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Escandinavia III De Nordkapp a Lofoten

Escribe: falistoon
Por fin, después de costear un mar en absoluta calma, alcanzamos Cabo Norte entre blanquísimas nieblas que de pronto se esfumaban dejando paso a los azules más fríos e irreales que jamás había...

 

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Capítulo 1
 

Escandinavia III – De Nordkapp a Lofoten

Lofoten, Noruega — miércoles, 15 de octubre de 2008

– De Nordkapp a Lofoten
   
Por fin, después de costear un mar en absoluta calma, alcanzamos Cabo Norte entre blanquísimas nieblas que de pronto se esfumaban, dejando paso a los azules más fríos e irreales que jamás había visto. Es realmente sobrecogedor el paisaje que desde allí se contempla; el océano cubierto de nubes por debajo de los altísimos acantilados; las brumas que de pronto nos envolvían dejándonos una gélida y luminosa ceguera, para casi sin que te dieras cuenta, desaparecer después dejando paso al tímido sol nórdico. Pero todo tiene un precio. La verdad es que me pareció algo excesivo que se pague para ir a echar un vistazo al cabo, después de haberlo hecho ya antes para pasar el túnel que une el continente a la isla donde se encuentra, pero qué remedio quedaba después de haber hecho tantos kilómetros con esta meta…y finalmente merece la pena.

Al otro lado sólo está el Océano Glaciar Ártico, el Polo Norte, pero antes hay un pequeño archipiélago (Svalbard) perteneciente a Noruega. Allí solo hay gigantescos glaciares y osos polares. En verano viven allí alrededor de mil personas, pero en invierno prácticamente es una estación polar con algunos científicos. Hubiéramos volado allí de no ser por la información que nos dio una chica del museo Polaria de Tromso, según la cual no merecía la pena pagarse un vuelo – bastante caro – para que no te dejen circular por allí con libertad, pues es necesario salir con un guía y con rifle por el peligro de ser atacados por algún oso. No se podía hacer excursión por libre y tampoco se podía sobrevolar los glaciares de las islas en avioneta, para lo cual –después de la apasionante experiencia patagónica– no me hubiera importado gastar hasta mi último céntimo.

Pasada una de las noches más frías de todo el verano (encendimos por vez primera la calefacción) continuamos hacia Tromso, aunque hicimos noche por el camino. De Nordkapp a Tromso habrá unos quinientos kilómetros, pero –y esto lo tenía previsto cuando emprendimos el viaje, de ahí la prisa en llegar arriba–  en Noruega esto supone como mínimo diez horas. No es solamente que las carreteras son angostas y sinuosas, sino que además, cada vez que se pasa por una población –y allí se entiende por tal cuatro casas emboscadas a  decenas de metros de la carretera que en muchos casos ni siquiera se ven –  el límite de velocidad es de sesenta o cuarenta o treinta, según sean más o menos casitas… con lo que en ocasiones se hace un poco pesado conducir, aunque finalmente te acostumbras, y si no te acostumbras peor para ti: ¡ochocientos sesenta euros me cascaron por ir a noventa en una limitación a sesenta que no había visto!

Habíamos dejado la caravana en el camping e íbamos a comprar algo de comida con lo que iba un poco más ligero de lo habitual. En una recta rodeada de bosques y sin casas a la vista, adelanté a otro vehículo que circulaba lentamente. De pronto alguien sale rápidamente del bosque y se planta en medio de la calzada obligándome a frenar bruscamente, jugándose el tipo. Al parar ya había visto que se trataba de un poli. Amablemente me invita a subir a su coche (actuaba en solitario), ya que estaba lloviendo, y cuando me dice –amablemente también –  a lo que asciende la broma, le respondo perplejo que no llevo esa cantidad encima. Quería cobrar en el acto. Me lo dijo en coronas, pero no fue necesario que hiciera los cálculos del cambio, pues era exactamente lo que nos cobraban por el alquiler de una flamante rorbu que habíamos reservado en Reine (Lofoten) para cuando llegaran mi hermana y su marido, que lo harían directamente en avión. Sonriente, me saca una maquinita y me dice “no importa: visa, american express, master card…?”   con lo cual no había escapatoria.  No le interesaba la documentación del coche, ni el seguro; sólo el carné de conducir, cobrar y  ¡adiós, muy buenas! Pero este episodio sucedió en las Lofoten varios días después.

