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Callecitas de Belén
Escribe: rvirhuez
Ricardo Vírhuez Villafane A menudo los turistas y viajeros que arriban a la calurosa capital loretana lo hacen con tours definidos, hoteles determinados con meses de anticipación...
Callecitas de Belén
Iquitos, Perú — miércoles, 28 de marzo de 2007
A menudo los turistas y viajeros que arriban a la calurosa capital loretana lo hacen con tours definidos, hoteles determinados con meses de anticipación y paseos en bonitos albergues al interior de la selva. Pero si tú eres de espíritu emprendedor y te gusta la aventura, puedes, al llegar a Iquitos, elegir tu propio itinerario. Además de la selva, hay muchos lugares en la ciudad (Bellavista, Moronacocha, la Casa de Fierro y el boulevar, Quistococha, etc.) que merecen visitarse. Uno de ellos es Belén, la Venecia pobre, el famoso barrio loretano donde se juntan todas las sangres y que ha inspirado infinidad de pinturas, canciones, poemas y narraciones entre los diversos artistas que recorrieron sus callecitas inundadas por las aguas del río Itaya.
El paseo puede comenzar por la céntrica calle Próspero, en la que se juntan todo tipo de tiendas comerciales, bancos, negocios artesanales y, en fin, lo mejor del comercio local. En sus últimas cuadras nos encontramos con el mercado de Belén, zona alta. Nos internamos en sus callecitas repletas de vendedores y compradores, y, a la altura de la Ramírez Hurtado, nos damos de lleno con las abarrotadas tienditas de los chinos, los descendientes de los primeros orientales que se aventuraron en la selva loretana.
Más adelante, en el pasaje Paquito, los olores y sabores de hierbas medicinales nos llenan la mirada: plantas para el amor, para curar y para adornar; bebidas alcohólicas y aromáticas (rompecalzón, saltapatrás, siete raíces, chuchuhuasi, pusangas), y una variedad inacabable de raíces, hojas, frutos y tallos leñosos para uso diverso, generalmente medicinal, mágico y religioso.
Descendemos por las amplias escalinatas mientras las vendedoras de motelos, paiche seco, carne de monte, suris y pescados nos colman con sus visiones novedosas, al igual que las expendedoras de mapachos, esos cigarros fuertes cuyos olores invaden rápidamente el ambiente y se usan también para curaciones y tomas de ayahuasca.
Al mirar el movimiento de la gente, las casas construidas al filo de la necesidad, no sorprende que Belén haya padecido varios incendios a lo largo de los años. Cuando llegamos a la zona baja de Belén el paisaje cambia por completo. Si padecemos los calores y las lluvias de marzo o abril, por ejemplo, no hallaremos calles sino grandes canales de agua por cuyas superficies las canoas se movilizan y llevan pasajeros de un lado a otro. Es la humilde Venecia peruana.
Las pistas son las aguas del crecido Itaya que ha obligado a los pobladores a vivir en los segundos pisos de las casas, acostumbrados a los caprichos del río y sus constantes e inevitables inundaciones. Las personas van al mercado, a clases, al trabajo, a donde les venga en gana, movilizándose tranquilamente sobre las frágiles canoas, cuyos remeros cobran un sol el pasaje y se equilibran perfectamente en su rápido paso por las aguas.
No podíamos dejar pasar semejante experiencia, de modo que nos embarcamos, a un precio especial. Pronto aparecen las casitas de madera, cuyos pilares se sumergen y penetran la tierra. La gente lleva una vida normal en las orillas. Incluso las pequeñas granjas de aves y porcinos ascendieron con sus dueños. Aquellas casitas de madera y techo de crisnejas, cuya luz ocre mate contrasta con el brillo solar de la tarde, nos invita a la fotografía.
De pronto, abandonamos las estrechas callecitas fluviales de Belén e ingresamos en el río. El Itaya se abre apacible y sobre sus aguas circulan las canoas, botes, pequepeques y lanchas repletas de pasajeros y de carga. Nuestra canoa avanza lentamente y nos regala con la belleza del paisaje: a lo lejos, Belén, e incluso Iquitos, se yergue entre la verde selva que la rodea y la cuida. Con suave intensidad sentimos entonces el olor del agua.
Podríamos salir hacia el Amazonas, pero volvemos sobre nuestros pasos. Nuevamente Belén nos recibe con sus callecitas estrechas, su mercado inacabable, sus casitas pobres y su gente bella y trabajadora. Allí se juntan quichuas y aguarunas, mestizos y chinos, comerciantes serranos y loretanos humildes. Belén es un mundo aparte.
Podemos ver a los niños con la panza inflada con parásitos y sentir que Belén tiene una belleza dolorosa. Pero también podemos observar la alegría de sus caritas solidarias, el rostro de nuestro viejo país esperanzado.
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Últimos comentarios
jgaray2000 dice:
También viví una experiencia alucinante en Belén... http://galileus.blogspot.com/2010/12/el-balsero-de-belen.html
Galileus.
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