Kenia: un safari por África
Escribe: Merlinna
Si siempre soñaste con recorrer una sabana árida rodeado de leones, jirafas y elefantes, este país es la puerta de entrada a los mejores y más completos safaris por África. Lo más espectacular de Kenia es el área central, aunque también puedes deleitarte con sus magníficas playas y el estuario del río Tana. Al oeste de Kenia se encuentran las fértiles laderas del Lago Victoria y algunos parques naturales.
Kenia: un safari por África
Kenia — sábado, 31 de julio de 2004
Las primeras huellas humanas en Kenia datan del 2000 a.C. de tribus nómadas desplazadas desde Etiopía. Un segundo grupo llegó en el 1000 a.C. y el resto están comprendidos entre el 500 a.C. y el 500 d.C. Pero es a partir del siglo XV cuando los portugueses comienzan a llegar a esta zona, especialmente en 1498, al superar Vasco de Gama el Cabo de Buena Esperanza. Y se establecieron allí hasta el siglo XVII, época en que colonizan la zona. Aunque con el paso del tiempo, paulatinamente los árabes de los sultanatos de Omán y Mascate fueron adueñándose del control de las costas. Esta situación se mantuvo hasta el siglo XVIII, en que británicos y germanos se interesan en la zona este del continente africano.
En el siglo XIX las guerras civiles entre los Masaii, después de años de dominación europea provocaron las desavenencias entre las tribus y trajeron consigo miserias y hambrunas. Esto provocó la mediación de los ingleses para negociar una tregua y construir el ferrocarril que unía Mombasa y Uganda. A partir del siglo XX la colonización inglesa cambia radicalmente el paisaje del país, ya que a partir de 1950 se comienzan a construir grandes plantaciones de café y la población sufrió un considerable aumento.
En 1952 una sociedad secreta kikuyu, los Mau-Mau, iniciaron un levantamiento en contra del colonialismo que también iba dirigido hacia los nativos que colaboraban con el gobierno colonial. Esto provocó que se modificaran las estructuras del país y que comenzara un proceso que culminaría en la independencia de Kenia el 12 de Diciembre de 1963. A partir de aquí comienza un periodo de estabilidad política y social en el país que únicamente se ha visto alterado por un intento de golpe de estado en Agosto de 1982, y que fue inmediatamente aplastado por las tropas leales al presidente Arap Moi.
En Agosto de 1997 surgieron nuevos problemas de carácter étnico. Pero fueron rápidamente solucionados y en las últimas elecciones celebradas en diciembre de 1997, Arap Moi volvió a ser elegido como presidente.
Tierra de especias
En el antiguo puerto, una puerta azul resguarda del siglo XXI a los tradicionales barcos de madera. Huele a clavo, a canela y a la pimienta con la que las mujeres árabes adoban sus guisos.
Las Mil y Una Noches están fuera, en las callejuelas estrechas de la medina donde los vendedores ambulantes venden pichones asados rellenos de especias y pasteles frescos que rebosan lujuria y grasa. Las calles están muy oscuras, se ven bultos blancos, son hombres que caminan cogidos de la mano, otros saludan desde los soportales de las casas con las galerías de madera labrada y las puertas de madera olorosa trabajadas con los dibujos de Dios.
Amanece al otro lado de Dingo Road, el peculiar río de asfalto que divide en Mombasa lo nuevo y lo viejo. A un lado están los bancos, las tiendas de electrodomésticos y los ruidosos clubes nocturnos de los que salen los últimos borrachos; al otro, las avenidas limpias rodeadas de palacios que llevan de nuevo hasta Fuerte Jesús, lo único que queda aquí de los portugueses si es que queda algo. En la luz dorada, unos cuantos hombres nadan delante del fuerte. Hay una buganvillia entre los cañones tan sola en África como debió sentirse el que la plantó.
La ciudad vieja no acaba de despertarse hasta que llega el vendedor ambulante de café. Se instala debajo de un sicomoro, un árbol enorme, con aspecto de haber estado aquí siempre, antes que el fuerte, antes que la ciudad. Los hombres con túnicas blancas, un anciano de larga barba blanca tocado con un birrete y dos hombres de manos regordetas vestidos con trajes occidentales beben lentamente en una minúscula taza de porcelana que el vendedor limpia cuidadosamente en su vestido para cada nuevo cliente.
Al olor del café la ciudad vieja comienza a desperezarse. Es la primera mañana del mundo. Mujeres muy blancas, espolvoreadas con polvos de arroz y largos velos salen de sus casas llevando de la mano a chiquillos pálidos con pantalones cortos y uniformes de colegio inglés. Un mercader vestido de blanco y con los ojos verdes regenta un bazar fabuloso donde se venden todas las caracolas del mar y muchas de las conchas que adornaban el vestido de Venus.
Mombasa, antes llamada Manfisa o Maabese, no tiene un nombre que se deshaga en la boca. Pero el que la visita se queda para siempre, o al menos hay algo de la ciudad que se va con uno y algo de uno mismo que se queda en ella.
Un pasado cruento
Al igual que otras ciudades costeras del África Oriental, durante el siglo XV la isla se enriqueció con el lucrativo comercio de esclavos. En aquellos días de esplendor Lamu alcanzó un grado de refinamiento que superaba a lo que pudiera imaginarse en el continente europeo.
Los fastuosos palacios y las casas de los nobles estaban dotados de precisos sistemas de conducción de agua y ventilación, los baños tenían agua caliente y fría, en los jardines se construyeron sofisticadas fuentes y había hermosas saunas de paredes estucadas.
A finales del siglo XIX los británicos ponen fin al tráfico de esclavos y Lamu comienza un periodo de decadencia. Sólo la llegada de los primeros viajeros y algunas personalidades la salvan de su inevitable ocaso.
A sólo dos kilómetros de Lamu, siguiendo un agradable paseo que bordea el mar, se llega a la aldea vecina de Shela, conocida por su idílica playa de Jadini y sus antiguas mezquitas. Uno de sus lugares más conocidos es el hotel Peponi, que en lengua swahili significa «lugar de reposo y quietud».
Al atardecer las gentes de la isla acuden a su terraza para contemplar la magnífica puesta de sol y la danza de los faluchos que, con sus velas triangulares henchidas por el viento, regresan en comitiva al puerto de Lamu.
En ese instante mágico uno recuerda un sabio proverbio swahili a tener muy en cuenta: «Haraka haraka haina baraka», es decir, «Deja para mañana lo que puedas hacer hoy, y si es para más tarde, mucho mejor».
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Publicado el 23/oct/2008, 15.41 |
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