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Crónicas Filipinas

Escribe: Gato_perplejo
A primera vista, Filipinas no parece ser uno de los destinos prioritarios que se te pueden ocurrir si quieres visitar el sudeste asiático. Quizá eso es ya un buen motivo para visitar este archipiélago de más de 7000 islas, el segundo más numeroso del mundo.Pero afortunadamente tengo información de primera mano: mis compañeras María y Ángela Yoldi nos han hablado maravillas del país donde vive parte de su familia. Interminables playas, buenos precios, gente amable, fondos marinos espectaculares,.

 

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Rumbo a Malapascua

Malapascua Island, Filipinas — jueves, 11 de agosto de 2011

La noche ha sido tranquila en la pensión Pacific. Ayer comenté que estaba junto a una gran avenida, pero afortunadamente no daba a ella directamente, sino que se metía en un callejón después de un par de recovecos. Esto hace que nuestra ventana de a una especie de patio interior bastante tranquilo.
Bajamos a desayunar a la cafetería del hotel, que hemos que está bien y tiene buenos precios. La recepción la preside una imagen del Santo Niño, como le dicen aquí al Niño Jesús. El Santo Niño está por todas partes en Cebú y en los alrededores de la catedral hay muchísimos puestos con toda clase de abalorios religiosos, incluidos trajecillos de lentejuelas para ir cambiando al Santo Niño que todo el mundo tiene en casa.
Después del desayuno preguntamos en recepción cual es la mejor manera de llegar a la estación de autobuses del Norte y nos contestan sin dudar que en taxi. Pedimos uno para dentro de 15 minutos y subimos a recoger los trastos.
El simpático taxista llega enseguida y nos metemos de lleno en el caos del tráfico de Cebú. El hombre nos empieza a dar palique con ese inglés de acento tagalo que tienen algunos y que no hay quien los entienda. Por ejemplo, para decir 3, en lugar de “zri” ellos dicen “tri” que es como nosotros decimos árbol en inglés. El tío es un cachondo y nos va diciendo las palabras en español que recuerda. En 15 minutos estamos en la estación, nos pide 10 pesos para el de la puerta y nos deja justo enfrente del autobús que va a Maya. La carrera son 120 pesos, pero le damos otros 20 de propina.
Cuando vamos a descargar, llega un tipo que se ofrece a ayudarnos, nos coge las mochilas y nos las sube al autobús que va a Maya. Aquí no hay nada de portaequipajes o similar, las mochilas las deja en medio del pasillo, en la parte delantera, sin ningún problema. Ahora nos hemos quedado casi sin dinero suelto, así que sólo le podemos dar 6 pesos al hombre. Es muy útil en este país llevar siempre pequeños billetes y monedas para estas cosas y también para las pequeñas compras, porque no tiene cambio ni dios.
Le pregunto al conductor si el autobús va a Maya y me confirma que sí y que tardaremos 4 horas. De momento sólo hay otro pasajero y una especie de revisor que sube y baja. Le pregunto al otro pasajero que como se compran los tickets y me señala al cobrador.
A las nueve y media en punto, con otro par de pasajeros, el autobús se pone en marcha. La peculiaridad inicial es que no cierra la puerta que se encuentra en la mitad del autobús. Vamos saliendo de Cebú y parando cada dos por tres para recoger pasajeros. Suben unos chavales que saltan por encima de nuestras mochilas sin problemas para sentarse en los asientos delanteros. Nadie protesta porque estén ahí en medio tiradas, debe ser lo habitual. El caos del tráfico es tremendo, nuestro conductor toca el claxon cada veinte segundos, pero nadie parece cabrearse, todo fluye de manera normal. El claxon es más un aviso de “que voyyyyy”, en lugar de un “gilipollasssss” que es como lo utilizamos en España.
Es nuestro turno de pagar, le decimos al cobrador que vamos a Maya y nos da unos tiquets con números del uno al diez en los que ha marcado los km y el precio: total, 163 pesos por persona. Le pagamos con uno de 5oo y nos dice que luego nos da el cambio.
