Escribe: Divagante
En Hungría se pueden descubrir un sinfín de poblaciones, llanuras y paisajes, aldeas ricas en tradiciones, folklore y leyendas, donde se entremezclan la historia con el palpitar de un pueblo desbordante de alegría. La capital húngara se extiende a ambos lados del Danubio reclamando para sí una de las más espectaculares vistas panorámicas de toda Europa. Su reflejo sobre el Danubio, combinado con el brillo de las luces de Pest son un espectáculo sin parangón.
Hungría: culturas y destinos unidos por puentes (Parte I)
Hungría — miércoles, 6 de octubre de 2004
Historia
La actual región del Transdanubio coincide en términos generales con el territorio de la provincia romana de Panonia. Con la caída del Imperio Romano, los hunos comandados por Atila conquistaron la cuenca del Danubio. A finales del siglo IX llegaron las tribus húngaras, los magiares, y se instalaron en la Cuenca de los Cárpatos, desde donde hicieron diversas incursiones por Europa.
En el año 1000, István I fue coronado primer rey de Hungría. Este rey creó el estado feudal y convirtió a sus súbditos al cristianismo. Posteriormente fue canonizado como San Esteban rey de Hungría.
En el siglo XIII los tártaros invadieron el país. Tras su retirada, Béla IV recuperó el trono, reconstruyó Hungría y mandó edificar numerosos castillos, entre ellos el de Buda. En el XIV subió al trono Segismundo de Luxemburgo quien, a partir de 1410, fue también emperador romano-germánico.
Matías I, el mayor monarca renacentista centreuropeo, reinó de 1458 a 1490 e instauró una época de esplendor. Protegió e impulsó las artes, las letras y las ciencias y por su corte pasaron y dejaron su huella numerosas personalidades extranjeras. Creó un fuerte gobierno central con un ejército permanente, se hizo coronar rey de Checoslovaquia e invadió Viena.
Tras la victoria del sultán Solimán II, los turcos invadieron Hungría y su dominación duró hasta 1686. En ese año se reconquistó Buda y subió al trono la dinastía de los Habsburgo.
A lo largo de más de siglo y medio se sucedieron diversos intentos de independencia, pero fracasaron. En 1867 Hungría pasó a formar parte del imperio austro-húngaro. En este periodo nació Budapest -fruto de la unificación de Buda, Pest, Óbuda y la isla Margarita- y se construyeron numerosas e importantes obras que configuran gran parte del aspecto monumental de la ciudad.
Después de la revolución burguesa de 1918 y de una breve república, el país participó en la Primera Guerra Mundial y acabó perdiendo tres quintas partes de su territorio.
Durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes invadieron Hungría. En 1945 el ejército soviético entró en Budapest y, un año después, se proclamó la República Popular. En 1956 fracasó la rebelión antiestalinista y se abrió una etapa de represalias, ejecuciones y encarcelamientos que terminó en 1963 con la amnistía de gran parte de los presos políticos.
Bajo el largo gobierno de János Kádár se vivieron algunos periodos de crecimiento y una tímida apertura, el 'comunismo gulash', lo que llevó a los húngaros a definir humorísticamente al país como «el barracón más alegre del campo comunista». El estancamiento económico, el deterioro del nivel de vida y la presión social obligaron a Kádár a dejar el poder en 1988. Dos años después tuvieron lugar las primeras elecciones democráticas.
En la actualidad el país vive un proceso de consolidación de la democracia, de apertura al exterior y de desarrollo, a pesar de los problemas de empleo, los bajos salarios y el escaso poder adquisitivo de muchos húngaros. En ese panorama, el turismo empieza a desempeñar un papel importante, como motor de la reactivación económica y del paulatino acompasamiento a sus vecinos europeos.
Cultura
Hungría ha dado a la cultura universal destacados músicos, literatos e inventores. La música, concretamente, ha jugado siempre un factor fundamental, sirviendo, junto a la lengua, como vehículo de cohesión nacional a través de los siglos.
