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Gambia: la costa de la sonrisa

Escribe: pepemanolo
Gambia es tan pequeña, que es fácil no verla cuando se recorre con el dedo un mapa de Africa. Pero tras estar allí, uno no puede ya olvidar la luz de la sabana, la tierra roja que te traes sin querer por los rincones, los cientos de aves, los monos, los cocodrilos,... pero sobre todo, las gentes de piel muy negra y sonrisa muy grande, las mujeres con sus vestidos de colores, los niños con la curiosidad en sus ojos, los gritos de "tubab" en las regiones aisladas. Eso es lo que te roba el co

 

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James Island & Jufureh

Jufureh, Gambia — martes, 12 de abril de 2011

La ruta

Hoy vamos a sumergirnos en la turbulenta historia de la esclavitud. Primero los portugueses, luego los franceses y por último los británicos diezmaron pueblos enteros de esta parte de África. James Island es un antiguo fuerte británico donde primero reunían esclavos, como el propio Kuntah Kinte, capturado en la cercana aldea de Jufureh, y después de la abolición británica desde allí cañoneaban a los barcos que sobre todo los franceses seguían llevando desde más al interior.
 
Negociamos un taxi hasta Denton Bridge, donde hay un control permanente de policía. Desde allí, en 50 m, una pista lleva hasta un grupo de barracas de madera absolutamente míseras. Agus regatea el precio de navegar hasta James Island, preparan un auténtico cayuco, más pequeño que los que llegan a Canarias, y un chaval, casi un adolescente, será nuestro chófer-barquero.
 
Al principio disfrutamos un espectáculo de meandros entre los manglares, un juego de verdes brillantes, oscuros, jugando en los reflejos del agua también verde. Apenas hay pájaros, posiblemente porque es agua salobre. Tras un rato, se abre ante nosotros la inmensidad del Gambia en su encuentro con el mar. El agua está llena de partículas en suspensión, Abraham (así se llama el chico) nos dice que hay de 1 a 6 m de profundidad y describe un arco para evitar los bajíos. La anchura es espectacular, una orilla allá lejos y la otra más aún, sólo una silueta difusa en la calima.

Bajo el toldo se está bien, pero cuando empezamos a remontar el río, el sol ya cae con intensidad. Bebemos una coca cola (a Enric le hará bien, está con diarrea desde anoche) fresquita, las han metido en una bolsa entre tarugos de hielo con dos botellas para cada uno. La ruta es bonita pero larga y monótona; hasta las tres horas de navegación no aparece, en medio de la inmensidad de agua, la pequeña isla.

James Island

Varios baobab grandes y secos, como esqueletos, y las ruinas de los muros del fuerte; eso queda.

Atracamos en el embarcadero, e inmediatamente se abate sobre nosotros un silencio profundo, respetuoso, como si las almas de los esclavos muertos antaño antes de dejar su tierra aún estuvieran presentes. Es una sensación extraña de soledad, y me quedo atrás para impregnarme más en ella, cuando las voces de los otros tres desaparecen y me quedo a solas con el leve susurro del agua que acaricia la orilla. Es un momento especial, de comunión con todos los que con su sudor, su esfuerzo, su sufrimiento y sus vidas ayudaron a edificar nuestro mundo próspero.

Tras una breve visita (la isla es muy pequeña) subimos al cayuco y nos dirigimos a la orilla, donde a 500 m, tendida al sol sofocante de África, descansa la pequeña aldea de Jufureh. 

Jufureh

Nos recibe un monumento de un negro con cadenas y el lema "nunca más"... y los 14 pesados de turno, como en todas partes, intentando vendernos cualquier cosa.

Agus se tiene que discutir con el que pretende cobrarnos por visitar el poblado. –'Tu jefe - le dice a Abraham, enfadado – dijo D3000 por todo, ¿qué pasa aquí?'. Total, que llama por el móvil y ya no tenemos que pagar. Es lo único molesto de este país: todo el mundo se arrima a pedir, a vender, todo hay que regatearlo, no hay manera de fiarse, no se puede pagar por adelantado o ya los has visto... esto es África.

Encargamos unos bocadillos de gambas, Enric no come porque lo está pasando mal.

Vamos al museo de la esclavitud, sencillo pero que irradia el dolor de aquellas gentes robadas a los suyos, tratados como animales y llevados a extrañas tierras: Europa, el Caribe, América. Hay grilletes, látigos, instrumentos de castigo destinados a quebrantar la resistencia de los más fuertes.

Bajo un sol de fuego volvemos a la cantina. Preguntamos a Abraham cómo vamos de tiempo y nos dice que si no tardamos podemos comer los bocatas allí. Mejor, así pedimos bebida fresca. Mientras como, veo todo lo que no debería probar: lechugas y tomates frescos, mayonesa,... en fin, igual hay suerte. Realmente está buenísimo. Subimos al bote tras esquivar los últimos intentos de los vendedores por colocarnos algunas tallas.  

La vuelta

Nos vamos, conforme la marea suba, frenará la corriente y se hará la vuelta más larga. Charlando, medio dormitando, evitando el sol que ya me ha quemado los brazos, va discurriendo la tarde, despacio, como todo aquí, en una sucesión monótona de arboledas en la ribera, inmutables, como si el tiempo no tuviera sentido aquí.

En la desembocadura, el contacto con el mar anima algo la superficie y de cuando en cuando saltan salpicaduras mientras que el cayuco corta las pequeñas olas. Yo imagino el viaje de muchos hacia la tierra prometida, hacia Europa, si consiguen alcanzar las Canarias.

Cuando encaramos los manglares, el sol está ya bajo y el agua es un juego de reflejos y brillos, los manglares alternan las siluetas de frente contra el sol con los verdes intensos a la espalda. Finalmente llegamos, desembarcamos y pagamos. Un vendedor ofrece a Enric unos collares, me gustan, así que cuando ha terminado de regatear entro yo y regateo aún más por el mío en conjunto. Traga. Ya tengo los regalos para mis chicas.

Vamos al puente (Denton Bridge). Allí hay un control permanente de policía. Comentamos a uno vestido de militar que queremos un taxi al hotel, hemos pagado D120 esta mañana. Nos dice que a esta hora son D150, aceptamos y en vez de parar un taxi vemos que se va a la caseta de control. Irá a llamar uno que es colega suyo, pensamos, pero no: se presenta al minuto conduciendo un taxi, en uniforme, y nos lleva él, dejando el control. Decididamente, esto es África.

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