La Bretagne (Bretaña francesa)
Escribe: Malogarcia
Impresiones personales de mi viaje a La Bretagne, que ha dejado una profunda huella en mi corazón y el propósito firme de volver a recorrerla lo antes posible con mucho más tiempo y dedicación
Le Mont Saint-Michel, comienza el espectáculo
Le Mont-Saint-Michel, Francia — lunes, 28 de septiembre de 2009
En una mañana neblinosa pero con promesa de despejar a lo largo del día, me dirigí al ansiado baluarte construido hace siglos en un pequeño monte que sobresalía en medio del mar. Mal momento este del año 2009 para conocer Saint Michel. Los sedimentos que van dejando las mareas están alterando gravemente el ecosistema de que disponía este lugar, fenómeno que se ha visto reforzado por la espantosa franja de cemento y alquitrán que la mano del hombre insertó con el fin de hacer más fácil la tremenda invasión de coches y personas que cada día del año alteran lo que en su momento debió de ser un
idílico y apacible entorno. Menos mal que el gobierno francés prevé destruir en breve esta comunicación artificial y así podrán retornar las mareas que antaño tuvo, convirtiéndolo en un lugar aislado de la tierra durante la pleamar y a la vez desapareciendo con la acción de ésta los peligrosos sedimentos que el muro de cemento viene reteniendo.
Si de auténtica locura puede definirse el hecho de hacer una visita a este monte en un fin de semana, poco se ve rebajada esta situación tan absurda en la temprana hora de un lunes de septiembre. A pesar de que nos dicen que en este lunes la asistencia de personas no llega ni al diez por ciento del domingo anterior, me estremece ver la explanada llena de miles de coches y autocaravanas que aparcan como pueden después de haber satisfecho la módica cantidad de 4 euros, negocio que indudablemente está haciendo rico a alguien que no son los creadores de la abadía, ya muertos hace siglos.
La carretera de unos 11 kilómetros que nos lleva en línea recta desde el interior hasta este emplazamiento de Saint-Michel, ya muestra en su camino un esperpento de construcciones hechas para enriquecer a emprendedores con vistas: enjambres de hoteles de “medio pelo”, restaurantes con grandes pizarras indicando el menú del día, tiendas de recuerdos, etc. Es el mismo horror que el de Lourdes con las tiendas de garrafas de agua bendita.
Una vez pagado el correspondiente derecho a parking (recordemos que son 4 euros), dejaremos el coche donde buenamente se pueda, o sea, a un par de kilómetros en el mejor de los casos de la entrada a la fortaleza.
El camino está lleno de barro, pues la marea –en este caso la mayor del año- hace una hora que ha bajado y dejó el aparcamiento lleno de sedimentos y algas. Para ello tienen unos camiones cisterna que riegan la explanada, sobre todo para que se vean bien las marcas del suelo con las plazas para aparcar, asunto muy interesante él. Eso sí, han puesto un letrero de que los coches deben retirarse antes de las 20 horas, momento en el que la marea invadirá esta explanada y se vengará como pueda de la invasión hortera.
Llegamos a la puerta de entrada y comienza el espectáculo. Como no ve voy a andar con rodeos, lo definiré como bochornoso por mucho que a alguien le duela. Lo primero que encontramos es el siempre lucrativo negocio de la hostelería. Ya desde el primer metro de su única y empinada calle, Saint-Michel cuenta con una buena colección de bares y tabernas donde la gente se queda pegada como moscas a la miel. Estos locales están hechos en donde se puede, es decir, en algunos casos se aprovecha un trozo de portal junto con la antigua habitación de la abuela y así se crea un espacio donde colocar ocho
mesas apretadas.
El único local que vive de la fama, muy desmesurada para lo que ofrece, es el de la Mere Poulard, famoso por servir unas tortillas que aquí llamamos francesas, cuyo peculiar sabor consigue que puedan cobrarlas a 40 euros la pieza. No hay sitio libre porque la gente lo primero que hizo al entrar en la ciudad fue llenar la panza.
Nosotros, como a estas alturas de la mañana la vejiga ya avisa, pedimos unos cafetitos en un pequeño local regentado (como la mayoría) por asiáticos, aunque atendidos por franceses. Los dos cafetitos, servidos a los 30 minutos de pedirlos y ya fríos, costaron 7,40 euros de nada. Como el objetivo era ir al cuarto de baño, pagamos religiosamente. Pero hete aquí que el cuarto de baño también cuesta a 0,50 euros la meadita a pesar de ser clientes.
El subir por esta única calle es un trabajo de equilibristas, pues la marejada de personas que transitan en los dos sentidos hacen tarea imposible el disparar una foto. De forma continua vemos en las fachadas de ambos lados tiendas de recuerdos, en su mayor parte baratijas infames fabricadas en China con una pegatina por encima que pone –¡como no!- Mont Saint-Michel. Ceniceros, mecheros, lápices, platos, vasos, etc. Incluso venden figuras de malísimo plástico reproduciendo la torre Eiffel, que los innumerables japoneses que
pululan por esta calle se llevan tal vez por creer que la famosa torre está en esta isla, o tal vez porque nunca vieron en Japón una torre de alta tensión, que viene a ser parecida.
Nos sobra toda la ropa, el calor de la muchedumbre y la humedad hacen que ésta se pegue a la piel según ascendemos. Curiosamente, como ya me habían anticipado los bretones que conocí, veo que al acabar la calle esta riada de gente da la vuelta y se marchan a sus vehículos, dando la visita por finalizada. Justo cuando comienza lo bueno, que es la entrada a la abadía. Claro está que para entrar hay que pagar de nuevo y eso a la gente le quita las ganas de implicarse con el arte, porque es mejor comprar mecheros de recuerdo.
