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Presentes de lucha, pasados de gloria: Un viaje a través del tiempo, la resistencia y la libertad

Escribe: osorojo
La mística y el sentir revolucionario de una Bolivia que resiste y construye. El impacto frente a esa maravilla que es el Lago Titicaca. La sensación de quedarse sin palabras en cada centímetro del magnánimo Cusco. Sus calles esconden una historia y una cultura riquísimas. Machu Picchu, qué más agregar. Sólo contemplarlo con ojos bien abiertos, corazones dispuestos a latir y alas desplegándose para volar. Un sinfín de imágenes junto a la persona que más amo en el mundo. Un...

 

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Polvo de estrellas

Isla del Sol, Bolivia — miércoles, 28 de enero de 2009

Siete y media sonó el despertador celular. Cepillado de dientes, algún que otro orín, pago del hostel y respetando el pedido de la agencia turística, ocho y cuarto nos reportamos en la costa sin haber desayunado. Con la ausencia de la duda, los osos subieron a la embarcación y decidieron convencidos que su lugar sería "arriba" para poder apreciar en su magnitud y sin velos de vidrio el genial Titicaca. El sol impactaba de lleno en nuestras cabezas, de acuerdo a lo cual decidí apelar al querido protector solar. Sería solo un episodio transitorio, un espejismo el imaginar que el calor sería el protagonista principal, ya que muy poco tiempo después, cuando la lancha circulaba rauda e internada en pleno lago, sobrevendría un abrupto cambio de clima que incluiría en orden cronológico: frío, lluvia y breves minutos de granizo. Era un verdadero quilombo sacar los abrigos hundidos en lo profundo de la mochila grande - vale recordar que al día siguiente regresaríamos de la Isla con el tiempo justo sólo para subirnos al micro cusqueño - con lo cual la cercana mantita de Maru fue nuestra aliada protectora, además de la escasa campera nueva (furor desde entonces) y para La Negra alguna de sus finas camperas (refiriéndome a la tela, más compañera del fresquito que del verdadero frío). Para el granizo, algún cabezazo y la resistencia pasiva aguardando que pase el temblor. Cerca de las 11, llegamos a la famosa Isla del Sol y más precisamente a su sector norte, conocido por su mayor tranquilidad y aislamiento. Luego de poco más de dos horas vibrantes, atravesando ese paraíso calmo y celestial, queríamos dejar las cosas y salir a desandar estos nuevos caminos. Conseguimos un hostel a 20 bolivianos por cabeza en donde la habitación tenía dos camas, había que agacharse para entrar por la puerta de la misma debido a su dimensión petisa (tarea del viajero masculino nomás) y el baño compartido tenía el peor aspecto de los hasta aquí conocidos (no lo superaría nadie). No eran instantes para quejarse, sabiendo de nuestra corta estadía allí. Una noche no era motivo para refunfuñar. Quienes sí esbozaban reclamos eran nuestras pancitas, que aún no se habían alimentado. Era la hora del desayuno. Nos sentamos en un bar frente al lago, observando el sorprendente chetaje de muchos (Europa incluida) y el canchereo argento de un grupito (flaco hincha de Independiente más tres pibas), con ingredientes prepotentes y desubicados. Como acá nos los ven sus papitos se hacen los locos pero al fin y al cabo es sabido que se tragan la píldora (por ahí la bananita también). Criticando esas imágenes inesperadas, esperamos, con cierta impaciencia pero conservando el obligado respeto al otro, al local, la llegada de un desayuno continental impresionante y muy barato. Café con leche, pan, mermelada, manteca y frutas. Nos fuimos a caminar hacia la izquierda de donde estábamos. El sol había renacido en tierra y el paso a paso arrastraba calorcito. El clásico cierre de ojos, los oídos agudizando su capacidad de escucha para adentrarse en ese silencio implacable, la mano abriendóse para abarcar la maravilla y cerrándose para transportarla al corazón, la gente trabajando su cosecha, ovejas pastando, la naturaleza que nos conmueve, que debemos querer, que debemos cuidar, que necesita nuestro humano cariño. El oso andaba medio cansado y sus ojos (además de una leve molestia en la espalda) imploraban una cama para dormir. Seguimos un rato más por otros andariveles, atrapando islas aún más aisladas con la mirada y luego regresamos al hostel donde nos desplomamos en camas separadas, para levantarnos unas horas más tarde. La escena de la siesta - calurosa a medida que fue transcurriendo - reanimó al mundo oso y dio pie al capítulo playa. Como no habíamos almorzado, comimos un sanguchito