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El Viaje III - Perú
Escribe: viajaconmigo
Los invito a seguir compartiendo "El Viaje"; en este caso, la grandeza de Perú, sus archiconocidas ruinas Incas, su selva, la bella Lima, y el relajado norte.
No sé cuando terminará, ni por donde nos llevará exactamente. Pero mientras dure, háganme compañía.
Asi nace este diario. Pensando en mantener informada a la gente querida de los lugares en donde iré pasando, tratando de reflejar en palabras ciudades y personajes que me vaya encontrando en el camino. Los invito a viajar conmigo.
Llegando a Iquitos
Iquitos, Perú — lunes, 3 de agosto de 2009
Por primera vez siento realmente ganas de pasar por Córdoba, aunque aún no se me cruza por la cabeza que este viaje pueda terminar pronto.
A partir de este relato, voy a ir agregando al final algunos escritos que hice, algunos tendrán que ver con el relato, y otros son solo pequeños textos aislados, quedan prevenidos jeje.
Hace algunos días me contaron que mi vieja tiene un nódulo maligno en una mama, mañana 18 tiene fecha de operación. Recibí la noticia en montañita, en medio de una reunión que había en la casa en donde estaba, y donde pude chequear mails por 5 minutos. No me acuerdo muy bien que hice el resto de la noche, ni el día siguiente. Una vez que pude hablar a Cba. me tranquilizaron, diciendome que es algo que está encapsulado, que la operación no es riesgosa en si misma, aunque operar a una persona de mas de 60 no es nunca un trámite y nada mas.
Decidí continuar... esperando no haberme equivocado al hacerlo.
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Bueno, los había dejado en Iquitos, despues de haber pasado el susto de los tipos con los palos...
Al amanecer, descolgamos las hamacas, y decidimos salir hacia la plaza. Como siempre, todo el mundo nos ofrecía hotel y excursiones a la selva. Nuestra idea era llegar al centro de iquitos, y -aprovechando que eramos varios- que algunos salieran a averiguar sobre alojamiento.
Lo primero que vimos mientras estabamos en la plaza, fue a un tipo de unos 2 mts. de alto, de unos 60 y pico de años, con el pelo largo, mitad blanco y mitad púrpura, atado en una trenza. Además, vestía un pantalón bien llamativo.
- Mirá que hay gente loca - pensamos.
Finalmente llegamos a un hostel que parecía bastante acorde a nuestras posibilidades, a unos 15 soles por persona. Nos quedamos todos allí, salvo el polaco, que se fué a un lugar en donde pagaba 1 sol por dejarlo tirar la colchoneta en el piso.
Toda la zona del amazonas es area de tráfico de droga, si bien me decían que Iquitos en particular estaba mucho mejor que hace algunos años, en donde los narcos regían la ciudad. Una persona del hotel que se presentaba como coordinador (otras veces como responsable de seguridad, otras hasta como dueño) nos presenta a un "pata", quien a su vez se ofrece para conseguirnos lo que querramos, alcohol, mujeres, droga, "a su servicio".
Esto a mi me chocó mucho y me predispuso muy mal hacia la seguridad que me podía brindar el hotel, si en la propia mesa del comedor entraba un dealer a ofrecerte cocaína.... Por otro lado, Martina nos había respondido el mail diciendo que llegaba a Iquitos en un par de días, asi que nosotros debíamos buscar una excursión y tener todo listo para cuando nuestra querida amiga francesa llegase.
Mientras tanto, en el hotel había tb una pareja de argentinos, él con un poco de pinta de malhumorado. No nos dimos demasiada pelota y continuamos en lo nuestro.
