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Uruguay. Paraiso Natural

Escribe: benat
Que bueno que viviste al Uruguay Che

 

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Por Punta del Este a La Paloma

La Paloma, Uruguay — jueves, 17 de noviembre de 2011

En colectivo hasta Punta del Este. Me hospedo en un pequeño hotel llamado Smalleast, junto al emblemático faro rodeado de jardines y de una colorida iglesia de color azul cielo. Desde este lugar todas las calles dan al mar, unas a la costa mansa hacia el Rio de la Plata, y otras a la brava, al Atlántico abierto. Además de sus bonitas playas me impactó nada más bajar a la lonja del puerto, un gran lobo marino macho, que había saltado del agua para avituallarse de los restos que los pescateros le tiraban. Me impresionó su gran tamaño y el tenerlo junto a mí, como si nada.

Por lo demás nada especial que reseñar de una gran ciudad turística enfocada a desplumar al viajero, pero encontré un pequeño bar de comidas en la calle El Estrecho, no tenía ni nombre a la vista, tan solo se leía el luminoso de Pilsen. Estaba comiendo una milanesa que se salía del plato cuando entró un guitarrista con aires de hippie, empezando a cantar canciones brasileñas que encandilaban sobre todo una camarera jovencita que no le quitaba el ojo.
Se animaba la cosa, dedicó con guasa una canción a su “amiguito”, cuando empezó a cantar, el jefe del Pilsen, con servilleta azul en la cabeza y bolso blanco en el brazo, empezó a bailar junto a él, con movimientos muy sexis, estábamos casi en familia, una señora cerca de la cocina, que probablemente fuera su madre se desternillaba,, al acabar el show la ovación fue de gala, mira por donde una comida casera con espectáculo en directo, por tan solo 9 euros al cambio, dentro de la lujosa península de Punta del Este.

Por curiosidad visité a media tarde el lujoso Casino Conrad, moderno y espacioso de tonos ocres y granates muy relajantes, dentro de un bello y moderno edificio que al mismo tiempo es un gran hotel. Ofrece al mismo tiempo todo tipo de espectáculos y servicios de primer orden. Solo se juega en dólares, y la apuesta mínima en la ruleta es de dos dólares. Aguanté dentro, unos veinte minutos, en cuanto sentí mis primeros síntomas de claustrofobia abandoné el barco.
Disfruté de sus playas hasta la hora de coger el colectivo que me llevaría a La Paloma, por tan solo 5 euros al cambio.

Después de dos horas de viaje con parada en Rocha, llegué a la estación de ómnibus de La Paloma, dentro de un gran pinar, junto una gran bahía oculta tras las diminutas casas de este maravilloso lugar. Por una calle de arena llego al pequeño y acogedor hotel La Tuna, en la misma playa de Bahía Chica.
Al atardecer la fascinante puesta de sol da relevo al omnipresente faro que brilla con luz intermitente pero intensa. Al día siguiente pienso en las cosas que son normales aquí, y me cuesta darme cuenta de ello. Primero el ritmo, todo va despacio, un café puede tardar entre cinco y diez minutos, los centros de información turística puede que estén cerrados, la información de los autobuses es un poco complicada, ya que debido a la gran competencia tienes que ir preguntando de una ventanilla a la otra.

El café es malo y caro, quizás por eso toman durante todo el día mate. Como pequeño detalle, cuando tiras de un servilletero de papel es imposible coger solo una servilleta, todas vienen pegadas, y como tires fuerte lo vacías. Por lo demás, está bueno.
Pero esto es así, que le vamos a hacer. Lo que menos me gusta es que ande tanto perro suelto, ya que la bici corre menos que el perro, aunque parecen tranquilos. Me he agenciado una bici de piñón fijo, mi primer recorrido ha sido ir hasta La Pedrera con viento en contra, pero con la ilusión a favor. Fui rodeando la costa por pista hasta llegar a un cruce con la ruta 10. Tras una larga hora, doblo a la derecha, y al primer habitante que veo le pregunto a ver cuanto queda, me responde que un kilometro. Después de recorrer unos tres kilómetros, pienso que a este le vendieron la casita diciéndole que estaba a un kilometro del centro.

