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La Habana (Cuba): un día de gestión

Escribe: Cosmos99
En La Habana, capital de Cuba, una y otra vez tendré que volver; o de paseo, o en plan descanso, o académicamente, o simplemente para realizar trámites que sólo allí pueden hacerse. Y claro, siempre habrá tiempo para visitar lugares de interés, o sus añejas calles.

 

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Capítulo 1
 

Paseo de ida y vuelta a La Habana

La Habana, Cuba — viernes, 27 de enero de 2012

Viajero. Nunca mejor dicho: debo ir a La Habana no a un paseo ni a alojarme en algún hotel, por pocas estrellas que tenga, el objetivo es legalizar documentos de un amigo residente en República Dominicana en el consulado de ese país. Lógico, me sobrará tiempo para algún recorrido interesante por la capital de mis amores, me sobran intereses a descubrir allí. Me decido ir el miércoles 25 de enero y en consecuencia, lo planifico todo.

La noche antes han venido a visitarme mis hijos Adrián y Javier para juntos ver el juego de béisbol entre los equipos de Villa Clara y Matanzas correspondiente al campeonato cubano de ese deporte. Entre análisis de jugadas y otras sorpresas propias del béisbol, le comento a Adrián sobre mi viaje y la necesidad de estar temprano en la estación de autobuses. Mi hijo, ya desde hace algún tiempo relacionado con este trayecto, me sugiere: “¿Por qué no vas para el Viaducto?”. Debo aclarar: no pocas personas interesadas en viajar desde Matanzas hasta La Habana, se sitúan en el tramo final del viaducto, por donde obligatoriamente deben circular todos los vehículos que se dirigen a la Capital, y solicitar aventón. Es sencillo: tener en la mano un billete de 20 CUP (“pesos cubanos”, equivalentes a 0,80 centavos de CUC, “peso convertible” o “chavito”) y mostrarlo a cuanto vehículo pase, ya se detendrá algún chofer interesado en obtener unos pesitos extra, aun cuando el vehículo que conduzca no sea exactamente para pasajeros, ni tenga autorización oficial para hacerlo. Me convence Adrián con sus argumentos, y las 7:30 AM del miércoles estoy ya ocupando mi lugar, junto a un numeroso grupo de personas más, en el viaducto.

No transcurren ni diez minutos, y se detiene un autobús  que conduce pacientes al Hospital Naval de La Habana, a fin de recibir atención médica especializada. Me conviene el trayecto, al resto de los viajeros no, así que lo abordo en solitario. Dicho sea con toda justicia: se me hace claro que a este chofer, cosa rara, no lo mueve el afán de lucro, sino el de servirme, pues no quiere aceptar mis 20 pesos, insisto, y al fin los toma, mas no los lleva su bolsillo, según la costumbre de la inmensa mayoría de los chóferes, sino que lo deposita en la alcancía cerrada con candado que poseen los autobuses para la recaudación del pago de los pasajeros. Actitud muy opuesta a lo que generalmente ocurre, incluso no pocos choferes exigen un pago superior a los 20 pesos, y lo incorporan a su patrimonio. Alguien una vez denunció un hecho como éste en la prensa, y la respuesta del directivo encargado de atenderlo fue: “se ha separado al chofer de su trabajo, mas no crea: el que lo sustituya tarde o temprano hará lo mismo”.

Los pacientes que me acompañan evidencian una recuperación total de sus males: conversan animadamente, bromean, sus pijamas están pulcras y relucientes, piropean a la enfermera que se ocupa de sus historias clínicas, entre todos intercambian experiencias de sus procesos médicos, unánimemente ponderan la excelente la atención brindada por los especialistas del Hospital Naval y el trato exquisito de todos los empleados de esa institución de salud, cualidad que es proverbial en los hospitales militares cubanos que, al igual que los civiles, están al servicio gratuito de toda la población.  Una vez comenzado el viaje me dispongo a leer, esta ves me acompaña el libro “Cuentos de Saki”, de H. H. Munro. En general me van gustando sus cuentos, y en particular me llama la atención uno de ellos: “La ventana abierta”. Paso por alto describir los paisajes y los sitios por donde va pasando el autobús en su recorrido por la Vía Blanca, pues ya lo he hecho en detalle  en un Diario anterior.
 
