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Republica Dominicana - Cuba (Diario 2)

Escribe: Magui_arg
Esta es la segunda parte del mismo viaje y es lo que viví en Cuba; las diferencias abismales entre el lujo asiático de los hoteles y muchas cosas que pude observar dolorosamente de mis hermanos cubanos. Cabe aclarar que fue en 1997 y nunca regresé, asi que no puedo decir como es actualmente.

 

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La última noche en La Habana

La Habana, Cuba — sábado, 9 de enero de 2010

Cuando regresé al Hotel, me pareció que había cruzado la frontera de la sinrazón. Estaba en un mundo diferente, las luces brillaban, música suave, lujo, gente hablando en distintos idiomas, grupos de personas distendidos echados indolentemente en los sillones del lobby. A escasos metros del lugar donde esperaba la llegada del ascensor, observé un hombre cuyo rostro me parecía conocer. ¿Dónde lo había visto antes? Delgado apuesto, muy alto, ojos profundamente azules, tez bronceada.

Supongo que mi insistente mirada, hizo que también dirigiera sus ojos hacia mi; sonrió con picardía y me dijo -hola, como estás? En un español básico y esforzado. Reconocí a un famoso actor de cine que yo admiraba y ni en mis sueños más locos hubiese imaginado conocer; menos aun que me dirigiese un saludo. Le respondí con un -buenas noches, que impensadamente sonó más bien como una invitación pecaminosa. Afortunadamente se abrió la puerta del ascensor y me perdí en medio de otros pasajeros, con el rostro cubierto de rubor.

Tomé un baño, me arreglé y bajé a cenar, en el comedor un trío de cuerdas, con acompañamiento de tumbadoras, ejecutaba conocidas canciones. El colorido y la decoración de la comida eran deslumbrantes.

Disfruté de un cóctel de camarones y vino blanco frío, un postre riquísimo cuyo nombre no recuerdo y café. Estaba cansada, ese día habían pasado demasiadas cosas, pero no quería irme a dormir. Al día siguiente, a las tres y media de la tarde partía para Varadero. La Habana me estaba mostrando su otro rostro, aquel del que disfrutaba la mayoría de los extranjeros que llegaban a la isla; pero a mi me había impactado la hermosa tarde que pasara en compañía de quienes, como muchos otros cubanos hacían una vida apacible y sencilla; donde las familias eran parecidas a miles de otras de cualquier lugar del mundo.
El grupo de compañeros de viaje me incitó a conocer el Piano - Bar del hotel, donde había espectáculo en vivo. En realidad era un cabaret de lujo, que tenía su propio plantel de acompañantes; una cubana bellísima enfundada en ajustado traje de noche cantaba acompañada de un pianista. La ambientación era futurista, paredes grises, adornos cromados, luces suaves. Mucho control y personal de vigilancia; pedí un trago, dispuesta a seguir escuchando esa hermosa voz; pero las luces mortecinas, la excursión, el paseo con Pedro (mi amigo y guía particular) y el alcohol estaban haciendo su efecto. Así que abandoné al grupo, y regresé a la habitación, entre las risas burlonas de los que se quedaban a trasnochar.

Corrí las cortinas del baño, me sumergí en el jacuzzi; la vista nocturna era fantástica. Desde el cuarto piso podía ver el mar y un trozo de la ciudad. Del otro lado de la bahía se divisaban los potentes reflectores de un monumento histórico. Mis párpados pesaban una tonelada, y salí del agua. Envuelta en la bata de baño me tiré sobre la cama y quedé profundamente dormida. Me estaba despidiendo de la Capital de Cuba. Era la última noche de mi estadía.

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Últimos comentarios

Graveran dice:
No te creo nada
Publicado

dorisgonza dice:
Las dos caras de una misma moneda, eso es lo que viviste Magui y me alegra que puedas contar tus emociones y momentos vividos en Cuba.
Publicado

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