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Por los caminos del Inka

Escribe: AntoNa
Embotada en mi vida cotidiana resolví darle un respiro a mis ganas... Decidí aventurarme y volar. Volar por aquellos senderos que antaño fueron esplendor. Recorrer paisajes mochila al hombro de lo que fueron tierras testigo de historias milenarias, de guerras y conquistas, de victorias y lealtad. Simplemente, dejarme llevar por las sendas que antiguamente anunciaron el paso de aquellos, hoy, viejos Inkas.

 

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La ciudad de los reyes

Lima, Perú — viernes, 19 de marzo de 2010

Cuando desembarcamos del edificio de CIAL (porque en Lima no existe una gran Terminal de buses, sino que cada una de las empresas, posee una para sí misma), era ya noche.  Por suerte, varios taxistas (con credenciales de la empresa) ofrecían sus servicios, sin necesidad de salir a la calle a su búsqueda.

            Negociamos el precio hasta Miraflores ya que teníamos reserva en hostel del barrio (no recuerdo bien, si eran 10 o 15 soles).  Es importante que tengan cuidado con esto, ya que vimos como a un turista que viajaba en el mismo bus, le ofrecieron un número y después antes de salir, cuando preguntó soles??, le dijeron no, dólares!. 

            El trayecto a Miraflores fue bellísimo; estábamos tan embobadas entre grandes edificios y luces de neón que poco a poco engullían todo rastro de aquella noche negra, que habíamos divisado minutos atrás, desde lo lejos, en el bus.

            Corría una brisa fresca, lo que hacía más especial aquel panorama.

            Cuando llegamos al barrio, el taxista, amablemente se ofreció a dar unas vueltas por el centro antes de dejarnos en el hostel  Las calles eran un mundo de gente, coches, luces y bares.  Feliz imagen de viernes por la noche. 

            Si bien nuestro alojamiento estaba algunas cuadras del centro, bordeando la plaza de Miraflores hay una rica oferta de hostales; los cuales, según el taxista, tienen precios bastante similares.

            Cuando llegamos al hostel, nuestra habitación reservada se encontraba imposibilitada debido a un accidente de sus ocupantes anteriores.  Luego de negociar un nuevo cuarto, descargamos nuestro equipaje y quedamos rendidas en las camas.

            Por la mañana, entre las 7-8 despertamos, desayunamos y luego de averiguar los recorridos de las líneas urbanas (para hacer más gasolero nuestro viaje - modalidad que habíamos optado ya en La Paz-) fuimos hacia el centro histórico.  Les recomiendo que tengan esto en cuenta, ya que por 1, 20 o 3 soles recorríamos distancias, a precios elevadísimos en taxi; además, esto les permite compartir con la gente del lugar e informarse sobre la ciudad.

            En el centro, sobre la plaza principal, un policía de guardia nos dio la bienvenida a su ciudad y para rematarla, nos contó la historia de cada uno de los edificios que rodeaban a la misma.  Su relato fue muy importante, de lo contrario, aquellas estructuras, no hubiesen tenido el mismo sabor.

            Sacamos un par de fotos y seguimos hasta el museo de San Francisco para ver las famosas catacumbas!.(estudiantes 2.50 soles, adultos 5 soles.  No se permiten las fotografías.  Visita guiada.)

            En el convento,  estaban intactos todos aquellos elementos que hicieron a la vida de los padres.  La sala de canto y oración, su magnífica biblioteca -con libros enormes y únicos-, el comedor o capillas con imágenes de martirizados tallados en madera o mármol por doquier.

Mientras nos íbamos acercando a las salas contiguas a las tumbas subterráneas,  el aire comenzaba a viciarse; era como respirar una mezcla de tierra húmeda entre mohos y encierro de bibliotecas.  En la puerta del pasillo a las tumbas, se hizo más pesado.  No les habré mencionado, pero sufro de claustrofobia, una de las razones por las cuales, ni siquiera tuve la mas remota intención de visitar las minas potosinas durante el trayecto.  Sin dudas, nosé porque había elegido esto, me arme de coraje y bajé.