No describiré la abadía, porque no entra en mi interés dar clases de arte ni arquitectura eclesiástica. El primer santuario fue elevado en el año 708 por el obispo de Avranches, convirtiéndose desde entonces en lugar de peregrinaje. Fue plaza fuerte durante la guerra de los Cien Años y resistió numerosos asedios y ataques. La revolución francesa de 1789 disolvió la comunidad religiosa y la abadía se utilizó entonces como prisión. Desde ese
momento se le vinieron aplicando continuas restauraciones que le han dado el esplendor que los visitantes del siglo XXI encontramos. El recorrido de sus numerosas salas y la variación de niveles puede hacer de su visita algo similar a cuando recorremos la Alambra de Granada.
Además de la construcción civil, el espectáculo más impresionante lo ofrecen las vistas inolvidables de la bahía que rodea a esta montaña, que en nuestro caso permitió ver en plena bajamar cómo el agua va retrocediendo hasta perderse en el horizonte, a unos 7 kilómetros de distancia, y los arenales comienzan a asomar surtiendo de alimento a las aves que aparecen a picotear en ellas.
Podríamos pasar horas viendo este entorno tan maravilloso, mucho más teniendo en cuenta que aquí no agobian las masas ya que la mayoría dio la vuelta a medio camino justo cuando se acabaron las tiendas de baratijas.
Descendemos lo andado y de nuevo nos toca sufrir ese tramo comercial lleno de gente pisoteándose y empujando para poder pasar. Gran parte de estos visitantes se han traído el perro, lo que dificulta aún más el tránsito por la calle. Salimos con ganas de este enjambre, que al ser media mañana, se va incrementando de forma brutal hasta colapsar la estrecha calle. Sólo nos queda recorrer los dos kilómetros hasta el lugar donde dejamos nuestro coche, ardua labor ya que entre los miles de coches que hay nos parece que el nuestro ha desaparecido. Después de mucho buscar dimos con él, y nos alejamos lo más rápido posible de esta feria, camino del puertecito de Cancale.
Ya he visto mi deseado monte y puedo afirmar que nunca volveré. Sólo me animaría a ello si se pudiese dar el hecho de cerrarlo por un día y ofrecerme el privilegio de ser su único visitante. Pero eso jamás ocurrirá.
Tips:
Para conocer el Mont Saint-Michel sin perder los nervios y la paciencia, es mejor ir un lunes, a primera hora de la mañana, procurando evitar los meses de julio y agosto, especialmente los fines de semana. No perderse la visita a la abadía, aunque haya que pagar. La vista desde ella es impresionante, tanto con marea alta como con marea baja. Es imperdonable lo que hace la mayoría de las personas de abandonar la visita cuando acaba la calle comercial.
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Últimos comentarios
pibaes dice:
Hay marino marino, a todos los viajeros nos pasa lo mismo, nos gustaria ser los únicos visitado dicho lugar, y eso pensaran todos...tenemos que ir acostumbrandonos que ya es casi imposible visitar un lugar donde apenas haya visitantes...y encima con los perros, ya es la leche de verdad !!.... menos mal que vosotros subistes hasta el final, donde los demás ya no tenian ganas...jeje...así medio pudiste disfrutar algo...ya por fin viste tu monte...
espero los otros capitulos
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martuska dice:
Gracias por tu punto de vista tan realista del viaje.
La mayoria de las veces ofrecemos la vision romantica de nuestros viajes porque es lo que perdura en nuestros recuerdos cuando hacemos balance global y no es facil encontrar cronicas tan claras de lugares que prometen ser idilicos pero a veces ya no lo son tanto.
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Malogarcia dice:
el lugar merece la pena, hace un siglo debió de ser un espectáculo impresionante en una época que se desconocía todo lo que había más allá de la puerta de casa. Lo que lo estropea es la masa ingente de visitantes apretujados, y sobre todo la explotación hostelera y de todo tipo que se hace de un lugar así. Pero lo mismo me había ocurrido ya en Carcasonne, donde salí hasta las narices de ser pisoteado por gente comiendo bocadillos.
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nanoinca dice:
Hola me alegro que hayas podido cumplir tu sueño, el sitio se ve increíble, y es cierto que apenas uno ve ésta imágen en algún libro de estudios ó revista turística enseguida se dice: "lo que debe ser estar ahí" Lamentablemente se ve tan arruinado por las construcciones que nombrás y la cantidad de gente y autos, que me guardo la imágen en la cabeza como yo me lo imaginaba. Saludos.
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Malogarcia dice:
si se lleva a cabo el plan del gobierno francés, en pocos años estará de nuevo rodeado de agua en la pleamar. Sólo se podrá visitar por medio de una pasarela móvil unas pocas horas al día.
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babydollspain dice:
Marino me ofrezco como abanderada de una campaña altruista cuyo objetivo sea que tú puedas disfrutar de una visita en solitario a este maravilloso lugar...
Por dónde empiezo?? Escribo a Sarkozy??' jejejejje
Me escuchará o será predicar en el desierto??? ayyyy
Si lo consigo me dejarás ir contigo??? (con el beneplácito de tu señora, por supuesto...)jajajaaj
Besos (gracias por contarnos las cosas como tú lo haces, será mejor o peor, pero al menos es auténtico tú).
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un viajero dice:
Buenísimo. Tomo nota para mi próximo destino.....JL
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dice:
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Malogarcia dice:
a pesar de la invasión hortera, es un lugar que no podemos dejar de ver en nuestra vida; eso sí, un lunes temprano
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