En realidad en un lugar como este no se sabe muy bien donde está el centro. .
En este ultimo kilometro me encuentro una casa con una ikurriña grande colgada de la puerta, que anunciaba un taller de piedra, “Pedrarte”, no había nadie, quizás otro día pase por allí. Por fin en La Pedrera, vistas de un océano bravo y hermoso. El fuerte viento arrecia, casitas pequeñas y bien cuidadas que llegan hasta las dunas que protegen al salvaje y fascinante litoral. Se respira ambiente surfero, con gente dentro de un chiringuito al socaire, ya que la mar está brava e impone. Después de ventilarme pero que bien, cojo el camino de vuelta con viento a favor, no me lo podía ni creer, pensaba que iba montado en la montaña rusa, sin darme cuenta estaba llegando de vuelta a La Paloma, atravesando el Parque Andresito, que es un gran pinar repleto de cabañas para alquilar, que dan cobijo y sombra los días calurosos como el de hoy.

Al llegar al hotel siempre encuentras a alguien para poder conversar, tres generaciones con la abuela” Tona” al pie del cañón regentan el negocio, uno de los nietos es músico y ensaya en la casa de al lado, suenan muy bien, y el grupo se llama, “Sale con fritas”, que quiere decir, sale sin querer. Escuché alguna grabación con versiones de temas de jazz y de candombe. Una buena fusión y una agradable sorpresa. La música siempre es solidaria.
Por la tarde llegaron dos viajeras suecas que venían de la estancia Panagea en Tacuarembó, habían realizado faenas cotidianas como conducir ganado a caballo y recoger leña, a cambio, además, tenían que pagar uno 30€ al día por alojamiento y pensión completa. Quizás vaya por allí, me lo han puesto bastante bien, aunque sea un lugar muy aislado, con solo dos horas de luz eléctrica al día, con un generador. Es así como viven, y no creo que echen de menos la televisión. Este día sí que está nublado, tiene pinta de llover, consulto con La Tona, me dice que el viento ha cambiado y que no lloverá hasta tarde. Yo le creo, bici entre piernas y en dirección a La laguna de Rocha, eso sí, con un chubasquero en la mochila además de un buen bocata y agua para pasar el día.

Después de unos quince kilometro llego a la maravillosa laguna con 22.000 Ha.de superficie, reserva mundial de la biosfera, y uno de los mayores parajes del mundo donde habitan tanto especies autóctonas como migratorias. La variedad de aves es alucinante, flamencos, garzas, cisnes, gansos, y todo tipo de aves marinas que llegan a través de las dunas que tan solo les separan escasos doscientos metros del mar.
Además en los arroyos cercanos habitan nutrias, carpinchos, tortugas, zorros, y lobitos de rio; en el campo abundan el ñandú y la mulita. En las orillas se agrupan algunas casetas de madera que utilizan los pescadores para ordenar y limpiar la pesca diaria. La laguna es generosa con quien la respeta. Volví al Hotel como si hubiera estado en algún paraíso secreto que nadie conociera. Próximo día, una mañana de intensa claridad, con un aire limpio, como el de la ropa que acabo de recoger del lavadero “La Esquina”, por 4€, un paquetón grande de ropa lavada.

Después de recabar datos sobre posibles destinos con Kerstin, una alemana muy simpática que se aloja en el hotel, preparo todo para salir hacia la Playa Los Botes y la de La Serena. Playas inmensas y solitarias, bordeadas de bonitas casas y complejos hoteleros. La gente se ve que se está preparando ya para la temporada alta, que comienza a finales de Diciembre.
Descanso para coger fuerzas y salir por la tarde-noche hacia Rocha. Después de cuatro horas en Rocha, mejor no haber venido, la actuación del día correspondía a conciertos de fin curso, el grupo bueno empezaba justo cuando tenía el bus de vuelta a las 23h 30´. Lo mejor el ambiente popular, como retroceder 30 años en el tiempo, con dos presentadores parlanchines que no paraban de meter cuñas comerciales como el que vende el crece-pelos milagroso, amenizado con mucho ruido de las motocicletas que no paraban de dar vueltas a la plaza. Lo normal es que vayan tres y sin casco. Todo lo cubría, el agradable olor de las tortas fritas.