El Hospital Naval se encuentra a unos 7 kilómetros antes del Túnel de la Bahía, por lo que estoy correctamente direccionado. Al descender del autobús trato de encontrar un servicio sanitario público, no lo encuentro, y aprovecho un bosquecillo cercano, discreto, a fin de aliviar mi vejiga y de inmediato me sitúo en el área controlada por un “Inspector Popular del Transporte”, conocido abreviadamente como “azul” por el color de su uniforme. Su misión: detener vehículos estatales que puedan conducir pasajeros y favorecer el abordaje de los mismos. Lo saludo, y le informo de los posibles destinos que me interesan: “Parque Central, Rampa o Playa”. El inspector sonríe, me hace un comentario sobre mis habilidades para viajar, y toma nota mental de mis eventuales destinos. En unos minutos ya estoy viajando rumbo al Parque Central, expedito y seguro. Agradezco al chofer, el cual no cobra, paso frente al Capitolio Nacional, cruzo el Parque de la Fraternidad hasta la calle Reina a fin de abordar el metrobús P- 4 en la parada “Parque el Curita”. A esta hora de la mañana, 10:35, no se me complica demasiado la tarea, y en unos minutos estoy intercambiando en la heladería “Coppelia” para el P-1, que me llevará finalmente a mi destino, el Consulado de la República Dominicana en La Habana, sito en Avenida 3ra y calle 60, reparto Miramar, municipio Playa, muy cerca de la zona hotelera del oeste. Me atienden exquisitamente y con diligencia, y ya tengo toda la tarde a disposición, hasta que al atardecer inicie el viaje de regreso a Matanzas.
 
  Ya tengo en mente en que emplearé mi tiempo, óptimamente por supuesto. Lo primero que hago es dirigirme al establecimiento situado en 3ra y 44, donde expenden exquisitos zumos, refrescos naturales, cocteles de frutas… esa será mi comida. Saboreo zumos de tamarindo, piña, varias raciones de cocteles, bromeo con las empleadas, dos jóvenes muchachas diligentes, serviciales y que mantienen en el local una higiene impecable, nada de moscas ni vasos sucios. Les deseo éxitos en su pequeña empresa y me comprometo a volver.  Enfrente tomo el Metrobús P – 1 nuevamente, y esta vez iré hasta la parada de Ayestarán y Carlos III, donde comienza esta última avenida, cuyo nombre oficial es Salvador Allende.
 
La calle Carlos III es eminentemente comercial, particularidad que se ha reforzado en los últimos meses con el estímulo al trabajo privado y que en Cuba se conoce como “trabajo por cuenta propia”, así que en los amplios portales de la concurrida Avenida proliferan los vendedores de ropa, baratijas, zapatos; también se ofrecen servicios de joyería, costura; comestibles de todo tipo, pizzerías, lechón asado con pan, refrescos y batidos (una amiga argentina me enseñó  que en su país son “licuados”). Voy con relativa prisa y sin detenerme demasiado a fin de alcanzar lo más pronto posible la intersección con la calle Belascoaín, donde a continuación de Carlos III comienza la calle Reina, arteria típica del municipio de Centro Habana. Y voy directo a uno de mis objetivos: la librería de libros viejos situada entre las calles Campanario y Manrique, donde fui asiduo en mis días de estudiante universitario (1974 – 1980).

Una contrariedad: se ha roto el cristal de la puerta, y por esa razón no abrirá al público. No obstante, me entretengo revisando los best sellers que exhiben en vidriera, entre ellos “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón, que afortunadamente poseo, obsequio de una amiga catalana durante mi estancia en Angola, y que me proporcionó horas de deleite en aquel lejano país. No me aflijo demasiado, y continúo andando rumbo a La Habana Vieja, mas no he salido aun de la manzana, y sorpresa: un nuevo librero de viejo, situado en la intersección de Reina y Manrique. Es un espacio pequeño y muy bien utilizado, así que me expansiono revisando libros y precios, hasta que uno de ellos me llama poderosamente la atención: “Antoni Gaudí”, de Gijs van Hensbergen.

Falta en mi colección, virtual o real, de libros relacionados con Barcelona: “La ciudad de los prodigios”, de Eduardo Mendoza; “La gangrena”, de Mercedes Salisachs; “Últimas tardes con Teresa”, de Juan Marsé; “Nada”, de Carmen Laforet, también leída y releída por mí en Angola, que me fuera enviada por la amiga de marras por correo electrónico, allá imprimí y conservé… Barcelona, amante inolvidable que pronto hará diez años que no visito… Vuelvo al libro de Gaudí. Está como nuevo, con abundantes fotos e ilustraciones, y mi mente volando y flotando: Pedralbes, cerca de la Universidad Politécnica de Cataluña, al final de Diagonal, donde estuve como post -  graduado recibiendo entrenamiento en Electrónica de Potencia; Casa Vicens, Casa Calvet, Sagrada Familia, Parque Guell, Casa Batlló, Casa Milá… nada, que me quiero quedar con el libro. Pregunto precio: 20 pesos cubanos. Yo, que también soy librero, sé que estoy en el deber de regatear, pues si no lo hago, entre libro y libro me arruino. Así que allá va mi contrapropuesta: “15 y me lo llevo”. Pero el hombre sigue en sus trece: “Ese libro vale 20”.

