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Iruya - salta - argentina
Escribe: silsac
IRUYA
Parte IV del Viaje a las “Escuelitas Salteñas”
Septiembre de 2007
Silvia Sacchiero
Viernes 27: Muy tempranito por la mañana salimos de San Antonio de los Cobres rumbo a Iruya, donde en un paraje llamado Rodeo Colorado se encuentra otra de “nuestras” escuelitas. No conocía aún esa zona, de la cual tanto me habían hablado
Nos esperaba un largo camino y nada fácil por lo
Primera parte del viaje a iruya
Iruya, Argentina — miércoles, 17 de marzo de 2010
Silvia Sacchiero
Viernes 27: Muy tempranito por la mañana salimos de San Antonio de los Cobres rumbo a Iruya, donde en un paraje llamado Rodeo Colorado se encuentra otra de “nuestras” escuelitas. No conocía aún esa zona, de la cual tanto me habían hablado
Nos esperaba un largo camino y nada fácil por lo que tenía entendido. Rumbo al norte y por el mismo problemático camino del día anterior, pero tomando esta vez la precaución de esquivar el arenal, seguimos andando hasta que después de varios kilómetros, llegamos por fin a la asfaltada ruta 52, que une Purmamarca (Jujuy), con el Paso de Jama, límite con Chile.
A poco de ingresar en ella nos vimos rodeados por una inmensidad blanca. Las famosas Salinas Grandes. Su suelo, curiosamente delineado en simétricas figuras poligonales que semejaban baldosones de un enorme patio que se perdía en el horizonte.
Aquí y allá se podían ver prolijas excavaciones para extraer la sal que apilan luego en forma de grandes ladrillos, para luego ser transportadas por camiones que en relación al tamaño del salar parecen pequeños autitos de juguete diseminados en esa inmaculada planicie.
La extensa llanura de la Puna comenzó a ser interrumpida por cerros y montañas, cada vez más altas. Y así, poco a poco, nos fuimos internando en la Cuesta del Lipán. Había oído mencionarla con mucho respeto, pero nunca imaginé que sería tan brava.
Subiendo y subiendo entre pronunciadas curvas y contracurvas, giros a 90 grados y vertiginosos zig zags, en los cuales al mirar hacia abajo, cuando el vértigo lo permitía, se veían diminutos vehículos que descendían, para inmediatamente levantar la mirada y allá arriba, bordeando las cornisas de esas inmensas moles, otros puntitos se desplazaban, trepando cuestas a las que nosotros también necesariamente debíamos llegar.
Así, disfrutando además del maravilloso paisaje, continuábamos atravesando la temida Cuesta del Lipán…cuando en un momento, en que afortunadamente íbamos prudentemente despacio y en subida, nos percatamos que la camioneta no teníafrenos…Gracias a la pericia y serenidad de Pedro, el chofer, que fue llevando con mucho cuidado la camioneta a la banquina contra la pared de la montaña, pudimos detenernos sin problemas.
Después de pasado un poco el susto, y al no haber allí señal en los celulares para pedir auxilio, resolvimos ir bajando la montaña muy lentamente, con los cambios y el freno de mano preparado para cualquier imprevisto.
Así llegamos por fin a Purmamarca, para esperar allí que nos enviaran otra camioneta desde Salta. Es estepequeño pueblito jujeño de la Quebrada de Humahuaca un lugar precioso, enmarcado por las montañas y el renombrado Cerro de los Siete Colores , con sus franjas delineadas como pintadas a mano. Sus angostas callecitas empedradas convergen en una sombreada plaza, donde los pobladores ofrecen a los turistas una variedad enorme de artesanías y artículos típicos.
Almorzamos y nos dispusimos a esperar con paciencia la llegada de la otra camioneta. Espera que se prolongó hasta el atardecer. Nos aguardaba aún un largo recorrido hacia el norte por la ruta 9, para luego ingresar a un camino sin asfalto que nos llevaría a Iruya. Debido a los imprevistos acaecidos, se hizo la noche…circunstancia nada propicia pararecorrer los 120 kilómetros de camino de montaña, angosto y peligroso, interrumpidode tanto en tanto, por cursos de agua, que debíamos atravesar.
Fueron 3 horas de enorme tensión, a pesar de la prudencia con que el chofer manejaba. Elmirar hacia el costado con el rabillo del ojo, y vislumbrar los profundos abismos que nos rodeaban, me hacía estremecer de miedo.
Siempre subiendo llegamos al Abra del Cóndor, a 5.000 mts de altura. Allí dejamos Jujuy para ingresar nuevamente en Salta. La interminable travesía parecía no tener fin…cuando de pronto allá abajo, a lo lejos, aparecieron titilando las lucecitas del pueblo. ¡Por fin llegamos a Iruya! Una muy antigua población inca. Sus angostas callecitas de puntiagudas piedras, sin veredas y con pronunciadas cuestas, obligan a caminar inclinado y con mucho cuidado sobre ese desparejo empedrado.
Tampoco permiten el error de un vehículo al equivocar el camino, porque en ese caso, es preciso desandarlo marcha atrás y en abrupta subida o bajada, ya que no hay posibilidad de dar la vuelta.
Ya bien entrada la noche, nos hospedamos en la coqueta hostería, donde me derrumbé adescansar de tan agotadora y emocionante jornada
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Últimos comentarios
Leila_1 dice:
Los caminos de cornisa tan frecuentes y tan difíciles de asimilar para los que no estamos acostumbrados!!!
Héroes anónimos como bien los describes...pocas veces o casi nunca ocupan la atención de los medios, pero eso quizás no es tan necesario, ellos sí ocupan la atención y el amor de sus niños.
Hermoso tu diario Silvia, un abrazo!
Publicado
jemartin_11 dice:
Hola Silvia!!! Te felicito por tu diario, este año tambien estuve por esos lado, es verdadera asombroso su paisaje y sus habitantes!
Queria consultarte por las donaciones de San Antonio de los Cobres, estoy juntando prendas y alimentos para enviar, pero queria saber como hacer para enviarlas?
Saludos,
Gracias por los datos que puedas aportar!
Julieta Martin
Publicado
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