A vueltas por el mundo
Escribe: amrazgz
Lugares, aventuras y sensaciones de nuestro mundo. En nuestro tercer día de viaje por el interior de Sri Lanka condujimos por estrechas carreteras abiertas a través de espesas selvas verdes hasta que Sigiriya, uno de los más evocadores lugares de la isla, hizo su aparición de la forma más dramática imaginable...
Templo del Diente en Kandy: Budismo y política
Kandy, Sri Lanka — sábado, 2 de enero de 2010
Hay quien dice que Kandy es la única ciudad en Sri Lanka que merece tal denominación después de Colombo, la capital oficial. Sólo 115 kilómetros separan ambas poblaciones pero su aspecto y espíritu son totalmente diferentes. Kandy es una bonita ciudad acurrucada entre colinas cubiertas de jungla y construida a lo largo de un río. El centro urbano está dominado por un pintoresco lago artificial encajado entre montañas. Eso sí, los accesos, que discurren por un entorno montañoso cubierto de espesa vegetación, son una pesadilla de tráfico en la que coches, autobuses y camiones se arrastran fatigosamente por las calles y avenidas entre bocinazos poco budistas y una polucionante humareda expelida por tubos de escape exhaustos.
Sri Dalada Maligawa, el Templo del Diente, está en el corazón de la ciudad y está formado por una serie de edificios de estilo tradicional rodeados por un profundo foso. Como he comentado, el diente fue devuelto a Kandy desde la India a mediados del siglo XVI, pero sus viajes y tribulaciones no habían terminado. En 1594, los portugueses atacaron y tomaron Kandy y el templo fue destruido. Los invasores eran una gente aventurera y pragmática a la hora de hacer negocios pero también poseedores de un celo misionero que no toleraba el paganismo. El diente de Buda fue visto como un peligroso símbolo de la idolatría que había que destruir.
En este punto, la historia se vuelve aún más imprecisa. Según la versión occidental, los portugueses se hicieron con la reliquia, la llevaron a Goa y la quemaron con fervor católico. Los cingaleses, sin embargo, tienen otra versión, según la cual los guardianes del diente consiguieron darles gato por liebre y lo que los europeos finalmente destruyeron no fue sino una réplica.
Y eso no es todo. El diente sigue siendo desgraciadamente un objetivo para aquellos que quieren atentar contra los símbolos nacionales. En 1998, en respuesta a la dominación cingalesa/budista sobre la minoría tamil/hinduista, los Tigres Tamiles detonaron un camión cargado de explosivos en las puertas del templo. Murieron varias personas, resultaron heridas muchas otras y el propio templo sufrió graves daños. Una vez más, ese diminuto diente volvía a convertirse en el punto hacia el que convergían odios e intolerancias, tanto seculares como religiosas.
Me pregunto que es lo que voy a ver y experimentar cuando entro en el templo a ver el servicio matutino durante el cual el diente -conservado dentro de un conjunto de siete recipientes de oro- se expone para la veneración pública. ¿Quedará la ceremonia marcada por el hecho de que el diente esta ahora inserto en el mundo de la política y la violencia? Como no podía ser de otra forma, lo primero que experimento es esto último. Las calles que rodean al templo están cerradas, policías armados patrullan la zona y el acceso al templo está fuertemente custodiado, siendo necesario someterse a un cacheo integral que ralentiza la constante entrada de fieles. ¡Que situación tan grotesca y qué ironía! El Templo del Diente se ha convertido en uno de los sitios más peligrosos de la isla en vez de ser un remanso de paz y tranquilidad. ¿Que diría Buda, el adalid de la tolerancia y el pacifismo, de todo esto?
Entro en la enorme sala principal. He llegado pronto y me siento mientras contemplo cómo la gente se va reuniendo para la ceremonia y realizan ofrendas en los pequeños altares. Tengo tiempo de reflexionar sobre el papel esencial que el budismo juega en la sociedad de Sri Lanka.
Buda enseñó que el sufrimiento es un hecho inevitable de la vida, unido a la propia inteligencia del hombre y al deseo y apego que éste siente por las cosas mundanas. Aunque pueden existir momentos de felicidad, no son sino ilusiones. Nadie escapa al sufrimiento mientras esté unido a los aspectos materiales de la vida. La liberación viene de trascender el mundo sensual a través de la meditación y de una conducta moral intachable. La consecución del máximo grado de desarrollo espiritual será la salida del ciclo de renacimientos, el Nirvana.
También central es la doctrina del karma, la ley de la causa y el efecto: cada renacimiento es el resultado de las acciones que uno ha llevado a cabo en la vida previa. Así, en el Budismo cada persona es la única responsable de su propia vida. Los dioses existen y, de hecho, son representados en muchos templos budistas escuchando los sermones de Buda. Sin embargo, estos dioses no pueden guiarnos hacia el Nirvana y no son inmunes al envejecimiento y la muerte.
El budismo constituye el corazón, no sólo espiritual, sino también social de la isla, tanto en sus manifestaciones culturales o folclóricas como en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Ni las invasiones de los soberanos tamiles, ni la llegada de los árabes musulmanes que compraban esclavos y gemas, ni la de portugueses, holandeses e ingleses a la búsqueda de riquezas y conversos; nadie fue capaz de conquistar el alma del pueblo cingalés sustituyendo al budismo por unas creencias extrañas a ellos. En cierto modo, todo Sri Lanka es un inmenso templo.
