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USA: god bless America 3ª parte

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Jueves 25-08-2005: LAS VEGAS....HERE WE COMEPocas horas quedaban ya. Nuestro siguiente vuelo salía con dirección a las Vegas a las 3 de la tarde. Un día soleado nos despertó y nos fue animando...

 

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Capítulo 1
 

USA: god bless America 3ª parte

Las Vegas, Estados Unidos — martes, 13 de diciembre de 2005

Jueves 25-08-2005: LAS VEGAS....HERE WE COME

Pocas horas quedaban ya. Nuestro siguiente vuelo salía con dirección a las Vegas a las 3 de la tarde. Un día soleado nos despertó y nos fue animando para no deprimirnos demasiado ante la despedida. En la misma calle Valencia, donde estábamos alojados, está la antigua fábrica de Lewis Strauss: aquél emigrante polaco que un día vino en busca de oro y acabó formando el imperio de los vaqueros.

También muy cerca del que había sido nuestro hogar hasta ese momento en San Francisco, se encuentra la calle Misión. Fuimos allí a hacer unas compras y de repente, nos dio la impresión que estábamos paseando por una calle de Tijuana o de Chihuahua. Todo el mundo hablaba castellano; Las tiendas de música dejaban escuchar canciones de los "Tigres del Norte" y olía a guacamole y tortitas. La mega tienda de música que hacía esquina nos llamó la atención y entramos.

Entre los miles de CD que estaban expuestos, no vimos ningún título en inglés: desde Pedro Fernández (el chico que cantaba la de la mochila azul), ya crecidito y peinando canas, hasta los "Pelícanos de Tijuana" que, como los "Tigres del Norte", cantan "narco-corridos", canciones mejicanas con letras tristes y dedicadas al triste mundo del tráfico de drogas. Bachata, cumbias, los mejores vídeos del Chavo del 8, de Chapulín colorao y los éxitos más recientes de "regetton" claro, lo último en música latina.

Al salir de allí, cantando "Ay Lupita", nos vino un chico a darnos una publicidad que rezaba lo siguiente: "Quiebra Maldiciones". La cita anunciada era para ese mismo día, y el chamán de turno aseguraba que en un "abrir y cerrar de ojos" curaba las maldiciones y espantaba los males de ojo. Sin poder acudir a la cita del quebranta maldiciones por falta de tiempo, cogimos el metro que nos llevaría hasta el aeropuerto. Más vale que fuimos con tiempo, porque ese día, el cacheo fue de órdago. Nos desviaron por otra fila (la de los sospechosos), y con los brazos en cruz nos miraron hasta las entrañas. Hasta ese momento no habíamos "sufrido" un control tan exhaustivo. Por un momento, nos vimos metidos en un capítulo de CSI. Con unos papelitos blancos iban "rastreando" cualquier resto de drogas que estuviese impregnado en nuestras ropas y calzado. Nos abrieron todo, la cámara digital incluida. Salimos victoriosos pero con un cierto complejo de "enemigos públicos número 1".

El vuelo no duró más de una hora y el avión estaba a tope de "marchosos" que iban a las Vegas como si fuesen a Ibiza. Había mucho pasajero con cara de vicioso-jugador de tragaperras. El paisaje era alucinante: sobrevolamos una cadena de montañas impresionante llamada "Sierra Nevada" . De las aguas frías del Pacífico y los veintipocos grados de San Francisco, de repente, pasamos al desierto del Estado de Nevada, con los 100 grados Fahrenheit que suelen marcar los termómetros de las Vegas, en el mes de agosto.

Si creíamos que lo habíamos visto todo, al llegar al aeropuerto de la "Sin City" (Ciudad del Pecado) nos dimos cuenta de lo equivocados que estábamos. El aeropuerto de Mac Carran de las Vegas es ultramoderno. Como sonido ambiental tiene uno, único en el mundo: el de las tragaperras. El "Din, din din" de las monedas al caer en las bandejas metálicas se mete en el tímpano y no abandona al turista hasta que se va de allí. Es increíble, ya en el mismo aeropuerto, te puedes "abandonar" al juego.

