Ecuador un país de contrastes

Escribe: benat
Amigos viajeros, este diario pretende acercar a los viajeros a las gentes que habitan en este rincón multicolor y fascinante del planeta, y de alguna manera transmitir lo que sentí en lo más profundo de mis sentimientos, con todos mis respetos y admiración, para con aquellos que con muy poco, son felices.

 

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Ruta Quilotoa

Latacunga, Ecuador — jueves, 18 de febrero de 2010

Salimos temprano hacia Latacunga, entramos de lleno en la Avenida de los Volcanes dirección sur, a la derecha los volcanes Illinizas y a la izquierda el Cotopaxi 5.897m, el volcán en activo más alto del mundo, desde Latacunga cogimos la carretera dirección a Pujilí, comienzo de la ruta Quilotoa en la región de Cotopaxi, en Tigua paramos para almorzar en la fonda de Margarita,  buena comida casera en un lugar con encanto por ocho dólares, también ofrecían alojamiento, salimos como pudimos por un camino de tierra con pendiente y curvas cerradas hasta llegar al ripio, rodeando un colorido cementerio
 Enseguida llegamos a Zumbaua un pueblo con bastante vida y centro comercial y de servicios de la comarca, gran mercado callejero con personas ataviadas con vestimentas típicas del lugar, donde no faltaba el sombrero tanto en hombres como en las mujeres.

Muchas mujeres rodeadas de niños pequeños lavaban la ropa en las orillas del rio y de las acequias, sus miradas eran de desconfianza y a la menor sospecha de que pudieran ser fotografiados salían corriendo como alma que lleva el diablo, algunos piensan que en las fotografías pierden parte de su alma. Por otro lado la pobreza se hace evidente en estas altas tierras alejadas donde se ven obligados a cultivar hasta sus cumbres, en un terreno vertiginosamente inclinado para conseguir patata y yuca como alimento básico para sobrevivir, a los niños les enseñan a mendigar con el turista y piden un dólar con una sonrisa a la vez triste que conmueven pero que también provoca rabia, al pensar, porqué han de recurrir a ello pueblos en esencia ricos, empobrecidos por el acoso de una sociedad de consumo que les presiona constantemente.

Por la tarde llegamos al poblado Quilotoa, una veintena de pequeñas casas preparadas para dan alojamiento y servicios al viajero así como un mercadillo artesanal donde destacan las pinturas de estilo naif dibujadas sobre piel de cabra llamadas Tigua, numerosas prendas textiles de alpaca a precios irrisorios, cualquier cosa se podría adquirir por tan solo cinco dólares, incluso una pequeña tigua.
La mayor atracción del lugar es la vista del cráter y la Laguna Quilotoa en su interior, la vista es fantástica e impactante.

Nos alojamos en Cabañas Quilotoa, 15 dólares incluida la cena y el desayuno, los propietarios una pareja de mediana edad ataviados típicamente, ella con una original falda de color verde oliva a diferencia de la mayoría que utilizaban granates, él con sombrero de fieltro negro, cazadora de cuero, cara de piel fina y tostada, barbilampiño, con lo cual era muy difícil calcular su edad, pero a la vista que estaban rodeados de niños pequeños, deberían de tener menos de treinta aunque la apariencia engañara.

 Los pequeños ayudaban a la madre y a la hermana mayor en los trabajos propios de la fonda, el padre de familia era un artista reconocido de pinturas Tigua, y acostumbraba a jugar la partida con otros vecinos de la aldea, en la que participaba también algún niño.
 Me acerqué y  pidiendo permiso me senté en la mesa para observar el juego, pregunté por su nombre, me dijeron que se llamaba Romi, una especie de chinchón con todas las cartas a la vez, no me invitaron a jugar y seguí observando, hasta ver que se jugaban algunas monedas en cada partida, en ese momento me di cuenta que los niños eran ya adultos, dando la impresión de que les habían robado la inocencia.

A las cabañas y el mirador les separaban 100 metros de cuesta, con algunas tiendas de alimentación que a la vez eran bares, donde uno no sabía donde apoyar la botella de cerveza, pero tenía lo suyo.

 A los niños más pequeños les tiene enseñados a mendigar, a lo que amablemente respondíamos ofreciéndoles golosinas o cualquier otro objeto que les devolviera su espontanea sonrisa, la cena nos reunió en el comedor, calentado por una típica estufa de leña, a todos los excursionistas que estábamos allí alojados, había de todo un poco, una pareja veterana de franceses acostumbrados a recorrer toda Sudamérica en autobús de línea, les había pasado de todo, habían sobrevivido a mil peripecias y eran felices disfrutando del día a día sin saber lo que les iba a suceder al siguiente,

Además otras dos jóvenes francesas, una de ellas del País Vasco Francés de Baiona, trabajaba como profesora de francés en un pueblo de la costa norte ecuatoriana, muy simpáticas que trasmitieron alegría al grupo que además contaba con otros excursionistas que realizaban descensos en mountain bike, con gente de distintas nacionalidades, holandeses y norteamericanos en su mayoría, con un guía ecuatoriano con el que compartimos una amena e interesante charla acerca del país en general, ya que los indígenas son parcos en palabras y desconfiados , poco acostumbrados a que el viajero les hablé en español, entre ellos siempre utilizan su lengua el Quichua.
Dormimos en una duras camas con la estufa de leña funcionando a tope, aunque es buena época, a casi cuatro mil metros de altura el viento fresco arrecia y hay que abrigarse.

Decidimos bordear el cráter en lugar de bajar hasta el lago ya que las vistas eran espectaculares, en el camino acompañamos a María Marta y su hija que iban a buscar en las empinadas laderas a un caballo que se había soltado, madre e hija vestían con faldas de colores, blusa blanca con capa y sombrero, medias blancas hasta la rodilla y zapatos con un tacón bajo que milagrosamente utilizan para caminar por unos senderos malditos y preciosos, más que andar es como si fueran corriendo sin casi rozar el suelo, como las bailarinas que unos días antes contemplamos en el Teatro de Quito.
 
Los indígenas cultivan la patata y la yuca como alimentos básicos en su dieta alimenticia.
El trabajo es muy duro, ya que las laderas donde cultivan son muy empinadas dificultando más todavía sus condiciones de vida.
 
La ruta quilotoa es fantástica, y el circuito completo puede llevar una semana para saborearlo tranquilamente, pero alguna cosa negativa también tiene que tener y una de las peores impresiones te llevas cuando ves todas las cunetas repletas de desperdicios que se arrojan por la ventanilla de los autobuses, lo orgánico alimentan a todos los perros medio salvajes que patrullan las cunetas, pero lo peor son los envases de plástico que se amontonan cotidianamente.
 En la actualidad existe una campaña para concienciar a los viajeros para que no tiren objetos por las ventanillas, pero todavía creo que pasará un tiempo hasta que veamos las bonitas flores de las cunetas libres de elementos contaminantes.

Vacunarse contra rabia es muy aconsejable aunque en dicha zona no se han dado casos recientes, pero con la gran población de perros vagabundos, merece la pena tomar precauciones, sin dar más detalles yo lo probé en mi propia carne, sin que pasara de un susto, pero como no hay mal que por bien no venga tuvimos que cambiar de planes y abandonamos a tiempo la ruta Quilotoa hacia Chugchilán para volver por Pujilí vía Latacunga.
 Bordeamos la gran ciudad de Ambato hasta llegar a Riobamba, de lo contrario la inminente tormenta que se nos venía encima hubiera convertido las pistas en un fangal, y nos hubiéramos quedado incomunicados por algunos días.


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