La religión budista crea una atmósfera muy particular en los países en que está asentada. Sus ritos y costumbres se diferencian mucho de los de otras sociedades. La fe influye en el vestir, en la enfermedad, en la construcción de las viviendas, en el trato entre las personas, en la comida e incluso en la manera de comer.... En materia de sexo, por ejemplo, el puritanismo cingalés es sorprendente. Los novios apenas se atreven a sentarse juntos en los parques, resguardados de las miradas, y aun así jamás se decidirán a besarse. Gran parte de los matrimonios son concertados y el divorcio apenas existe en la práctica. Los hombres ni siquiera miran a las mujeres en las calles y sólo caminan próximas las parejas casadas. Incluso en los frecuentes y multitudinarios baños en estanques y cascadas hay voluntaria separación de sexos. Las mujeres que se lavan al aire libre y que milagrosamente mantienen sus saris indecisamente pegados al cuerpo, no deben inquietarse por presencias masculinas.
Cuando llega la hora de comienzo del servicio, monjes y músicos entran en el piso inferior donde me encuentro mientras suenan trompetas y tambores. Pero lo que les importa a los fieles sucede en la galería superior: una puerta se abre para mostrar el santuario; en esa estancia reluce el joyero exterior de oro en cuyo interior, guardado dentro de otros seis cofrecillos, se encuentra el diente. Eso es todo. El diente es demasiado valioso como para enseñarlo. Pero es suficiente. Los fieles hacen cola y se empujan para ver el cofre, arrancarle una bendición, colocar sus ofrendas o sentarse para meditar en silencio, cantar o rezar en dirección a la reliquia. Yo me limito a observar y pensar. Para mi es un enigma cómo un diente se puede convertir en objeto de tan profunda devoción para una fe que promueve no lo material, sino lo espiritual.
Tras la ceremonia, cuando se cierra la puerta del santuario y el cofre vuelve a estar oculto, paseo un rato por el templo para echar un vistazo a los otros edificios. El actual Templo del Diente fue construido bajo el reinado de los reyes de Kandy de 1687 a 1707 y de 1747 a 1782. Entre sus elementos destaca una torre octagonal construida por el último rey, Sri Wickrama Rajasinha, y usada para almacenar una importante colección de manuscritos en hoja de palma, auténticos registros de la historia nacional. Visito también una moderna sala en cuyo extremo se encuentra un Buda gigante y de cuyas paredes cuelgan pinturas que narran la historia del gran maestro, de la reliquia del diente y de la misma Sri Lanka. Lo que veo no me agrada, y no me refiero a la calidad artística.
En las pinturas se representan imágenes ciertamente violentas y con mensajes que poco tienen que ver con la imagen pacifista y tolerante del budismo. En una de ellas se pueden ver hombres asesinados y edificios quemados. Una etiqueta ilustra de manera parcial e interesada acerca del episodio histórico, la abjuración del budismo de un rey cingalés para convertirse a la fe hinduista antes de entregarse a la tortura, el asesinato -incluido el de su padre- y la persecución de los budistas. De alguna manera se transmitía el mensaje de que en el hinduismo el parricidio es aceptable y afirma que los hindúes martirizaron a los buenos budistas, quemaron sus templos e intentaron destruir el diente sagrado. Desconozco qué hay de verdad histórica y qué de leyenda y propaganda en ese episodio concreto, pero lo que sí vi es cómo un grupo de escolares se sentaban en el suelo de la sala escuchando con atención el discurso doctrinario de su maestro. Si los pequeños son budistas sólo pueden sentirse indignados ante tal imagen; si son hindúes, se alarmarán, avergonzarán y humillarán. Hay aquí cierto tufillo a intolerancia y conflicto religioso provocado.
Ello explica que los monjes no sólo se sientan protagonistas y motores de la historia y de la sociedad de Sri Lanka sino que, en su calidad de conservadores de los registros históricos, se vean como sus verdaderos dueños. Y en cierta forma no andan desencaminados. Los reinos feudales que dominaron la isla durante siglos se apoyaron en los monjes y no escatimaron esfuerzos a la hora de construir templos y monasterios para ellos. Además, el papel que aún hoy desempeñan en la sociedad es fundamental: guías espirituales, maestros, médicos... Los cingaleses adscritos a otras religiones -cristianos, hinduistas y musulmanes- no suelen protestar por esta imposición de la aristocracia religiosa budista que gobierna la isla. En realidad, la mayoría comparte la creencia de que el budismo goza de un estatus superior a las demás religiones, hasta tal punto que una primera ministra, la señora Bandaranaike, tuvo que apostatar públicamente de su catolicismo para recibir el cargo que le dejó su marido asesinado por un monje budista en 1959.
Incluso los no budistas se arrodillan y besan las manos de los monjes de túnica azafrán y se detienen en las encrucijadas de las carreteras para hacer ofrendas a los dioses del camino, que son en realidad divinidades hindúes asimiladas por el budismo. También existe una especie de división de trabajos no oficial de acuerdo a criterios religiosos. Un buen budista no soportaría en modo alguno matar a un animal. Pero la principal fuente de proteínas del país es el pescado por lo que el oficio de la pesca se deja a hinduistas tamiles en el norte y a católicos en todo el litoral occidental.
Sri Lanka es un lugar maravilloso y encantador, pero también tiene un lado oscuro, en buena medida relacionado con la religión y el fervor que manifiestan sus fieles.
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