Mi viaje por Gambia y Senegal

Escribe: A-Orihuela
Un viaje por las entrañas por Gambia y Senegal

 

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El pais Bedik y el pais Bassari

Kédougou, Senegal — sábado, 11 de junio de 2011

EL PAÍS BEDIK Y EL PAÍS  BASARI  

Estábamos a punto de introducirnos en el territorio que era uno de los fines que nos llevó allí: el de los Basari y los Bedik, cuyas etnias son especialmente conocidas por sus rituales y costumbres muy distintas a la de los pueblos que los rodean. El País Basari está situado entre la sabana y los bosques de la única zona montañosa de todo el país donde nacen tres grandes ríos: el Gambia, el Níger y el Senegal. Es algo común a los Bassari los Bedik: su lejanía de las grandes ciudades, lo que ha perpetuado un entorno netamente rural. 

Los rituales animistas de estas tribus  son espectaculares. Los modelos  de iniciación de los jóvenes, su organización, su estructura social, su arquitectura, los fetiches y otros muchos detalles  hacen del contacto con estos pueblos una auténtica visita al pasado.  Los Basari, cuna de  mitos y leyendas  están emparentados con los bosquimanos y los pigmeos de África Central, no se entrecruzan con nadie que sea de otra raza, siendo uno de los pueblos más primitivos del grandioso continente africano.

Muchas de las mujeres  van mostrando los senos , desnudas hasta el talle y,  según hemos leído  cuando intervienen en algunas ceremonias  toman alguna droga, que unida a los monocordes toques del tam-tam les origina un estado de obnubilación de la conciencia procediendo a  gritar como poseídas por un ser maligno.  En tales ceremonias  llaman a los espíritus de sus antepasados o de seres superiores, bailan durante horas al son de  ritmos  monótonos, sencillos y repetitivos.  No se trata de actos lúdicos, sino de medios de conectar con el más allá y  de pedir un favor a aquellos  a los que llaman. Estas demandas están en relación con su  vida diaria, con la recolección, con petición de la lluvia (en España sacamos a imágenes de santos), con la concesión de hijos, bodas, etc. 

Nos instalamos, un poco por casualidad, en el Campamento Le Bedick,  y que resultaría ser  de los más  interesantes  y acogedores de todo el viaje. Estaba regentado por Leontine Keita, mujer de la que a través de Internet teníamos buenas referencias. Hay que decir  que los llamados “campamentos” en Senegal, nada tienen que ver con nuestros camping, sino que son unos muy básicos  que se asemejan, más bien, a modestas pensiones u hostales, pero que tienen un sabor  especial.  

Desde el primer momento Leontine, que puede expresarse en un español más que suficiente, nos causó muy buena impresión, lo que sería plenamente confirmado mientras allí permanecimos. Poco a poco supimos cómo esta mujer se había hecho a sí  misma  y de cómo había decidido no casarse ya que de otra manera, su marido le podría prohibir tal aventura empresarial. Todo empezó cuando un día  se dedicó a mostrar su pueblo y las montañas a los pocos viajeros que hasta allí llegaban. Su padre creía en ella y puso un trozo de terreno para que hiciera una cabaña para albergar a gente, por su parte  ella puso el coraje suficiente para hacer oídos sordos a los comentarios de sus paisanos que no veían con buenos ojos que una mujer tuviera tal iniciativa. En 1999, abrió su primera cabaña  y una ducha al aire libre  (alguien sube a un  bidón agua que por gravedad cae por un chorro).  Más tarde llegaron otras pocas a medida que llegaban viajeros y por tanto dinero fresco. Su sueño es llegar a ocho cabañas, hoy tiene seis.   

Una estudiosa española de la vida animal de un  parque nacional cercano que había dormido allí  varias semanas  a su regreso  a España la incluyo ,sin que ella lo supiera, en un concurso de mujeres africanas emprendedoras y  junto con otras quince mujeres de otros tantos  países fue a España invitada por no sé qué organismo oficial . Nos dijo que con todo lo que se habían gastado en ella habría construido dos campamentos  mas. Estaba agradecida a España por haber tenido tal experiencia.
 Organizamos el treking del día siguiente por el corazón del país Bedick, dirigidos por su hermano, el encantador y buen  guía Marc Keita, que nos cobraría 15.000 cefas por día (unos 25 euros). Nos acostábamos muy tarde en las chozas que nos habían asignado después de haber dado cuenta de media botella de güisqui en la sobremesa.     

