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Encantadora... Guatemala

Escribe: Bertuco
Este es uno de los mejores viajes que he realizado, por lo maravilloso del país, por las gentes que lo habitan y por las personas que me acompañaban. Hice en su día un diario del viaje y, ahora, para estrenarme en este blog, os le muestro.

 

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Livingston

Lívingston, Guatemala — miércoles, 7 de mayo de 2003

Miércoles 7 de Mayo del 2003.         Livingstone
 
            Me levanté con las energías renovadas, salí a la terraza a contemplar el trocito de río que los árboles no tapaban y pensé... que dura es la vida del turista. Las madrugadoras, Esther, Amparo y Diana ya estaban terminando de desayunar cuando llegamos al comedor Darío y yo. Y cuando estábamos terminando todos llegó el mas dormilón, César. Éramos como los hermanos de una familia numerosa que espera ansiosa a su padre, Emilio, para que los lleve de excursión.

            Cuando llegó Emilio salimos para el Castillo de San Felipe. Como estaba cerca fuimos caminando. Atravesamos una aldea de gente humilde, dado el estado de sus viviendas. Nos encontramos con un terreno que estaba en venta y nos picó la curiosidad por saber cual sería su precio. Preguntamos en una tienda que había a lado, pero no supo o no quiso decírnoslo. En fin, nos quedamos con las ganas.

            Después de un corto paseo, divisamos al fondo el castillo. No era muy grande, pero estaba muy bien conservado. Su construcción data de finales del siglo XVII y fue obra de los españoles para proteger el comercio entre España y el Caribe. Situado a orillas del río, su implantación estratégica le permitía controlar a los barcos piratas. Estuvimos deambulando por los estrechos pasadizos que comunicaban las diferentes estancias (las mazmorras, el polvorín, ...). Subimos a las almenas donde estaban los cañones y las torres de los vigías. La vista desde allí era maravillosa, me encantaría, aunque solo fuera un momento, trasladarme a aquella época, poder divisar los galeones con sus grandes velas, hacer frente a los sanguinarios piratas. La realidad era que vestía pantalones cortos y la única arma que tenía era una cámara digital. Tan real como que una chica que estaba en el control de entrada al castillo era seguidora del Racing de Santander. Nos dijo que era una fans de Munitis (aupa el del barrio pesquero) y que estaba con el equipo en el que jugara. Le prometimos mandarle un equipaje completo de su ídolo y nos despedimos del ella y del castillo.

            Nos dirigimos al embarcadero, donde nos esperaba la embarcación y el piloto que nos iba a llevar a Livingstone. Era una lancha con un potente motor bastante moderna. Llevábamos la nevera y lo primero que hicimos fue proveernos en un supermercado de bebidas (gallos, agua y refrescos) y hielo para la excursión. Yo me puse en la proa (parte delantera) y empezamos la travesía.

            La primera parada fue en la isla de los pájaros. Era una pequeña extensión cubierta de árboles y estos a su vez repletos de aves. Casi no se distinguía el verde de sus hojas debido a los excrementos de estas. Seguimos avanzando, el río estaba salpicado de pequeñas islas y algunas estaban habitadas. Emilio nos explicó que, en su mayoría, eran pescadores. Vivían sin comodidades, humildemente, ya que no disponían de electricidad ni agua corriente, pero el marco que les rodeaba era envidiable. A ambos lados de la orilla se levantaban preciosos hoteles, construidos, principalmente, de madera con su embarcadero, su porche. Eran lugares llenos de encanto para pasar una buena temporada, despreocupado de todo, desligado de todo atisbo de civilización.

Continuamos la marcha y esta vez el piloto puso en funcionamiento todos los caballos que daba de si el motor, que gozada. Llegamos a un pequeño archipiélago de islas a orilla de las cuales crecían hermosísimas plantas acuáticas. Paramos los motores y nos quedamos callados, disfrutando de la paz y la belleza del entorno. Solo se escuchaba el sonido de los pájaros. Había unos chiquitucos y muy bonitos que andaban por encima de las plantas como si fuera una alfombra flotante. De vez en cuando veíamos pescadores en sus menudas barquitas, alguno de ellos, nos enseñaba orgulloso su pesca.

Emilio nos propuso darnos un baño, pero que nos iba a llevar a un sitio especial.

