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Gambia: la costa de la sonrisa

Escribe: pepemanolo
Gambia es tan pequeña, que es fácil no verla cuando se recorre con el dedo un mapa de Africa. Pero tras estar allí, uno no puede ya olvidar la luz de la sabana, la tierra roja que te traes sin querer por los rincones, los cientos de aves, los monos, los cocodrilos,... pero sobre todo, las gentes de piel muy negra y sonrisa muy grande, las mujeres con sus vestidos de colores, los niños con la curiosidad en sus ojos, los gritos de "tubab" en las regiones aisladas. Eso es lo que te roba el co

 

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Janjangbureh: la Isla de los Esclavos

MacCarthy Island (Janjanbureh), Gambia — jueves, 14 de abril de 2011

* Nota: también se la conoce como George Island, Lemain Island y McCarthy Island (en honor de sir Charles MacCarthy, el administrador colonial que se opuso al comercio de esclavos de forma contundente).

Surcamos la sabana, recta, interminable, luminosa. En algunos lugares se alzan columnas de humo: los agricultores queman el rastrojo reseco justo antes de comenzar la temporada de lluvias, para que la ceniza sirva de abono. La carretera es una fina línea de asfalto en el mar de arena roja que se enseñorea de la sabana; kilómetros y kilómetros de grandes rectas rotas sólo de cuando en cuando por pequeñas curvas que solamente hacen cambiar su dirección. Después de un rato de haber tomado una carretera más estrecha a la derecha, de pronto termina el asfalto y 50 m más allá, la propia carretera, que se sumerge en las aguas marrones y verdosas del Gambia. Es un embarcadero muy parecido al del delta del Ebro, con un transbordador también pequeño que desplaza continuamente personas y vehículos de orilla a orilla. Tras un recorrido de apenas cinco minutos ponemos pie en la isla de Janjabureh, también escrita como Janjangbureh.
 
Es una isla de 10 km de largo y 2,5 km de ancho en el río Gambia, a unos 300 km aguas arriba de Banjul. Es pobre en infraestructuras, no hay bancos ni hospital y escasos alojamientos, pero es fascinante para los amantes de las aves y la historia.
 
Fue fundada en 1823 cuando Kolli, rey de Kataba, firmó un tratado con Alexander Grant cediendo la isla al gobierno británico a cambio de 1 caja de vino y 5 de monedas. De acuerdo con la tradición oral, los primeros habitantes de la isla fueron dos hermanos, Janjang y Bureh, de donde proviene el nombre autóctono de la isla. Durante la trata de esclavos, se dice que cautivos fugados se refugiaron aquí desde Jongkaa Kunda, que estaba en tierra firme junto a la aldea actual de Laminkoto. En 1824 los misioneros cristianos estaban ya aquí. La ciudad atrajo a comerciantes y empresarios, con lo que tuvo una época de bastante actividad y florecimiento. Todavía se conservan muchos edificios de la época colonial (s. XIX y XX), como las ruinas del CFAO, el Maurel and Prom Building, la residencia del comisionado, el antiguo mercado de esclavos, el mercado local, la oficina de correos, etc.

Muchas áreas están cubiertas de bosque tropical y la ribera de la isla es ideal para la pesca y la observación de cocodrilos e hipopótamos. Hay un montón de especies de ave, tanto es así que es recomendable si se tiene tiempo y afición coger una barca y realizar un safari fotográfico.

Nos reciben las mujeres lavando la ropa en el río, varios tenderetes de fruta y dos o tres hombres sentados a la sombra de un edificio de piedra que después descubriremos fue centro de detención y venta de esclavos. Las visitas no se hacen esperar: han mandado llamar a un chaval, quien en calidad de cuidador del sitio nos ha dado acceso a una pequeña propiedad triangular cerrada por un murete de 1 m. En su interior, un jardín medianamente cuidado rodea un árbol que preside el lugar desde el centro. Es el Árbol de la Libertad, el Foroyaa Sooto. En tiempos de la esclavitud, nos cuenta, los ingleses informaban a los esclavos que si alguno al salir del centro de detención conseguía correr hasta el árbol y tocarlo, obtenía automáticamente la libertad. No hace falta decir que era un juego cruel en que los que lo intentaban morían bajo las fauces de los perros o las balas de los fusiles, además de para lanzar un mensaje a los demás sobre lo que les esperaba si intentaban escapar o rebelarse.

Tras la obligada contribución en un cajón a modo de hucha, nos han guiado andando hasta un conjunto de edificios de la é-poca colonial que sirvió de residencia al gobernador. Todo muy cuadrado, muy inglés, y muy dejado debido al paso de los años bajo custodia africana. Un par de viejos cañones repintados nos hablan de tiempos lejanos y duros. En unos pizarrones de madera, escritos a mano, se han ido anotando los nombres de los gobernadores desde la colonización británica hasta ahora; un retazo de historia en que llama la atención el salto de los primeros nombres, británicos todos, a nombres locales a partir de un cierto año.

Aún nos queda una última visita: la casa junto al embarcadero que resulta ser el lugar de reunión y encarcelamiento de los esclavos, a la espera de ser vendidos y transportados río abajo, camino hacia tierras lejanas. Una rampa nos lleva bajo el nivel del suelo y entramos en un recinto rectangular. A pesar de no haber techo, vemos los restos de las maderas que lo conformaban. Abajo la cárcel, arriba las estancias comerciales.

Un hombre (cómo no, el responsable del lugar a quien habrá que pagar luego) nos explica que aquí metían a sus ancestros apretujados como ganado, sin lugar donde hacer las necesidades, y con un sumidero en el suelo que cuando el río crecía les servía de abrevadero, y cuando el río bajaba de caudal se secaba y quedaban sin agua. Nos enseña también los gruesos y pesados grilletes que llevaban los capturados, así como la Celda de la Muerte, donde acababan los rebeldes que se negaban a aceptar su destino, atados a la pared con gruesas cadenas sin agua ni comida hasta que morían. A nada que se sea sensible, el lugar impresiona, casi provoca claustrofobia incluso ahora que entra luz al faltar el techo, bañando todo en una penumbra opresiva.

Salimos de nuevo a la luz y el aire se hace más cálido y ligero, como si despertásemos de un mal sueño. ¡Cuánto sufrimiento, cuánta muerte pesa en este lugar!

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