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El altiplano, la Sudamérica del color
Escribe: Alcione2
Por fin encontré un título para este diario de viajes; ahora iré publicando capítulo tras capítulo aquí. Recorro el altiplano conociendo su cultura, sus costumbres, su historia; la vida de las gentes del lugar, y todo lo trato de graficar con palabras e imágenes que espero compartir para distracción de los lectores y utilidad de quienes quieran viajar a estos lugares en el futuro.
Al Santuario de la Compañía
Huancayo, Perú — domingo, 27 de marzo de 2011
Como les decía, fue un poco sorpresivo el hecho de tener que ir a Lima, por lo tanto no averigüé casi nada de la ciudad, no tenía nada planificado, ni siquiera llevaba un buen mapa, nada; además la ciudad es inmensa y los sectores turísticos y de transporte están a grandes distancias unos de otros, estoy hablando de distancias de una hora de viaje en micro más o menos, para que se den una idea. El mapa que conseguí en la oficina de turismo sólo sirve para el centro, que es una pequeña parte comparado con todo lo que necesita saber el turista, y además estaba en alemán. Para colmo, la tarde que conseguí el mapa me propuse llegar al Museo de la Nación. Sabía que quedaba lejos pero no sabía como llegar, así que tuve que preguntar; después de subir a la micro, pasaba el tiempo y no llegaba nunca, se demoró como una hora; me dirigí al museo y cuando entré recordé que era lunes… estaba cerrado.
Intenté volver al centro con otra micro y por otra parte. De esta forma no sería totalmente tiempo perdido, así aprovecharía de conocer la ciudad; efectivamente, en ese plano estuvo bien, el tema es que no sé que partes conocí. Lo único que he podido deducir es que no fue el barrio de Miraflores; la micro circuló por amplias avenidas, extensos y arreglados parques, edificaciones modernas, y aún más restos de palacios neocoloniales; esa amplitud, esos arreglos florales de los parques los vi por todas partes en Lima. Tiene un lado bueno llegar a una ciudad sin saber nada de ella, uno se sorprende por todo, todo le llama la atención, yo miraba para todos lados, me contorneaba en la micro, me faltaron otros cuatro ojos por lo menos. Pero en definitiva, sumando y restando, no aconsejo llegar a una ciudad de las dimensiones de Lima sin saber nada de ella, sin haber planificado nada.
El otro problema es el tráfico de la urbe. Después de transitar por esas zonas, ni bien se acercó al centro empezaron los atochamientos; en vez de una hora, para la vuelta se demoró dos, y eso que insisto, las avenidas son amplias. En Lima “la hora del taco” comienza a las 11 de la mañana y termina a las 11 de la noche. Lo digo por que vi atochamientos en todo ese rango horario. Entre el viaje de ida y el de vuelta, comencé a pensar que iba a perder toda la tarde; por suerte me bajé de la micro y me puse a caminar, así llegué más rápido a la Plaza de Armas.
Dentro de la Catedral se encuentra la tumba de Francisco Pizarro, el campesino analfabeto que lideró a una banda de salvajes que, irónicamente, decía invadir el territorio de los incas para “enseñar la civilización al mundo” y la religión del Dios verdadero, pero que por su comportamiento demostraron desconocer tanto lo uno como lo otro; en la Catedral han construido, en un costado del edificio, toda una sala monumental para su tumba.
Al fondo de la sala, una pintura cubre casi toda la pared; muestra a Pizarro indicando a un grupo de hombres desnudos que se subían a un bote con un barco de fondo; abajo está el escudo de su familia, y a los costados, paneles explicativos de las lesiones que se encontraron al examinar modernamente su cadáver, un poco para arrojar luz sobre la última y violenta escena de su vida: tenía cortes penetrantes en la cabeza, garganta, cuello, tórax, vientre, brazo derecho y mano izquierda; otro panel explica el análisis general de su masa ósea: consumía poca carne, los últimos años de su vida le costaba caminar, tenía artrosis en un hombro y no tuvo muchas lesiones en las batallas que afrontó, casi todas fueron de su asesinato a manos de los vengadores de Diego de Almagro.
Algo que me llamó la atención son los rastros de inflamación en los talones, síntoma de que caminó mucho buscando oro, pero como nunca era suficiente, caminó incontables kilómetros para encontrar más y más oro. Recuerdo que a lo largo de todo este viaje que estoy relatando, constantemente se me venía a la cabeza la letra de la canción “El Dorado” de Iron Maiden; a propósito, para los que no saben, no es una leyenda, de verdad hubo gente que dedicó toda su vida a buscar una ciudad llena de oro, y siempre terminaron mal. La letra de la canción es una metáfora perfecta de la crisis económica actual, pero utiliza como comparación aquella locura que significó hace 500 años la búsqueda de El Dorado, porque en ambos casos la ambición condujo al desastre. Me siento orgulloso de haber crecido escuchando a ese grupo, no soy capaz de imaginar nada que vaya más de acuerdo con migo, todo es lo mejor, el ritmo, la melodía y las letras. No me faltaron momentos para acordarme de esa canción: cuando supe porqué había gente arriesgando sus vidas en las minas de Potosí, cuando observaba los grandes edificios de vidrio de La Paz, símbolo de la ambición y la vanidad en la que está basado el modelo económico, frente a las casitas mal construidas de las poblaciones; cuando veía una gran cantidad de oro en los museos, una inmensa cantidad que no esperaba encontrar; cuando me percataba de que la ambición desatada de las agencias de turismo en Cusco pueden terminar haciendo fracasar o disminuyendo las visitas, y cuando estuve a punto de viajar a los lugares por donde se anduvo buscando El Dorado, cada vez me recordaba la letra de la canción y de sus lecciones. Quien escuche puras tonterías no disfrutará tanto los viajes.