Después de esta ruidosa experiencia volví a la serena calma de La Paloma, y bajo la luz de una clara luna me sumergí en un profundo sueño.
Me despierto con una resaca musical que me obliga a tomarme un verdadero día de descanso, voy con la bici a hacer la compra para preparar algo y llevar a la playa, pero al final me quedo en el hotel de tertulia en el salón, escribiendo algunas notas y recopilando información para los días venideros. Todavía no se qué ruta seguiré, pero lo más seguro es que me quede en una estancia del centro del país por unos días. La Tona es sin duda la jefa de la familia, es inteligente y con un gran sentido del humor, a un cliente que insiste en quedarse en la 201 le dice, - Que viene bobo para elegir usted. Mañana radiante la que nos ofrece este maravilloso día de primavera, aquí a finales de noviembre. Después de dejar la ropa en la lavandería y negociar precio con el del alquiler de bicicletas, me voy a dar una vueltecita por el pueblo. Me paso toda la tarde ganduleando, totalmente relajado, cargando pilas para el día siguiente. Despierto lleno de energía con la intención de disfrutar de este maravilloso día. Relación social en el salón del hotel. Un representante de material para la hostelería, conversa con La Tona, a la que le acompaña, la recepcionista.

El vendedor entre un rato y otro poco, les comenta sobre un cliente, diciendo, - oh que macana, era medio árabe, medio rarón. Seguían negociando precios de sábanas y toallas, La Tona le decía, - Gordo eres un terror, afloja un poco. Así pasaban la mañana, hasta que llegaban a un acuerdo.
Monté en el caballo de dos ruedas y me dirigí de nuevo hacia La Pedrera, esta vez a la Playa del Barco, estaba con surfistas y gente. En la arena reposan los restos del casco del Catai, un viejo barco portugués que naufragó en esta brava costa. Una autentica escultura moldeada por la fuerza del mar y las caricias del viento. Después, absorbí una jarra de birra en un chiringuito con música brasileira, en el que ofrecían chivitos de ñandú.

Es que la arena da mucha sed.
Ambiente surfero y de pretemporada, la gente poniendo los negocios a punto para la temporada de verano. También visité la casa del escultor Martín Arteaga, un oriundo argentino, el que enarbolaba la ikurriña (bandera vasca), a la entrada de su casa, casualmente no estaba, me atendió amablemente su ayudante Miguel, que se encargaba de la venta y exposición de las esculturas hechas de cemento, y algunas adornadas con espejos y azulejos. En la puerta llamaba la atención una camioneta Chevrolet de color verde kaki del cincuenta y uno. En el camino de vuelta me fijaba sobre todo en los nidos de los horneros, que tienen que defenderlo de “los negros”, unos pájaros perezoso que van de ocupas. Los perros seguían rompiéndome las pelotas hasta que se me crucé con el no va más, uno con la cadena colgando, después del susto resultó ser manso.

Después de un merecido descanso, me voy a cenar a La Ballena, no tuve suerte, les dije que la carne poco hecha, otra vez alpargata, me quisieron hacer otro, por lo menos tuvieron el detalle.
Por la noche en el club social, en una cena de la comisión contra la droga actuaban” El Negro Muníz” y su hijo Marco, que es el recepcionista del hotel y nieto de La Tona. La actuación de muy buen nivel animó al personal hasta ponerlo en pie, empezando a bailar. Les acompañaban, piano, guitarra y percusión, al bajo con Marco y a la guitarra su padre. Los comensales para dar ejemplo cenaron con coca cola, pero no pudieron aguantar sin fumar, algunos tuvieron que salir fuera. Participó de la fiesta el hermano de Marco, Sergio, que tras un accidente está en silla de ruedas, controlando el sonido para que todo saliera bien, el cantaba antes con el grupo y ahora poco a poco se va recuperando, ojalá pronto pueda volver a cantar en el grupo. Todos contentos pero con la boca seca a la piltra, en la habitación con la petaquilla me preparé una pócima de Whisky-Cola.

Llego el día de volar de la Paloma, una mañana radiante con una temperatura cálida invitaba a bañarse en la Bahía Chica, después de desayunar, súper-baño en una aguas frías pero tonificantes, un lujo para ser noviembre, luego un paseo alrededor del faro por la playa de La Balconada, después de observar y compartir espacio con todo tipo de aves costeras me dirigí al parque Andresito para comer algo y descansar entre las sombra de los largos pinos, que comparten morada con el fragante e impopular eucalipto.
Por la tarde de tertulia en la ya familiar sala de estar del Hotel La Tuna, y tras un último recorrido a pie por el pueblo observando los nidos de los horneros, regresé al hotel.

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