Llegamos a la capital del Norte de Noruega, Tromso. Con sus alrededor de sesenta mil habitantes, es la mayor ciudad de todo el norte de Escandinavia. Se encuentra a trescientos km. al norte del Círculo Polar, es decir, a la misma distancia de él que el norte de Alaska, donde apenas vive nadie, y menos aún en la misma latitud en Siberia. Las costas del norte noruego gozan de un clima algo más cálido que el resto de territorios situados en su misma latitud, gracias a que hasta aquí llega – ya en extremo y muy debilitada – la corriente cálida del Golfo, permitiendo establecerse poblaciones allí donde en otros lugares sería impensable, y facilitando las cosas a cazadores y exploradores del ártico que organizaban desde aquí sus arriesgadas expediciones.

Hicimos una visita al Polarmuseet, que situado en pleno puerto, se encuentra rodeado de barracones y almacenes de principios del siglo XIX. Aquí están bien documentadas las diferentes expediciones al Polo Norte. Especialmente interesantes son las secciones dedicadas al viaje de F. Nansen y a la vida de R. Amundsen. El otro lugar de interés de la ciudad es el Polaria, un centro de investigación e información sobre las regiones polares, que cuenta con un acuario y proyecciones panorámicas filmadas en vuelos sobre Svalbard  que nos pusieron los dientes largos. Desde entonces Emma no deja de soñar con volar allí … y además en invierno, para tener la oportunidad de disfrutar del soberbio espectáculo que ofrecen las auroras boreales.

Lofoten y Vesteralen forman un encantador archipiélago. Más  agrícolas y ganaderas las islas del norte (Vesteralen, de orografía un poco más suave), y más marineras y montañosas las del sur (Lofoten ), forman un paisaje difícil de olvidar, de riscos con cumbres nevadas y verdes y floridos valles glaciares salpicados de impecables casas de madera pintadas de vivos colores. León ya se había preocupado antes de partir de Granada, de buscar en internet el mejor lugar para avistamientos de ballenas y nos dirigimos a Andenes, en la punta más septentrional de la isla de Andoya, en Vesteralen.

Fue otra experiencia única. Navegamos entre un gran banco de orcas que saltaban brillando a nuestro alrededor (sólo las filmamos), y pudimos ver los hermosos lomos y aletas de las gigantescas jorobadas, llegando a fotografiar a una en pleno –y único –  salto, algo muy difícil de observar según nos dijeron. Allí conocimos a una joven pareja de simpáticos sevillanos que habían improvisado su viaje de dos semanas a Noruega. Venían con un coche alquilado en Oslo y una pequeña tienda de campaña que no habían montado hasta el momento porque el tiempo invitaba a refugiarse mejor en las cabañas disponibles en la mayoría de los campamentos. Sin embargo en el camping de Andenes –adonde se habían dirigido para ver ballenas, desistiendo de seguir hasta Cabo Norte por falta de tiempo – no había cabañas. Bajo un fuerte temporal de viento y lluvia intentaron montar la tienda sin éxito y cuando fui a ayudar se rompió una de las varillas de la estructura. Como en nuestro huevito no había sitio para dormir todos, después de cenar bien juntitos en el interior de nuestro acogedor refugio, tuvieron que buscar un hotel y afortunadamente disponían de habitación libre.