Avanzamos a toda máquina hasta llegar a un lugar, solo accesible en barco, en el que el agua, más cercana a las rocas de la orilla, estaba hirviendo. Eran aguas termales que surgían de las entrañas de la tierra en mitad de la selva caribeña. Nos metimos poco a poco por donde el agua estaba mas fría (fría, es un decir) y nos fuimos arrimando a la zona caliente. Jo... pelines, abrasaba, venían tales corrientes de agua ardiendo que no podías evitar dar un grito. Esther nos dijo que aguantáramos que no había mejor medicina para nuestros castigados cuerpos que unos baños de aguas termales. Hubo un par de cobardes de la pradera, Darío y Diana, que no se atrevieron a bañarse y aprovechar las propiedades curativas de estas aguas (luego, que no se quejen). Intercalábamos el agua fría con el caliente, era una sensación muy agradable y, a la vez, regeneradora.
Ya en la lancha nos tomamos unas cervecitas de camino a....  Doctor Livingstone, supongo, destino final de la travesía.

            En la desembocadura del Río Dulce con el mar Caribe se encuentra la pequeña, pero animada, ciudad de Livingstone. Su población, denominada garífuna, es principalmente de raza negra, proveniente de las regiones bañadas por este mar. Antaño dedicada a la pesca y al cultivo de las tierras, actualmente, vive del turismo. Es como una menuda Jamaica donde sus gentes se peinan al estilo rasta y por todas partes se escucha música reggae.

            Empezamos a caminar por una de sus calles. Había mucha gente, entre turistas y oriundos, yendo de un lado para otro. César, que lucía orgulloso un tatuaje de Bob Marley en su pierna, fue asediado por varios jóvenes garífunos que vagaban por las calles, incitándole a participar de la filosofía que practicaba el cantante. En lo que podía ser el centro, nos detuvimos, ya que había gente que quería llamar por teléfono. Mientras esperábamos, César siguió recibiendo visitas. El último de ellos se había acercado en su bicicleta y nos ofrecía la posibilidad de disfrutar de los efectos maravillosos que provocan una planta que abunda mucho por la zona a cambio de unos quetzales, creo que dijo se llamaba María. Nosotros, inocentes, le proporcionamos la pasta y como tenía que ir a buscarla a otro lugar, nos dejo el móvil de fianza. Estuvimos esperando César y yo un ratillo, o mas bien, un ratón, el resto de los compañeros nos abandonaron. La situación me recordaba a un reportaje de inmigrantes que vi en la televisión, en el cual, unos pobres negritos pagaban un dineral para que las mafias les pasaran a otros países. Pagaban por adelantado, les llevaban hasta la frontera y allí les dejaban prometiéndoles que en breve llegarían los contactos que tenían en el otro país, para continuar la evasión. Pasaban días, incluso semanas y no venía nadie. Los reporteros les preguntaban que esperaban y ellos respondían, convencidos, de que en cualquier momento aparecerían sus libertadores. El caso es que nuestro, hippy mariguanero, llamados así por Emilio, llegó y nos entregó un paquete envuelto en papel de periódico, le dimos una propina, nos despedimos y se marchó. Yo le guardé rápidamente en la riñonera y nos fuimos en busca del resto del grupo. Les encontramos mas adelante, nos estaban esperando para ir a buscar una playa.

Nos dirigimos hasta la orilla del mar y empezamos a caminar por el borde del agua por un camino rodeado de palmeras. En la primera parte del recorrido pasábamos delante de cabañas humildes y chiringuitos pintados de colores llamativos y graciosos dibujos (en uno de ellos había un chico con una caña en cuyo anzuelo tenía atrapado un pez y este su vez tenía trincado el "gusanito" del chaval), de los que emergía música reggae. A medida que avanzábamos, las cabañas se convirtieron en preciosas casitas con bonitos jardines que llegaban hasta la misma orilla. La playa no acababa de aparecer y la peña empezaba a estar cansada y con ganas de darse un baño. Por fin, a lo lejos, divisamos una especie de embarcadero con una glorieta y decidimos hacer un último esfuerzo.

Playa Salvador Gaviota, anunciaba un cartel, señal inequívoca de que habíamos llegado a nuestro destino. Descargamos las mochilas y nos metimos en el agua, estaba buenísima. Tuvimos que avanzar un buen trecho para que cubriera. El fondo daba un poco de repelus ya que era arcilloso, pero al final te acostumbras. Estábamos regresando a la orilla cuando, de repente, Esther lanzó un grito. Me ha mordido algo, exclamó. Y, ciertamente, nos enseñó el píe y sangraba. Salimos apresuradamente y comprobamos que era como una pequeña punzada, seguramente, de algún crustaceo.

En la misma playa había un bonito chiringuito en el que nos aprovisionamos de unas gallos y nos dirigimos hasta la glorieta. Tenía dos plantas, en la primera, a la cual se accedía directamente desde el embarcadero, había un pequeño banco y, subiendo por unas escaleras llegabas a la segunda donde colgaban dos apetecibles hamacas. Darío se acomodó en una y Amparo en otra. A mi no me quedó otro remedio que esperar turno sentado en un banco. Que maravillosa vista, que tranquilidad, que sitio tan fascinante. Era como el sueño que, seguramente, todos hemos tenido alguna vez, en el mar Caribe, rodeado de palmeras y con una buena compañía. Estuvimos, así, un buen rato, charlando, bebiendo, balanceándonos, gozando del lugar. Emilio solía decir, refiriéndose a Guatemala, una frase que resultaría el lema del viaje y que en este momento venía al punto, "Aquí no se vive, pero se goza".