No se muy bien en que punto dejamos Cebú, porque las casas, las pequeñas tiendas y los triciclos se suceden uno tras otro. De vez en cuando llegamos a obras en la carretera donde sólo hay un tramo asfaltado y otras veces nuestro conductor, con su cigarro en la boca, hace adelantamientos kamikazes, pero perfectamente controlados, parece.
Al cabo de una hora hacemos una breve parada que aprovechamos para comprar agua y unas patatuelas. Hoy no tiene pinta que hagamos una parada larga para comer como cuando fuimos a Port Barton.
La gente sigue subiendo y bajando del autobús. La manera de solicitar parada es golpear la chapa del autobús con algo metálico, o si no decírselo al revisor y este das dos golpes con el cacharro de picar.
Pasamos por pueblos con nombres tan españoles como Carmen o Compostela. Casi todos parecen estar en fiestas, con sus farolillos y las imágenes de sus patronos homenajeados.
Otra cosa que nos sorprende es la cantidad de colegios que vemos. O están todos al borde de la carretera o cada pueblo tiene varios, pero no hay pueblecillo que atravesemos en el que no veamos un gran colegio con los niños haciendo actividades diversas en el patio.
Después de 4 horas de viaje (136 km) llegamos a Maya, un pequeño pueblo desde donde se cogen los botes a Malapascua. El autobús para en el mismo punto donde una caseta anuncia los tickets por 80 pesos. Compramos dos, la taquillera no tiene cambio y esperamos a que venga más gente para que nos de lo nuestro. Es la una y media, así que vamos a un puesto de comida rápida que hemos visto para comer algo hasta las dos que sale el bote. La comida del puesto será rápida, pero la chica que lo atiende no lo es. Debe haber empezado esta mañana porque no se entera de nada. Pedimos un superperrito y un trozo de pizza y no se le ocurre otra cosa que poner el perrito a freir con el precinto de plástico. Va pasando el tiempo y la chica no termina; la pizza sigue teniendo el mismo aspecto de congelada que al principio, así que no se le ocurre otra cosa que darle la vuelta para que se haga por la otra cara. A menos diez nos da el perrito, que medirá medio metro. Lo devoramos y mientras nos coloca la pizza en una caja para llegar. Cuando llegamos al punto de embarque ya está todo el mundo embarcado en un bote, así que nos tienen que llevar en uno pequeño para hacer el transbordo hasta allí. El pescador nos cobra veinte pesos a cada uno, pero lo malo es que para llegar a su bote hay que bajar por unas rocas y yo llevo mis dos mochilas, la caja de la pizza en una mano y la Coca Cola en la otra. Echando mano de todo mi sentido del equilibrio consigo llegar a la barca con Clara a mi vera. Allí saco la pizza de la caja, que tiene un aspecto horrible y el primer bocado me confirma que el sabor es equivalente a su apariencia. Que le den por saco a la pizza, la dejo en su bolsa y el pescador me dice que ya la tira él.
Subimos como podemos al bote y esperamos a que lleguen otros tres o cuatro botes más rezagados. Hay dos parejas de japoneses y un hombretón con la camiseta del Arsenal. El resto, todos filipinos.
A las dos y media nos ponemos en marcha hacia Malapascua. Después de media hora de viaje vemos sus playas de arena blanca justo delante de nosotros. Nos ponen una escalera que tiene su tela para bajar con la mochila, pero al final es menos de lo que parece.
Al llegar a la playa varios lugareños ofrecen alojamiento. Uno se viene con nosotros y nos ofrece un tour en su bote; le decimos que estamos buscando un sito donde quedarnos y nos dice que el no tiene comisión con ninguno, su trabajo es buscar gente para llevar en su bote. Nos lleva a uno de los pequeños complejos de cabañas donde hay un cartel de habitaciones disponibles. Subimos a la parte de arriba y nos enseña una gran habitación, muy nueva y moderna con espacio para dos buenas camas dobles. Le digo que es un poco grande para nosotros pero dice que es la única que tiene, por 900 pesos (15 euros) la noche. Por supuesto nos la quedamos. Es más cara que la de El Nido, por ejemplo, pero es tres veces más grande, muy nueva y con las comodidades de electricidad 24 horas, cisterna, ducha separada y demás.
