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Presentes de lucha, pasados de gloria: Un viaje a través del tiempo, la resistencia y la libertad
Escribe: osorojo
La mística y el sentir revolucionario de una Bolivia que resiste y construye. El impacto frente a esa maravilla que es el Lago Titicaca. La sensación de quedarse sin palabras en cada centímetro del magnánimo Cusco. Sus calles esconden una historia y una cultura riquísimas. Machu Picchu, qué más agregar. Sólo contemplarlo con ojos bien abiertos, corazones dispuestos a latir y alas desplegándose para volar. Un sinfín de imágenes junto a la persona que más amo en el mundo. Un...
Sólo escaleras
Machu Picchu, Perú — miércoles, 4 de febrero de 2009
El equipo rojo (debido al color de los pilotos que, en un momento del incesante goteo, se volvieron inevitables) quería conseguir la hazaña de la cumbre. Y paso a paso, en medio de una niebla que tapaba el Machu y generaba una sensación vertiginosa de vacío alrededor, irían llegando. Juntos, como verdaderos compañeros. Cerca de las 11:30 se produjo el instante de gloria con foto graficando la alegría. El techo del Huayna Picchu era una realidad y pese al arduo ascenso, valía la pena encontrarse allí y sobre todo, toparse con un premio en forma de sanguchito. No hubo mucho descanso y mientras de a poco la lluvia se iba alejando y el cielo se despejaba permitiéndonos apreciar el paisaje iniciamos la bajada que extasió a la Osa. No importaba que los primeros escalones del descenso fueran bastante espinosos (y del tamaño de un micro-pie), sino que lo central era que la elongación de las piernas se dirigía hacia abajo.
En el interín, metimos una parada para el segundo sandwich y exactamente a la una nos retiramos del Huayna, felices por la difícil misión cumplida. Nos quedamos un rato bajo el techo de una de las "casas" que se encuentran a los costados de la Roca Ceremonial y hasta las tres sólo nos dedicamos a sentir Machu Picchu. Caminando, observando la conexión madre-hija de dos llamas (la segunda, blanquísima), buscando sombras protectoras, decidiendo que el Templo del Sol quedaría para otra ocasión (convirtiéndose en uno de esos motivos que hay que guardarse para volver), entristeciéndonos porque se acercaba el adiós. Dos días increíbles, un sitio único en el mundo donde te querés quedar a vivir su magia, a eternizar el vuelo, a no parar de vibrar y emocionarte.
Lamentablemente nos teníamos que ir. Aunque nos queda tan grabado en el corazón que será imposible olvidarlo. Y me animo a decir que algún día estaremos de vuelta por aquí. Volando. Invirtiendo los medios de locomoción, el camino Machu Picchu-Aguas Calientes se realizó a pata. Mucho menos jodido que la irritante ida de ayer pero igualmente largo, sólo una bajada en solitario habilitó la comprobación de las escaleras que acortan tiempo. Fueron exactamente 7 minutos los que esperé a Maruchi ruta abajo, mientras ella terminaba su larga vuelta. Luego los dos metimos un atajo descendiendo, el cual desembocó en el famoso puente, encontrándonos ya muy cerca del pueblo. La lluvia se largó de nuevo y al tren todavía le faltaba un ratito antes de arrancar. Buscamos las mochilas en el hostel, se me secó el boxer rojo dejado en una ventana del 2do piso, provisiones para el turno de la merienda (un yoghurt muy sabroso) y un andar de 300 o 400 metros hacia la estación donde nuestro Perú Rail emprendería el regreso a Ollantaytambo.
Decisión clave: no habría segunda noche allí, sino retorno directo a Cusco. El tren esta vez salió con un mínimo retraso y el consumo fue solamente una Sprite chica, dado que ya estábamos recargados. Arribados a Ollanta siendo casi las 20, el lanzamiento tachero arremetió velozmente y no hubo oportunidad siquiera de pensar en un bondi. Volvimos con dos yanquis mujeres, abonando 10 soles per cápita (bien) y conducidos por un chofer pistero que siempre se proponía sobrepasar a cualquier vehículo que tuviera adelante. Pese a correr más riesgos que el día de Pisaq debido a la persona; la ruta menos curvada y el hecho de no ir adelante me causaron menos temor que 72 horas atrás. Lo raro: en Urubamba subió a dos minas más atrás (en la parte del baúl que he comentado) que decían que ya no había traslado hasta Cusco. Hubo cierto prejuicio al mirar de reojo dado que las mochilas estaban justo ahí atriqui y porque cuando bajaron pareció haber cierto conocimiento con el conductor. No pasó nada. La revelación: el Grupo 5 (sin competencia) que no paró de sonar en el stereo y nos hizo pensar en traernos un CD de esta reconocida banda cumbiera a Buenos Aires. "Motor y motivo" o "Te vas", los hits imbatibles.
Con la alegría del chofer que llegó antes que todos sus colegas, nos bajamos en la Plaza Regocijo, cerca de la de Armas como del hostel al cual volvíamos. Hacia este último fuimos con urgencias digestivas los dos. Nueva bienvenida de Sonia, solicitación de los equipajes y luego de la recuperación estomacal, había llegado el momento de cenar. Justo en la esquina de Marquez y San Bernardo, encontramos un colorido lugar llamado Yajuú, cuya especialidad parecen ser los licuados. Probamos uno de Papaya y clavamos dos sanguchitos muy sanos de palta (más jamón y queso en mi caso, y tomate y huevo en el caso de Maru Chan). Además, el gordito se tomó un helado de dos bolas delicioso. La noche se apagaba y en consonancia, le seguíamos los pasos. Un rato de "El otoño del patriarca" (pese a que costó, pude engancharme) fue la previa de un descanso poblado de imágenes indelebles. No sólo el que escribe, sino los dos compañeros soñaban sueños que evocaban situaciones aún no creíbles. Todo era muy reciente y no podíamos caer.
No había lugar para la reflexión, pero era impactante realidad: habíamos estado en Machu Picchu. Say no more.
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