A las siete y media de la mañana del día siguiente, uno de diciembre, estábamos desayunando para comenzar la marcha media hora después. Nos cruzamos en nuestro camino con adolescentes camino de la escuela a la que iban tras una hora de camino pedregoso. Al cabo de una hora de subida despaciosa nos apareció de pronto al  descrestar un collado, un pequeño poblado envuelto por unos gigantescos baobabs en visión difícilmente olvidable. Se trataba, precisamente del pueblo “Ethwar” en el que habían nacido Leontine y Marc Keita; quizás por ello encontramos tan abierta acogida en los pocos pobladores de aquél impactante lugar.

Nos encontrábamos en un territorio olvidado del mundo, fiel reflejo de  cómo debía ser el mundo tiempo atrás en otras latitudes.Todo hace pensar que son pocas las gentes que no sean del poblado que por allí pasan, solo se puede llegar a pie, a veces entre riscos de fuertes pendientes. Muchos tramos de nuestro recorrido ni siquiera pueden ser transitados por animales de carga.

En ocasiones teníamos que abrir  camino  -lo hacia él - a golpe de machete. Nosotros seguíamos los pasos de Keita, aquello era un mar de hierbajos que cubría nuestras cabezas aderezado con unos cuarenta grados de temperatura.  Si no nos perdimos fue porque  Keita  conocía perfectamente el camino. Entendimos entonces porqué  Keita inicialmente se empeñó en proponernos otro recorrido, ya que sabiendo de las pasadas lluvias la maleza estaría más que alta como así sucedió.   Como recogen las fotografías  unidas  a esta crónica  el espectáculo  de las cabañas circulares  y sus techos cónicos de las pequeñas aldeas que pasábamos era excepcional.    

Fueron ocho las horas las que pasamos caminando entre aquellas aldeas  e imposible, una vez más,  narrar lo allí sentido, en plena naturaleza africana, donde lo más cercano era nuestro campamento. En las aldeas que veíamos quedaban las  mujeres recién paridas y los niños lactantes  sentadas frente a  sus cabañas dejando pasar el día.  El resto de la  población  se encargaba de la recolección de las misérrimas  cosechas  de  maíz y  algodón que pudimos ver según caminábamos.

Dejamos atrás las dos aldeas más importantes son “Andiel” e “Iwol”,  mientras  bebíamos, según nos enseño Keita, del agua que chorreaba de las ramas recién cortadas de un árbol determinado.  Serían las cinco de la tarde aproximadamente cuando después de un pronunciado descenso desde la aldea Iwol, llegábamos a la de Ibel, a la que se puede acceder por una pista de tierra y en la que, como habíamos proyectado, nos estaba esperando nuestro guía Buba. 

En el camino habíamos comido un par de latas de conserva y ya en la “civilización”  encontramos en una casa que hacía de tienda y que tenían  -¡¡¡ oh maravilla ¡¡¡-   coca colas frías,  nos bebimos  tres del tirón.
 Cuando llegamos a casa, al campamento de Leontine,  nos encontramos  un “europeo blanco”,  resultó ser un solitario francés de mediana edad  y que nos dijeron ya había estado por allí antes. Desde el primer momento nos pareció un tanto extraño.  No se nos acercó en ningún momento cuando suele ser  habitual todo lo contrario, más bien parecía huirnos.  

Nos sentíamos bien en la tarde, habíamos hecho un treking magnifico, distinto  y , siento por  la cursilería , casi espiritual. Toda aquella mañana caminando al limite de nuestras fuerzas, saboreando cada rincón, cada paisaje, cada mujer o anciano con  los que nos habíamos cruzado  daba serenidad, daba tranquilidad de espíritu, una sensación de bienestar por lo realizado y por lo visto.
Estuvimos haciendo tiempo hasta la cena y mientras  yo me entretenía regando con la madre de Leontine   el pequeño arriate donde plantaba verduras, otros hacían la colada,  eso sí,  siempre con una botella de cerveza cerca. Luego nos dimos una vuelta por el pueblo donde bajo las pocas farolas que había se  afanaban por hacer los deberes los  pocos escolares que había.  Exactamente igual que los escolares de España. 