En la sala de llegada nos esperaba nuestro guía local, un señor argentino que nos explicó que muy cerca de allí hay un pueblo llamado Elco, donde hay muchos "pamplonicas" de origen, que celebran los sanfermines todos los años, con encierros incluidos. A su lado, el chófer, un señor negro altísimo, clavadito a Ray Charles, con su traje negro, su corbata con dibujos de teclados de piano y sus gafas de sol rayban, nos dejó con la boca abierta.

Sólo faltaba ver aparecer lo que vimos: un pedazo de limusina de "mil metros de largo", con asientos de cuero y un minibar con luces de neón azul, que se suponía era el medio en el que nos iban a trasladar al hotel. Sobran las palabras para describir el momento "traslado al hotel" como dos estrellas de Jolividiú!
Nuestro hotel era el "Circus-Circus" y la verdad es que el Diario no lo recomienda, salvo en el caso excepcional de viajar a las Vegas con niños. Como en todos los hoteles de las Vegas, lo primero que se ve al entrar es el casino. Cada hotel es temático y en función del "tema" así será la decoración. El circus-circus no podía ser de otro modo, un hotel ambientado en el mundo del circo pero con más niños y familias que una guardería.

Por eso, aviso a navegantes: en caso de "alergia" a los chillos, lloros y otras mucosidades infantiles, se ruega no reservar en el Circus. Entre la música de las tragaperras y las familias con cien hijos, no teníamos escapatoria. Dejamos enseguida las maletas en la habitación, decorada con moqueta del año de la picó y Televisión con presentador disfrazado de Tonetti, y nos fuimos disparados a la ciudad del pecado. El ataque de "infantilitis" merecía más de un trago.
Justo a salir, nos situamos ya en el famosísimo "Strip" (el boulevard donde se sitúan los hoteles-casino más famosos). En frente del Circus está el Riviera, un casino antológico, de los más veteranos, donde se rodó la película "Casino" Con De Niro y Sharon Stone.

El calor a las 6 de la tarde era seco y potente, así que la mejor solución era empezar a "enviciarnos" sin contemplaciones. En la misma acera de nuestro hotel, a unos 50 metros, nos dejamos seducir por la tentación y nos dejamos nuestras primeras monedas en las maquinitas infernales. Es el paraíso de los ludópatas. Es el único lugar de Estados Unidos donde fumar, jugar y beber está no sólo permitido, es casi obligatorio. Aunque no todo es jugar en esta vida, y en las Vegas el espectáculo está en la calle, en cada esquina... Sólo por eso, merece la pena venir.

El negocio principal es el juego, así que todo lo que incite a jugar, como la bebida o la comida están tiradas de precio. Las margaritas, los cócteles, los combinados, las cervezas, cualquier tipo de alcohol que, en otros lugares es caro y cuando no, está prohibido, en Las Vegas cuesta 1 dólar. Así que, mientras el cuerpo aguante y las moneditas sigan cayendo por las ranuras de las tragaperras.....
Choca bastante ver a tantas "abuelas" solitarias, con el cigarrillo en la boca, el cubata apoyado en la máquina, y con la mano libre metiendo monedas. Además de las tragaperras en cada casino hay mesas para jugar al blackjack, al póker , a la ruleta, etc.. Es el paraíso del juego, como decía antes, y nosotros acabábamos de llegar.

