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Escandinavia IV Lofoten

Escribe: falistoon
El paisaje estaba hecho a la medida del sol allí. La gran "u" tallada durante cientos de miles de años por el implacable hielo y ahora tomada por el mar, sirve de escenario perfecto a un sol que no quiere despedirse, y lo hace notar apropiándose del paisaje, dándole forma al inundarlo de la más colorista luz posible, dotándolo de una nitidez que enciende el crepúsculo de amarillos, dorados , violetas y frios azules.

 

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Capítulo 1
 

Escandinavia IV – Lofoten

Lofoten, Noruega — viernes, 31 de octubre de 2008

Escandinavia IV – Lofoten

El tiempo se dilataba en aquellos limpios paisajes de mansas aguas y grandiosos días y nos sobraba, hasta que llegara la familia, para hacer un pequeño circuito de tres o cuatro días por la península, cruzando por el norte de las islas a bordo del trasbordador que une Hanoi con Kaljord y atravesando la gran isla de Hinnoya para rodear el Ofotfjorden y llegar finalmente a Narvik. Importante puerto de embarque de mineral de hierro procedente de la vecina Kiruna, en Suecia, no era esta ciudad lo que nos interesaba, aunque aprovechásemos para aprovisionarnos en sus bien surtidos centros comerciales. Pocos kilómetros al sur siguiendo la E –6 –auténtico eje que recorre longitudinalmente el país – ascendemos hacia el interior contorneando el Beisfjord, contemplado desde las alturas por enriscados ventisqueros que se asoman entre brumas al luminoso y profundo azul del fiordo. Acampamos en solitarios e inimaginables lugares y caminamos por frondosos bosques en donde descubríamos exquisitas frambuesas y fresas salvajes con las que alegrar el paladar. Ascendimos junto al cauce de un torrente que rugía al precipitarse desde los hielos perpetuos del cercano glaciar. Dos días después regresaríamos a la E–5 con destino a Skutvik, desde donde salía el trasbordador que nos regresaría de nuevo a Svolvaer.

Pero antes haríamos una segunda incursión en territorios más salvajes y nos dirigimos a Kjopsvik, en mitad del Tysfjorden, por una angosta carretera secundaria , internándonos en parajes boscosos en los que nos dejábamos llevar por el olfato que siempre nos abocaba a las rocosas orillas del fiordo. La única presencia humana fue un grupo de cuatro o cinco saludables ancianos de largas y blancas barbas, que semejantes a simpáticos gnomos sentados alrededor de una gran mesa, nos saludaron desde el pequeño jardín de su cabaña, rodeados de flores violetas y fucsia, risueños y como encantados ante la visión de los visitantes. No menos encantados quedaríamos nosotros ante tan sorprendente y fugaz imagen. Más tarde, entre la penumbra del atardecer en un tupido bosque y a la luz de una vela dentro de la caravana, imaginábamos a estos seres como misteriosos; detrás de sus sonrisas se escondían malvados planes que estarían a punto de ejecutar… y nosotros éramos obviamente sus víctimas. León se quejó entre risas nerviosas cuando ya temblaba de miedo y tuve que suspender el relato.

De vuelta a las islas, dejamos Svolvaer – adonde dos días más tarde regresaríamos para recoger a los turistas – para dirigirnos al camping Boby, que tanto nos había gustado. Estaba en un lugar especial, flanqueado por islotes que forman un archipiélago en el centro de lo que fue un ancho fiordo y que ahora separa dos islas. Allí observaríamos algunas de las más espectaculares puestas de sol – de media noche – que habíamos visto jamás. El paisaje estaba hecho a medida del sol allí. La gran "u" tallada durante decenas de miles de años por el implacable hielo y ahora tomada por el mar, sirve de escenario perfecto a un sol que no quiere despedirse y lo hace notar dándole forma al paisaje, inundándolo de la más colorista luz posible, dotándolo de una nitidez que enciende el crepúsculo de amarillos, dorados, violetas y fríos azules.