Philip, el chico que nos ha traído, queda con nosotros para venir a hablar del tour mañana por la tarde. Mientras, firmo en el libro de registro y le dejo al propietario 1000 pesos de depósito. La habitación tiene además una terraza con sillones y una mesa desde donde se ve la playa y el mar. Más que verse es que está ahí mismo. Desde nuestra puerta al agua creo que debemos tardar 30 segundos.
Después de colocar los todos los trastos nos ponemos los bañadores y vamos a tomar el primer baño en Malapascua. El agua está limpísima y la temperatura es ideal.
Después del bañito nos secamos y nos vamos a dar un paseo a lo largo de la playa para ver los distintos sitios que hay. Casi todos tienen restaurantes, todos muy bien puestos y con un montón de centros de buceo, que es la principal actividad de la isla, ya que por aquí abunda un tiburón que no se encuentra en ningún otro sitio del mundo.
En todos los sitios hay hora feliz de cinco a siete y hasta encontramos un pub irlandés al final de la playa. La hospitalidad irlandesa en una playa filipina, como ellos se anuncian.
Emprendemos el paseo de vuelta y después de tumbarnos un rato en las hamacas de fuera subimos a darnos una ducha. Primer contratiempo: no hay agua, aunque cuando nos fuimos si había. Yo me tumbo en la cama y me quedo frito, mientras Clara hace sus tareas. Al rato se oye el ruido del agua, pero de la ducha todavía no sale. Yo me apaño con un grifo que hay a media altura hasta que llegue la presión, y Clara también hace lo mismo.
Después nos bajamos con el portátil y nos tomamos una cerveza y un zumo en el Malapascua Exotic Resort, mientras subimos el capítulo del blog y consultamos el correo. Vemos que los precios aquí son más caros que en El Nido, al menos en este sitio. Es flipante lo barato que tiene que ser la mano de obra aquí, ya que en casi todos sitios hay muchos más dependientes que clientes.
Hoy hemos decidido cenar en el Splash, una terraza que hay a la derecha de donde estamos y que tenía unos pescados para hacer a la barbacoa muy buenos. Pero justo cuando estamos llegando empieza a llover cada vez más fuerte, así que tenemos que cenar en el mismo sitio pero en la parte cubierta de dentro, donde no ofrecen la barbacoa de fuera. Mientras pedimos vemos como empiezan a pasar los sillones que tenían  en la terraza; hoy se les ha fastidiado la noche.
Para cenar yo pido un pollo Thai con curry amarillo con mis correspondientes dos cervezas y Clara un filete de pescado con mantequilla de limón y un batido de piña. Todo está muy bueno, y Clara está feliz con su batido que está riquísimo.
Cuando ya estoy con el purillo se nos acerca un padre de familia que está en la otra mesa. Me pregunta que si hablamos francés y aprovecho la ocasión para practicar un poco con él. Es de Paris, todo le parece muy bonito y muy barato y dice que de España conoce Madrid, Barcelona y Sitges. Me entiendo bastante bien con él, pero me da rabia no haber empezado antes con el francés.
El restaurante está separado por nuestro alojamiento por una pequeña cerca de madera. Ya ha parado de llover y ha quedado muy buena noche, así que sacamos el portátil y está vez sí vemos la parte final que nos queda de My Blueberry Nigths. En mi opinión, ni chicha ni limoná.
Y con todo esto ya son las once, tarde para nuestro horario habitual. A ver si mañana tenemos suerte con el tiempo y disfrutamos de un buen día en la islita de Malapascua. ¡Hasta mañana!

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