Amazonas, Brasil

Escribe: Masteryamani
Un viaje esperado por años. La ciudad de Manaos y unos días en la selva nos volaron la cabeza y el corazón. Queremos volver ya! Aquel sábado habíamos comprado, de manera apresurada tal vez, los días en la selva con el hombre de la calle que nos llevó a su oficina y que relaté con esmero en el capítulo anterior.

 

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Capítulo 1

Manaos, la "París de la Selva"

Manaos, Brasil — viernes, 27 de febrero de 2009

 Cuando en 1850 Charles Goodyear descubre que por medio del árbol del caucho puede llegar a la vulcanización y a la cámara neumática, la Amazonia en Brasil, la reina todopoderosa de este árbol sufre lo que años más tarde se llamaría “La Fiebre del Caucho” (“Ciclo da Borracha” en portugués). El auge se desata entre 1880 y 1920 hasta que los ingleses llevan las semillas al sudeste asiático y la Amazonia entonces pierde el monopolio. 

La fiebre de extracción del caucho fue uno de los períodos más intensos del Brasil en lo que respecta a economía; por ese entonces la ciudad de Manaus, capital de la Amazonia, era el pueblo de los indios Manaos “Madre de Dios”. Los portugueses levantaron una ciudad imperial en medio de la selva y la llamaron “La París de la Selva”. 

Quizás uno de los acontecimientos más impactantes de ese entonces haya sido la construcción de La Opera, lo que hoy es el Teatro Amazonas. Los portugueses gustaban del arte y no querían perderse de nada, el dinero sobraba, la fiebre se extendía a cualquier objetivo propuesto en la más intrincada de las proyecciones. El teatro fue construido durante la Belle Epoque, en 1896 con la idea de hacer de Manaos uno de los grandes centros de la civilización. Los portugueses no dudaron en traer de Europa lo mejor de lo mejor para su construcción, así es que la Opera ostenta mármol de Carrara, cristales de Bohemia y Murano, azulejos de Francia, mobiliario Luis XV, acero de Inglaterra y arte de los más preciados artistas de la época. 

Si bien Manaos decayó en 1920 luego vuelve a resurgir en 1950 con la apertura de La Zona Franca, la cual es hasta hoy, uno de los principales parques industriales de Sudamérica.   


Cuando tenía 14 años comenzó a deslumbrarme aquel misterio llamado Amazonas. Me impactaba las dimensiones de este gigante, pasaba largos ratos viendo mapas, buscando definiciones en el diccionario o en alguna enciclopedia. No podía imaginar cómo sería ese lugar, sus leyendas de animales desconocidos, lo veía inalcanzable y mágico y tampoco imaginaba que algún día estaría allí. Ocho veces había estado en Brasil, inclusive en el norte, pero no podía ir así porque sí, debería haber algo más, un llamado, una señal que me invitara a conocerlo.  
Bueno, se hizo esperar pero la señal llegó. Hace unos meses, un sábado por la tarde tuve ese llamado. Y cuando uno tiene ese tipo de llamados, créanme que ya no hay opción. 

Cuarenta días antes compramos los pasajes con mi compañera María. Ella era la primera vez que iba a Brasil, y qué debut mamita! Cuarenta días que se hicieron esperar hasta que por fin llegó aquel viernes, me levanté 4:40 am, fui al laburo como siempre y esa tarde llegamos a Ezeiza 10 minutos antes que cerrara el vuelo. Como somos prácticos y no llevamos valijas, sólo una mochila de niño en la primaria, todo bien.  

En Brasilia cambiamos de avión y 22:30 hora local estábamos en Manaos después de casi siete horas netas de vuelo. Yo había visto en internet el Hotel Central, así que le dije al taxi que nos llevara allí. Sólo teníamos los pasajes, nada de reservas, nada de nada. El hotel estaba completo pero luego de insistir y decir que era de Boca nos dio una habitación con 3 camas simples y me decía que al día siguiente me cambiaba a un “casal” (matrimonial) a lo cual contesté: “Ni se te ocurra, quiero dormir tranquilo”. Era un hotel de pasajeros y gente de trabajo, de corte Draculesco (su fachada de afuera) pero muy generoso y amable, con gente afable y acertada pulcritud. 

Al día siguiente nos levantamos muy temprano y fuimos hasta la Opera, el famoso y mentado Teatro Amazonas. Recuerdo fue una de las más grandes emociones que tuve en mi vida haber estado ahí. Entramos y justo empezaba una visita guiada la cual tomamos. Fue interesantísima y además con el plus de que los sábados por la mañana ensaya la orquesta de Manaos y escuchábamos obras del período clásico tocadas con gusto y exactitud. Cuando entramos al salón principal y en el escenario tocaba la orquesta quedé pasmado y la guía al enterarse de mi estado nos dejó escuchar el ensayo hasta la hora que quisiéramos. Fue un momento increíble porque estaba disfrutando del viaje y de la música, mis dos ejes motivadores de vida. Observaba cada rincón del majestuoso teatro y pensaba la locura de aquel entonces, de levantar colosal estructura en medio de la selva, seguramente hecho por los indios, con un lujo y gusto descomunal, con los barcos cruzando el atlántico y entrando al Amazonas cargados de tan preciado botín que hasta hoy se conserva intacto, orgulloso y tímido por contrastar a la majestuosa selva. 