            De pronto me encontraba caminando entre túneles de tierra alumbrados medianamente por lamparitas.  El aire embotado contribuía a dibujar ese tono trágico, melancólico del paisaje, agravado frente a los primeros osarios.  Aunque, sin dudas, debo confesar que poco a poco me fueron resultando un tanto irónicos: si, aquellos montones humanos, separados por partes y apilados como fichas de un mismo color entre los huecos.  ¿Cómo podían haberlos ultrajado tanto? La guía nos comentó, que tras las excavaciones se les confirió esta modalidad de entierro.  Nosé a su gusto, pero realmente aquello había perdido la naturalidad de su encanto sacro, ahora ya una colección de partes separadas, armadas quizás para hacer más impresionable la vista al turista.

            Cuando nos retirábamos y enhorabuena, ya que había empezado a enloquecerme bajo toneladas de tierras, pasamos por osarios sin excavar; éstos todavía intactos daban cuenta del aspecto que antaño tuvieron.

            Al salir del convento, era cerca del mediodía, almorzamos en un bar media cuadra de allí por 6 soles el menú del día (primer plato, principal y un vaso de jugo) y seguimos nuestro camino recorriendo las calles céntricas.  Luego, tomamos un urbano y nos dirigimos al Museo de la Nación.

            Realmente aquel era un edificio maravilloso e imponente, al ingresar no pudimos dejar de pensar lo contrario.  De espacios grandes, cuasi vacíos en planta baja y pisos pulcros, nos sentíamos ínfimas.

            La entrada es gratis, pero si requieren de un guía, éste se contrata allí mismo por 15 soles.  Abre al público hasta las 17 hs.

            El recorrido no es basto  y cuenta con muchas salas de temas varios; por ejemplo en planta baja como en primer piso pueden ver piezas arqueológicas e históricas, de todas las entidades sociales que habitaron Perú y la vida en momentos coloniales.  También, cuenta con muestras temporales de artistas plásticos, una antropológica sobre costumbres del campesinado local con el acceso a medios audiovisuales, una fotográfica sobre tiempos tumultuosos de enfrentamiento entre grupos armados y militares peruanos -bastante dura-, entre otras salas.  No alcanzamos a recorrerlo completamente.

            A la salida, merendamos algo en el mercado próximo al museo y tomamos un urbano a Miraflores.

            Nos dejaron en el óvalo y de allí caminamos hasta la plaza; estaba llena de personas, de puesteros vendiendo cuadros, acuarelas o tallados a precios regalados.  La música inundaba el ambiente, ya que se celebraba un concurso de baile para la tercera edad... tan divertidos todos, era increíble verlos moverse enérgicamente.

            Nos quedamos allí un rato, viéndolo todo.  Ahora, soplaba una brisa fresca.  Estaba oscureciendo y yo me encontraba bastante impaciente porque quería conocer el mar, sin embargo, ya era tarde,  lamentablemente ese día no iba a ser posible.

            Fuimos al hostel a prepararnos y salimos a comer.  Buscamos terriblemente la famosa calle de las pizzas, pero no hallamos nada.  Resignadas nos sentamos a comer parrillada (que estaba en promo), cuando acabábamos nos dimos cuenta que nuestra meca estaba a la vuelta de este bar!!  Que mala suerte!!.  Mas tarde, tomamos unos tragos en un bar... tanto había hinchado que quería probar el pisco sour, que me desquité.  Ahora bien, no fue un final feliz, ya que mi estómago -mi hígado, todo- no lo resistió.

            El domingo, nos levantamos nuevamente temprano para poder visitar el sitio arqueológico Pachacamac (al sur de Lima).  Hacía muchísimo calor.  Luego de desayunar, pedimos referencias sobre los urbanos a tomar e iniciamos el recorrido.

