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Presentes de lucha, pasados de gloria: Un viaje a través del tiempo, la resistencia y la libertad

Escribe: osorojo
La mística y el sentir revolucionario de una Bolivia que resiste y construye. El impacto frente a esa maravilla que es el Lago Titicaca. La sensación de quedarse sin palabras en cada centímetro del magnánimo Cusco. Sus calles esconden una historia y una cultura riquísimas. Machu Picchu, qué más agregar. Sólo contemplarlo con ojos bien abiertos, corazones dispuestos a latir y alas desplegándose para volar. Un sinfín de imágenes junto a la persona que más amo en el mundo. Un...

 

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¡Los osos en el Machu riendo de placer!

Machu Picchu, Perú — martes, 3 de febrero de 2009

Los celulares dispararon sus alarmas con una diferencia de cinco minutos: entre las 4:30 y las 4:35 de la madrugada. Ya nos habían comentado que a lo sumo había 15 minutos de caminata hasta la estación de Ollantaytambo, así que no había necesidad de apelar a un taxi. Tras golpearle la puerta al pibe que nos debía abrir para salir del hostel, nos dirigimos, provistos de una linterna, hacia el sitio en donde debíamos abordar el tren a Aguas Calientes.

En las breves cuadras que nos separaban desde nuestro puntapié inicial, el único sobresalto fue la aparición de la nada de un hombre cargando unas ramas. Mientras la noche comenzaba a despejarse, el Backpacker arrancó puntual (5:37 era el horario exacto de salida) y así se iniciaba el intenso camino a Machu Picchu. Metimos café con leche durante el recorrido y superando en un minuto las siete de la mañana, arribamos a Aguas Calientes, pueblo que se encuentra a 4 km de la ciudadela inca descubierta por Hiram Bingham en 1911, recientemente declarada "nueva maravilla del mundo".

En un marco de nubes y ascendente humedad había que buscar un hostel para dejar algunas cosas y para asegurar la única noche aquí. Una señora nos convenció directamente en la estación y la seguimos cuesta arriba, aunque lamentablemente el hostel no nos atrajo (tan apagado como el debut paceño). Rebotamos en uno más (por precio y calidez) y finalmente, después de una serie de vueltas, nos quedamos con el Hostal Inka, a metros de la plaza Manco Capac, a metros de la estación y a metros de donde unos obreros - daban directo a nuestra ventana - trabajaban en la construcción de un mega edificio. 35 soles la habitación con baño privado lo hacía aceptable. Ya no había más que pensar.

Agarramos lo necesario, compramos unas insuficientes aguitas y siendo las 7:45 de la matina nuestros pies empezaron a deslizarse con rumbo ya conocido y muy deseado. Como dirían los amigos de la fantástica banda uruguaya No te va Gustar, hicimos "el camino más largo". A través de la zigzagueante ruta por la que suben y bajan los micros (que no tardaríamos en conocer desde adentro) y apenas metiendo un atajo de escaleras (por las cuales se acorta notablemente el tiempo de caminata, pero llegás con los gemelos destruidos), el recorrido se hizo eterno.

El clima húmedo provocaba un calor corporal muy incómodo, generando que el agua se consumiera más rápido de lo previsto, que las cataratas saciaran sed y mojaran pelo de Osa (y en una ocasión, del Oso) y que la sensación de que no llegábamos más se volviera más pesada (y sudorosa) aún. A medida que nos íbamos a acercando y que la hora y media pronosticada iba quedando atrás - menos mal que no nos desviamos luego de las escaleras -, se vislumbraba el Machu y la emoción de contemplar parte de su grandeza motivaba a los caminantes. De cualquier modo, cuanto más cerca lo veíamos, más lejos parecíamos estar. No nos íbamos a rendir y como "todo concluye al fin", a las 10:20 (sí, dolió en el alma) nos encontrábamos cara a cara con la entrada al inolvidable Machu Picchu.