Después de tomarnos la primera margarita a precio especial y jugar las primeras monedas sin suerte, seguimos paseando por el Strip con los neones gigantes ya iluminados. Igualito que en las películas, no se inventan nada. Hay que verlo para creerlo. La imagen tantas veces vista de los enormes carteles iluminados, anunciando las actuaciones estelares de gente como Celine Dion o el "Circo del Sol" dejan al turista boquiabierto. Siguiendo por la misma acera, vemos a la izquierda un hotel nuevo, bastante "glamuroso" el Wynn. Al principio pensamos que sería el nuevo hotel de Donald Trump o el de su ex Ivana Trump, que también "amenaza" con plantar un hotel al gusto de la reina de las lentejuelas y los brillos. Más adelante, vemos a un montón de gente en las puertas del Hotel "Treasure Island " (la isla del Tesoro). Ya nos había avisado el guía que hay espectáculos gratis en los hoteles y éste era uno de ellos: una batalla entre barcos piratas con efectos de luz y sonido. La horterada iba "in crescendo" pero esto era sólo un aperitivo. En vista del mogollón de gente agolpado para ver al capitán garfio y compañía, seguimos andando, y flipando. A continuación, no supimos si el efecto de las margaritas hacía estragos ya o realmente era verdad lo que estábamos viendo: la plaza de San Marcos y el Palacio Ducale con sus góndolas y todo, navegando por unos canales de cartón piedra. Sí, sí era el Hotel-Casino Venezia. Fue tal impacto que decidimos verlo por dentro con más detalle al día siguiente.

Cruzamos el boulevard y nos metimos en otro Coloso de impresión: el Caesars Palace. Es un como una gran mole de mármol blanco, columnas romanas apoteósicas, figuras del emperador César en todas las esquinas y dorados que devuelven la vista al más ciego del reino. Necesitábamos más bebida para soportar tanto oropel, así que nos aventuramos a entrar en un sitio llamado "Shadows" en el interior del complejo. Era un bar "fashion", desde donde salían gritos, masculinos sobre todo, como de perros en celo. Cuando vimos de lo que se trataba, lo entendimos enseguida. El garito se llama así , "sombras", porque el fondo de la barra consiste en unas pantallas translucidas, donde se proyectan las sombras de mujeres desnudas que bailan detrás. Es como las sombras chinas para niños pero en este caso en versión XXX. La copa con el espectáculo era más cara de lo normal pero merecía la pena ver a los grupos de solteros yuppies, recién llegados a las Vegas y con ganas de juerga, sexo y rock and roll.

De ese modo, pudimos aguantar estoicamente de pié cuando el siguiente espectáculo que vimos, siguiendo nuestra ruta, nos impactó y nos dejó literalmente K.O. El siguiente asalto a la estética y el buen gusto consistía en una plaza romana, con figuras de cartón piedra, imitando a los dioses romanos y que al ritmo de la música se movían y hablaban. Impresionante una vez más. Lo fuerte era ver al público entusiasmado, como si estuviesen en un Port aventura para adultos. La calle donde estábamos, se llamaba la "Apia way" claro. Y por la Vía Apia más falsa que un buda de los todo a 100, nos fuimos riendo a nuestro siguiente destino: la calle.

Ya eran pasadas las 11 de la noche y teníamos hambre. Estábamos un poco perdidos o más bien "deslumbrados" y nos metimos por una calle lateral para ver si encontrábamos algún sitio para cenar que no tuviese más bombillas que las necesarias. Encontramos en la Bourbon Street un hotel casino bastante cutre pero con mucha miga. Cenamos la especialidad de la zona: "steak de carne con langosta" , y la verdad es que no estaba para echar cohetes pero había hambre. No nos fuimos enseguida porque cuando vimos el cartel de "Fat Daddy Karaoke" y el personal que estaba cantando, en aquel escenario tan de lo más, nos quedamos un buen rato y nos reímos como nunca.... Qué risas!! No estábamos más de 10 personas pero no hacía falta más. El uno con pintas de vaquero de wyoming cantaba canciones de country de amor, el otro se desgañitaba sin que nadie se atreviera a callarlo, imitando a Elvis el rey de la pelvis. (Por cierto en Las Vegas hay muchos imitadores del rey de Memphis: allí se casó con Priscylla, y allí actuó muchas veces en los hoteles). Entre canción y canción, cogía el micro el gordo de Daddy y se ponía a cantar como los ángeles. Era el mejor. Cayeron dos o tres cervezas, y con la sonrisa en la boca salimos y volvimos al "pecado".
Por el camino, apareció una "Diosa de ébano" con un movimiento de culo que provocó más de un accidente. La tipa era consciente y paso que daba, con sus pantalones ajustados y sus tacones de vértigo, paso que se le quedaban mirando. Algunos con disimulo y otros no podían evitar silbarle y decirle de todo. La escenita acabó con gritos: la chica insultando a otros negros que desde el coche le decían barbaridades y ellos diciéndole de todo menos bonita. Ya eran las dos de la madrugada y con un calor de 40ª decidimos volver a nuestro súper megamix hotel. Antes de cruzar el umbral y ver a Fofó y Miliki por los pasillos, cayó la última y refrescante margarita al lado del Circus- Circus.

