por donde meterle mano. Nos vamos para el cartel central y allí pasamos por una de sus calles descubierta. Son las diez menos cuarto y todavía está casi todo cerrado, pero ya se empieza a notar la actividad.
Vemos que hay una chica con portátil en un banco y probamos suerte. ¡Bingo! Hay Internet y a Clara le han dado El Coto. Esto es empezar el día con buen pie. Mientras estamos mirando el correo hay cuatro adolescentes pululando por allí que no dejan de mirarnos. Por fin uno se acerca y me dice que si pueden hacerse unas fotos conmigo (?). Esto ya nos pasó en Tiananmen, pero parece que allí era más comprensible porque eran chinos que habían ido a pasar el domingo a Pekín. En fin, que me hago unas fotos con los chavales haciendo posturitas y me quedo con la duda del por qué.
A las diez en punto suena una musiquita y todo se pone en funcionamiento. Es acojonante lo grande qe esto. Tiene como tres zonas, cada una de varias plantas con sendas conexiones entre todas ellas. Cines Imax, bolera, cientos de restaurante, una gran pista de patinaje sobre hielo, todas las tiendas y marcas que os podáis imaginar y hasta su propio hotel. Empezamos a comprar chorraditas: cuadernos, gomas de borrar, llaveros, colgantes, en tiendas muy modernitas y chulas. Todo está a mejor precio, aunque en las grandes marcas se nota menos, a no ser que hay rebajas. Yo encuentro unas Adidas bastante baratas y luego tamibén nos compramos unos vaqueros de una marca francesa que aquí no bajan de 140 euros por menos de 40 euros. Despues encontramos una tienda que nos flipla, Team Manila, con camisetas y recuerdos de Filpinas pero en plan moderno, utliizando los símbolos más actuales, como la figura de Ninoy Aquino, del que este año se cumplen los 28 años de su asesinato en el aeropuerto por el regimen de Marcos.
Hoy es sábado y el centro bulle de animación, aunque seguimos sintiéndonos observados porque no hay casi occidentales. Pasamos por una plaza interior donde hay un mega concurso canido. Dios, siempre he querido ver una cosa de estas tan yanqui, con los perros debajo de ventiladores y los dueños dándoles con el secador y haciéndoles las permanenetes.
Le estamos dando una buena batida al asunto, así que paramos para tomar unos batidos fríos de fresa y mango. La pajita que nos da la chica es dura y tieen un diámetro considerable, para dejar pasar las bolas de cuches que tiene el batido en el fondo. Madre mía que cosas tiene esta gente.
Seguimos dándole a la suela durante un buen rato, hasta que a eso de la una y media buscamos un sitio para comer. Encontramos un sitio de shusi kaiten, y para dentro vamos, que no lo hemos probado desde que estamos aquí. Funciona por los colores de los platos, pero también pedimos un yakisoba en la carta y las correspondientes cervecitas. Todo muy rico y bien de precio, aunque es curioso que un día comemos por 2 euros y al otro por casi 18. Bueno, pues ya son las dos pasadas, vamos a tomar un café y a volver poco a poco al Hostel, que una cosa ha sido llegar y otra va a ser volver.
Cuando tomamos el café abajo, al aire libre, empieza a chispear un poquito. Nos vamos para la parada donde nos dejó el jeepney, pero ahora no tenemos claro cual es de vuelta. Preguntamos a los conductores por nuestra zona y nos dicen que mejor en autobús, que está delante. Al llegar a la parada le preguntamos a uno de ellos y nos dice que subamos en el suyo. Pagamos diez pesos y nos ponemos en marcha.  De momento llevamos la dirección buena, pero a los diez minutos da la vuelta y nos entran los sudores. Afortunadamente la primera noche estuvimos explorando la zona y enseguida vemos el centro comercial aquel tan cutre donde estuvimos dando una vuelta, así que allí nos bajamos. Cruzamos la pasarela y ya estamos en la calle del hotel, justo cuando empieza a diluviar de lo lindo.
Son las tres, momento en que aprovechamos para guardar todas las compras en las mochilas mientras llega nuestro conductor. A y media aparece, nos despedimos de las chicas del hostel que andan enfranscadas en una discusión con un americano que ha tenido algún problema y enfilamos el camino al aeropuerto. A pesar del tráfico y la lluvia en un cuarto de hora estamos allí. Vamos a nuestro mostrador y nos pesan el equipaje en una balanza anterior; como la compañía es saudí nos dicen que debemos ponernos pantalón largo antes de subir al avión y que Clara debe cubrirse los hombros. Sin palabras.
Vamos al baño, nos cambiamos y otra vez al mostrador a facturar. Le digo al chaval si nos puede dar salida de emergencia, pregunta por allí si quedan plazas libres y se enrrolla y nos las da. Oleeeeeee.
Después nos guardamos los 1500 pesos que hay que pagar de tasas de aeropuerto e intentamos cambiar el resto, pero en ningún sitio les quedan euros. Pasamos el control, nos miran los sellos de la extensión de visado que hicimos en Cebú y pasamos sin ningún problema. Dentro hay otro sitio de cambio de dinero, pero tampoco les quedan euros, así que los pulimos en las tiendas de recuerdos.
A las cinco y media empieza el embarque, con algunos españoles, bastantes italianos y muchos árabes, ya que el avión hará escala en Jeedha y Milán. Cuando llegamos a nuestros asientos, nuestro gozo en un pozo: nos ha puesto en la fila de la salida de emergencia, pero como la fila tiene diez asientos estamos en la zona de los cuatro del centro, que tienen asientos delante. Menos mal que el espacio es amplio y no agobia.
Las veinte horas de viaje las resumo rápido: menú más variado que en la ida, Clara agobiada por sus pantalones largos, escala de dos horas en Jeedha donde creemos que unos italianos se quedan en tierra por dormirse en la terminal, pastillazo para dormir de Jeedha a Milán que no surge mucho efecto y ganas de matar a un niño filipino de Milán a Madrid.
A las diez y media el avión aterriza. Afortunadamente las mochilas salen rápido y lo primero que hacemos es sacar dinero para el bus, porque no tenemos ni una perra. El calor seco de Madrid nos pega en la cara en cuanto salimos afuera, pero a las doce menos algo ya estamos en el hogar, dulce hogar.
Menos mal que hemos llegado por la mañana y tenemos un poco de tiempo para mentalizarnos que mañan se trabaja, al menos yo.
Ha sido un viaje fantástico donde ha habido de todo, pero creo que me quedo con las maravillas naturales del país y con la sonrisas de sus gentes. De la enfermedad, al final la veo como una anécdota desagradable, aunque me da rabia que nos haya impedido hacer algunos de nuestros planes.
Y para terminar, tengo que acordarme de mi pequeña Clara, que tan buena viajera es y me cuidó tanto y tan bien los días que estuve enfermo. Como dijo Mark Twain en "El diario de Adán y Eva", que leí durante el viaje, "el paraiso se encuentra donde está ella".
Nos vemos viajando.

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