De ruta por Centroamérica
Escribe: Pastor82
Objetivo: recorrer seis países en 30 días en uno de los meses más calurosos del año en esta parte del mundo. El istmo centroamericano que une México con Sudamérica es un maravilloso mundo de selváticos paisajes, antiguas culturas y gentes con una hospitalidad increíble.
Chontales, en el corazón de Nicaragua
Juigalpa, Nicaragua — martes, 11 de marzo de 2008
que añorar lo que nunca jamás sucedió...
Recordar la tierra de Chontales es recordar enredados bosques en torno a sinuosos e intransitables caminos de tierra, enormes latifundios de antiguos terratenientes, niños montados a caballo dirigiendo al ganado; vacas jorobadas, flacuchas y de gran cornamenta, humildes viviendas reunidas en torno a centros de producción agrícola, atardeceres surgiendo de más allá de la cara oriental del Lago Nicaragua, tórridas mañanas paseando por las empedradas calles de Juigalpa...
Pero sobre todo el recuerdo de Chontales va encaminado a las personas que me acogieron: la joven Karol, con su dulce sonrisa que parecía burlarse de la ingrata vida, y su pequeña Saray, su abuelo Jorge; el Señor Fernández, con el triste pasado de la guerra reflejado en sus ojos, su mamá Ivania, Ana Gabriela... imborrables recuerdos de un momento de mi vida que pareció detenerse en el traicionero tiempo, como un canto enclavado en el lecho de un río, aguantando firme su corriente.
El departamento de Chontales, situado en el corazón de la pequeña república, es la región ganadera por excelencia y la puerta a la selvática zona oriental, cuya costa muere en el Caribe. En realidad fueron dos viajes que intentaré fusionar en un solo capítulo, porque mi mente así lo recuerda, como una única vez, en que la tierra caliente de Chontales me tendió sus brazos.
La terminal de Managua desde la que salían los autobuses del este fue el destino de un tétrico recorrido del taxi, por estrechas calles de tierra, que parecía no llegar nunca.
El destartalado autobús que iba a Juigalpa aparcó en su andén y Carlos y yo esperamos fuera hasta última hora, porque dentro del vehículo parecía derretirse toda forma existente, debido al insoportable calor.
El bus puso rumbo al este, siguiendo por la panamericana que ya habíamos visto el primer día en Nicaragua, hasta que se desvió hacia el corazón del país, dirección a Boaco, Juigalpa y El Rama.
A cada parada que el bus hacía, una infinidad de personas trepaban a las ventanas para vender agua, dulces, snacks, bebidas. Otros lograban entrar en el bus y así poder vender algo para sobrevivir un día más.
Tres horas más tarde habíamos recorrido los aproximadamente 180 kms de camino y entrábamos en Juigalpa, donde bajamos un número importante de pasajeros, antes de que el bus siguiera su camino hacia oriente.
Los dos días de la primera visita a Juigalpa nos sirvieron para conocer la modesta ciudad, capital de Chontales, su pequeño parque central con su iglesia, el tétrico museo donde estaba el feto de un niño cíclope, el mirador de El Palo Solo, con su preciosa vista a la sierra de Amerrisque, y sobre todo para conocer a Ana Gabriela y los Fernández, que nos invitaron a regresar para visitar la finca que tenían en La Concha, un alejado territorio a cuatro horas de la civilización.
El humilde hostal donde dormimos esas dos noches era muy barato (al cambio no llegaba a dos euros) pero la habitación era tan pequeña que las dos camas ocupaban prácticamente todo el suelo, saltando directamente de la puerta a las camas, y teniendo como ventana unos agujeros que hacían de respiradero, conectando directamente con la calle. Para descansar no necesitábamos más.
Debido a que las cosas no salieron como esperábamos, estuvimos menos tiempo del previsto y desde allí pondríamos rumbo al Caribe nicaragüense, pero eso lo contaré en el próximo capítulo.
