Cuba: un recorrido por sus ciudades más importantes (Parte I)

Escribe: Naveganteinfinito
Sin olvidar sus bellísimas playas y las horas que uno podría pasar buceando entre sus corales, Cuba tiene para ofrecer una riqueza histórica y cultural inmensa. En el medio del caribe, entre su simpatiquísima gente y sus sones y rones, el viajero puede descubrir una cultura llena de optimismo y esperanza pese a los bloqueos y carencias que sufre la isla. Descubre el espíritu del caribe en Cuba.

 

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Capítulo 1

Cuba: un recorrido por sus ciudades más importantes (Parte I)

La Habana, Cuba — jueves, 23 de octubre de 2008

Aunque normalmente se piensa en Cuba como en una sola isla, la República de Cuba es un archipiélago compuesto por más de 4.000 islas, islotes y cayos. Situada a la entrada del golfo de México, está a tan sólo 150 kilómetros de Florida. La isla grande de Cuba, la de mayor extensión de las Antillas, es estrecha y alargada, y corre a lo largo de 1.250 kilómetros.

 La mayor parte del territorio cubano es llano, y sólo una cuarta parte está cubierto de colinas y montañas. Sierra Maestra, en el sureste, es la más extensa y donde se alcanzan las máximas alturas. El pico Turquino, con 1.974 metros de altura, es la cumbre más elevada, y curiosamente su cima se encuentra a menos de diez kilómetros de la costa. La línea de costa de Cuba mide más de 5.700 kilómetros y es tremendamente irregular, formando numerosas bahías. La barrera de coral que se extiende paralela a la costa norte entre la península de Hicacos (Varadero) y la provincia de Camagüey compite por el título de la segunda más larga del mundo y la primera del hemisferio norte, y es comparable, en todo caso, con la de Belice.

La mayoría de las casi 600 corrientes que se consideran ríos en Cuba son cortas y no navegables. El país se divide en cinco regiones geográficas: Occidental, Central, Camagüey-Maniabón, Oriental y Pinera.

Riqueza cultural

La vida cultural se ha desarrollado grandemente desde la revolución de 1959, sobre todo al sacarla de los circuitos elitistas en los que se movía. Se promueve en la idea de que la cultura de masas forma parte del desarrollo económico y social, y se ha llevado a cabo en frentes tan distintos como la creación de escuelas de ballet o la lectura en voz alta de obras literarias en las fábricas de tabaco.

Pocas ciudades de toda América ofrecen tantos museos como La Habana o Santiago de Cuba. Hay barrios enteros de ciudades que son verdaderos museos vivientes de arquitectura. La Habana Vieja y el centro colonial de Trinidad están declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en reconocimiento del conjunto urbano tan espectacular y tan bien conservado. En la pintura se expresa vivamente el genio creador cubano. Es sorprendente la calidad que se encuentra en museos como el de Bellas Artes de La Habana, pero también en muchas galerías.

La música, sobre todo el "son", es la manifestación artística más evidente que se encuentra el viajero, y uno de los lazos de unión con este país y su cultura. En todas las ciudades existe una Casa de la Trova que mantiene vivo el espíritu de la música tradicional. Es más difícil escuchar música clásica cubana, aunque algunas composiciones de los mejores compositores se escuchan frecuentemente en la televisión. El jazz ha echado raíces profundas en Cuba y los intérpretes cubanos son muy originales.

El cine cubano está promovido por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico (ICAIC), que ha producido algunas obras fascinantes, además de una buena cantidad de documentales y películas de fuerte contenido revolucionario. El Nuevo Festival de Cine Latinoamericano se celebra todos los años durante el mes de diciembre. El autor más importante de las últimas décadas es Tomás Gutiérrez Alea, con una obra extensa y de gran calidad.

La Habana

Con sus señoriales columnas, sus coloridos balcones, los patios andaluces, y la simpatía de sus habitantes, La Habana cautiva al visitante apenas llega. Es una de las ciudades más originales del mundo donde nada es artificial. Y al estar detenida en el tiempo, anclada en un pasado eterno que la tiñe de permanente nostalgia, conmueve por la pureza de esa esencia americana que late con su música por todos sus rincones.

