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Travesía Andina-Una aventura inolvidable por el norte argentino, Bolivia, sur de Perú y norte de Chile

Escribe: Gastonqui
45 días de viaje…Más de 40 ciudades y pueblos…Más de 40 compañeros de viaje…Más de 9.000 km. recorridos... Más de 3.000 fotografías... 9 sitios declarados Patrimonio de la Humanidad, incluyendo una de las nuevas Maravillas del Mundo.

 

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La Isla del Sol, un paraíso en el Titicaca

Isla del Sol, Bolivia — martes, 12 de enero de 2010

Nos levantamos muy temprano, cerca de las siete. Javier, Matías y José fueron a comprar provisiones mientras yo hacía cola esperando que se desocupe el baño. Santiago se quedaba en Copacabana ya que viajaría al día siguiente, y los paraguayos habían comprado su boleto en otra empresa, mientras que nosotros lo habíamos hecho en el mismo Hostal Emperador.
Al fin pude darme la tan preciada ducha, no sin antes acudir al encargado para que regule la temperatura del agua, cosa que no resultó nada fácil. Una vez que separamos lo que llevaríamos a la isla, dejamos nuestras mochilas amontonadas con otras decenas, en la recepción del hotel. Se había hecho tarde y estábamos a unas diez cuadras del puerto donde debíamos tomar la lancha. Salimos a toda carrera y dos cuadras antes, una mujer que nos veía apurados nos gritó: “el barco ya se fue”. A partir de ahí corrimos hasta el puerto donde comprobamos que no había una única lancha sino varias que estaban saliendo en ese momento.
El viaje a la Isla del Sol duró dos horas. La primera parte la hicimos abajo. Una vez que llegamos al sur de la isla, muchos pasajeros bajaron y continuamos el viaje en el techo de la lancha, donde un muchacho argentino, guitarra en mano, cantaba acompañado por el resto de la tripulación. El son de la guitarra acentuaba aun más la sensación de vivir un momento de ensueño en aquel lugar paradisíaco. Me impresionó el color azul profundo de las aguas del Titicaca.
Apenas llegamos al sector norte de la isla, un muchacho se presentó diciendo que era el guía que nos acompañaría a visitar el museo y nos haría una visita guiada hasta las ruinas, trayecto que duraba aproximadamente una hora.
Allí tuvimos una discusión porque Javier insistió en seguir al guía, ya que estábamos en una “el norte de una isla desconocida”, o algo así, y que no teníamos idea de cómo llegar hasta el sur (donde tomaríamos el barco de regreso al día siguiente). Las playas del norte eran muy lindas, aunque apenas pudimos echarles un vistazo, incluso había personas bañándose allí. Una vez  recorrido el Museo del Oro (donde vimos de todo menos oro), Matías y Javier siguieron al guía mientras José y yo los seguíamos a paso más tranquilo, unos cuántos metros más atrás.
Conseguimos alcanzarlos cuando el grupo visitaba la “Roca sagrada”, desde la cual Manco Cápac y Mama Ocllo salieron para fundar la ciudad de Cuzco., pero quedamos atrás nuevamente, ya que el camino es bastante laberíntico y no encontrábamos la manera de salir de allí (nos habíamos quedado untándonos con pantalla solar). Para colmo, un burro se plantó en el camino por donde íbamos y veníamos perdidos y José no se animaba a pasar
En el sector norte nos encontramos con los chicos de Paraguay y el colmo fue encontrarme allí con una profesora mía que vive cerca de casa y a quien no veía hace años. Después de un buen rato sacando fotos en la Chinkana, que es un laberinto de piedra, comimos unas salchipapas que vendían dos cholitas en un puesto. Era lo único que había para comer en aquel lugar repleto de burros y ovejas por donde se mire. Las cholitas se mostraron simpáticas conmigo, y ante los ojos atónitos de todos, accedieron a sacarse una foto. Fue la primera y única vez que alguno de los que estábamos allí conseguía sacarse una foto junto con dos cholitas sonriendo ante la cámara.
Después comenzamos a avanzar hacia el centro de la isla. Todos: argentinos, brasileros y paraguayos. Poco a poco nos íbamos alejando unos de otros de acuerdo al aguante de cada uno. La mayor parte del camino son subidas muy cansadoras. Siempre bajo los rayos del sol. Afortunadamente el viento no nos hacía sufrir demasiado calor. En varias ocasiones hacíamos “descansos fotográficos”, en los que nos sentábamos unos minutos, sacábamos fotos y de paso esperábamos a los que habían quedado más atrás en el camino.