Como todavía no se ha inventado como detener el tiempo, este transcurre inexorablemente y había que retroceder lo andado. El camino de regreso se hizo mas breve, nosotros estábamos mas frescos y el calor no era tan intenso. Te cruzabas con gente nativa, que por su aspecto no debían de tener grandes cosas materiales, pero tenían paz y tranquilidad, como en el anuncio de Ron Coco Malibú (me estás estresaaaaando). Nos encontramos con unos niños que jugaban a lado de la orilla y cuando nos vieron se pusieron a bailar alrededor nuestro. Juan Carlos les dijo que les iba a dar un regalo (unos bolígrafos) y estos, automáticamente, se pusieron en fila, perfectamente ordenados por estatura, esperando para recibirlos encantados.

Ya en la ciudad preguntamos por una tienda donde vendieran discos y, César y Amparo, compraron un cd de un grupo de chicos nativos que acababan de sacar a la venta que combinaba el rap con el reggae (mi amooooooooool...dame tu número de celular). Antes de ir a la lancha compramos algo de fruta y pan de coco, típico de allí y que estaba riquísimo.

En el camino de vuelta había salido algo de viento y el río estaba revuelto por lo que la embarcación avanzaba dando grandes brincos. Era una gozada, sobre todo para Esther y Rocío que se habían colocado en la punta del casco y daban unos botes tremendos. Empezaba a ponerse el sol y la vista era impresionante desde el río. Nos detuvimos y paramos los motores para poder disfrutar del momento con el único sonido que la naturaleza del lugar proporcionaba.

Fuimos directamente al embarcadero del hotel y de este a la piscina para relajarnos del ajetreo y las emociones vividas. Después nos sentamos a dar cuenta de las bebidas que nos sobraron en la excursión y surgió de nuevo la polémica. Los protagonistas, los mismos, Darío por una parte, Esther y Keker (principalmente) por la otra. El tema, la película Matrix, cuya temática era defendida a ultranza por las féminas, justificando su aparente reiteración de los efectos especiales con el mensaje subliminal que reflejaban sus diálogos. Darío evocaba al cine clásico (es un gran aficionado al programa Cine de Barrio, presentado por su ídolo Jose Luis Parada) y desmerecía las películas de acción desmedida y pobres diálogos, entre las que incluía la anteriormente mencionada Matrix. No consiguieron las unas convencer al otro, que goza sobremanera en este tipo de confrontaciones dialécticas, que terminaron por invitarle, como última oportunidad, a verla en su casa tras regresar del viaje.

Se había echado encima la hora de la cena por lo que fuimos directamente al comedor pasando por el baño, donde el provocador (Darío), nos confesó a Juan Carlos y a mi que había visto la susodicha película dos veces. Decidimos, por razones de seguridad, mantener esta conversación en secreto... de momento.

Después de cenar fuimos, como la noche anterior, a charlar al embarcadero. Preparé un cachi de Coca cola con Ballantine´s y César hizo lo propio con las yerbas que habíamos adquirido en Livingstone. Entre tragos y caladas fue transcurriendo la velada y empezamos a notar los efectos alucinógenos de la marihuana. Darío estaba, especialmente, hablador rememorando momentos de la infancia. Yo sentía unas ganas terribles de reírme, sobre todo cuando veía a César mirarme con los ojos a media asta y las sonrisa permanente dibujada en su rostro. Por momentos, pensaba, que las maderas del embarcadero ejercían un fuerte poder de atracción sobre mi cuerpo que me impedía moverme confiadamente. Poco a poco la gente se fue yéndose a dormir y fuimos quedando los mas crápulas, contando historias y sin parar de reír. Cuando creímos liberarnos de el poderoso influjo del embarcadero nos levantamos y caminamos hasta las habitaciones. César, Darío y un servidor por delante y Juan Carlos (que no fumó) por detrás como pastor que dirige a su rebaño. Nos despedimos con risas y carcajadas y nos fuimos a dormir..... felizmente.

Publicado el 22/dic/2009, 14.43
Modificado el 10/feb/2010, 03.11
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Últimos comentarios

MDchristian dice:
Y qué pasó con la "maría" que compraron eeeh?
Publicado el 23/may/2010, 07.07 

Atistirma dice:
Que guay el diario. Me encanta como describes las experiencias que viviste... Dentro de poco espero estar por donde describes,
Un beso

Publicado el 19/ago/2010, 15.23 

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