Exhaustos pero ansiosos, luego de pasar cada uno a su respectivo baño, nos dispusimos a ingresar. Se venía el gran momento, tan soñado durante el 2008 y qué lindo que iba a ser: ¡los osos en el Machu riendo de placer! Y aquí llega ese instante en que la imposibilidad de describir lo vivido en palabras se hace más patente que nunca. Uno sencillamente no puede creer que eso que estamos viendo sea real, es algo que supera cualquier imaginación, que trasciende cualquier expectativa.

Se hace muy difícil transmitir lo que uno siente en cada paso que da a través de este Patrimonio Mundial de la Humanidad. Hay que estar y sentirlo, pero si uno pudiera animarse con un vocablo es magia. Que nos hechiza, que nos fascina, que nos apasiona, que nos conmueve, que nos genera esa risa tan pero tan llena de placer. El recinto del Guardián, la puerta de acceso a la ciudad, las zonas agrícolas (con sus inmensas terrazas, justamente aquí no podían faltar) y de los templos, el cóndor, las fuentes, los recintos principales, el grupo de las tres portadas, la roca ceremonial, el templo de las tres ventanas, la plaza principal, el observatorio astronómico son algunos de los lugares dentro del paraíso.

En general, nuestro recorrido fue bastante completo, pese a que los pies lentamente exhibían cierta resistencia, producto del lógico cansancio de un día que había empezado temprano. Poco importaba con tal de disfrutar del Machu. Ya a esta altura se me iba aclarando (Maru estaba completamente segura hace rato) la idea de volver al día siguiente, sobre todo para escalar el Huayna Picchu (la montaña nueva) y si nos daba el tiempo para ir hasta el Templo del Sol.

Durante nuestra primera jornada machupicchense, el clima exhibió varios cambios, desde un sol penetrante en un principio, pasando por una incesante lluviecita (de Noviembre a Marzo es un ingrediente muy presente) durante un buen rato, hasta el renacer solar a media tarde. Almorzamos a escondidas - ya que teóricamente no se puede ingresar con alimentos - unos sanguches de atún (comprados ambos elementos en Ollantaytambo) que desaprobaron debido a la dureza del pan, ya que el atún estaba muy rico.

Hubo foto de Mendieta, espalda y de frente, un retrato increíble de Maru - que parece una postal - con una sonrisa guasonesca, las llamas embelleciendo aún más el paisaje y cuidando que el pasto se mantenga impecable y la contemplación constante de un sitio maravilloso que, por suerte, los españoles no encontraron. La fortuna de haber sido un territorio escondido ("la ciudad perdida de los incas", como la denominó Bingham) impidió su destrucción por parte de los ibéricos.

Porque no sólo era factible hablar de incas, sino también - desgraciadamente - de incapaces. Los que, como ya he dicho, iban perdiendo su capacidad movilizadora eran nuestros pies. Luego de una toma que los felicitó (a ellos y a las zapatillas), iniciaron su retirada. Por supuesto, no había ninguna chance de no subirse al bondi, más allá del impacto de los siete dólares por capocha (teniendo en cuenta un viaje tan corto). Sino, nos tenían que trasladar en camilla. En esa cómoda y rápida vuelta continuaron las escenas impresionantes al observar un fabuloso arcoiris.

Llegamos a Aguas Calientes a las cinco y nos devoramos una pizza a 30 metros del hostel. Nos duchamos, contamos la plata que teníamos a ver cómo estábamos de cara los días que quedaban, sacamos la entrada para el día siguiente en el INC y nos encaminamos fervorosamente hacia las aguas termales, lugar donde relajaríamos nuestras agotadas piernas. A cambio de veinte soles en total nos pudimos dar un chapuzón de agua calentita y de poderosos efectos que tan bien nos hizo.

La fatiga se notaba en la cara. Nos secamos con una sola toalla, cambiamos unos dólares y nos fuimos a cenar. Maru se pidió una ensalada de palta y Seba, una trucha a la parrilla. La osa se caía desfallecida. Volvimos al hostel, se pegó un baño y se durmió al instante. En mi caso, el sueño también me vencería, pero permitiéndome un rato de lectura previa. La profecía se había cumplido. Aunque se quedó corta. Lindo permitió que la canción rime. Extraordinario fue el real sentir de un día imborrable.

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