Aunque es más grande que todas las demás juntas, esta isla la habitan sólo unas 200.000 personas, y aún está poco explotada turísticamente. Los lugares de mayor afluencia se encuentran paradójicamente en las partes menos hermosas de la isla, construidos pensando en el mayor número de horas de sol y no en la belleza del emplazamiento. Es además la más variada, al combinar selva con desiertos y volcanes.
La actividad volcánica en la isla, continua, hace que su superficie crezca cada año. Para ver esta intensa vida volcánica bien de cerca, no hay que perderse el parque nacional de los Volcanes de Hawai. Nadie debería abandonar el archipiélago sin dedicar un día a visitar este Patrimonio de la Humanidad al sudeste de la isla donde se da tanto la violencia de las fuerzas geológicas desatadas y de los ríos de lava de sus dos volcanes aún activos como la riqueza vegetal de las laderas del Mauna Loa (4.170 metros).
En la costa oeste, al otro lado de la isla, los nativos que habían desobedecido la ley de los dioses podían burlar a la muerte acudiendo a un santuario donde, tras la penitencia, un sacerdote les liberaría de la culpa. Puuhonua O Honaunau es ahora un complejo arqueológico que incluye templos, estatuas de dioses en madera y otros enseres religiosos de los indígenas polinesios. Muy cerca la playa de Hapuna es la más visitada por aficionados al surf, al buceo o a la natación. Más pintoresca es la bahía de Kiholo, al norte de Kona, un oasis rodeado de lava donde pasar una entretenida jornada en playas de arena negra frecuentadas por tortugas gigantes. Al norte de la isla el valle Waipio permite disfrutar de un paraje natural casi virgen debido a su difícil acceso y a que el único lugar donde alojarse es un pequeño hotel. Este rincón ofrece cascadas y abundante vegetación para todos los que se tomen la molestia de probar algo distinto a la playa.