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Viaje al corazón de la tierra
Escribe: Lampiao
Es el momento de que todos realicemos este viaje. No esperéis ni un día más.
Viaje hasta el corazón de la tierra
Madrid, España — jueves, 28 de enero de 2010
Todo comenzó en un día de estos en que la desidia se cuela sin permiso en las tostadas del desayuno. Un día de estos en los que nada más levantarte irremediablemente vuelves a caer en el olvido. Y te dejas llevar...
Pero te armas de valor y a pesar de que todo aún está oscuro, de que aún no ha amanecido, te decides a comenzar la ruta. Todo estaba preparado. Los mapas, el perfil de la etapa con sus subidas y bajadas, los puntos de referencia que siempre debes recordar para no perder el camino, un poco de agua en la “camelback”, el bastón para ayudarte en los terrenos dificiles, y una cámara de fotos sin tarjeta de memoria... Todo bien ordenado encima de la mesa desde la noche anterior.
El camino partía desde el salón de mi propia casa, justo desde el lado derecho del televisor. Así la había planificado. Por delante muchos kilómetros y, seguramente, muchas cosas escondidas durante años que por fín iba a descubrir.
El primer tramo, complicado. Por delante una amplia avenida con un desnivel tremendo. Le llaman la avenida del dedo corazón, y ese día descubrí por qué. Utilizando el bastón y a regañadientes, paso a paso, fui ascendiendo por una recta interminable. Mientras caminaba iba estudiando el perfil de la etapa y se me hacía dificil reconocer que conseguiría llegar al siguiente cruce. Pero como sabéis, siempre los comienzos son dificiles hasta que los mecanismos del cuerpo dejan de chirriar y se adaptan. Esta es una ruta que siempre quise realizar, pero la fui dejando un poco de lado por otras que pensé que me podían aportar más. Quizás me equivoqué.
Después de unos cuantos kilómetros el paisaje iba dejando a un lado la ciudad para adentrarse en unos terrenos más propicios para el trekking. Los parques infantiles pasaban el testigo a los primeros árboles, a los cultivos de piedras afiladas, al frío de la montaña...
En ese momento la cobardía descubrió su escondite de entre la maleza. Y no venía sola, iba acompañada de un grupo de dudas que me hicieron en ese momento detener la marcha y pensar. ¿Cuántas veces me habían aconsejado no salir solo a la montaña? Era una ruta peligrosa pero siempre quise hacerla sin más compañía que la mía. Además llevaba agua, comida, abrigo suficiente y el teléfono móvil con las baterias a tope. ¿A qué podía temer?
Por fin y sin casi aliento llegué al primer cruce de caminos y tomé otra amplia recta que nacía a mi izquierda y que me llevaría, según el mapa, hasta el collado del hombro. Le llamaban así porque era un pequeño cerro de forma redondeada donde terminaba el fuerte desnivel. A partir de ahí el resto del camino era en bajada constante, pero mucho más peligroso. Un descenso muy especial. Dejaba a un lado el senderismo para adentrarme en el apasioante mundo de la espeolología. Debía encontrar al cabo de unos kilómetros de marcha entre piedras y grietas una pequeña cueva, que cuando localicé me di cuenta de que más bien la podían haber bautizado como recoveco. Antes de adentrarme de perfil por aquel hueco y destrozarme la ropa con el filo cortante de las piedras, revisé mi teléfono móvil... Lo que me temía, cargado de batería pero sin una sola línea de cobertura. Pero tenía que seguir, no podía dejar a medias este viaje.
Una vez dentro, todo estaba muy oscuro. Con las manos fui tanteando el camino y descendiendo. A medida que bajaba el frío comenzó a desaparecer, y desde lo más hondo de aquel agujero subía un calor que a veces se hacía asfixiante. Continué bajando con cuidado pensando en lo que tantas veces me habían contado sobre aquella cueva. Los más expertos me advirtieron de que caer por aquel precipio sería lo último que haría en mi vida. Pero no flojeé, debía seguir luchando.
El final de la ruta llevaba hasta lo más profundo de la tierra. Debajo de mis pies, según me habían contado, se encontraba el mismo infierno, una piscina de lava y magma incandescente a miles de grados de temperatura. De repente el descenso se interrumpió y un enorme laberinto de cuevas se extendió ante mis ojos. Suspiré aliviado porque así me habían descrito el camino que me llevaría sin problemas hasta el corazón de la tierra. Avancé unos cuantos metros hasta que el calor comenzó a quemarme la cara. Protegiéndome con las manos seguí adelante hasta que aquel sendero subterráneo se convirtió en un inmenso precipicio. Los gases que emanaban de las entrañas de aquella montaña eran insoportables. No podía permanecer allí mucho tiempo. El justo para mirar desde arriba aquel agujero y salir huyendo. Y así lo hice. Poco a poco y con suavidad me fui acercando al cortado hasta que mis ojos se cegaron, no sé si por la intensa luz o por la belleza de la imagen. Lo que tenía bajo mis pies resultaba indescriptible. Una bola enorme de fuego palpitando cada segundo, bombeando calor de manera incesante. Pum, pum... Pum, pum... De repente aquella mezcla de vida se revolvió y emitió una fuerte explosión. Sólo una, pero mucho más fuerte que las anteriores. La onda expansiva me derribó dejandome tirado en el suelo de aquella galería, casi sin sentido...
Cuando conseguí abrir los ojos en el televisor estaban dando las noticias y yo seguía tumbado en el sofá. Las imágenes eran terribles. Un gran terremoto había diezmado todo un país. Haiti había sido víctima de una catástrofe nunca antes imaginada. Cada imagen superaba en desgracia a la anterior. Y allí estaba yo, sin poder hacer nada por aquella gente. Viendo como miles de madres buscaban a sus hijos y otros tantos niños buscaban a su madres. Entonces entendí aquel viaje del que acababa de despertar. Una ruta que comenzaba a través del dedo corazón, continuaba hasta el hombro, para adentrarse, gracias a la espeolología, hasta lo más profundo y cálido del corazón. Del mío, del vuestro y del de todas aquellas personas que lo habían perdido todo. Un viaje de reflexión que me hizo descubrir que aunque cada día deambulemos solos, con nuestra ruta detalladamente planificada, con nuestras mochilas cargadas de comida y agua, debemos de pensar más que nunca en los que nos rodean. Yo gracias a este sueño descubrí que no hay mejor viaje que el de la solidaridad. Un viaje que acaba de comenzar, ¿ME ACOMPAÑAIS?
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Últimos comentarios
entropia2002 dice:
Excelente tu diario amigo...realmente estremecedor...Te invito a que veas mis trepadas en Ushuaia...
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Saludos Argentinos
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