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Escribe: silsac
IRUYA Parte IV del Viaje a las “Escuelitas Salteñas” Septiembre de 2007 Silvia Sacchiero Viernes 27: Muy tempranito por la mañana salimos de San Antonio de los Cobres rumbo a Iruya, donde en un paraje llamado Rodeo Colorado se encuentra otra de “nuestras” escuelitas. No conocía aún esa zona, de la cual tanto me habían hablado Nos esperaba un largo camino y nada fácil por lo

 

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Por los caminos del inca

Iruya, Argentina — miércoles, 17 de marzo de 2010

POR LOS CAMINOS DEL INCA Parte V del viaje a las “Escuelitas Salteñas” Septiembre de 2007
 
Sábado 28: Esa mañana nos disponíamos a visitar “nuestra escuelita” de Rodeo Colorado. Para obtener datos acerca de su ubicación, pregunté al conserje del hotel, quien con una gran naturalidad me respondió que deberíamos volver hasta Iturbe, es decir al inicio del difícil camino de cornisa de la noche anterior, y desde allí desviarnos por otro camino aún más difícil, para llegar al cabo de 5 horas, a Rodeo Colorado. Comprendí que no sería posible hacerlo, en primer lugar por la cantidad de tiempo que insumiría para llegar y volver nuevamente a Iruya, y  por otro lado de solo pensar en bajar por ese camino y luego volver a subir…No…decididamente no podría ser. 

Ante esa dificultad pregunté por otras escuelitas de la zona, recalcando que no estuvieran en lugares demasiado inaccesibles. Me mencionó tres, Campo Carreras, Pueblo Viejo y Colanzulí,  y nos indicó el camino. Supe después que eran estos los llamados “Caminos del Inca”, y que además de contar con un vehículo apropiado para todo terreno, que sí lo teníamos, solo se los puede recomendar a personas acostumbradas al turismo aventura. Lo cual no era exactamente mi caso…

Salimos entonces con ese rumbo y al poco rato debimos internarnos por el lecho de un río seco, como es de imaginar, lleno de piedras y pozos. Sorteando vados y subiendo mientras tanto la montaña, llegamos así a Campo Carreras, a la escuela Coronel Juan Solá, donde nos recibió la sorprendida directora, ya que no nos esperaba, y menos aún la ayuda que prometí le llegaría. Estaba a punto de salir junto a otro maestro, hacia Pueblo Viejo, donde irían caminando para asistir a la fiesta que allá había, en honor a la Virgen.

Los invitamos a venir con nosotros y hacia allá nos dirigimos, pero a pedido de la directora, debíamos pasar primero por Colanzulí, un pintoresco caserío de adobe y techos de paja, donde esperaban otros maestros. Guiados por la docente, que nos aseguraba que el camino era muy transitado y para nada peligroso…Evidentemente el hábito de recorrer frecuentemente esos parajes, les da una visión totalmente diferente a la de los que no lo hacemos, por lo que, con el corazón latiéndome aceleradamente, al ver que subíamos cada vez más por esos angostos caminitos, con los precipicios al lado mío, rogaba para mis adentros llegar prontamente a destino…y por sobre todas las cosas…sanos y salvos.

Y llegamos a Colanzulí, a la escuela 4113, “Aeronáutica Argentina”. Era ya el mediodía, y alborozados, niños y maestros con nuestra visita, nos invitaron a almorzar con ellos. Luego de compartir tan grato momento con chicos y docentes, continuamos viaje a Pueblo Viejo, a la tercera escuela, donde celebraban la festividad religiosa. Otra vez la cornisa …Tanto los maestros como los pobladores, no se sorprenden ni atemorizan por transitar esas inmensas moles de piedra y bordear esos abismos, que cortan la respiración con el solo hecho de asomarse a la ventanilla del auto. Por el contrario, suben y bajan de la montaña por angostos senderitos, que yo ingenuamente suponía eran huellas dejadas por las cabras, llamas y ovejas. Y también lo hacen de noche,  alumbrados tan solo por la luz de la luna.