Viernes 26-08-2005 ¡¡Hagan Juego señores!!

No era fruto del delirium stremens, ni de visiones extrañas pero sí, lo que vimos a primera hora era algo real: dos chancletas luminosas que se encendían y se apagan a medida que su porteadora iba caminando. Lo bueno de esta país es que no pasan 5 minutos sin que algo te sorprenda: son únicos estos yankees!.
El café y los donuts del desayuno cayeron en mitad de las maquinitas tragaperras. Durante el día y en agosto salir a la calle en el desierto es como pedir la muerte a paso lento. Lo mejor es relajarse en las piscinas de los hoteles y salir cuando anochece. Otra opción es abandonarte al juego desde que te despiertas (muchos lo hacen) y pasar las horas tentando a la suerte. Optamos por la primera idea, y pasamos un buen rato mojándonos ante el peligro de "deshidratación" y ante el peligro de convertirnos en peligrosos ludópatas sin remisión. A media tarde, comimos en uno de esos "buffets" en los que predican el "all you can eat" y en los que también uno corre el peligro de salir rodando como una bola después de comer todo tipo de crímenes contra la dieta.

Ya estábamos preparados para volver a la "jungla". En vez de hacer el recorrido del "strip" como el día anterior, decidimos coger un trolebús que nos llevó hasta el último hotel, en sentido opuesto y hacer el recorrido al revés. Ese primer hotel es el más elegante y el menos hortera de todos, se llama el Mandala Bay y es con mucho, el más lujoso y el menos estridente. El personal que se aloja allí tiene poco que ver con el resto: trajes largos, smoking para los caballeros y un ambiente de hotel 5 estrellas, como recién salido del Rajastán. La piscina de este hotel era de ensueño, poco que ver con la que teníamos en el Circus. Antes de que nos entrara la depresión post Mandala, y echásemos de menos nuestro súper Hotel de Nueva York, nos fuimos al siguiente casino, el del hotel Luxor. Como era de temer, el Luxor es una pirámide con esfinge gigante incluida. Para asimilar lo que allí vimos, nos tomamos un par de margaritas y un par de cervezas. Como ya nos aburría el jugar a las tragaperras pero queríamos seguir bebiendo a 1 dólar la copa, teníamos que disimular para que viniera la camarera de turno y nos sirviera las copas. Hay que recordar que sólo sirven bebidas a este precio si estás jugando. Así que nos pusimos a disimular como si estuviésemos echando monedas a las máquinas, mientras nos entraba el ataque de risa. Fue uno de los mejores momentos del viaje.

Ya más ambientados, pudimos resistir la imagen del busto de Nefertiti utilizado a modo de freno en la rueda de la fortuna, o los crupieres vestidos de soldados egipcios. Es que hay que verlo para creerlo, la verdad. Los hoteles y casinos están , en su mayoría, comunicados entre sí, por simples pasarelas externas o pasillos internos. Sin darnos cuenta llegamos al "Excalibur". La galería de horteradas iba en aumento, conforme nos íbamos alejando del Mandala. Este hotel pretende trasladar al visitante al mundo medieval. Para conseguirlo, han recurrido a toda una ambientación de cartón-piedra que imita un castillo medieval. Patéticas estaban las pobres camareras, disfrazadas de "Lady Mariana" en Robin Hood.. Y digo patéticas, porque el Excalibur no es de los hoteles más lujosos, y la edad de las camareras suele ser directamente proporcional a la categoría del hotel. A más lujo, más juventud y cuerpazos. Si era más cutre, las pobres camareras rozando los 50, lucían sus minifaldas y escotazos con más arrugas que Bette Davis en sus últimas películas.