Para los avistamientos es más que conveniente pertrecharse con buena ropa de abrigo y chubasqueros bien aislantes, además de no ser aconsejable para personas propensas al mareo. El ambiente en el barco así lo demostraba: los camarotes estaban atestados de gente con los rostros pálidos por el mareo; en los servicios no se podía entrar por lo inmundos que estaban debido a las continuas descargas de los desventurados viajeros; en cubierta, un japonés, después de no quedarle nada más que vomitar en innumerables bolsas, daba arcadas emitiendo fortísimos sonidos guturales que se oían desde el último rincón del barco. Pero lo que nos resultó indignante fue ver cómo dos niños alemanes de entre diez y trece años, temblaban de frío hasta llorar mientras su padre se hacía el duro (también temblaba de frío aunque tratara de disimularlo) y se mofaba de ellos con desprecio por no ser fuertes y no saber aguantar. Los habían llevado a alta mar en pleno Mar de Noruega, a más de cien millas al norte del Círculo Polar, con chanclas, camisa y pantalón cortos y un rudimentario chubasquero de plástico. La madre, que era la única que iba algo abrigada, disfrutaba con su cámara, de babor a estribor, filmando a los tan solicitados cetáceos, mientras el padre , con las manos en los bolsillos buscando el calor de los genitales,  recriminaba a los pobres chicos, mientras rechazaba la oferta de los abrigos que le ofrecían las atentas guías que ya se los habían proporcionado a otros imprudentes. Finalmente aceptó unas mantas evitando con ello que los que contemplábamos tan desagradable escena termináramos por hacer prevalecer el sentido común haciendo uso de nuestra mayoría y quién sabe si alguien no hubiera sido botado al helado océano.

Necesitaría varias páginas para describir las sensaciones y los sentimientos que me embargaban en estos bellísimos lugares, donde la luz cambia continuamente y la intensidad de sus colores cobra una especial, vibrante vida en los violetas de sus omnipresentes flores acariciados por el viento sobre los verdes y húmedos prados; en el lustroso negro de las rocas escarpadas reflejado en el sereno espejo azul del fiordo…

Recorrimos tranquilamente las islas de norte a sur. Teníamos tiempo porque habíamos ido ligeros para poder estar por aquí quince días estirando por fin las piernas en fantásticas excursiones en las que los días no tenían fin. De paso podríamos ir buscando una rorbu para cuando llegara mi hermana y mi cuñado. Estas tradicionales cabañas de pescadores están construidas a modo de palafito en todos los pequeños puertos que constituyen la mayoría de sus núcleos de población. Ahora la mayoría de ellas se rehabilitan para uso turístico y las hay de diferentes categorías, desde las primitivas y espartanas hasta las recientemente construidas, climatizadas y con todos los servicios bien montados.  Recorrimos el archipiélago, plagado de pintorescos puertos pesqueros, con sus pequeñas factorías y las robustas estructuras de madera de sus secaderos de bacalao.  Stamsund, Svolvaer, Kabelvag, Nusfjord, Eggun, finalmente, Reine y Moskenes y A.  Veintidós días después tomaríamos todos en Moskenes el trasbordador que nos cruzaría a la península.

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Últimos comentarios

nanoinca dice:
Hola!!! siempre me atrajo Noruega, además creo debe tener las vistas más increíbles que se puedan imaginar, y tus fotos lo demuestran.Excelente.
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mar1975 dice:
hermosas fotos, que lugar !!
destino bien atipico x estos lados sin lugar a duda

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Kiowa dice:
Preciosas fotos!!!
Qué lugar tan bonito y tan apetecible para hacer un viaje.
Saludos!

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xavicunit dice:
Sin duda el lugar más precioso que yo he visitado. Las Lofoten no sólo se observan, también se huelen. Tiene un olor especial cualquier lugar que atravieses. Yo lo hice en moto este año y es de eso que cuando estás allí disfrutando piensas:" Ahora ya puede venir el de la guadaña si quiere, que mi retina no se borrará de tanta belleza"
Saludos

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