Cerca de Iquitos esta el complejo de QuistoCocha, una especie de balneario-zoológico, en donde se pueden ver los animales de la región, y bañarse en una laguna muy agradable. Impresionante ver el Paiche, un pez que llega a mas de 2 metros de largo, lamentablemente no era facil fotografiarlos, ya que apenas salían a la superficie para hacer un ruido aprecido a los bufeos, pero a diferencia de estos, casi no sobrepasaban la linea del agua. De todos modos, aparecen en algunas de las fotos. También tiene una pared escrita con un resumen de las leyendas locales, cosa que a mi me gustó mucho poder conocer antes de internarme en la selva, como para saber que hacer si te encuentras con una sacha mama, o si algún delfín de río intenta raptarte jeje. Al siguiente día la fuimos a buscar a Martina al aeropuerto, y tras ordenar todo, salimos en una excursión hacia la selva; Tina, Tato, Pico y yo. Habíamos elegido la agencia por las fotos que nos habían mostrado, por la sinceridad del tipo en cuanto a decirnos que no nos podía segurar que veamos grandes reptiles, y por la pinta del guía, que era nativo de esos lugares. Asombrosamente, es mucho mas dificil ver animales en esa zona del Amazonas, que en Rurrenabaque, en Bolivia. La selva en sí, si es mucho mas impresionante. Mientras remontábamos el río Marañon, en busca del Ucayali, y luego el Yarapa, pudimos ver a una manada de monos que viajaban saltando de arbol en arbol. Tato pudo captar con su cámara algunas imágenes muy buenas de los monitos en pleno "vuelo".
En la primer caminata que hicimos desde el campamento, el guía nos avisó que probablemente lloviese. Yo recordé el calor pasado con el rompeviento en la subida a Machu Pichu, y que si bien impedia que me mojase por la lluvía, terminaba empapado lo mismo por la transpiración, asi que decidí ir solo con la remera esa que es de secado rápido. Vimos una enorme variedad de plantas e insectos, arboles que estaban casi totalmente envueltos en lianas parásitas, hicimos la famosa escena de tomar agua de las lianas, y esquivamos enormes telas de araña tejidas en medio de nuestro paso. Nos trepamos a una aleta de uno de esos árboles gigantes, pero para nuestro desencanto, fue imposible hallar ningún animal medianamente grande, salvo un perezoso, que vivía en un arbol frente al campamento, pero estaba siempe como a 20 mts de altura y apenas se veía.
Emprendíamos el regreso de la caminata cuando se largó la lluvia, al principio la selva era un techo impenetrable que nos permitía caminar secos mientras escuchábamos las gotas golpear en las hojas por encima nuestro. En poco tiempo ya la lluvia penetraba el follaje y nos empapaba. Nos refugiamos en un arbol, acurrucados contra el tronco; hasta que vimos que mojarnos más de lo que estábamos haría poca diferencia. En ese momento salimos a disfrutar de la lluvia en vez de huir de ella. La amazonía estaba mostrandose en toda su escencia a quien lo supiera mirar. El agua, pasada por cientos de hojas, bajaba por mi cara y se me metía en la boca vuelta hacia arriba, tratando de atesorar el espectáculo en todas las maneras que fuesen posibles. El regreso no fué facil, cada vez las piernas mas pesadas, una de las botas me estaba lastimando el pié y cada paso el dolor iba en aumento. De nuevo me surgió la idea de que la Pacha nos estaba cobrando entrada por darnos una experiencia real. En mi cabeza no existe Machu Pichu sin el esfuerzo de subir sus escaleras interminables, no hay Potosí sin entrar a las minas, no existiría La Paz sin haber gastado las suelas mientras la ciudad bailaba alrededor, y no sentiría que he estado en la selva sin haberla vivido así, húmeda, barrosa, amenazante, fertil hasta el infinito. Con eso en mente, agradecí y pedí nuevas fuerzas, sonreí bajo el mojado sombrero y seguí a los demás camino del campamento.
La lluvia frustró los planes de salir de nuevo en la tarde, lo que no puso en demasiado buen ánimo a Tato y a Pico. Yo (en una forma un poco egoista) pensaba que de última, yo ya había visto animales, y Martina... Martina tenía ya la sabiduría de disfrutar el momento, fuese lo que fuese que este deparase. Le enseñamos a Tina a jugar a la escoba (juego al que Tato me agarró de hijo absolutamente todo el tiempo que viajé con él), y ella quedó bien entusiasmada, tan así que luego me contaría por correo que se lo enseñó a su hijo y tenían largas partidas.