La capilla de bodas de este hotel, también era un primor. ¿Y habrá quién crea que se está casando cual Rey Arturo en Avalón? Lo dudo mucho porque viendo las paredes de cartón piedra y los escudos de hojalata de los "guerreros" que custodian la entrada de la capilla, creo que hay que tener muchas margaritas encima para creerte Robín de los bosques. En las Vegas vienen cientos de parejas a casarse. Se ven muchas parejas por la calle, pero lo que choca es verlos solos, sin familiares. Algunas parejas van disfrazadas y otras con trajes clásicos de boda. Las famosas Elvis Chappels, son capillas pequeñas, como la famosísima "Little White Chappel" en las que por unos dólares, te montan una boda tipo "Elvis": por ejemplo, en la capilla Silver Bell te ofrece eso y mucho más. El imitador de turno de Elvis canta tres canciones y tú recibes una chalina de raso como regalo de recuerdo, igual a las que regalaba en sus conciertos. Sea cual sea la elección de la pareja, lo único que la ley pide a los contrayentes son 50 dólares para comprar la licencia en el juzgado de la ciudad original de las Vegas, en el downtown.

Después del Excalibur, llegamos a la zona de los hoteles París y New York, New York. Ya era otra cosa. Los dos están más que logrados y no son un himno a la horterada. El New York, New York te recibe con una copia de la Estatua de la libertad en la entrada y un interior muy logrado: calles del Little Italy, del barrio de Bronx y el casino con los crupieres disfrazados con camisetas de beisbol. Justo en el momento de entrar, oímos un concierto en directo de música funkie, 100% black con una marcha que hacía bailar a todo bicho viviente. En un cartel se anunciaba que la gran reina "Aretha Franklin" actuaría en las Vegas próximamente y en otro se anunciaba también que en el mismo New New York, se celebra a diario un espectáculo erótico "Zumanity", protagonizado por algunos componentes del Circo del Sol.

En las Vegas con dinero es el paraíso: todos los días hay actuaciones de auténticos símbolos de la música, como el gran Tom Jones, que justo había finalizado sus actuaciones un día antes de nuestra llegada. Hubiese sido un lujazo ver al "tigre de Gales" en las Vegas. Como si en tiempos hubiésemos visto al Rat Pack (Frank Sinatra y colegas) en algún escenario de la ciudad del pecado. Pero bueno, es como todo, hay que volver a los sitios...

Era viernes noche y se notaba. Si la gente ya viene predispuesta a darse lujos al cuerpo en las Vegas, lo del "Friday night" es de escándalo público. Escotazos, silicona y tacones de aguja. Antes muertas que sencillas. Todas, rubias, altas, bajas, gordas, guapas y feas iba con el uniforme "ready to kill". Y a juzgar por el alcohol que corría por todas partes más de una iba hacer el agosto seguro.
Al salir del New York, cruzamos la avenida y nos metimos en el MGM. El hotel y casino de la Metro Goldwyn Mayer, la gran compañía de cine con el león que ruge más famoso de la historia.

Es un casino enorme, con bares de diseño y fotos de actores en blanco y negro por todos los rincones. Es famosa su "rainforest" shop. Con animales y plantas de cartón piedra y mecanizados que te sorprenden de repente cuando estás mirando algo. Otra cosa no, pero los americanos saben "venderse" de un modo que muy pocos saben hacer. El bar que hay justo al lado, también dedicado a la selva, está logradísimo también. En la barra hay asientos con patas de animales y cae lluvia del techo, como si estuvieses en el Amazonas mismamente. Damos una vuelta y ya vamos arrastrando los pies. Como las chicas "guerreras" que a esas horas llevaban los zapatos de tacón en las manos.

