2010, una odisea en Sudamérica

Escribe: Syd
Argentina, Paraguay, Bolivia, Peru, Colombia... Todo en 39 días. Hoy podría ser un día cualquiera, pero no lo es. Uno de esos días en que madrugas y haces cosas q sueles hacer todos los días, tales como trabajar, pasear por los mismos lugares, ver a las mismas personas, comer las mismas cosas, beber las mismas bebidas e ir a los mismos retretes. Definitivamente hoy no es uno de esos días.

 

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Bogotá-Madrid-Almeria

Madrid, España — domingo, 26 de diciembre de 2010

Encuentros, comidas, despedidas, aniversarios, agua de coco, guitarra y canciones para poner el punto y final a mi estancia en Bogotá. El agradecimiento es infinito, así como el trato recibido ha sido inmejorable y, por mi parte, no se puede pedir más. Técnicamente, no hay más necesidades que cubrir. La hospitalidad de mis anfitriones ha sido maravillosamente excelente, de diez. Muchas gracias.
     Tocó coger un taxi, esta vez, para ir al aeropuerto. Y teníamos el tiempo justo. Fueron 14.000 pesos + 5.000 por ser día festivo, dijo el taxista. Cobró sus casi ocho euros y salimos para tomar el ultimo café en tierras colombianas. Esta vez tomamos un café Quindío, riquísimo, fuerte y puro, con un color oscuro sin degradados. Pero, sin demora alguna, despiadada, llegó la hora.     
     Tras calurosas y tristes despedidas, empecé a comprender que el viaje había llegado a su fin, y, después del último arreón, quedé agotado y sin ganas de escribir. Delante, un viaje largo de 10 horas de avión, así que encomendé mi espíritu a los Beatles, Illapu y a los Jesus & Mary Chain.
     Lo ideal hubiera sido dormir, ya que el vuelo sale a las 18:10 de Bogotá y llega a las 10 de la mañana a Madrid. Sin embargo, en hora de Bogotá la llegada se da a las 4 de la mañana, con lo que si no has dormido corres el riesgo de quedarte sin noche. Y si esto pasa, mejor aguantar y no dormir hasta la noche para no sufrir el jet-lag y quedar sonámbulo de día e insomne de noche. Como yo no conseguí dormir en el avión, esto fue lo que hice y me fue bien. 
     Después de diez horas suspendido en la bóveda celeste, el avión posó sus garras en la pista de aterrizaje del aeropuerto de Madrid, Barajas. Es decir, España, waw. No lo podía creer. Estaba en mi país. Pero no me sentía feliz. Atrás dejaba mucho.
     Más de tres horas y media es lo que tocaba hasta la salida del último vuelo de mi viaje, el octavo (supongo que conté bien). Primero hay que salir de la terminal 4s y llegar a la 4, sin "s". Para ello hay que seguir las letras J, K y H, si no recuerdo mal, y como parte del itinerario, hay que coger el trenecito que te lleva a la terminal 4.
     Finalmente, en la puerta de embarque J7, se encontraba el cacharrito que nos llevaría a mi tierra, Almería. Todo un detalle de Iberia para con los almerienses es reservar para este trayecto una nave antediluviana, con evidente desgaste en toda su superficie y con unos ruidos infernales dentro de la misma, lo que te hace simplemente resignarte, mirar para otro lado y pedir a la providencia que no te toque morir a tí hoy, y que en cualquier caso les toque a los del siguiente vuelo (nooo, esto no lo pensé!, joder qué mal).
     Sobrevolamos el sur de España y nos dispusimos a aterrizar en Almería, tierra de cine.
     Lo primero que sentí al escuchar el acento almeriense fue cierta curiosidad, y la segunda vez, alegría, y esbocé una cierta sonrisa. Qué pequeño parece todo para el viajero. Estaba llegando a casa. Ahora bien, cuando subí al bus y empecé a recorrer el trayecto que hay desde el aeropuerto hasta la ciudad, mis sensaciones, aún expectantes buscadoras de novedades se tornaban cada vez más espesas, opacas y vacías. La decepción hizo mella y se apoderó de mí. 39 días de paisajes maravillosos e inéditos en la película de mi vida, edificios, calles, puentes, ríos, montañas, músicas, cielos y nubes, gentes, colores, razas, animales, árboles y flores, transportes, comidas, bebidas, artesanías, rituales, frases populares, lluvias torrenciales, arqueología y acentos, maravillas del mundo e insectos, todos ellos fueron una sucesión de paisajes que nunca se volvían repetidos en el pasar de mis días. Sin embargo, lo que nunca se volvía repetido ante mis ojos, parecía ahora perpetuo. Toda la posible realidad percibible para mis sentidos estaba ahora en punto muerto, estancada, pétrea, monótona, monocroma, como una canción tocada con un solo acorde, estuviera o no de acorde. Esta era la realidad. Fue un choque muy brusco, pasar de la adrenalina que te produce no saber cómo será el lugar que te encontrarás en la siguiente esquina o el lecho de dormir donde premiarás a tu cuerpo por haberse portado tan bien ese día, a el absoluto conocimiento de rincones, lugares y gentes del lugar donde has nacido y aprendido a ver, escuchar y comprender. La adaptación sería larga.
     Salí del bus y caminé, aún con barba y aspecto de viajero, por las arterias principales de mi ciudad, regulando mis pasos con un ritmo bajo, pausado, tratando de no extinguir las últimas fuerzas que me quedaban. Estaba sin dormir.
     Crucé la última esquina, di el último paso, tragué saliva, el último aliento, y ya, ya se había terminado mi viaje.


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