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Viajando por el mar Mediterráneo

Escribe: MORCITRON
Una divertida aunque agotadora epopeya por el Mediterráneo. Punto de partida de nuestro nuevo viaje, puerto de mar y ciudad cosmopolita donde las halla, Barcelona es y será una de mis ciudades favoritas de España...

 

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Cuarto día; visitando una isla mágica: Capri

Isla de Capri, Italia — miércoles, 9 de septiembre de 2009

La mañana del cuarto día, no fue tan especial como la del día anterior, pero rápidamente nos pusimos las pilas para desayunar y salir del barco ya que auguraba un día de ajetreo.

Desembarcamos en Nápoles, una de las ciudades más grandes de Italia. Como en la excursión del día anterior, nuestra intención difería de la de la mayoría de los viajeros, ya que el destino de estos era o, Pompeya con su historia de cenizas y piedras antiguas o un paseo por la ciudad de Nápoles y sus alrededores, lo que tampoco nos llamaba la atención. Asi que cojimos nuestras mochilas, y nos dirigimos a una darsena cercana en el mismo puerto donde desembarcamos, con la intención de tomar otro barco, esta vez con dirección a una islita en el mediterraneo, Capri.

Esperamos un rato hasta que llego nuestro "rápido", y a las 11,00h estabamos dando saltos por el mediterraneo. En el barco, coincidimos con una expedición de japoneses, más de 50, que aun sin poder comunicarnos, (un poco en ingles) nos hizo el trayecto más ameno.

Una hora después, llegamos a la Marina Grande, puerto comercial e inicio de nuestra andadura por la isla. Desde el primer instante, nos sorprendió la belleza del paisaje y lo escarpado del terreno, y con ánimos renovados, nos dirigimos a la oficina de turismo para adquirir el obligado plano. Debido a que no disponíamos de mucho tiempo para conocer la isla, fui precavido y traía los deberes hechos con los puntos de interes para visitar, asi que los localizé en el plano y pusimos rumbo a lo desconocido.

Capri es una isla totalmente montañosa, tiene dos ciudades importantes, Capri y Anacapri, ambas en lo alto de la montaña, por lo que necesitamos un medio de transporte para poder acceder a la colina.

Para desplazarte en la isla dispones de 4 sistemas, un funicular que se coge en Marina Grande y te lleva hasta Capri, (el método más rápido para llegar pero siempre hay una larga cola para cogerlo), en taxi-limusina- descapotable, unos vehículos únicos en el mundo que dan un toque exclusivo a la excursión, ( un poco caros), en Microbus, o en San Fernando, un ratito a pie y otro andando. Nosotros decidimos utilizar este último, pero nos dimos cuenta que las cuestas, los peldaños y los carritos de los crios no eran compatibles, asi que decidimos acertadamente optar por el microbus como sistema para llegar a la colina, aunque con el desconocimiento del peligro que corrian nuestras vidas.

Los italianos deben de tener el Espiritu Ferrari muy impregnado en las venas ya que no os podeís imaginar la velocidad con la que circulaba el conductor del minibus por unas calles tan estrechas, tanto que no entraban dos vehiculos,.y encima eran peatonales. Tardamos menos de cinco minutos en subir, con la cabeza como un bombo y con la sensación de que, por pelos no hemos atropellado a ningún peatón.

Paseando por las calles, enseguida se hizo la hora de comer, buscamos algo tradicional de la zona para probarlo y nos lo comimos en una plaza tranquilamente, mientras los crios correteaban.

Sin descansar ni cinco minutos, buscamos nuestro siguiente destino, una playita paradisiaca para darnos un pequeño baño y refrescarnos un poco. Durante el camino, pudimos disfrutar de unas vistas preciosas a los acantilados de la zona norte de la isla, aunque empezamos a sufrir cuando vimos que el camino serpentante era interminable y se nos echaba la hora encima para tomar el ferry de vuelta al barco.

Por fin llegamos a una playita pública, después de encontrar varias privadas, en las que no nos dejaban entrar, y llevarnos un chasco. Pudimos disfrutar de un baño refrescante, nunca mejor dicho, ya que el agua estaba helada. La playa era espectacular, era más bien una cala abarrotada de gente tomando el sol, nos la vimos y deseamos para poder extender la toalla. Rodeada de grandes peñascos oradados por el mar y que formaba pequeñas grutas, nos bañamos y conseguimos relajarnos al menos durante una hora.

Tuvimos suerte ya que en la misma playa había una estación de los minibuses asesinos, por lo que lo en cinco minutos de trayecto desandamos lo que antes nos costo más de media hora bajar.

Terminamos el día con las tipicas compras de souvenirs, que por cierto no eran caros, y cogimos el ferry rumbo al puerto. En el trayecto de vuelta, de casi una hora, pudimos tomar fuerzas descansando un rato después de una agotadora pero preciosa excursión.

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