La música popular magiar se basa en escalas de cinco sonidos y tiene instrumentos propios como el gardon y el címbalo. A la par, se desarrollaron danzas folclóricas cuya tradición aún se mantiene viva.
Entre los siglos XIX y XX surgieron los más destacados compositores húngaros: Franz Lizst, también reputado pianista, y Bela Bártok. El primer tercio del siglo XX fue la época dorada de la opereta, que dio fama mundial a Ferenc Lehár, autor de "La viuda alegre". Más recientemente han surgido personalidades como el compositor de música de películas Miklós Rózsa (autor de las bandas sonoras de filmes tan conocidos como "Quo Vadis", "Ben-Hur", "El Cid o "El loco del pelo rojo"), los directores de orquesta Antel Doráti o György Salti y los cantantes Eva Marton o Andrea Rost, que demuestran la buena salud musical húngara.
El húngaro es una lengua que sólo está conectada con el finlandés, junto con la que forma la rama ugro-finesa. "Gesta Hungarorum" , del siglo XII es el primer texto que recoge la tradición oral magiar, si bien en latín. En el barroco florece el género epistolar.
Ya en el siglo XIX el húngaro se convierte en lengua oficial, y surge la literatura moderna, con figuras como el poeta Sándor Petofi, el dramaturgo Mihály Vorosmarty o la baronesa Emmuska Orczy, autora del famoso relato "La pimpinela escarlata".
En el siglo XX destacan Ferenc Molnar, el filósofo marxista Gyorgy Luckas, Sandor Marai. Arthur Koestler o George Tabori. En el 2002, Imre Kertesz se convirtió en el primer Nobel de Literatura húngaro.
Si hay algo que sorprenda al visitante extranjero acerca de la idiosincrasia húngara es su desmedido amor por los caballos. Mucha gente conserva y trata a estos cuadrúpedos como a uno más de la familia, mientras el sueño de muchos es poder adquirir uno. El equino ha estado muy unido al pueblo magiar desde que, a lomos de sus cabalgaduras, salieron de las estepas de Asia hacia Europa. Los regimientos de caballería húngara jugaron un importante papel en importantes guerras europeas desde la Edad Media.
Festividades
El programa de fiestas y acontecimientos de Hungría es muy amplio. Por todo el país hay una interesante programación de música, danza, teatro, circo y folclor de todas las épocas y estilos, generalmente en castillos, palacios y otros escenarios históricos. Además, juegos y festivales dedicados al mundo de los caballos y la hípica –una auténtica pasión en Hungría-, deportes y gastronomía. Esta es una selección orientativa:
En febrero tiene lugar el particular Carnaval o Busójárás en Mohács. Los 'busó', con máscaras de madera pintadas de colores, desfilan por las calles con matracs y cencerros. En medio del jolgorio general, el ataúd del invierno se quema en una gran hoguera y se baila hasta la madrugada.
Budapest acoge en febrero el Festival de Cine y en marzo festeja la llegada de la primavera con dos semanas de eventos culturales de todo tipo.
En abril Hollókó, Patrimonio de la Humanidad, acoge su Festival de Pascua. Toda la aldea viste el traje típico y revive antiguas tradiciones. Otra localidad, Szentendre, celebra el junio su romería de Pentecostés, donde el ambiente de las antiguas romerías es revivido a través de titiriteros, actores, músicos y bailarines.
El 20 de agosto se festeja San Esteban, primer rey húngaro.
Un buen baño, sin importar la estación
El termómetro rara vez alcanza los 0º, la nieve cubre hasta el último rincón, pero qué difícil es pasar frío en Budapest durante el invierno. Desde primerísima hora de la mañana, una docena de b-años termales te tientan con aguas a 40º, masajes y hedonismo en estado puro. Budapest ha sabido aprovechar numerosos manantiales desde tiempos de los romanos a través de sofisticados centros termales que hacen las delicias de los húngaros pero también de sus cada día más numerosos visitantes. Hay tantos y tan distintos que es aconsejable probar varios. El más famoso es el Gellert, en XI.Kelenhegyi ut.2-4. Construido en 1918 en estilo Art Nouveau, es el que todo el mundo conoce aunque no haya puesto los pies en Budapest, al haber servido como telón de fondo de aquellos envidiados hombres Danone. La piscina principal ha perdido cierto ambiente a causa de una exhaustiva restauración pero nadie se sentirá desilusionado al sumergirse en el ambiente saturado de los baños termales con sus azulejos multicolores.