 La Habana enamora instantáneamente. No hay margen para razonar. Con sus señoriales columnas, sus coloridos balcones, los patios andaluces, las iglesias barrocas y la simpatía de sus habitantes, atrapa al visitante apenas éste da sus primeros pasos por las veredas. En La Habana nada, absolutamente nada, es artificial y cada mínimo detalle de su fisonomía o cada pequeño gesto de sus hombres, mujeres y niños provoca –inevitablemente– la emoción. Es una ciudad que, al contrario de casi todas las del resto del mundo, no ha perdido –ni mucho menos vendido– su alma. Y, al estar detenida en el tiempo, anclada en un pasado eterno que la tiñe de permanente nostalgia –con sus autos de la década del 50 yendo y viniendo como en una película–, conmueve por la pureza espiritual de su esencia, esa pureza de la América real que en casi todo el resto del continente parece destinada a la extinción.

Fundada en 1519, el esplendor de la ciudad se debió a su estratégica situación, protegida por una bahía, y a su ubicación a medio camino entre los virreinatos continentales y la metrópoli, convirtiéndose así en la llave del Nuevo Mundo. Su esplendor colonial puede palparse en La Habana Vieja, una visita totalmente inexcusable. Este barrio, Patrimonio de la Humanidad, es uno de los conjuntos urbanísticos mejor conservados de América y del mundo, dominado por plazas y fortalezas. Lo mejor es comenzar el recorrido en la plaza de Armas. Rodeándola, se encuentran los palacios de los Capitanes Generales (convertido en museo de la Ciudad) y del Segundo Cabo; el castillo de la Real Fuerza (actual museo de Armas); el Templete y el palacio de los condes de Santovenia (convertido en hotel).

El otro gran conjunto es la plaza de la Catedral donde, aparte del templo, se encuentra el palacio de los Marqueses de Aguas y las casas de Lombillo, del Marqués de Arcos y de Chacón. Muy cerca, la famosa Bodeguita del Medio es una escala para probar la cocina criolla o beber el mejor mojito de Cuba. Después, conviene perderse por sus interesantes calles como son, entre otras, Oficios, Obispo, Mercaderes y San Ignacio, admirando la decadencia llena de encanto de los edificios de la zona. La plaza Vieja es otro conjunto interesante, aunque menos armónico que los anteriores. En el museo de la casa natal de José Martí, libertador y héroe nacional cubano, se hace un repaso de su vida y su obra. Este barrio es además un buen lugar para conocer de primera mano la realidad de la vida cotidiana de los cubanos.

En Centro Habana, paseando por las anchas avenidas que se abrieron al derribar las murallas, se pasa por los museos de la Revolución y Nacional de Bellas Artes, el memorial Granma, el parque Central, el Gran Teatro de la Habana y el paseo del Prado, por el que se llega al Malecón, la gran avenida costanera. Este paseo marítimo, auténtico emblema de la cuidad, ofrece excelentes vistas del conjunto urbano y de las azules aguas del mar Caribe.

Guardando la bahía se hallan las fortalezas de San Salvador de la Punta, Tres Santos Reyes Magos del Morro y San Carlos de la Cabaña. Visitarlas constituye un itinerario por sí mismo. Cruzando al otro lado de la bahía, el barrio de Regla permite conocer otra de las caras de La Habana. La parte moderna de la ciudad, el Vedado, Miramar y la Plaza de la Revolución, se visitan mejor en coche.

A medida que se avanza en el recorrido –arbitrario y desordenado, como debe ser–, la euforia que caracteriza a todo enamoramiento se hace piel en los ojos, que lentamente se van humedeciendo rociados por los latidos de esta ciudad única que hechiza en todos sus rincones. Desde el Malecón hasta el Paseo del Prado, desde El Floridita hasta el magnífico frente del Teatro Nacional –pasando la legendaria Bodeguita del Medio y el Parque Central, o por la Catedral y el antiguo Convento de Santa Clara– todo conmueve con la misma intensidad. Como debajo de la arboleda de Coppelia, mientras se contempla a unos y otros haciendo cola para deleitarse con sus helados de fresa o de chocolate. Como en medio de la Plaza de la Revolución, con José Martí de un lado y el Che Guevara del otro, custodiando la memoria de un país que sí pudo elegir su destino.