Al día siguiente, el guía nos llevó a una cocha (una laguna o estanque) que tenía lo que yo había visto en varias fotos y quería observar personalmente. Millones de pequeñas plantas acuáticas que disfrazan la cocha como si fuese una pradera. Las aves caminan por encima de ellas, y los botes solo pueden avanzar a remo, porque las raices se enredarían en el motor. Las cochas son muy respetadas por la gente de la selva. Primero porque es el hábitat real de la Boa Negra, y del lagarto negro, que calculo que será el mismo que el "black caiman" que conocí en Rurre. Pero mas aún porque las cochas son el escenario preferido de las leyendas de la amzonía peruana. Así algunas cochas están directamente prohibidas para los nativos, y otras son visitadas solo de día. Gente de allí nos ha contado que vio como la boa negra emergía de las tranquilas aguas como si fuese un gran chorro vertical, para atrapar un mono que se había situado en una rama a 3 o 4 metros por encima de la superficie del agua. Mas allá de lo cierto o no de estas cosas... yo estaba encantado de escucharlas.
Saliendo de la cocha, en una de las orillas, vemos un mono aullador, inusualmente atrevido, e interesado en nuestra presencia. Luego veo otro, y otro mas. Son bellísimos, con una piel brillante y una cola que se adivina poderosa y que usan para sostenerse como si fuese una quinta pata. Me muero de sorpresa cuando al acercarnos no solo no huyen, sino que se acercan mas, y alguno termina subiendo al bote en búsqueda de un cuarto de naranja que el guía le tiene preparada. Ahí nos confiesa que ellos les dan frutas cuando pasan, y asi los monos de esta manada fueron perdiendo el miedo y se acercan a recibir su ración. La experiencia de tener un mono aullador salvaje sentado al lado tuyo, es increible. Mientras come le acaricio el pelaje y el tipo ni se inmuta, solo está interesado en la comida, y mientras esta exista, no tiene problemas.
El resto de la excursión, experiencias personales gratificantes, pero nada que no les haya contado antes. Pescamos pirañas, salimos a ver mas pequeños animalitos, hicimos repelente de termitas, etc. Volvemos satisfechos, aunque con las ganas de haber visto algún lagarto. Al día siguiente nos despedimos de Martina, que tenía vuelo de regreso. Nos dice que somos bienvenidos en su casa de Francia. Yo me quedo feliz de haberla conocido, quien te dice la vida nos reencuentre en algun momento.
Volvemos al hostel, en donde recibimos la sorpresa de que hay planeada otra excursión, un poco distinta a la que acabamos de hacer, pero que tb es a la selva, y que nos estaban esperando.
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Edad.
De tanto en tanto me preguntan
- ¿Cuántos años tenés?
Entonces pienso que podría decir un número; que casi siempre es el resultado de restar el año en que nací, al año en que vivo. Como si eso pudiese ser una respuesta definitiva, categórica, indicativa de algo.
Como si yo tuviese la misma edad en febrero que en el resto del año. Pero como explicarle al desprevenido interlocutor, que puedo tener veinte si he recibido una carta tuya, o 90 si cierro los ojos y no consigo verte.
Que tengo los años de la curiosidad cuando me bajo de un ómnibus en un nuevo lugar, los de la nostalgia diez o veinte veces al día, y los del verano si puedo mirarte a los ojos.
Difícil explicar a quienes miden el tiempo vivido, que ha habido años y años. Que algunos pasaron mas rápido que otros, y que a muchos recién los termino cumplir cuando ya hace rato que los tengo guardados.
Que últimamente fui un niño bañándome en el Amazonas, que me sentí tan viejo como la tierra en las entrañas del Cerro Rico, y que las callecitas de Cuzco me llevaron a la edad del primer amor.
Entonces, tal vez por la dificultad de explicar todo eso, o por el previsible rostro de incredulidad si intentara hacerlo; prefiero buscar dentro mío lo que queda de originalidad, y en una arriesgada muestra de inteligencia y desparpajo respondo…
- ¿Cuántos me dás?
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