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A través de Ecuador y sus verdes inimaginables

Escribe: julioprado
Entrar a Ecuador por Rumichaca, desde la vecina Colombia, es todo un espectáculo de verdes que se imprimen en la retina y por un momento confunden al cerebro al intentar descifrar aquel paisaje que penetra en ese rincón especial de la perplejidad, al no diferenciar si se trata de un gran mural colgado en las paredes del universo o es realmente auténtica naturaleza que vive y respira en esas latitudes celestiales tan acertadamente llamadas "el centro del mundo".

 

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Camino del sur

Huaquillas, Ecuador — martes, 27 de enero de 2009

Después de un reparador descanso en un modesto hotel del centro de la capital ecuatoriana, muy temprano salí a recorrer nuevamente los sitios más importantes de la ciudad (dos veces es mejor que una) y ya cerca del mediodía pude sentarme a la  mesa de un pequeño restaurante, para saborear un enorme plato de arroz con camarones, que sirvió de desayuno-almuerzo, y así seguí disfrutando de las bellezas quiteñas, con sol y lluvia, hasta que llegadas las  8 de la noche partí del terminal de pasajeros rumbo a Huaquillas, la ciudad fronteriza con Perú, en un autobús de Expresos Panamericana Internacional.

Tres horas después llegamos a Santo Domingo, donde nos detuvimos media hora para cenar, y luego seguir por la zigzagueante Carretera Central, en la que las curvas se suceden una a otra, por lo que el vehículo parece más bien una carreta tirada por caballos, en la que dormir es casi imposible. Cerca de la medianoche, con una persistente lluvia que dificultaba la visibilidad de la vía, cruzamos la población de Quevedo, que viéndola en la húmeda oscuridad y con algunas luces titilando entre las finas gotas, se parece a las historias del popular escritor satírico madrileño del que lleva su epónimo y en aquel momento, tan lejos de los míos y en medio de la oscuridad invernal, me sentía como el “Buscón Don Pablos”.
“...Consideraba yo que iba a la Corte, adonde nadie me conocía -que era la cosa que más me consolaba- y que había de valerme por mi habilidad allí...”.

A las cinco de la mañana nos encontramos con que el puente sobre el río Jubones había desaparecido por efecto de las torrenciales lluvias y se encontraba unos cincuenta metros río abajo. Esperamos a que amaneciera y el chofer nos “invitó” a bajar de la unidad para que cruzáramos caminando, mientras el ayudante salía a buscar un lugar por el que el autobús pudiera vadear el río. Todos los pasajeros, con los zapatos en la mano y el pantalón o el vestido arremangado (según el caso),
intentábamos llegar a la otra orilla, al tiempo que el diligente joven convertido en guía, se fue delante de la pesada unidad clavando un palo a cada paso sobre el lecho del río, para trazar así una vía fluvial, que era seguida por varios automovilistas que se atrevían a enfrentar sus máquinas rodantes al caudal del río.

Después del contratiempo y con las ropas empapadas, abordamos de nuevo el autobús y a los pocos minutos entramos a  
Machala, en donde uno se encuentra con increíbles viviendas, algunas de dos niveles, construidas completamente de gruesas cañas de bambú, entre las que se cuela el viento de la sierra, creando una armónica sinfonía en las paredes del silencio matutino.

En las calles se apreciaban los rigores de las lluvias, que las habían convertido en un inmenso lodazal, por lo que el chofer, conocedor de la destartalada carretera, circulaba con cautela, a mínima velocidad, porque los huecos permanecían ocultos bajo la capa de barro y en cualquier momento alguna de las llantas podría caer en uno de los cráteres y producirse un pinchazo o incluso la rotura de alguna pieza de la punta del eje. No sucedió ningún percance, pero los pasajeros íbamos de pie (por lo que pudiera pasar) y apiñados en el pasillo para poder estar preparados ante cualquier contingencia.

Cuando salimos de esta población, el sol se asomaba tímidamente por entre los cúmulos del alba, y el chofer se detuvo unos cinco minutos, durante los cuales constató que no había ninguna anormalidad en el autobús y continuamos el viaje para llegar a Santa Rosa una hora después, y a continuación tuvimos que detenernos en el control militar, donde los hombres de verde ordenaban a todos los pasajeros a bajarse del autobús, identificarse y abrir el equipaje.

Después de casi una hora de preguntas y respuestas entre militares y "turistas", los típicos cacheos y alguna sorpresa desagradable, continuamos nuestro recorrido para llegar a Arenillas y a continuación Huaquillas, el punto de 
destino antes de cruzar la frontera para adentarranos en la inmesidad desértica de Perú.

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Últimos comentarios

Alexandra1980 dice:
Gracias por conocer mi país.
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entropia2002 dice:
Acabo de regrear de Ecuador .Una experiencia inolvidable. Deseo con toda mi alma regresar. Vilcabamba y Montañita alucinantes.
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hernanPerez dice:
Yo también acabo de volver de Ecuador..es un pais impresionante y económico.Quito,Riobamba,Baños,Cuenca,Loja,Vilcabamba y sus playas..Canoas,Manabi y atacames,Esmeraldas entre otras.Como comentario coincido que los micros interprovinciales son de terror pero te llevan y son supereconómicos
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terunga dice:
Saludos, lindo el relato de tu visita en mi país, q gusto q hayas pasado por aqui...
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