Paradójicamente, en La Habana, lo viejo, lo antiguo y hasta lo que en otros países es obsoleto –por ejemplo esos maravillosos Playmouths, Pontiacs, Chevrolets y Cadillacs– aparece como lo novedoso, lo nuevo, lo desconocido. Eso es lo que sorprende al viajero, acostumbrado a la cada vez mayor uniformidad de las grandes capitales europeas. Y es en Centro Habana donde –como en Harlem, en La Boca o en el Pelourinho bahiano– se puede percibir el auténtico latido de la ciudad. Adentrarse en sus calles es como penetrar en una antigua película, o en una novela, o en un culebrón televisivo.

Los frentes de las viviendas, todos de color pastel, mantienen la fisonomía de la década del 40 y, mientras se pasea por estas callecitas de ensueño, cada tanto aflora el tentador aroma de moros y cristianos, el típico arroz con frijoles que, más allá de su desganada apariencia, no hay que dejar de probar al menos una vez. El paisaje se completa con inquietos niños improvisando partidos de béisbol, ancianos pensativos sentados en las puertas de las casas con sus habanos entre los labios y el saludo siempre a mano, hermosas jóvenes andando en bicicleta y antiguas verdulerías con oxidadas balanzas de hierro.

En Centro Habana se pierde completamente la noción del tiempo, sensación que sumada a la experiencia que generan la sorpresa y el descubrimiento constantes de todo viaje, transforma a este barrio entrañable en un punto de inflexión para la vida de cualquier turista.

Varadero

Situada en la zona más septentrional de la isla, esta pequeña península separada de la tierra por un canal artificial es el destino preferido por más de la mitad de los turistas que llegan a Cuba. Sus increíbles playas, la belleza del paisaje y sus lujosos hoteles son el secreto de su éxito. Pero no se engañen. Limitarse a estar en Varadero es como no haber visitado nunca el país, tal es el abismo existente entre este prefabricado entretenimiento para turistas y la verdadera idiosincrasia de la isla.

Pinar del Río

La provincia más occidental de la isla es un auténtico paraíso natural, con dos reservas de la biosfera - Sierra del Rosario y península de Guanahacabibes- y el valle de Viñales, declarado por la UNESCO Paisaje Cultural de la Humanidad. Los mogotes, sus características formaciones calcáreas, albergan especies de reptiles y aves endémicas (que sólo habitan en este valle). Junto a la costa encontramos Cayo Levisa, un paraíso de playas apenas alterado, y el excepcional centro de buceo de María La Gorda.

Isla de la Juventud

El principal atractivo de la segunda isla cubana es la práctica del submarinismo. Está considerado como uno de los mejores centros del Caribe.

Cayo Largo

Este pequeño cayo, donde el escritor R. L. Stevenson situó la acción de su archiconocida "La isla del tesoro", ha sido acondicionado en los últimos años para recibir al turismo extranjero que busca la imagen idílica del Caribe: playas perfectas de arena blanca y aguas turquesas. También cuenta con buenas instalaciones y cocina más que aceptable.

Península de Zapata

La mayor reserva natural de Cuba es también una de las mecas del turismo ecológico en la isla. Ocupada en gran parte por una ciénaga, sus reclamos naturales están casi intactos. Destacan el criadero de cocodrilos, la Laguna del Tesoro (la más grande del país) y Guarmá, un centro turístico situado en la laguna al que se llega en lancha desde La Boca.

Cienfuegos

La ciudad tradicional, alrededor del parque José Martí, es conocida como la Perla del Sur. Es una atractiva ciudad provinciana abierta al mar, cuyo malecón es uno de los más largos de Cuba. Sus mismos habitantes la describen como «la Linda Ciudad del Mar» y su eslogan turístico la pregona como «La Perla del Sur». En honor a la verdad hay que reconocer que Cienfuegos representa la joya arquitectónica del siglo XIX en Cuba y que conserva casi intacto mucho del rico esplendor que la caracterizó desde sus orígenes. En la actualidad, cuenta con el puerto más importante de embarque de azúcar, con una capacidad de 1.200 tm. por hora, y desde hace unos años se está instalando una central termonuclear en sus alrededores.