de pollo medio frío y minímamente salado cada uno. Encontramos la boletería cerrada así que había que esperar a la mañana siguiente para sacar el pasaje de vuelta a Copa. En pleno mordisqueo colectivo, nos encaminos hacia la verdadera costa norteña, de blancas arenas, mini cancha de fútbol con arcos de madera, gran cantidad de carpas (las cuales nos resultaron extrañas y un tanto invasivas de la tranquilidad pueblerina) y por supuesto, ese lago que nos esperaba con ansiedad. Nos sentamos un rato, sin pilcha acuática pero con la imposibilidad moral de negarle nuestros pies (a mí me correspondía hasta las rodillas) al amigo Titicaca. Hacia allá fuimos. No hubo zambullida, sí cumplimiento de apuesta y un real disfrute del agua, menos helada que lo que podíamos presumir teniendo el cuenta el probable origen glaciar del lago. Luego de ese instante de impacto y unas fotos de comprobación fáctica, se vendría lo que en Cusco sería una constante: la visita a unas ruinas. En este caso, las de la comunidad Challapampa (por allí se hacía el ingreso y se abonaban los 10 bolivianos correspondientes) y en concreto, las ruinas Chinkana. En el trayecto, llegado a un punto donde se encontraban la piedra sagrada y un pequeño templo inca, preguntamos a una turista hacia dónde había que seguir y confiamos en la respuesta. No es que no hubiese mapa en el boleto de entrada pero la flecha indicativa mucho no clarificaba. Mientras la osa sentía que ese camino en su anterior viaje por aquí no lo había pisado, el paisaje endulzaba la vista y nuestros pasos seguían firmes en busca de las ruinas que no aparecían por ningún lado. Y no aparecerían porque nos habíamos equivocado ferozmente. Habíamos desviado el camino en sentido contrario, llegando casi al extremo incorrecto de la isla. La media vuelta no nos hizo pensar eso, sino que nos las habíamos olvidado, que estarían más "abajo", alejadísimos de la hipótesis correcta: las ruinas estaban "del otro lado". Volvimos al punto del error y aunque el atardecer preanunciaba la noche (linterna precavida) no podíamos irnos sin conocer los escenarios ruinosos de estas tierras. Duplicamos la caminata (todo quedaría en el terreno de la anécdota jocosa) y por fin la famosa Roca Sagrada o la Mesa de Sacrificio se hicieron visibles ante nosotros, abrillantadas por un sol reluciente y amistoso. El regreso, casi solitarios dado que el otro grupo de turistas con el que nos perdimos nos había sacado ventaja caminante (solo dos pibes venían atrás nuestro y luego se nos adelantaron compartiendo un breve diálogo) y con la linterna encendiéndose a medida que oscurecía, fue sencillamente increíble. La luna se asomó en todo su esplendor y las estrellas fueron colmando el cielo cual sarpullido, llenándonos los ojos de una manera flashera y emocionante. Casi nos volvemos a desviar, pero Maru se avivó porque sino la historia se complicaba bastante. Cerca de las 20:30 volvimos a la ciudad, que comenzaba a despedir el día mediante el apagado de luces. La gente aquí arranca su día muy temprano y lo finaliza ídem. No existe la chance de sentarte a cenar a las 10 de la noche. Ya es tarde. Así que, para que no nos suceda irnos con el estómago vacío al sobre isleño, fuimos a comer de una. El bar de la mañana parecía repleto, con lo cual buscamos otro lugar y lo encontramos, distanciado dos cuadras. Con una atención amabilísima optamos, casi una obviedad a esta altura, por el tradicional menú (en esta oportunidad pejerrey Maru, milanga de pollo Seba) y la novedad vino por el lado de la bebida. Primera vez en el viaje que nos tomamos un vino: Campos de Solanas. Sobró un poco que nos lo llevamos para el hostel y aunque no consumimos ese resto, tuvo un destinatario al cual se lo regaló Maru en la mañana del adiós: uno de los pibes del hostel en el que nos alojamos. Mientras en Copacabana el pueblo intentaba dormir y cierta joda subsistía armada por turistas, nosotros nos inclinamos para el lado de los primeros. Aunque también armamos nuestra propia fiesta. La fiesta de la lujuria, del deseo irrefrenable y ese "hacer el amor" excitante e infartante. Afuera llovía y hasta caía  otra ronda de granizo. Adentro no había agua. Sólo lluvia de estrellas.

Publicado el 15/may/2009, 01.51
Modificado el 9/feb/2010, 10.19
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Últimos comentarios

martindaco dice:
Bueno, ya veo que había creido llegar al final pero que esto sigue.
Lo de la lluvia de estrellas lo tendría que confirmar Maru ¿No?

Publicado el 16/may/2009, 12.46 

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