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China y tibet. septiembre 2010

Escribe: voladora
La verdad es que resulta complicado escribir un diario sobre el viaje a China. Es difícil hablar del país más poblado del mundo, de ciudades con millones y millones de habitantes, de una cultura que mira hacia el progreso más de frente que cualquier país de occidente, en definitiva, se me hace complicado describir al gigante asiático, ahora más gigante que nunca.

 

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Capítulo 12: lhasa y alrededores

Lhasa, China — jueves, 24 de noviembre de 2011

La verdad es que es muy difícil explicar la sensación que uno tiene cuando llega al Tibet. La avenida que conecta el aeropuerto con la ciudad te hace pensar que ya has llegado demasiado tarde, que los chinos ya han “ocupado” del todo el lugar.
Por suerte, en cuanto aparece delante de ti el Palacio de Potala esa sensación desaparece.
Es la típica imagen que todos hemos visto millones de veces y que hemos soñado conocer pero cuando lo ves… que preciosidad.
 
Nuestro alojamiento estaba en pleno Bakhor, en todo el centro del meollo. Hay que disponer de tiempo para acercarse al tempo Jokhang y recorrer  su kora una y otra vez para embobarse e impregnarse del misticismo y de la magia de este lugar. No hay palabras suficiente para explicarlo, es para pasarse las horas observando, escuchando y oliendo.
 
Las entradas de Potala se reservan el día de antes y se concreta la hora de la visita. EL Jokahng también tiene unas horas concretas en las que se admiten turistas y otras en las que no, lo pone en la puerta. La entrada al templo es un ajetreo pero merece la pena la visita. Y las vistas desde arriba son una pasada.
En los alrededores del Bakhor hay muchos lugares auténticos en los que comer, nosotros siempre nos metíamos donde los veíamos a ellos.
 
Aunque la ciudad está llena de soldados chinos y de banderas de china no han conseguido robarles la paz y la religiosidad que siempre los ha caracterizado.
 
El monasterio de Deprung (el más grande de Tibet), Norbulingka y Sera se pueden visitar en un par de días con el mismo permiso con el que se entra al Tibet.
 
Para el que le guste madrugar merece la pena levantarse temprano y visitar las calles de Lhasa con la niebla típica de la mañana para ver el contraste de esas mismas calles cuando se llenan de peregrinos.

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