En la ciudad de Iquitos, que lleva el nombre de la tribu que poblaba las riberas amazónicas en tiempos de la conquista (los “iquitus”), hay toda una gama de hospedajes, desde hoteles baratos, hasta los módicos y otros más lujosos, sin embargo, cualquier opción es válida si lo que se busca es conocer este oasis en la inmensidad verde, en el que cuando llega la noche no provoca irse a dormir, sino quedarse a contemplar la quietud del paisaje bajo el resplandor de la luna refejada en el interminable espejo del agua.Y si de emociones fuertes se trata, puede optarse por una semana en cualquier campamento en plena selva.
Hay varios cerca de la ciudad, con distintas combinaciones y precios, a la medida del cliente.
Estos ofrecen lo necesario para pasarlo bien, con toda la austeridad que el ambiente amerita, por supuesto, inclusive emocionantes excursiones por el Amazonas, viajes a poblados indígenas y giras con guías por la intrincada selva, que representan un atractivo especial para naturalistas, fotógrafos y turistas que disfrutan del contacto directo con la naturaleza, lejos de las comodidades de la vida cotidiana en las grandes ciudades.
Aunque hay que cuidarse de los cientos de animales venenosos que pueblan la selva; una simple rana, cuya piel segrega una fuerte toxina, es utilizada por los aborígenes para la punta de las cerbatanas, por su poder letal.Si decide quedarse en Iquitos, es bueno que alquile uno de los pintorescos “motocarros” que cruzan raudos de un extremo a otro de la ciudad, al estilo de China, Japón, Vietnan y otras naciones de Oriente, que lo llevarán a todos los sitios de interés, museos, plazas, construcciones típicas.
O tal vez prefiera caminar, lo que resulta muy placentero por no haber calles empinadas.
Iquitos es una ciudad compacta que se proyecta radialmente desde la central Plaza de Armas.
Fue allí donde se fundó, primero como misión de los jesuitas en 1739 y luego como ciudad en 1863.Cuentan los historiadores, que la región amazónica de Perú nunca fue conquistada por los Incas.
Los indios de las tierras bajas, que eran feroces guerreros de la selva, armados con cerbatanas y dardos envenenados, fueron demasiado indómitos para los ejércitos incaicos. Sólo en los bordes exteriores de la selva fueron vencidos.
Y los conquistadores españoles no tuvieron mejor suerte.
Los que sí triunfaron (paradojas de la vida) fueron los jesuitas, intrépidos, pero con la paz como estandarte, dentro de un afán misionero por traer la civilización occidental a la región e inculcarles la doctrina cristiana. Establecieron la primera misión en la ribera del Amazonas, entre los los indígenas de la tribu Yagua.