Mis viajes a la India
Escribe: camarazu44
He tenido la suerte de poder hacer muchos viajes a la India durante el transcurso de otros muchos años. Aunque favorecido con viajes por mis trabajos, mis desplazamientos a la India siempre han sido de índole privada. He viajado por todo el subcontinente, he visto la mayor parte de todo lo que hay que ver y no puedo dejar de volver a visitar. Muchas de mis fotos, antiguas y nuevas, están en las galerías de www.viajeros.com y de mi web www.indiamisteriosa.es y espero que os gusten.
Kathmandu, desde Durbar Square hasta el Everest
Katmandú, Nepal — lunes, 14 de junio de 2010
El aeropuerto en sí no revestía importancia porque se trataba de un pequeño terminal creado al efecto y sin atractivos de tipo alguno. El transporte a la ciudad fue tan rápido como lo permitió el intenso tráfico de una ciudad totalmente descontrolada. Katmandú era definitivamente el epítome del ruido callejero, esa había sido la primera impresión que me he llevado al llegar a esta alejada ciudad en el Himalaya. Los coches se movían en todas direcciones, sin orden especial y sin observar cualquier señal de tráfico, siempre que las hubiere. Para más, todo el tráfico se movía a base de freno, acelerador y bocina. El claxon se escuchaba incesante, ensordecedor. No había cruces peatonales, por suerte, porque los occidentales, seguramente confiados en su eficacia, hubiésemos muerto todos en el intento de cruzar cualquier arteria. Y si queremos comparar Nepal con México, Italia o España, en que el cruce peatonal también es un peligro latente para el viandante, podemos confiar que los que estamos aquí en occidente disfrutamos de un paraíso terrenal - en comparación.
Mi "hotelito" era lo que en Europa llamaríamos "mini-pensión". Yo, con mis 1,90 metros de altura, poco cabía por debajo de las viejas vigas de madera del edificio. Me dieron la habitación 14, en la primera planta, por encima de la entrada. La gente era sumamente atenta y hospitalaria. Yo, con la cabeza encogida para no darme con las vigas, parecía un enfermo de la espalda. La habitación tenía dos camas y todo estaba limpio. La ropa de cama parecía usada, pero en realidad sólo estaba arrugada. Por las dudas, pedí que me la cambiaran y así lo hicieron. El baño era grande y ¡eureka!, tenía un retrete de los de siempre. El único agujero del suelo era el de la salida del agua de la ducha, que con buena presión y agua sumamente fría, podía salir por allí libremente. El suelo del baño era el mismo suelo de la ducha. Mucho más no había. Todo eso por 2,50 dólares la noche. El "desayuno" era con buen café y unas tostadas, suficiente para mí. Saliendo del alojamiento, hacia la derecha se iba al río, en donde iba a ver por primera vez en mi vida, días más tarde, la primera de las cremaciones. El río era estrecho y había un puente, más allá del puente un camino por unos arrozales hasta una colina con un monasterio budista en lo alto, Swayambhunath Stupa. Todo se veía muy verde. Al fondo y a todos los lados, el imponente Himalaya, cubierto de nieve. Saliendo del hotel hacia el otro lado (izquierda) se llegaba a Durbar Square, el punto neurálgico de Katmandú. Hoy en día, toda la zona entre el río y el monasterio está densamente poblada.
En una calle principal (Ganga Path) y en una agencia de viajes local, concerté una excursión hasta un mirador para ver el Annapurna y el Everest para el día siguiente. Me encontré con Michael, un muchacho de unos 23 años, que se había ido de Australia escondido en los bajos de un avión comercial y que había podido llegar a Bangkok. En el intento, me contó, había fallecido el otro muchacho que le acompañaba, que se cayó durante el cierre del tren de aterrizaje después del despegue. Yo había leído algo de esto en el periódico unas semanas atrás, pero los detalles no los recordaba bien. Si todo esto era verdad o no, nunca pude comprobarlo, pero sonaba bastante verídico. Michael necesitaba algo de dinero y yo le "presté" 10 dólares, que en aquel entonces era bastante para Nepal de todos modos. No me pareció ser uno de los que quería vivir a costa de los demás, que a esos se los encuentra en todos los sitios del mundo y son la ruina. Me enteré de que no tenía sitio para pasar la próxima noche. Le invité a quedarse una noche conmigo ya que en mi habitación había dos camas y la verdad es que fue buena compañía, conversamos hasta la madrugada, contándonos historias y anécdotas de lo más divertidas. Ninguno de nosotros dos fumaba, con lo que el aire de la habitación era el aire puro del Himalaya. Aunque nunca he vuelto a ver a Michael, ha sido de esa gente agradable con los que se encuentra uno en los viajes y con los que se coincide por pura casualidad, me haría la alegría más grande poder verle hoy en día y saber que es lo que ha hecho de sí mismo. Después de una ducha (caliente) y un buen desayuno, salimos a la calle. Como dije, a la derecha se iba al río, pero Michael - como curiosidad - me indicó un callejoncito antes de llegar al río y a unos cien metros, al cual llamaban "shit street". Era donde la mayoría de los nepaleses de la zona hacían sus necesidades. ¡Vaya, vaya! Para mi alegría, en mi segunda visita diez años más tarde, ese callejón ya no existía.
