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Guatemala y sur de México

Escribe: Jose-pfa
Viaje de 40 días por la península de Yucatán, Chiapas y Guatemala. "Por fin llegó el día" no me parece una forma correcta de empezar un diario con tintes de relato, y aún menos una forma original. Pero si alguna vez he creído tener buenas ideas, éstas han sido en el fondo, casi nunca en la forma.

 

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Un pedal en méxico

Isla Mujeres, México — martes, 23 de febrero de 2010

Estoy perdiendo peso!!! Y ganando color. Y acento.

Las dos últimas me la pelan un poco, pero lo del peso ya tenía ganas, que este año parecía de vacas gordas y a estas alturas yo estaba como el Ibex cuando le da por alcanzar máximos históricos. Por cierto, en España aún lo miro a veces, pero no tengo ni idea ni me interesa como esté ahora.

La cosa es que no tengo hambre, ni ayer ni hoy he comido, pero es que hoy tampoco voy a cenar, aparte de un plátano que me he plimplado hace dos horas. Y calorías quemo, os lo aseguro. Os cuento:

Hoy he ido a Isla Mujeres, desde Playa del Carmen en bus hasta Cancún, una horita más o menos y allí camioneta hasta el puerto, donde me he encontrado con Krisztina, mi amiga húngara, y ambos hemos cogido (huy, perdón... hemos agarrado) el ferry a la isla. Una vez allí, tras debatir entre vespino o bicis, hemos alquilado dos de estas últimas, porque las húngaras son muy parecidas a las españolas en eso, si no se salen con la suya no cagan, y encima lo hacen igual de bien, que parece que la decisión final es de uno. Esta guerra cada vez esta más perdida.

Bueno, el caso es que Kris había estado un par de años antes y conocía en el sur de la isla una playita muy cuca y apartada de la zona centro. La isla es de unos 7 - 8 km. de largo por 1 de ancho. Yo no soy de playas, las detesto tal y como las conocemos en España, o por lo menos como las conozco yo, pero la verdad es que cuando me propuso pasar un día en la isla, nadando un poco, tomando alguna Corona y haciendo fotos, pues que me dejé hacer, que es lo que más me suele pasar cuando estoy de vacaciones.

Pues bien, cuando estábamos llegando, tras recorrer toda la isla dale que te pego al pedal, va el mío y se suelta. Debía llevar un tornillo, pero seguramente se habría caído un rato antes. Las 12 am. Unos 35 °C.

Pues nada, a buscar quién nos lo puede arreglar. La zona fuera del centro turístico en la isla es segundoymediomundista, y aquello no era el mejor escenario para salir del apuro. Sábado. Ningún isleño conoce talleres excepto los que están lejos que, casualmente, los conoce todo el mundo. Alguien nos manda a un chico que arregla motos, y cuando llegamos me pregunto cómo coño las arreglará porque el pedal de una bici al que solo le falta un tornillo no lo puede arreglar. Ahora, el sitio no os lo perdáis, era el patio delantero de su casa, de unos 8 metros cuadrados, al lado del cual el desguace más mierdero que hayáis visto en España es un hospital. El tipo, que al final me lo vuelve a colocar a martillazos no conoce quien pueda echarme una mano. Antes de marcharme le pregunto si le debo algo por el interés y como me dice que no, le doy un chicle y él me lo agradece diciendo que esta muy bueno.

El panorama no mejora, pero el optimismo sigue alto. Kris se hace cruces con mi buen rollo, porque a veces hasta me río de la situación, y es que la fama de mala leche que tenemos los españoles parece que rula. Tras varias preguntas nos dirigen hacia otro tipo que arregla motos, pero cuando llegamos el garito esta cerrado (garito = local desvencijado, cerrado con una puerta de rejas y cristal que deja ver dos motos desguazadas dentro semienterradas por el polvo). Tras llamar gritando varias veces para dejarme oír por encima de un pitt bull encadenado que ladraba en mexicano, aparece una de estas señoras pequeñas, oscuras y achaparradas, que me explica con gran pena que su marido, el arreglador de motos, ha ido a Cancún a comprar piezas. Viva la buena suerte. Con la mejor de mis caras, que reconozco que ya empieza a no ser mucho, le digo que me abra y me deje las herramientas y yo me lo arreglo, y me dice que su marido guarda las herramientas bajo llave y solo el las abre. Cambio mi buena cara artificial por la de valemelocreoqueteden.

Kris, desde el sillín de su bici y entre Marlboro y Marlboro, y untadita de bronceador, mira una tras otra las escenas con la curiosidad del que ve cine honkongniano sin subtitular, pues la joven habla inglés perfecto, pero de español solo sabe decir cenicero y porque se lo he enseñado yo.

Seguimos indagando, y nuestras pesquisas nos llevan a lo que resulta ser el taller de coches de policía de la isla, que va en la línea del anterior pero más grande. Allí estaban reparando tres coches, dos de ellos ya debían ser viejos cuando nacieron los mecánicos. Tras darle 5 pesos, la mascota del taller sale corriendo y vuelve a los 5 minutos con una tuerca, la pone y me devuelve la bici.

La cosa funciona, cansados, sudorosos y pedaleantes, el pendejo español y la chamaca húngara llegan con sus pinches bicis a la playa y su chiringuto y hacen lo que se hace en esos sitios: bañarse y beber cerveza. El agua está estupenda, el sol pica sin llegar a abrasar, y la gente no atiborra el lugar.  Ha sido una buena elección venir aquí.  Pero luego, ah luego... viene la segunda parte que es igual que la primera pero más interesante. Emprendemos el regreso, y al cuarto pedaleo el tornillo se afloja otra vez, así que para que no se caiga me pongo a pedalear solo con el pedal derecho, pero nada, la cosa se repite, al final otra vez buscando hasta que damos con un club o algo así de pescadores en el que, curiosamente, todos tenían barcas pero ninguno llaves para apretar el puto tornillo. El único que nos ayuda es un tío joven que se va a su casa y vuelve con una maletilla de esas con cuatro destornilladores y cuatro llaves que venden en las tiendas de los chinos, pero que él debió comprar antes de que los chinos empezaran a vender nada. Consigue apretarlo ma o meno porque casualmente le falta la llave de la medida del tornillo, y así seguimos hacia el centro, pedaleando como un tullido, y el con el culo más dolorido que un primerizo en Sitges. Al final conseguimos llegar y como si de una película mala se tratara, justo cuando devuelvo el artefacto se le cae el pedal otra vez delante del encargado de la tienda de alquiler. Un poco de bronca y ya. Fin de la anécdota.

Mañana voy a Mérida, y de momento no encuentro hostal disponible, pero acabo de recibir una invitación de una chica de allí que me ofrece su casa para un par de noches. Ya os contaré qué hago al final.

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