Lo primero que sorprende de Cienfuegos es su perfecto trazado rectilíneo, que asemeja una retícula cuidadosamente cuadriculada como un gran tablero de ajedrez. El centro de la ciudad se articula en torno al Parque José Martí, antigua Plaza de Armas, considerado como uno de los parques más bonitos de Cuba. En sus alrededores se hallan los edificios más importantes de la ciudad, construidos en estilo neoclásico hacia finales del siglo XIX y principios del XX. El Teatro Tomás Terry, inaugurado el 11 de marzo de 1890, es uno de los más elegantes edificios eclécticos de Cienfuegos y uno de los tres teatros cubanos más relevantes del siglo XIX, en el que llegó a cantar el tenor italiano Enrico Caruso un memorable día 19 de junio de 1920.

Pero lo que para nada hay que perderse en Cienfuegos es la puesta de sol a orillas de la bahía, en el paraje de Punta Gorda. Muy cerca de allí se encuentra uno de los símbolos de la ciudad: el Palacio de Valle. Construido en 1917 por Acisclo del Valle y Blanco, uno de los comerciantes más ricos del centro del país, lo disfrutó apenas dos años, ya que murió de infarto en 1919 un día fatal en que le informaron sobre una irreversible tendencia a la caída de los precios del azúcar.

Trinidad


A 74 kilómetros de Cienfuegos, tras atravesar la Sierra de Escambray y dejar atrás el Parque Nacional de Topes de Collantes, se llega a Trinidad, ubicada en las proximidades del puerto de Casilda a orillas del Mar Caribe. Lo primero que conquista la mirada del viajero son los tonos pasteles de las casas, que realzan el ambiente tropical, y los grandes ventanales asomados a las aceras con poyos donde los trinitarios se sientan para conversar y reposar al fresco sin tener que salir de sus hogares cuando el sol empieza a esconderse con el crepúsculo.

Todo el conjunto histórico (catalogado como Patrimonio de la Humanidad, junto al cercano Valle de los Ingenios) es una delicia para el visitante. Los alrededores de la plaza Mayor, el palacio Brunet (hoy museo Romántico), la iglesia de la Santísima Trinidad, la casa de Alderman Ortiz y los museos de Arquitectura Trinitaria y de Arqueología Guamuhaya forman el centro. En La Canchánchara puede degustarse una bebida tradicional de igual nombre hecha a base de aguardiente, miel y limón. El valle de San Luis, también llamado de los Ingenios, ya que en el siglo XVIII estaba plagado de fábricas de azúcar, es una excursión obligatoria. La torre de Manacas-Iznaga y el hermoso panorama lo justifican. A 19 kilómetros se encuentra Topes de Collantes, un centro de salud y turismo de montaña.

Los cantos rodados utilizados para pavimentar las calles son otro de los símbolos que distinguen a «La Bella Durmiente» de Cuba. Fundada en 1514 por Diego de Velázquez, la villa de la Santísima Trinidad fue la tercera ciudad que levantaron los españoles en la isla. El empedrado de sus calles incluso procede de España. Formaba parte de la carga que traían los galeones, que luego regresaban a España cargados con el oro que se extraía en las minas cercanas, explotadas hasta su agotamiento.

Hacia mediados del siglo XIX, el puerto de Cienfuegos, con mayor capacidad y mejor comunicado, apartó a Trinidad de las preferencias del tráfico de esclavos y la ciudad languideció al tiempo que se produjo el ocaso azucarero, quedando al margen del desarrollo y crecimiento económico y humano de Cuba. Su situación de incomunicación, encajonada entre las montañas del Escambray y el mar Caribe, contribuyó a que el tiempo se detuviera en la ciudad. Afortunadamente esa marginalidad le ha permitido conservar un conjunto colonial inalterado convirtiéndola en la ciudad-museo de Cuba.
Toda visita de Trinidad estaría incompleta si por la noche no se acudiera a la Casa de la Trova, lugar de cita ineludible para los incondicionales de la música cubana. El ritmo de las parrandas es contagioso y el cosmopolita público sale a escena para bailar a ritmo de son.


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