            Como lamentablemente nuestros días estaban contados, antes debíamos buscar pasajes hacia Tacna.  Fuimos entonces en urbano hasta la zona de Javier Prado, a CIAL, para ver si allí había lugar.  Conseguimos para el lunes a las 13:30 hs a 90 soles.

            Finalizada la búsqueda de pasajes, preguntamos a un policía por los buses a Pachacamac, luego de indicarnos, nos dirigimos hacia la parada donde esperamos poco tiempo.

            Cuando llegamos era cerca del mediodía, hacía muchísimo calor y el sol estaba fuerte.  Esperábamos en un pequeño museo de sitio, cuando el guía nos comento la posibilidad de compartir un auto rentado por una turista mexicana para recorrer las ruinas, si pagábamos la guía (20 soles).  La verdad, no imaginaba lo largo del trayecto, pero bajo el sol y una naturaleza desértica, iba a ser la mejor opción.

            El recorrido no duró mucho, si bien realmente el trayecto era pesado, eran pocas las estructuras a visitar.  La impresión que me dejó fue un poco triste.  No dudo de su esplendor, pero daba tanta congoja ver como los barrios, a sus pies, de a poco habían absorbido gran parte de las ruinas, mientras un puñado de edificios luchaban ante el constante asedio del tiempo.  No podía ver aquello sin recordar las noticias locales, donde un grupo de estudiantes habían atentado contra la pirámide El Brujo en costa Norte, días atrás... que poco importaban nuestras raíces, cuan pobre ahora, aquel viejo elemental.

            Por la tarde, volvimos a Miraflores para poder disfrutar del mar. 

            Hicimos unas cuantas cuadras hasta el parque de los enamorados.  Inconfundible con su gran escultura de los amantes; tomamos algunas fotografías y ansiosas -por lo menos, en lo que respecta a mí-, nos dirigimos hacia la playa.  Cruzamos un puente a cuyos lados se encuentran estructuras en plástico cristalino, permitiéndole a uno divisar la terrible altura a la cual se encuentra el mismo.  Bajamos interminables escaleras serpenteantes hasta poder dar con la playa.

            Furioso, allí estaba, dueño de numerosas olas que se estrellaban en picada contra los cantos, poco tenía que ver con su nombre.  No me importó,  solo quería sentirlo.  Dispusimos nuestras toallas en la playa de cantos (un poco incómoda a decir) y disfrutamos de la tarde bañándonos.

            Hacia la tardecita, marea en alza, levantamos nuestras cosas y fuimos a caminar por la costanera, hasta el faro.  Tomamos más fotos y volvimos al hostel.  Allí, una vez listas, salimos con un urbano rumbo al espectáculo del circuito mágico del agua.

            Como era ya noche, la obra fue magnífica; las aguas danzaban cada una según su fuente y melodía, llenas de colores; como la noche era agradable, los niños y adultos se metían en alguna de ellas, siendo partícipes activos del espectáculo.

            Terminado el recorrido volvimos a Miraflores, cenamos y disfrutamos un poco de la noche limeña.  Al día siguiente, nos esperaba sin duda un recorrido agotador.

            Por la mañana, preparamos nuestros equipajes, compramos provisiones recorriendo por última vez las hermosas calles del barrio.  Cerca del mediodía, con un taxi fuimos hasta CIAL (7 Soles), donde embarcaríamos.

            Cuanto se la extrañaría... tan bella, solo le bastó con un fin de semana para robarme el corazón.

Publicado el 19/mar/2010, 16.43
Modificado el 19/mar/2010, 21.25
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Últimos comentarios

fred_roussely dice:
Me gusto mucho tu relato !!
Te invito a leer lo que escribi con respecto a esta ciudad para compartir nuestras experiencias...
Saludos de Francia

Publicado el 26/mar/2010, 09.22 

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