Después de cenar nos quedamos Sergio y yo, fiel a nuestras costumbres, con unos chupitos de güisqui  y  se  nos despejaron las dudas acerca de la condición del francés de  marras: no era sino un pedófilo que estaba toqueteando a  un  niño. Sergio, que habla francés más que razonablemente, le montó una bronca que no se si entendía –los aspavientos eran notorios- pero fue suficiente para que dejara al chaval y que se alejara del campamento. Le dijimos a Leontine que si a la vuelta de nuestra excursión  del día siguiente  estaba allí aquel sujeto no nos quedaríamos y seguiríamos nuestro camino a otro albergue. No lo vimos más. 

La pista que desde el campamento nos llevó a la capital del País Bassari,   Salemata, es aunque traqueteante preciosa,  de una gran belleza, es de esas carreteras interminables que vemos en los documentales, de un rojo  intenso, polvorientas  y sobre ellas siempre veras caminando mujeres que sobre la cabeza llevan grandes cestos con cualquier mercancia para vender en el mercado de al lado.  Algún día espero hacerlas en moto. Cuando la carretera se empinaba y se hacia intransitable para el nos apeamos del coche dispuestos a subir las pequeñas colinas tras las que se encontraban las aldeas de Ethiolo, Ebarak y Oubadji .

Si el día  antes habíamos estado por el  País Bedik  hoy  visitábamos el País Bassari.    Llegamos tras una caminata de un par de horas al campamento “Chez Balingo” construido con sus tradicionales cabañas de paja y barro, pero un tanto artificial, como colocadito. Mientras nos recuperábamos de nuestra caminata nos citamos con el dueño de aquello  para más tarde, en la comida. Uno de los pobladores hizo de guía y nos enseñó las pequeñas aldeas a la vez que nos explicaba las tradiciones. Alucinábamos con lo que oíamos.
Supimos cómo cada individuo bassari  tiene que realizar, en su educación, rituales absolutamente peculiares con tradición de siglos. Dado que nunca hubo escuelas ni maestros, eran  los más viejos quienes se ocupaban de la educación de los niños y jóvenes, concentrándoles para ello durante un determinado tiempo en una chozas, alejadas de las aldeas. Distinguían varias etapas en su desarrollo personal hasta convertirse en un individuo de pleno derecho de  la sociedad bassari. 

Así, en una en una  primera etapa de iniciación de los 7 a los 15 años los niños estaban separados y recibían de los más ancianos las enseñanzas pertinentes durmiendo en chozas separadas de la  casa familiar.  La segunda,  de los 15 a los 20,  reciben un trato muy estricto incluyéndose el castigo corporal  hasta dejar  señales perennes en las espaldas marcándoles la impronta bassari.  La última fase comprende de los 20 a los 27 años en la que el joven puede asistir por la noche a su hogar y si se encuentra casado se le autoriza a pasar tres o cuatro días en la aldea. Es como si los hijos no fueran de sus padres sino de la sociedad, como si la sociedad estuviera por encima de la familia, pasando ésta a un segundo plano. Los niños eran de todos y una madre amamanta a su hijo y a un niño vecino.  Los padres, a pesar de que los niños ya van a escuelas convencionales,  siguen practicando con sus hijos  el tipo de educación comentado. 

Los bassari  que por alguna razón   se encuentran  fuera   de la zona,  al volver recuperan los prefectos  propios de su tierra y es que  al sentirse orgullosos de sus tradiciones  procuran que sus hijos sigan educándose de acuerdo con ellas.  Fue una lección estupenda.  A  apenas unas horas de vuelo de Europa uno retrocede el tiempo como si de una película se tratara. Si hay electricidad es por unas horas y gracias a algunos generadores,  el agua se acarrea en época seca de  muy lejos y si hay algo de suerte podrá haber un  pozo en el poblado.

La sociedad, la estructura social de aquellas gentes era  absolutamente primitiva. Los campos se  cultivan conjuntamente y se reparten el trabajo y el grano en función de las personas que habitan en cada chabola. Incluso la vida familiar difiere totalmente de la concepción que nosotros tenemos de la misma. Imagino que así sería la sociedad en la que nosotros vivimos hace un millón de años.   

A la mañana siguiente, tres de diciembre, después de un modesto desayuno,  salíamos con Marc Keita en busca de un poblado de buscadores de oro situado al norte de Bandafassi.   Estábamos en medio de ninguna parte, en lo más intricado de la selva subsahariana, en el  camino veíamos como de algunos árboles pendían  prendas de vestir  deshilachadas, lo que según nos contó el guía Keita  suponía que alguien había muerto y sus deudos trataban de dejar algo de él en contacto con la naturaleza para que le fuera más  fácil encontrar el camino a su tierra en su proceso de  reencarnación. 
Además, según el animismo, los entes más cercanos a los vivos son los propios ancestros que velan por ellos y les sirven de intermediarios con los espíritus superiores. De éste modo los vivos  se apoyan en sus muertos para solicitar de los espíritus superiores lo que crean conveniente.