Al volver al hotel, cuando ya eran casi las 4 de la mañana, nos pasó de todo: vimos un arresto en vivo y en directo de 4 chicos negros. La patrulla de policía iba en bicicleta y con unos maillots amarillos que parecían recién salidos del Tour de France. A pocos pasos, justo en frente de la mega tienda dedicada a Coca Cola, con su botella de neón, gigante en la puerta, también vimos otro arresto, esta vez con resistencia del arrestado incluida. Y allí estábamos como si estuviésemos viendo una serie en la tele o una película de esas de acción, con los ojos como platos a pesar del sueño.

Sólo nos podía salvar, la última margarita de la noche, en el casino de al lado del hotel. Y con la garganta fresquita y un kilo y medio de imágenes en la mente, cogimos la cama como si fuese el séptimo cielo.

Sábado 27-08-2005 Leaving las Vegas

Tras la noche "loca" del viernes, nos levantamos tarde. Y antes de hacer cualquier plan, llamamos a una agencia especializada en excursiones al Gran Cañón. No podíamos irnos de las Vegas sin ir allí. Está en otro Estado, en Colorado, pero en avión en poco más de una hora estás ante unos de los parques más grandiosos del mundo. Hay un montón de agencias que desde todos los hoteles salen a diario hacia el Gran Cannyon. Por unos 130 dólares te llevan en avioneta y te traen en autobús. La excursión dura unas 8 horas y después de ver varias alternativas nos decidimos por una agencia. En América todo, o casi todo se puede hacer por teléfono, así que desde la habitación de "Milikito" llamé a un señor con una infinita paciencia que me fue dando todos los detalles: saldríamos a las 6: de la mañana desde la puerta del hotel. Para ser más exactos le pregunté a ver en qué punto exacto teníamos que estar y me contestó todo serio: dónde ponen una foto de nuestro querido presidente Bush. Yo alucinada, porque no sabía si mi inglés estaba ya "agonizando" me quedé callada sin saber qué decir. Y de repente el tío se empezó a reír a carcajada limpia al ver que yo no reaccionaba y me dijo; Mujer es una broma, donde le digo de quedar es donde está el payaso gigante del Circus que hay en la entrada.... Gracioso el hombre!!!

Me indicó además que antes de montarnos en la avioneta, nos pesarían para calibrar los flancos del avión, y en ese momento es cuando a una le entran sudores fríos y piensas: Ay madre! dónde me estoy metiendo. Pero tal y como se sucedieron los hechos a partir de entonces, todo iba a cambiar y mucho.
Ya teníamos la excursión reservada, y después de hacer otra vez un desayuno-comida-cena (en Estados Unidos, con una comida de "buffet libre" tienes el hambre saciada para los restos), nos fuimos a ver los hoteles-casino que nos faltaban por ver. La primera parada la hicimos en el Hotel Venecia, aquel que vimos el primer día que nos dejó tan impactados que preferimos dejarlo para el final. Los canales, el palacio ducale, la plaza San Marcos, así, sin complejos, como si nada.

Cuando entras dentro ya es el no va más.... Los gondoleros cantan (mejor dicho cantan en play back) cuales pavarotti mientras las parejitas que van en las góndolas se creen realmente en Venezia. Es increíble cómo se miran, enamorados con las manos entrelazadas, mientras se creen que navegan y pasan por debajo del mismísimo puente de Rialto. El día que vean la verdadera Venezia les dará un infarto de miocardio, o a lo peor se creen que la verdadera es una burda copia de la existente en Las Vegas. Todo puede ser.

Mientras paseamos entre "canales" y calles "stilo Caravaggio" , vemos una galería de arte con gente muy "modelna", y nos metemos como "Piero per la sua casa". De repente, nos asalta una "galerista" que nos invita a tomar algo y nos pregunta a ver si conocemos al autor que expone ese día. Yo le digo que sí, que me gusta y me hace la pregunta del millón: y dónde lo ha conocido, en alguna revista? Con cara de gilipollas, sin saber muy bien qué contestarle, porque la verdad es que en mi vida había visto ni al autor ni sus obras, le contesto impasible que en el "People". Y como si la inspiración divina me hubiese llegado del cielo, me replica la súper galerista, Ah sí en el número del mes de junio salió un reportaje sobre él!!!!! Yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo, pero coló, golazo directo!