Por experiencia, coloco el libro en el anaquel, y continúo la marcha. (Adelanto algo de un próximo Diario: a las 48 horas pasé por el mismo lugar, y aun estaba el libro allí. No sé si el librero me reconoció, mas yo tomé el libro y pregunté: “¿Cuánto vale?”. Minutos de titubeo, y la respuesta: “10 pesos cubanos”. De manera tal que pasó de inmediato a mi patrimonio. Y ni me tomé la molestia de regatear). Reemprendo mi viaje orondo y feliz, como chico con juguete nuevo, mi euforia no me impide observar allí mismo, en la esquina de Reina y Manrique una piquera de bici taxis, abundantes en La Habana, y de los cuales habrá tiempo de escribir. Llego al final de la calle Reina, atravieso el Parque de la Fraternidad, sigo por la calle Monte, por Monserrate a tomar Bernaza, y por esta última hasta desembocar en Obispo, esquina donde se encuentra las librerías “La moderna poesía” y “El ateneo”. En esta última husmeo entre los anaqueles, sin encontrar nada interesante, a no ser una pareja de turistas, al parecer españoles, que están a punto de comprar un ejemplar de la primera edición de “El diario del Che en Bolivia”, por el cual pagarán 200 pesos cubanos, unos 8 CUC. Rastrean moneda a moneda entre sus bolsillos, recogiendo toda la “calderilla” (moneda fraccionaria) de CUC que acumulan… si supieran que en Matanzas, en cualquiera de las cuatro librerías de viejo de la ciudad lo hubieran encontrado mucho más barato…  Obispo abajo, en la manzana comprendida entre Bernaza y Villegas, encuentro la librería “Venecia”.

Reviso la mercancía, comparo precios, y concluyo: en Matanzas todo está mucho más barato. Y continuando por Obispo, al sobrepasar Compostela, otra librería: “Victoria”, no me detengo por mucho tiempo, atienden a un buen grupo de turistas, sofocados por el calor, a pesar de ser enero, y continúo hasta la librería del Instituto Cubano del Libro, la Fayad Jamís, en la manzana comprendida entre las calles Cuba y Aguiar. A pesar de estar bien surtida, limpia, iluminada, me desagrada la actitud de los empleados: como siempre que paso por ahí, juegan, conversan entre ellos sobre temas ajenos al servicio, los numerosos clientes tienen que arreglárselas como puedan, si se les pregunta algo responden con gestos y sin disimular el poco deseo de colaborar, demostrando por demás una total ignorancia del giro en que se desenvuelven, ni autores, novedades, obras agotadas constituyen materia de su dominio, en fin, no son libreros, tal vez como vendedores de croquetas fueran más exitosos.

No me olvido de los exquisitos garbanzos fritos que sirven en el restaurante “Habana” y hacia allá me dirijo. Afortunadamente aun sirven, mas la persona que lo hace olvida de ponerme agua, y al terminar casi tengo que entrar a la cocina para solicitarla. Y allí mismo, un buen café expreso, como me gusta, acorde con sus letras: Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso. Sin tiempo para reposo pues debo regresar a Matanzas, desemboco en la Plaza Vieja, no hay para mucho, sólo disfrutar de la música y las evoluciones de una banda rítmica formada por escolares. Por callejuelas de la Habana Vieja bien vieja, aun no restaurada, llego a la Iglesia de Paula, donde comienza o termina la calle Leonor Pérez nombrada así en honor a la canaria madre de José Martí, Héroe Nacional de Cuba y cuya casa natal se encuentra al otro extremo de dicha calle, adoquinada a la antigua usanza. De ahí estoy a un canto de mango de la estación “La Coubre” donde tomo el autobús de regreso a Matanzas, por el mismo sistema de anotación en la “lista de espera”, y mientras espero, doy por terminado el libro de cuentos de Saki  y, afortunadamente, la llamada para viajar me impide comenzar a leer el libro “Divertimentos” de Eliseo Diego, premio Nacional de literatura en Cuba.

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Últimos comentarios

buvar dice:
Esta muy bueno el diario, pero echo en falta las fotografias...De todos modos he guardado el diario para cuando vaya a Cuba, que espero sea luego
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