Después de tres horas de caminata llegamos a un bosquecito, el único lugar donde pudimos estar un rato bajo la sombra. Yo había quedado finalmente entre los últimos del grupo junto con Pedro y Noe, dos de los paraguayos, y empezaba a fastidiarme cuando comprobé que a esa altura ya era imposible regresar a conocer las playitas del norte que nos habíamos perdido, y que mis compañeros no estaban en el centro de la isla sino que evidentemente seguían avanzando hacia el sur, puesto que no se los divisaba ni a lo más lejos. La compensación era que el paisaje desde la cima de la isla era realmente fascinante.
Fuimos los últimos en llegar al sur. Javier, que había llegado primero, reservó dos cuartos en un hotel para nosotros dos y para los brasileros. Los paraguayos se hospedaron en otro hotel pequeño, a una cuadra del nuestro.
Era temprano para cenar pero no había muchas opciones dentro del menú “merienda”. Me parecía absurdo cenar a las seis de la tarde, así que reservé una mesa en uno de los tantos restaurantes de la isla y acompañé a los chicos a comer pizza en un pequeño barcito con cuatro mesas en el que ni luz eléctrica había. El lugar era muy precario aunque la vista del lago y del atardecer desde allí resultaba incomparable.
Después cené yo en el otro restaurante, acompañado por ellos. Estaba tranquilo pese al fastidio de la caminata forzada de 5 horas, la espera en el restaurante ya que no me habían guardado ninguna mesa y estaba repleto de gente, y además, la excesiva demora en la comida. Había pedido sopa de entrada, y fideos con tuco, y me trajeron todo junto, por lo cual cuando terminé la sopa, los fideos ya estaba helados.
Terminada la cena, salimos del restaurante ya que había todavía mucha gente parada esperando que se desocupasen las mesas. Afuera hacía un frío terrible, no había luz en las calles y no encontramos ningún lugar donde ir a tomar algo, así que nos fuimos al hotel donde estuvimos una hora mirándonos las caras aburridos hasta que nos dormimos.
A la mañana siguiente nos despertó un desubicado que desde las 8 estaba guitarreando en el patio del hotel. Esperamos el agua caliente que nos prometieron y nunca llegó, así que no pudimos ducharnos. Fue extraño estar cepillándome los dientes mientras veía la azul inmensidad del lago y el horizonte desde la ventana del baño.
Conocíamos la precariedad de los servicios antes de viajar, así que no nos sorprendimos por la falta de luz, de agua o de comida. A ese lugar maravilloso no podía reprochársele nada. Ni aún la costumbre de los habitantes de cobrarte por caminar por la isla. Hasta llegué a discutir con unos niños que no me dejaban pasar por la calle, luego de haber fotografiado a un chancho que aunque andaba suelto por ahí, les pertenecía.
A las 10 dejamos el hotel y después de un suculento desayuno quisimos conocer las playas del sector sur. Descendimos la mitad de camino y al observar que eran pantanosas y repletas de yuyos, muy diferentes a las del norte, Matías y yo decidimos regresar. Dos de los paraguayos estaban allí, por lo que Javier y José decidieron bajar.
Nos costó mucho aquella subida, ya teníamos las piernas cansadas del día anterior. Cada cinco pasos parábamos para descansar. En el camino, volvimos con una pareja que estaba en nuestro hotel y que había bajado a lavar la ropa al lago.
Cuando por fin conseguimos llegar arriba, nos tomamos una gaseosa frente al puerto y luego de un buen rato divisamos desde allí a José y a Javier. Ya eran casi las cuatro de la tarde, y partía nuestra lancha de regreso a Copacabana.
Me hubiese gustado permanecer un día más en la isla, ya que al irme, tuve la sensación de no haber hecho otra cosa que caminar y subir constantemente. Estaba realmente agotado y sentí que no había aprovechado la isla por el cansancio. Pero ya habrá otra oportunidad de regresar a aquel paraíso, no me caben dudas…

Mirá los videos de este capítulo:
http://www.vimeo.com/13475752
http://www.vimeo.com/13561853
http://www.vimeo.com/13639539

Tips:

El transporte desde Copacabana hasta la Isla del Sol cuesta 20 bolivianos ida y vuelta. Aunque supe de algunos a quienes les cobraron 20 por ir y otros 20 para volver.

Tiene que ver con: Transporte
En Isla del Sol, Bolivia

Para ir a la Isla del Sol hay dos opciones. 1-Pasar el día: Te dejan en el lado sur de la Isla cerca de las 10 de la mañana y te pasan a buscar por el mismo sitio a la tarde. 2-Pasar la noche: Te dejan en el lado norte por la mañana y te pasan a buscar al día siguiente, o cuando quieras pero por el lado sur, al que puedes ir caminando o en botes que se alquilan. Si te quedas más de dos días recomiendo caminar de norte a sur, son 4 o 5 hs de caminata bajo el sol pero el paisaje que se observa desde la cima de la isla es indescriptible. Si en cambio, vas a quedarte una sola noche, recomiendo quedarte en el sur o hacer el camino en bote, de lo contrario pasarás tu breve estadía en la Isla caminando todo el tiempo (como me sucedió a mi) y no podrás disfrutar bien de las playas del norte y de los lugares pintorescos del sur.

Tiene que ver con: Transporte, Imperdibles
En Isla del Sol, Bolivia

Recomiendo ir a comer temprano, ya que la comida se termina demasiado pronto en los restaurantes, al punto que los dueños suelen correr de un local a otro, prestándose panes, truchas, huevos y todo tipo de comestibles.

Tiene que ver con: Alimentación
En Isla del Sol, Bolivia


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Últimos comentarios

Graveran dice:
Gracias por tus recomendaciones 5*
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JJGOROSITO dice:
Muy bueno los tips , sin duda me quedare mas de 1 noche
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mariana-judiyh dice:
hermoso...!!! que hermoso es viajar!!
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dianacarolina77 dice:
Amigo muy chevere tu diario, contame que precio tienen los hoteles en la isla del sol si son economicos????
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Gastonqui dice:
Yo en ese momento pagué 20 bolivianos, poco menos de 3 dólares.
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