Si se quiere un decorado versallesco, poder bañarse en el exterior a 40º aunque esté helando y echar una partida de ajedrez al mismo tiempo, hay que dirigirse al Széchenyi, en XIV. Allatkerty krt. 11. Pero si el cuerpo pide más sensualidad lo mejor es probar alguno de los baños turcos que dejaron los otomanos durante su periodo de ocupación, allá por el siglo XVI. El más espectacular es el Rudas, pero sólo se admiten hombres, aunque el último sábado de cada mes organiza una gran fiesta donde se permite la entrada a mujeres. El Kiraly, de 1565, sí admite mujeres, pero hay que desprenderse de todo tipo de pudor y remilgos antes de penetrar en las aguas de su piscina circular, cubierta por una inmensa cúpula con docenas de lucernarios que nos recuerda un cielo repleto de estrellas.
Siempre nos quedará Karoly . Karoly son unos auténticos baños turcos, originariamente construidos dentro del castillo desde donde gobernaban los turcos, con el objeto de que si Budapest era asediada los turcos pudieran continuar bañándose, algo mal visto por sus enemigos cristianos. Sus cúpulas nacen como hongos grises a los pies de la típica iglesia amarilla húngara. Como algo que no debiera estar allí, algo que vino de lejos y que ahora es uno de los secretos mejor guardados de Budapest.
O mejor dicho de Buda, a este lado del Danubio, en una calle lateral a la que se accede desde el río y su imponente vista del Parlamento, ese Parlamento que parece una catedral. Éstos no son unos baños turísticos, de modo que nadie habla una palabra de inglés. Es imprescindible, por tanto, tener un buen manejo de las manos para conseguir una entrada. En el patio encontraremos una antigua bañera de mosaicos que parece estar tirada en el claustro desde la caída del imperio romano, como probablemente es.
Grabados en bronce representando a guerreros turcos nos conducen a través de pasillos blancos poblados por matronas mucho más guapas que las de Gellert (estos húngaros se han guardado lo mejor para sí mismos) nos conducen hasta el Santa Sanctorum. Hoy es un día impar, un lunes, un miércoles o un viernes, y por tanto es el día de las mujeres, así que tenemos a dos beldades desnudas entre vapores sulfurosos bajo una cúpula de más de quinientos años. Aquí encontré las ancianas más bellas del mundo, bañándose en esta agua que huele como el infierno pero que puede llevarte al cielo.
Por los cristales de la cúpula se filtra un rayo de luz completamente sólido que golpea el agua. Es como bañarse en el interior de una catedral gótica, una catedral gótica llena de agua. Esa es la sensación. Karoly os hará sentir lo que debía ser rezar dentro del agua en el Medioevo. Tras tanto recogimiento estamos obligados a visitar los más alegres baños de Buda, allí donde ni los más osados turistas se aventuran: los Baños de Lukacs, cerca de las ruinas romanas de Acquinquum. Son los únicos mixtos de nuestro recorrido y en ellos comprenderemos porqué la mezcla de sexos está prohibida en los otros.
Se dice que son frecuentados por viejos o actores, lo cierto es que están abarrotados como un pub inglés diez minutos antes del cierre. Da la impresión por la algarabía reinante de que de los caños de bronce que surgen de las cabezas de león debe, en efecto, de brotar cerveza, pero brota agua maloliente, como en nuestro baño místico de Karoly. Sólo que aquí nada es recogimiento. La modestia exige el uso del bañador y se ven los más modernos y atrevidos modelos. No hay un solo extranjero y sí muchas chicas y chicos guapos, junto con sexagenarias maquilladas dentro del agua como prima donnas y musculosos que parecen escapados del circo. Al cabo de pocos minutos está claro que nadie viene aquí por la salud, sino por el ligue.