Giramos a la izquierda, en dirección a la céntrica Durbar Square, un conjunto de templos y palacios, centro de la realeza de años ha, siempre recordando que Nepal era en esos momentos el único reino hindú del Himalaya. Como su ubicación no se regía por tipo alguno de planificación, los edificios estaba adosados, intercalados y desplazados. Un intenso tráfico zigzagueaba por Durbar Square en el intento de llegar hasta el lado opuesto de la ciudad. Más allá una callejuela con gran afluencia de público, como todas las demás, llamémosla la del Gran Bazar (Hanuman Dhoka Road), nos llevaba por una serie de templos, altares, flores, fruta y ropa, alfombras y ruedas, carros y bicicletas, hasta el gran estanque de abastecimiento de la ciudad. Para llegar al estanque había que intentar un suicidio tratando de cruzar las avenidas. Hoy en día hay un puente de tres patas, cada pata con una escalera en tres direcciones. Aún más allá, del lado opuesto había un sitio en el que estaban vistiendo a los elefantes para alguna ceremonia, y 6 ó 7 km más allá, ya estaba el aeropuerto. Volvimos a Hanuman Dhoka Road, la calle del bazar. Las masas de gente, las siempre presentes bicilietas, los viandantes, los rickshas, vendedores, mendigos, olores y colores nos siguienron por toda la ciudad. Era todo tan impactante, tan impresionante, gozamos de cada minuto en la calle y digo la verdad que volvería a ir apenas pudiese. Y así lo he hecho.
El palacio real estaba en la otra parte de la ciudad, lo vimos y como no se podía entrar, seguimos. A los lados del palacio, en la parte de afuera de las altas murallas color terracota, se encontraban los más variados vendedores de telas, alfombras, cuadros, encantadores de cobras, cestas, paños y copias de antigüedades. Muchas copias de antigüedades, pero todas muy identificables si se sabe lo que se busca. Cerca del palacio real está el barrio de Thamel, en donde podemos decir que es la parte más turística con muchas tiendas vendiendo de todo, además de bares, restaurantes y hoteles, hostales y pensiones de todo precio. No está localizado de forma céntrica, ya que la parte pulsante de Katmandú se encuentra alrededor de Durbar Square, pero de ninguna manera se debería dejar de pasear por esta parte de la ciudad, incluso alojarse por aquí.
A la mañana siguiente salimos con un microbús de ocho o nueve plazas en dirección al mirador desde el cual podremos ver el Annapurna y el Everest. El viaje hasta allí fue muy interesante, pasamos por hermosos parajes con plantaciones de arroz, aldeas pobres y muchos niños jugando por las calles. Una vez llegados al mirador, el panorama era estupendo, vimos mucho del Annapurna y menos del Everest, ya que este último muy a menudo está coronado por nubes. Pero de todos modos, aún sin ver estas dos elevaciones, ya solamente la vista del HImalaya en todo su esplendor le quita el aliento a más de uno. Regresamos satisfechos de nuestra excursión, habiendo visto más que otros que no se mueven de sus hoteles y no se apartan de la gaseosa.
La ciudad nos dio todo lo que pudo y nosotros tomamos todos lo que la ciudad nos dio. No tuve oportunidad de viajar mucho fuera de Katmandú por el tiempo que me quedaba para terminar el viaje. Una de las mañanas visitamos Bakhtapur (Badgaon), la antigua capital de Nepal, con sus enormes palacios, sus preciosas calles, bonitas vistas y gran profusión de tiendecillas de tangkas, recuerdos de todo tipo, música pirateada y afines...
A la vuelta regresamos por Patán, que solamente dista tres kilómetros de Katmandú, paseamos por el Durbar Square de Patán, que también es muy similar al sitio de Katmandú. Patán se puede visitar por medio de una bicicleta desde Katmandú, pero en vista del tráfico y de la forma que conducen los coches, aconsejo tomar un taxi para el corto recorrido y poder regresar a casa y contar lo que se ha visto. Merece la pena ver Bakhtapur y Patán, nos enseñan mucho de Nepal y de su historia y de su cultura. En Patán, frente al Sundari Chowk, en una de las esquinas de Durbar Square, hay un restaurante en la primera planta con los cristales de las ventanas inclinados, la comida es celestial y económica. La vista desde el restaurante es realmente sobrecogedora.
Hay algunos viajes organizados y muy económicos a la India, además de
fotos e información, en: http://www.indiamisteriosa.es
El vuelo de regreso vía Delhi, Frankfurt, Rio de Janeiro hasta llegar a Buenos Aires, en donde yo residía en esos momentos, fue hecho todo de un tirón (casi 20.000 kilómetros).
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