Empecé el día con la temible caminata a San Isidro. Eramos un grupo enorme y la mayoría tenía una energía inentendible para la lentitud y el cansancio que yo tenía. Cruzamos algunos ríos a pie, lo cual disfruté mucho a pesar de ser consciente de mi incapacidad de flotar en caso de que ocurriera algún accidente. A mitad del camino, la mayoría odiosamente enérgica decidió elegir el camino de montaña y las subidas fueron una constante intolerable. Sentía que mi corazón estaba en la otra punta del planeta.
Pero finalmente, la recompensa: llegamos. El premio tomó forma de empanadas, con la compañía de los otros rezagados del camino: una pareja porteña y una familia de franceses. No volvimos con la misma guía ni con el mismo grupo (felicidad!), sino que recorrimos un rato más San Isidro antes de emprender el regreso. La vuelta fue toda por el río, por suerte. Mientras, una nube bastante amenazante nos perseguía pero nunca llegó a estallar. Totalmente destruida pero contenta por haber logrado realizar la caminata, llegué al hostel y dormí un rato, canté horriblemente, cenamos, participamos dos minutos de la reunión del hostel y, finalmente, dormimos otra vez.