El segundo viaje que hicimos a Juigalpa no estuvo exento de contratiempos, y en el municipio de San Francisco Cuapa, el último antes de llegar a Juigalpa, tuvimos un enfrentamiento con la policía caminera, que nos hizo bajar del bus (y perderlo) para llevarnos a una caseta dejada de la mano de Dios y allí registrarnos las mochilas hasta el último recoveco. Carlos perdió los nervios cuando nos quitaron los pasaportes, pero mi tranquilidad se basó en que dentro de ese grupo de impresentables había dos mujeres, que son bastante menos corruptas.
El suceso se fue aclarando y una ranchera de la policía nos acercó a Juigalpa, donde aún estaríamos detenidos unas horas más en la comisaría hasta que llegó el Señor Fernández a hablar con el comisario. Todo quedó ahí, pero este contratiempo hizo que saliéramos hacia la finca del Señor Fernández bastante más tarde de lo acordado, llegando ya casi de noche.
Cuatro interminables horas en un jeep del año de María Castaña, por unos caminos que a veces desaparecían en la vegetación, y al final, bordeando una kilométrica verja, llegamos a la puerta del recinto. Estamos ya en La Concha. Carlos y yo preferimos bajarnos del jeep y caminar hacia la hacienda, contemplando las interminables tierras de aquel hombre, dentro de cuyas tierras vivían los trabajadores con sus familias.
La noche fue divertida. Los hombres jugando al "hágase la luz" con un generador de gasoil, ya que allí no hay luz eléctrica, y otros tantos platicando con el Señor Fernández, al cual llamaban “Patrón”.
El patrón tenía un cuantioso número de cabezas de ganado, esparcido por las interminables tierras, que a la mañana siguiente paseamos con sus nietos. De vez en cuando pasaban mujeres y niños, familiares de los trabajadores que pertenecían a aquellas tierras, que pertenecían al patrón...
Por suerte el Señor Fernández era un buen hombre, pero esta es la triste realidad que el pueblo americano ha vivido durante siglos.
Por aquellos desolados bosques había pasado la guerra, unos años antes, y algunos familiares de los Fernández anduvieron por aquí escondidos. Costaba poco imaginarlos, incluso con un poco de imaginación, podían verse ocultos tras los arbustos.
Ese día fue bastante intenso, respirando aire puro, apartados del mundo y de toda civilización, en un lugar del que jamás había escuchado hablar. Comimos el típico Gallopinto; arroz con frijoles y cuajada y leche de vaca recién ordeñada, hervida antes para no dañar a nuestros sensibles estómagos europeos.
Ese mismo día teníamos que regresar a Managua para viajar al día siguiente a Costa Rica. Íbamos a contrarreloj y para colmo, era feriado y pasaban pocos autobuses, si no ninguno. Teníamos que llegar a la carretera cuanto antes.
Un caballo nos llevó las pesadas mochilas hasta la hacienda vecina, a unos cuantos kilómetros.
Uno de los yernos del Señor Fernández se ofreció a llevarnos en moto el resto del camino. Sería en un par de horas lo que un jeep tardaba cuatro. No había alternativa. Y ahí nos ves a los tres en la misma moto, con las dos mochilas a los lados, pasando por ríos, baches, empujando puertas de vallas sobre la marcha con la moto, agachándonos bajo las ramas de los árboles bajos, fue toda una aventura, pero llegamos y por suerte había un bus dirección a Managua.
Nos quedó un grato recuerdo de aquellas tierras, a las cuales le daba un encanto especial saber que poca gente sabía de su existencia y el turismo era nulo. Qué bien lo pasamos!
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Últimos comentarios
ARTE-SANO dice:
orale compadre que trabesia.. de verdad me dio algo de miedo, jajajja... por ak andare leyendo el desenlase,,, si llegaron a cuba?
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chontalena00 dice:
RESE
Publicado
chontalena00 dice:
Espero les halla gustado la reseña històrica de Juigalpa
Publicado
kiin-uh dice:
Apesar de ser un país con tanta pobreza, yo lo encuentro bello
pues un Nica siempre abre las puertas de su corazón.
Recorde que hace uuuuuh ...años mis hermanos estuvieron en la campaña de alfabetización en Chontales.
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