Había en el camping un pequeño embarcadero y disponían de algunos botes con motor que normalmente alquilaban a pescadores, los cuales conseguían buenas capturas en estas ricas aguas. Nos fascinaba la idea de explorar las islas con una de aquellas barcas, así que decidimos alquilar una. Arrancamos muy contentos una brillante mañana de sol. Cuando estábamos aproximándonos al primer gran islote, el motor deja de funcionar, se para de pronto. Intentamos arrancarlo sin éxito varias veces y continuamos a remo hasta alcanzar el islote. Nadie a babor, nadie a estribor; la soledad era completa. Amarramos el bote a las rocas ante la imposibilidad de volver al camping a remo por la fuerte corriente producida por la marea. Emma y León empezaron a ponerse nerviosos y conseguí calmarlos convenciéndolos de la necesidad de aprovechar el tiempo explorando a pie la isla y subiendo a lo más alto para otear el horizonte; después de todo allí y ahora nunca era de noche, y los posibles pescadores se podrían encontrar a cualquier hora. Mientras trepábamos por aquel promontorio sin árboles, dejábamos volar la imaginación con historias de náufragos en islas desiertas o en territorios hostiles.
Al cabo de unas horas, divisamos una pequeña embarcación que se aproximaba a la otra punta del islote, adonde podríamos llegar remando cerca de las rocas y cruzando una pequeña cala. Llegamos junto a la solitaria embarcación y pronto encontramos a sus dos tripulantes, padre e hija, que ya regresaban de su pequeña excursión. El hombre descubrió enseguida de lo que se trataba y arrancó a la primera después de trastear unos segundos. Se había cerrado de forma involuntaria la válvula del combustible, y al final, después de haberla movido de un lado a otro sin saber hacia donde era, había tomado aire y se había ahogado. Lo intentamos todo, pero si no es por este providencial encuentro no habríamos regresado esa noche, pues no se volvió a ver a nadie por los alrededores en toda la tarde...Tal vez a remo...

La familia (mi hermana y mi cuñado) llegó al fin y nos instalamos en nuestra flamante rorbu de Reine. Y digo flamante con propiedad, pues estaba recién construida, aunque acababa de ser habitada durante unos días, lo que hacía que su atmósfera y ciertos detalles como cerveza en la nevera, café, etc, la hicieran aun mas acogedora; tenía todo lo necesario para sentirse confortable durante toda la estancia allí. El dueño estaba terminando de construir una robusta mesa de gruesos tablones de madera en la terraza volada sobre el fiordo cuando llegamos. Era lo único que le faltaba, y además nos había traído unas buenas hamacas para que disfrutáramos del tan preciado sol. Hubo suerte y durante la semana que estuvieron ellos allí llovió poco – aunque casi todos los días lo hacía – y algunos días fueron inusualmente calurosos y soleados, el chico incluso se dio algún chapuzón en aquellas aguas heladas.

Entre excursión y excursión visitamos un festival vikingo que se celebraba cerca de Eggun, en una especie de parque temático donde, además de la reconstrucción de una gran cabaña vikinga en la que se ilustraba la forma de vida de este pueblo, había figurantes por todas partes realizando la vida normal (incluido el cuidado de los bebés) y los diferentes oficios propios del medioevo en las cabañas y tiendas instaladas cerca del puerto. Éste se encontraba en el fondo de un intrincado fiordo – sin duda un gran escondite – dominado a su vez por una suave loma en la que se encontraba la gran cabaña. Amarrados a su muelle había dos drakars , uno de los cuales haría las delicias de todos los niños que se encontraban por allí cuando tuvimos –pues todos subimos a bordo – la oportunidad de remar por el fiordo (los chicos no se percataron de que nos arrastraba una tan pequeña como silenciosa zodiac).

Al igual que cuando fuimos a los avistamientos de ballenas, ahora era de nuevo León el responsable de que estuviéramos aquí. Estaba exultante, no cabía más gozo. Había aprendido mucho sobre aquel pueblo marinero durante el viaje. Largas horas de lecturas, antes y durante el viaje, estaban sirviendo para que sobre el terreno, nos fuera sorprendiendo continuamente con su erudición. Cuando nos disponíamos a leer alguna información ¡él siempre la ampliaba o la explicaba mejor! Meses después, en su colegio, expondría una estupenda conferencia sobre la mitología nórdica que ya hubiera querido más de uno con su edad.

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Últimos comentarios

MARCEDIAZ dice:
Felicitaciones por los relatos ..son excelentes..
podrías dedicarte a escribir libros de viajes...
Cuando empiezo a leerte..no puedo dejar de hacerlo....

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