Con frecuencia nos encontrábamos con amuletos protectores en los campos de cultivo y es que en ésta zona de África el animismo, la religiosidad  basada en el contacto con la naturaleza, en  la fuerza, en la relación intrínseca e intima  de la tierra sobre las personas, de los  espíritus  sobre cada cosa  viva está siempre presente.
 Llegamos por fin a la aldea, de nombre Sangola, sabiendo que por ser viernes no estarían los lugareños en el río extrayendo el mineral porque ese día de la semana les resulta prohibido por sus creencias animistas.

Deambulaban los hombres, las mujeres mayores  hacían las faenas propias del hogar y las más jóvenes, con o sin niño a la espalda, machacando la arenisca extraída los días anteriores en unos grandes morteros. Una muestra más del trabajo de la mujer africana. Tras toneladas de arenisca y el machaque continuo de la misma se podían obtener unos gramos de oro, pero al parecer no era ninguna ganga lo obtenido con tan duro trabajo.

Tras un par de  horas  reanudamos nuestro viaje  hacia Keaudougou, donde llegamos a media mañana después de recorrer no más de cuarenta kilómetros en unas cuatro horas.  Kedougou es una  ciudad fronteriza de no más de 20.000 habitantes, nada de particular  y muy próxima a Guinea.  Decidimos antes de abandonar la zona  comprar una cabra y así invitar a todo el que se asomara por el campamento de Leontine  después de tan grata estancia. Keita apareció con ella  viva, por lo que  la atamos de pies y manos y la llevamos de copiloto al campamento, allí la cocinarían mientras nosotros hacíamos otra excursión, esta vez a Dindifelo, poblado fulani en busca de un salto de agua de casi cien metros de altura.

Después de más de una hora por una pista  infernal a la vez que interesante  llegamos a un puñado de cabañas y tras un bonito sendero [url=http://es.123rf.com/photo_6888622_pa-s-bassari-senegal--febrero-14-2007-la-mujer-en-el-r-o-la-falta-de-agua-corriente-en-las-aldeas-ob.html][/url] de dos kilómetros llagamos al salto de agua. Allí se formaba una laguna preciosa con el agua cayendo desde lo alto entre lianas y arboles que forraban literalmente las paredes de la caída. Arrastrábamos muchas ganas de bañarnos en agua abundante, por lo que no nos importó la baja temperatura del agua.

 Nos comimos las sardinas en lata habituales en estos casos y volvimos por un camino distinto mucho más  cómodo y es que dos días después el presidente iría por allí por cuanto es la tierra donde nació una de sus mujeres. Nos alegramos al encontrarnos con nuestros  amigos los catalanes a los que  una vez más la casualidad quiso cruzar nuestros caminos. Tuvieron suerte: Disfrutarían de la fiesta de la cabra de esa noche.

La fiesta comenzó con la comida de la cabra, mal cocinada para nuestro gusto por cierto. Allí estaba todo el pueblo , incluso los  jefes de las aldeas en las que habíamos estado días antes haciendo treking y que tanto nos gustaron.  Acudieron con sus atuendos festivos y  en torno al tantarantán que orquestaron  se pusieron a bailar sin más. Los hombres bebían de vino de palma (hecho de savia de las palmeras y realmente áspero) a la vez que bailaban con las mujeres  con niños a la espalda incluidos.  Fue muy interesante. Las gentes tienen tan  poco que cualquier motivo es razón suficiente para hacer fiesta.

Una vez más comprobamos cómo las mujeres llevan todo el peso de la casa, mientras los hombres se emborrachaban sin más, ellas  no solo habían cocinado y después limpiado sino que en todo momento estaban al  cuidado de los niños.

 Al día siguiente vimos un “espectáculo” extra  cuando nos marchábamos de la zona  y es que mientras arreglábamos un pinchazo,   en un taller de al lado el jefe le estaba dando una paliza a un empleado a base con una cadena de bicicleta sin ningún miramiento. En cuanto se zafó el agredido arreó un botellazo a su jefe y  echó a correr perseguido con ahínco por el jefe  aunque no lo cogió. Creo que no fue por el finiquito.  


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