Con el eco del Pavarotti gondolero, nos fuimos de "Venezia" y entramos en el Aladinno, en donde se casó Elvis Presley en un acto que duró 8 minutos. Allí lo único interesante a primera vista, es la galería de tiendas, imitando a un zoco árabe. Caí enamorada de un sombrero de ala ancha y no paré hasta comprarlo. Fue un capricho del viaje. Desde el día de las compras en Pennsylvania no había vuelto a darme un lujo, y había pasado una eternidad, así como 10 días.

Nos quedaba por ver el París, con su torre Eiffel incrustada literalmente en el edificio. Como el New York, el Paris está muy conseguido, con sus "bistrots", sus callecitas tipo Montmatre, sus cabarets, sus "boulangeries" y todos los carteles e indicadores en perfecto francés. Todos los hoteles tienen sus restaurantes de mejor y menor categoría. En el París se lleva la palma del "glamour" el que está en la cima de la tour Eiffel, al que sólo se puede acceder de "etiqueta" y en el que el menú no baja de los 50 dólares. La torre es calcadita a la verdadera, lo único que es distinto es su tamaño, es justo la mitad de alta que la verdadera.
Era la cuenta atrás. Nos quedaba para rematar el viaje: la excursión al Gran Cañón y el Hotel Bellagio. Es el hotel de los hoteles, según dicen, pero cuando entras es tal el empacho de lámparas, brillos y oropeles que la retina se queda exhausta ante tanto "barroquismo". Es como una oda a la opulencia. Encima, estaba a tope de gente que circulaba por el casino y cuando vimos el espectáculo de "luz y sonido" ya fue el no va más. Teníamos que irnos a descansar porque si no, nos podía entrar un "estado de shock" nervioso. Pero...... lo mejor estaba aún por llegar.

Llegamos al hotel a las 11 de la noche, teníamos que descansar para levantarnos pronto para la excursión del Gran Cañón. Cuando llegamos a la habitación, el contestador del teléfono estaba parpadeando. Cuando oímos el mensaje de nuestro guía argentino que decía: Señores de Garatea, son las 9 de la noche y estoy esperándoles en la recepción del hotel, recuerden que su avión sale esta medianoche. Ataque! Histeria! Eran las 11 de la noche y en el planning del viaje ponía que el vuelo era a las 0:08 del domingo. Así que en ese preciso momento es cuando nos dimos cuenta de que el vuelo que pensábamos que saldría en la medianoche del domingo, resulta que salía esa misma noche. Nos habíamos confiado porque al tener reservada esa noche del sábado en el hotel y tener un traslado señalado por la agencia de viajes para el domingo 28, nos cogió totalmente fuera de onda. En menos de 1 minuto cogimos todas nuestras cosas y nos fuimos al aeropuerto por nuestra cuenta. En el camino al taxi, casi mato a tres niños de los miles que había en el Circus-Circus. El pobre taxista nos llevó a toda prisa y cuando llegamos al despacho de facturación de Delta Airlines casi nos tuvieron que poner la mascarilla de oxígeno. Eran las 23:53 de la noche y el vuelo salía a las 0:08. Adiós excursión al Cañón del Colorado!