Aprovechando que el agua está de bote en bote, un chico rubio con un bañador a rayas acorrala a dos muchachas morenas que dan grititos, se fingen enfadadas pero al poco rato una de ellas mueve las piernas animadamente por encima de las del afortunado galán. Más divertidos son los baños turcos, tan llenos como un autobús en hora punta pero con el añadido de toneladas de vapor y de piropos. Para conocer la alegría de los húngaros hay que venir aquí. Es una taberna de agua. Por fuera, sin embargo, es el balneario de la Montaña Mágica.
Pero como no hablamos húngaro y, aunque seamos viajeros, somos también turistas, tenemos que visitar el otro gran baño famoso de Budapest, el preferido de las turistas francesas: el refinado complejo termal de Szechenyi. En un día de verano, con las fuentes con estatuas y agua caliente, los laberintos de canales termales, las fuentes de piedra, todo es como un jardín de Versalles poblado de figuras semidesnudas.
Aquí puede gozarse con un poco de tiempo de la verdadera dolce vita de Budapest. Sólo necesitamos un poco de astucia, para no desanimarnos ante los turistas japoneses que dominan la entrada bizantina. Los grupos organizados lo colonizan, pero sus guías sólo les dejan estar una hora. Mucho menos de lo que hace falta para gozar de los encantos de este jardín de agua. Szechenyi es más misterioso y apreciado en invierno, pero nada puede compararse a la dulzura de un día de verano ganado entre sus aguas.
Hungría alberga todo un tesoro en su subsuelo. De norte a sur, los manantiales medicinales salpican su geografía. Aguas a 65 grados de temperatura ricas en calcio y azufre capaces de curar o aliviar dolores de espalda, enfermedades cutáneas y dolencias musculares y respiratorias. Todo un filón para este país centroeuropeo, camino de alzarse como uno de los principales destinos del turismo de salud junto a Islandia, Japón o Alemania. Y es que los magiares saben bien las virtudes terapéuticas de estas aguas, que llevan usando desde hace siglos y hacia las que quieren atraer a la tercera edad proponiéndoles agradables estancias en cuidados y completos balnearios, en medio de los bellos parajes de los Cárpatos, donde aliviar los inevitables achaques de la edad.
Para darse todos los gustos
Después de probar las delicias de un baño se recomienda seguir relajándose en un café o kávéháza. Como con los centros termales, los hay de todo tipo. En plan decadente, lujoso y acompañado de riquísimos pasteles de chocolate, Gerbeaud, en V.Vörösmarty Ter 7, es el mejor sitio desde 1858. Aunque la mayor selección de dulces la tiene Ruszwurm, en I.Szentharomsag u.7, que lleva abierto desde 1827 y es aún más coqueto. En plan intelectual hay varias opciones. El clásico de toda la vida es el Central, V. Karoly Mihaly u.9, recientemente renovado; y en plan menos formal está Eckermann, en VI.Andrassy ut. 24, frecuentado por estudiantes. La gente más joven prefiere en cambio frecuentar los cafés de Ter(plaza)-Liszt Ferenc, frente a la academia de música dedicada a este compositor. Allí es fácil encontrarse con algunos de los españoles que viven en la capital húngara para perfeccionar su dominio del piano. Son la mejor fuente de información para saber qué se puede hacer por la noche. Suelen ir a la ópera, que no es demasiado cara. La calidad y variedad de conciertos resulta abrumadora y quien prefiera jazz u otros ritmos, tampoco se sentirá decepcionado.
No es ninguna casualidad que Budapest sea la ciudad de Liszt, Bartok o Kodaly, de quienes se puede visitar sus respectivos museos. En la capital húngara se respira música. La mayor oferta se produce durante el Festival de Primavera (16 de marzo-1 de abril), aunque todo el año hay una marcha permanente donde se fusionan ritmos contemporáneos, música clásica y folclores zíngaro y transilvano.
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