Caminata a San Andrés (Iquitos)

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Ricardo Vírhuez Villafane Si viajas a Iquitos y crees que sólo te queda entregarte a las fauces no siempre generosas de los tours que te llevarán al interior de la selva donde...

 

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Capítulo 1

Caminata a San Andrés (Iquitos)

Iquitos, Perú — jueves, 29 de marzo de 2007

Ricardo Vírhuez Villafane

Si viajas a Iquitos y crees que sólo te queda entregarte a las fauces no siempre generosas de los tours que te llevarán al interior de la selva donde apreciarás los amables mosquitos y zancudos, el sol abrasador y las lluvias repentinas, y, si hay suerte, algún ave despistada, y si acaso te gusta caminar y sudar la gota gorda, pues tienes todavía una saludable alternativa: caminar hasta el caserío bora de San Andrés.

Primero debes llegar al simpático puerto de Bellavista-Nanay, donde se acercarán infinidad de motoristas con la oferta a San Andrés por 20, 30 o más soles, mediante un rápido deslizador vía aguas del Nanay, río Momón y acceso directo a San Andrés. La otra alternativa es interesante y exige fuerza de voluntad y curiosidad a prueba de balas: tomar un deslizador o, mejor, un pequepeque (para estar a tono con el ambiente, viajar sobre las aguas protegidos del sol por los techos de crisnejas y gastar solamente un sol o dos en el pasaje) hasta la comunidad de Padrecocha, a quince minutos de recorrido.

Padrecocha ya no es el vistoso caserío de casitas de madera y techos de hojas de palmeras, típica postal de los pueblos de la selva. Ahora el gobierno les ha dado créditos para construir cascos de material noble bajo el supuesto de la modernización, por lo que podemos admirar las fachadas de ladrillos y cemento que albergan a las familias de artesanos y ceramistas, quienes viven en el interior en sus construcciones de madera hasta que la costumbre les gane hacia el cemento. Hay hotelitos en Padrecocha, si algún romántico quiere pasar la noche allí admirando el inmenso paisaje de la selva donde el río Nanay ha abierto sus orillas para formar lagunetas a los pies del pueblo.

En Padrecocha podemos ver (y comprar a precios de regalo) los trabajos de los ceramistas que elaboran maceteros, alcancías, tinajas y ceniceros de arcilla mezclada con apacharama (esa ceniza que le da blandura y maleabilidad a la arcilla) y pintadados con tierras de colores y signos indígenas.

De Padrecocha partimos hacia San Andrés por un caminito que en un comienzo es una vereda de cemento y más adelante se vuelve de tierra. La caminata es excitante, bajo el sol abrasador (llevar gorros o sombreros) y una repentina ráfaga de viento o un golpe de sombra que nos convence de que la naturaleza es sabia. El camino está rodeado de árboles y arbustos de diferentes especies.

Los paucares y otras aves nos saludan al paso y las grandes mariposas de colores alegran a menudo el sudoroso paseo. No hay manera de perderse, porque cuando estamos cerca de nuestro destino nos reciben los golpes del manguaré que saludan a los visitantes. Allí, a un lado del camino, luego de media hora, o una hora si hemos descansado a nuestra regalada gana, está San Andrés. Mejor dicho, se encuentra la maloca donde nos aguardan semidesnudos y vestidos a la usanza tradicional los descendientes de los boras que fueron desplazados de Colombia al Perú por la explotación cauchera a comienzos de siglo.

Lo demás es sencillo. Los boras explican, cuentan su historia, saludan calurosamente. Y enseguida salen a danzar, cantando en conjunto, cogidos de los brazos y a saltos. Generalmente repiten la Danza de la Boa. Luego, en otro baile, sacan al ruedo a los visitantes, los contagian con sus propias risas; y si no los dejan agotados, por lo menos le trasmiten la alegría del baile colectivo.

Esta representación puede costar diez o más soles, según el número y la capacidad de regateo de los visitantes. Enseguida los boras nos muestran sus diversos objetos artesanales. Los venden a precio comodísimo y es fácil adquirir recuerdos inolvidables de nuestra visita a la selva y, si ya sintió el cansancio, de nuestra caminata. Bolsas de chambira, sombreros, largas pucunas, arcos y flechas, coronas con plumas coloridas, collares de semillas, simples pulseras con huairuros, en fin, un sinnúmero de objetos sencillos de adquirir y de llevar a casa.

El regreso puede ser gratificante si el calor y el cansancio aún no han hecho presa de nosotros. La vuelta a Padrecocha no parecería tan larga si pensamos en una gaseosa heladísima o una cerveza fría a nuestra llegada. Y para cerrar con broche de oro, a ojos cerrados, lanzarnos sin escrúpulos sobre las deliciosas aguas del Nanay, cuyas playas de blancas arenas nos invitan con su paisaje de ensueño.

La selva nos espera.


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