Para aumentar aún más mi sorpresa, me relataban como otros maestros para llegar a sus escuelas aún más distantes, debían caminar ocho  y más horas a veces, sorteando todo tipo de dificultades.
 
Una de ellas es el llamado “Paso del Diablo”, una angosta cornisa, donde solo cabe el ancho del pié, y debiendo agarrarse con uñas y manos de las lisas paredes de la montaña, sin casi respirar. Decían que el lapso de tiempo que demoran en atravesar ese tremendo lugar, es de apenas un minuto y medio, pero la sensación subjetiva de su duración es de una eternidad.

No pudiendo entender la causa, pregunté el por qué esas escuelas se encuentran en lugares tan inaccesibles; la respuesta fue sencillamente que allí estaban las comunidades, y por lo tanto, allí debían ir los maestros. Y aunque desde aquí nos parezca increíble, ellos van.

Estos maestros son héroes anónimos, que con una gran vocación y un inconmensurable amor a esos chicos, dedican años de su vida, viviendo en condiciones muy difíciles junto a ellos, enseñándoles y educándolos.

Tan es así que pude palpar el resultado de ese esfuerzo al conocer a un docente, Fabián Mansilla, que junto a sus chicos de la montaña, ganaron entre muchos otros niños de diferentes lugares, un concurso , con un trabajo sobre la vida en esas comunidades.

Viajaron a EE.UU, vivieron durante un mes en Albuquerque, representaron a nuestro país, y próximamente irán a Perú. Este maestro, contaba algunas de las costumbres de estos pobladores, muy diferentes por cierto a lo que la mayoría de nosotros conocemos. Los niños son educados bajo los tres principios incas: 1º) No ser flojo. Es decir trabajar y cumplir con las tareas propuestas por sus mayores. 2º) No mentir y 3º) No robar.

Es así que desde los seis años parten con un rebaño de ovejas o cabras  y su perro. Van muy lejos de su hogar, en lo alto de la montaña, buscando pasturas para los animales. Viven solitos en unas casitas de barro y paja, que se pueden ver en medio de los cerros, con la única compañía de su perro. Generalmente pasan allí un mes, y a veces más.

También van aprendiendo a cortar el adobe, a sembrar y cosechar, etc. A todo esto lo llaman “conchabo”, que significa “prestar un servicio a sus mayores”, por lo cual obtienen un pago, que puede ser un cabrito o un cordero, o a veces dos…Y así van formando su propio rebaño, para que alrededor de sus trece años, ya son pequeños hombrecitos, responsables, con sólidos principios de ética y moral, de acuerdo a sus costumbres ancestrales, y con capacidad de autoabastecerse y defenderse en la vida

Tal vez resulte difícil de comprender para muchos de nosotros, pero es esencial aprender a respetar sus conceptos sobre la vida, tal vez diferentes de los nuestros pero no por ello menos valederos.

Volviendo al relato, allí estábamos, en Pueblo Viejo, en la tercera escuelita de nuestro recorrido de ese día, la Nº 4143 “Congreso de Tucumán”.Había terminado ya la ceremonia, y volvían cargando el “misachico”, pequeño altarcito adornado con flores con la imagen de la Virgen. Lo llevaban entre cuatro o cinco hombres, para devolverlo a la capillita del lugar. Otro misachico quedaba en la escuela, porque allí pertenecía.

La religiosidad está muy marcada en estos parajes y junto a la devoción por la Virgen, encontramos también los rituales a la Pachamama, la Madre Tierra, y las “apachetas”, monumentos incaicos en honor a ella

Emprendimos luego el regreso a Iruya, cuidando de hacerlo antes del anochecer, por lo peligroso del camino, tan angosto que solo había espacio para un vehículo a la vez, pero no habíamos encontrado ninguno en todo el trayecto.El espectáculo era hermoso.