La sorpresa del viaje vino en ese preciso momento: lo siento señores pero no pueden embarcar, no les da tiempo a pasar los controles.... En un momento nos pasó toda la película del viaje por la mente. 20 días en Estados Unidos sin ningún percance y no era posible, algo nos tenía que pasar. La azafata de tierra de Delta se portó y nos buscó dos plazas para el día siguiente, vía Atlanta. Ya nos veíamos buscándonos la vida de "crupieres" o de camareros en los casinos de las Vegas, disfrazados de Nefertitis. Nos volvimos al hotel, después de esperar una cola infinita cuando entre pitos y flautas ya eran las 2 de la mañana. Es alucinante la de gente que va a las Vegas. Un sábado por la noche, había una cola de unas 100 personas esperando taxi. Menos mal que con lo organizados que son los americanos, en un santiamén teníamos un taxi de vuelta a nuestro hotel. La situación era de tragicomedia. Volvimos al hotel, y dormimos en la cama que estaba pagada irónicamente. Como ya eran las mil, anulamos, con gran dolor de corazón, la excursión al Gran Cañón que estaba prevista con salida a las 6 de la mañana. Ya no queríamos arriesgarnos más. Con cara de circunstancias sin saber si reír o llorar, nos dieron las 3 de la mañana y maldijimos a todos los parientes de la chica de la agencia de viajes. Qué simpática! Estaba claro que nosotros tampoco nos dimos cuenta pero para qué carajo nos había reservado esa noche del sábado si teníamos el vuelo 8 minutos pasados la medianoche. Total, que al día siguiente decidimos relajarnos en la piscina, mientras disfrutábamos de un día más en Las Vegas. Como todavía existe la "justicia divina" esa misma mañana, ganamos unos dólares en las maquinas tragaperras y en el Blackjack. Pocos eso sí, pero suficientes como para no irnos con un mal sabor de boca. Son las aventuras de los viajes y en este, también tenía que pasarnos algo, si no hubiese tenido "gracia".

Por la tarde, después de comer en otro buffet libre, en el famoso hotel "Stardust" (polvo de estrellas), dimos nuestro último paseo por el "Strip". En esas últimas horas en la "Sin City" vimos varias escenas divertidas: un imitador de Elvis que cantaba en la calle, achicharrado de calor y sudando la gota gorda, una mujer que delante de nuestras narices ganaba 800 dólares en un casino y otro señor de unos 80 años, con un sombrero de flores jugando al blackjack. Son sólo algunas escenas, de las miles que el Diario ha registrado en este viaje.

Ya por la noche, en el aeropuerto con dos horas de antelación, por si las moscas... las escenas seguían alimentando las páginas del Diario: una pareja de obesos, esperaba su vuelo, mientras comían unas hamburguesas gigantes, y el hombre de la pareja llevaba un casco vikingo con su cornamenta incluida. Otra, bastante pija en el vestir, calzaba unas pantuflas de esas gigantes de peluche. No pasaban 5 minutos sin que el "espectáculo de la vida" siguiera ofreciendo anécdotas y situaciones sorprendentes. Aunque también es verdad que Estados Unidos es ya de por sí un país de película, donde la realidad supera y mucho la ficción.

Salimos pues, un día más tarde de lo previsto, a las 0:08 (hora maldita) de Las Vegas. Ya era lunes, y a las 4 de la madrugada llegábamos a Atlanta. Las sorpresas del viaje no habían acabado. Cuando llegamos a la sala de espera de nuestro siguiente vuelo: Atlanta-Nueva York, vimos a mucha gente agolpada frente a las pantallas de televisión. ¿qué estaba pasando?. Pasaba que el huracán Katrina estaba asolando los Estados de Missisipi y Florida, así como la ciudad de Nueva Orleáns. Empezamos a ver un montón de vuelos cancelados y en ese momento es cuando te acuerdas de las clases de geografía y caes en la cuenta de que el Estado de Georgia, o sea, en donde estábamos precisamente en ese momento, era el Estado más cercano a la tragedia... Sin quitar los ojos de las pantallas, vimos que los vuelos a Nueva York no estaban siendo anulados, así que cuando embarcamos finalmente no miramos atrás, era un sálvese quién pueda en toda regla. Llegamos a Nueva York sanos y salvos, y unas horas más tarde embarcábamos rumbo a Madrid.

Era el final del viaje, con "Katrina" pisándonos los talones y con un Diario viajero cargadito de anécdotas e imágenes para la posteridad. Un capítulo más de un diario que por el momento no tiene fin, porque como dice Gabriel García Márquez la "realidad te ofrece situaciones y frases que jamás podrías inventar".

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