Toda la mañana nos pasamos en el teatro, una fuerza extraña impedía que me vaya, una fuerza interior no se resistía, pero la realidad gana y otra vez afuera, en medio de esos 700º de calor con 1000% de humedad que sinceramente NO DEJABAN RESPIRAR!!! 

Al toque perdimos unos 80 minutos intentando hablar a Bs As con una tarjeta telefónica con raspadita, la cual te tira unos prefijos del averno que cumplen con la certera misión de que nunca te comuniques. 

Ya en el puerto, se me acerca un hombre grotesco con un álbum de fotos de excursiones a la selva. El tipo estaba en la calle, en la avenida del puerto, que más o menos parece Bombay, millones de personas, vendedores, puestos, miles de vehículos, ruido. Insistió tanto con su explicación que le di el gusto y nos dirigimos a lo que sería la oficina comercial de esta empresa. Era un sucucho de mala muerte, subiendo 4 pisos por una escalera fantasma, edificación funesta y abandonada, donde Charles Bronson suele matar pandilleros como el gran Vengador. Ahí se apareció el “gerente” que de forma extremadamente servicial y correcta nos contaba acerca de todo el potencial de contratar su tour selvático. Una pareja de franceses en la habitación contigua nos hacía sentir no tan solos (yo a esa altura sólo esperaba a que entrase Bronson y nos disparara). Luego de una completa disertación conteniendo fantasías y realidades aparece otro del clan (el que estaba con los franceses) y al saber que éramos argentinos nos dijo que él salió a buscar a los Garimpeiros (buscadores de oro) con “Juanse” (Juan Segundo Stegman) cuando recién empezaba y lo enviaba Canal 13 en busca de noticias fantásticas. Y que había estado con Peto de 360. A esa altura era todo tan surrealista y fantástico que no dudé en contratar 4 días y 3 noches en la selva con estos personajes. Y no nos arrepentimos, salió todo genial! (esa aventura la contaré en el capítulo 2).  

Luego fuimos a comer al puerto un poderoso plato local y después de pasear por la ciudad nos llegamos hasta el Shopping Amazonas, una bestia comercial con cines y lo que quieras comprar, al mejor estilo de los grandes shoppings de las principales ciudades del mundo. De noche descubrimos un lugar muy pintoresco e íntimo para cenar. Era el restaurante La Fiorentina, de estilo italiano, con menú a la carta o por kilo como es típico en Brasil. Precios no tan caros y la comida muy buena. Se encuentra en la Zona Franca, la zona comercial donde también estaba nuestro hotel. Si bien no es la mejor zona para alojarse está a 500 metros del puerto flotante y cerca del teatro y las avenidas principales. De noche es muy desolada y de día un infierno con miles de tiendas y gente comprando. 

Manaos tiene un toque especial, es distinta a las demás ciudades de Brasil que conozco, su gente, su aire, su olor; emplazada en medio de 7 millones y medio de Km 2 de selva se erige contenta y solitaria. Sólo se puede llegar por avión o barco. Su calor se hace insoportable por la extrema humedad. Y eso que ahora (enero-febrero-marzo) están en invierno, época de lluvias. Realmente no se podía respirar, era sofocante. 

La avenida Getulio Vargas es una de las principales; allí se encuentra la sorvetería (heladería) Glacial con sus gustos impactantes, sabores raros como Tucumã, Taperebá, Açaí, Buriti, Cupuaçú y Tapioca.  

También estuvimos en el Zoo de Manaos, en las afueras de la ciudad, un pequeño espacio muy bien puesto y cuidado donde los animales autóctonos de la región encuentran su espacio y son protegidos de aquel depredador insaciable llamado hombre. Así encontramos boas, anacondas (la segunda serpiente más grande del mundo, la primera es la pitón africana), perezosos, monos, aves, caimanes, jaguares y otros. Este hermoso predio estrictamente mantenido y vigilado por militares es digno de visitar. 

Manaos gracias a su Zona Franca ha tenido una fuerte migración por parte de brasileros que buscan un bienestar económico. Así es que llegan desde todo Brasil al lugar donde el comercio es la principal fuente de trabajo. Actualmente tiene aproximadamente 2 millones de habitantes. Su infraestructura es competente frente a las grandes ciudades, posee hoteles de primera, restaurantes, un aeropuerto internacional y tecnología. Las principales empresas del mundo tienen allí sus plantas y desde el puerto se ven los buques cargueros repletos de containers rumbo al mundo. 

También llegan cruceros enormes desde Europa y el Caribe. El puerto es muy pintoresco, sobre todo el mercado que está ahí cerquita, donde uno puede quedar deslumbrado ante los enormes pescados o la cantidad inimaginable de hierbas medicinales. Los artesanos del lugar son verdaderos artistas y es un clásico comprar la tan aterradora “Piraña” embalsamada, que se encuentra en una docena de diferentes tamaños. 

Con esa mezcla feroz de puerto y sus torres modernas, Manaos es la puerta del Amazonas brasileño, un lugar indiscutiblemente único que nos atrapó por completo, quizás por su dejo exótico, quizás por su simplicidad y contraste. A orillas del río Negro (principal afluente del Amazonas), me sigue llamando.



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Capítulo 1
 
 


 

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