Estábamos tan alto que podíamos ver allá abajo los simétricos cuadros de diferentes tonos de verdes, formados por los sembradíos de las variadas hortalizas, mientras todo elpaisaje se iba tiñendo de una tonalidad rojiza, resultado del sol que se iba ocultando detrás de los cerros. Nos cruzamos con un pastorcito con  su rebaño de cabritos y ovejas, y  sí con mucho cuidado íbamos bajando la montaña…cuando de pronto apareció frente a nosotros un enorme camión de un rojo brillante que ocupaba todo el estrecho camino…Y los dos vehículos juntos no cabían…era él o nosotros…Con mucha calma Pedro, el chofer, nos pidió que nos bajáramos. Yo…estaba paralizada del  terror…Los maestros y la niñita que venía con nosotros no parecieron inmutarse…No tenía posibilidad de elección.

Debía bajarme al borde del precipicio y caminar hacia la pared de la montaña. Así lo hice, temblando y agarrada con todas mis fuerzas de la mano de la maestra, que me miraba sonriendo, mientras la camioneta reculaba, y así lentamente y marcha atrás desapareció en una curva. No imagino donde habrá encontrado un hueco donde meterse y dejar paso al camión. Con los ojos cerrados y los dientes apretados por el miedo, esperé inmóvil hasta subir nuevamente a la camioneta y seguir nuestro camino. Llegamos por fin a Iruya, habiendo dejado antes en su escuela, a la directora y al maestro que nos habían acompañado.
 
Esta fue la última jornada de visitas a las escuelitas. Al día siguiente debíamos volver por la ruta 133, que no llega a 20  kilómetros, pero la noche y el miedo me habían hecho parecer muchos más. A pesar de ser bravo el camino, después de las aventuras del día anterior no me pareció tan tremendo, aún al llegar al Abra del Cóndor a 4.000 metros de altura, límite entre Salta y Jujuy. Desde allí podíamos divisar los pueblitos donde habíamos estado, como diminutas casitas pintadas en un cuadro multicolor.Llegamos por fin a “tierra firme”, a la ruta 9, por donde regresaríamos a la ciudad de Salta, debiendo recorrer para ello la hermosísima Quebrada de Humahuaca. Entramos a ese pueblo tan pintoresco:Humahuaca.

 Seguimos visitando los siguientes pueblitos: Uquía, Huacalera, almorzamos en Tilcara,importante punto turístico, con su Pucará, fortaleza indígena prehispánica, situada en lo alto de un cerro.  Maimará, Purmamarca, con su especial belleza y su Cerro de los Siete Colores…
 
Y así llegamos a Salta. Bien llamada “la linda”. Con sus casonas señoriales, sus portales con rejas, desde donde se pueden espiar los amplios patios con columnas y aljibes… Y la cuidada plaza 9 de Julio con sus tradicionales construcciones coloniales, impecablemente pintadas y profusamente iluminadas al caer la tarde. Con sus concurridos cafés, conmesitas y sombrillas en las amplias veredas, donde pululan permanentemente turistas provenientes de lejanos lugares…Y con su gente, los salteños, cálidos y amables…La gente linda de Salta la linda.
 
Y así termina este viaje, que me dejó como los anteriores el corazón pleno de tantas emociones vividas, con la imborrable imagen en mi retina, de esas caritas dulces, con los cachetes colorados, quemados por el frío y el viento de la Puna, y esos ojazos llenos de curiosidad y asombro…Y me prometí una vez más no olvidarme de ellos y transmitirles austedes estas vivencias para que juntos tratemos, en la medida de nuestras posibilidades, de ayudarlos para que en su medio y respetando sus creencias y sus costumbres, puedan vivir un poquito mejor
                                                                                                       
Silvia Sacchiero

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Últimos comentarios

Leila_1 dice:
Me encantó! sigo con el siguiente... Las fotos lindísimas!
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