La sala también tiene un pequeño homenaje a los 13 que siguieron a Pizarro en su búsqueda de oro y riquezas; hay más paneles explicando su vida, una adornada reja sirve de puerta y el techo semeja una gran flor. Al costado derecho hay un importante bloque de mármol sobre el cual descansa un león; a los pies del bloque, unas damas rezan y están muy tristes porque saben que sus oraciones van a fracasar; a través de un vidrio, se puede ver una tumba de madera. Allí descansan, por fin, libres de la tortura de esa vida, los restos de un cuerpo, una mente y un alma que no tuvieron vida propia porque fueron solamente un objeto, un mero juguete gobernado y tiranizado por una inmensa ambición.
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A la salida de la sala me encontré con una joven antropóloga de Cusco, que tiene gran interés por la vida religiosa, pero parece que no se decide a volver a Imperial con las monjas de la congregación Franciscana; cuando supo que era de Temuco notó la tremenda casualidad y lo chico que es el mundo, recorrimos el resto de la iglesia mientras contaba todo lo que extraña Chile, y las sopaipillas más que todo. Se sufre mucho en el extranjero por no poder comer el pan chileno y las sopaipillas.
Abajo, en un subsuelo, quedan los restos de lo que seguramente fue un cementerio. En la época colonial no existían los cementerios municipales, así que la gente tomaba por camposanto los sectores que rodeaban las iglesias. Allí continúan enterrados muchos de los que fueron Arzobispos de la ciudad, como Jerónimo de Loaiza, el primero de ellos, al que le tocó vivir en los convulsionados primeros tiempos de la conquista, y que con toda ingenuidad trató de convencer a los españoles de tomar en serio eso de “enseñar la civilización”. En la misma sala hay varios arzobispos más, y también un osario con calaveras que no han sido identificadas, y al frente, pequeñas tumbas para quienes morían en la infancia.
De vuelta al primer piso ya me encomendó un regalo para que se lo vaya a dejar a Imperial a una monjita amiga y nos despedimos, puesto que ella tenía que volver al Cusco.
Cerca de la Plaza de Armas pude encontrar una feria de libros usados que me salvó bastante, porque, como les decía en el correo anterior, el mercado del libro está muy de capa caída en el Altiplano debido a la gran cantidad de fotocopias que abaratan los costos y vuelven muy difícil la compraventa de libros usados. Pero allí, sobre la calle Amazonas, estaba el “Paraíso del Libro”, como dice en la entrada, un galpón de casi trescientos metros de largo con decenas de puestos donde se podía encontrar de todo, además de las susodichas fotocopias. Buscaba principalmente libros sobre la Guerra del Pacífico, más que satisfacer la curiosidad por lo peruano, pero casi todos los que vendían me decían “ah… la guerra con Chile…”, porque sucede que la conocen más con ese nombre que con el otro. Lamentablemente no hay tanta bibliografía sobre el tema disponible por lo menos en las ferias, puestos y librerías que visité.
Los libreros se parecen a los libreros chilenos o bolivianos, no tienen la amplia cultura de los argentinos. Nadie conocía a Will Durant por ejemplo. Prácticamente lo único que saben de la guerra es que perdieron. Mientras avanzaba por los puestos, cada cierto número, había un espacio que me permitía acercarme a la reja que protegía la feria, y atrás de ella aparecía, del otro lado del río Rímac, una imagen surrealista de casitas multicolores y cuadradas trepando por la ladera de una montaña.
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Al final me fui satisfecho con todo lo que había comprado, 10 libros por 25 dólares más o menos, pero no estaba contento con el día que había tenido, sobre todo por esas horas que pasé arriba del transporte público a la tarde. Por eso decidí, ese mismo día, en esa misma noche, aprovechar para dirigirme al destino que inevitablemente me había traído hasta Lima.
Volver al hostal sí sabía, pero de ahí en adelante nada más. No sabía donde tomar el bus interprovincial, así que empecé a preguntar en la misma feria. Todos me decían que ya era demasiado tarde, que no fuera solo, que queda lejos y que queda en un lugar muy peligroso. Me enviaban a una tal Terminal Yerbateros, ubicada en una zona marginal, el nombre ya es intimidante, porque uno se imagina brujos y todo eso; de todas formas me fui a bañar, a cambiar de ropa y a disponerme a viajar toda una noche.
Un tipo que estaba controlando las líneas de micros en la Avenida Arica me mandó a una Terminal de muy mal aspecto, y ya eran cerca de las 10 de la noche, y para colmo de ahí no salían buses para donde yo iba, así que en la avenida más cercana al lugar estuve preguntando si alguno iba para Yerbateros pero nada. No me quedó otra que tomar un taxi, algo que me habían insistido que no hiciera porque es muy peligroso, dicen que te llevan para algún lugar descampado y te roban todo. Estuve mirando a los taxistas que pasaban, uno de ellos estaba completamente encerrado por una reja dentro del lugar para el chofer, parecía prisionero, pensé que ese no me iba a poder asaltar aunque quisiera, y me subí. El tipo parece que ni se dio cuenta que era turista extranjero, y eso que fuimos conversando. Quedaba lejos, porque después de media hora de viaje entre, otra vez, avenidas amplias y parques bien cuidados, llegué a la Terminal Yerbateros, que no tenía nada que ver con lo que me habían dicho, no me pareció marginal, si no muy moderna, y el barrio que la rodea también. Allí conseguí boletos para Huancayo, otra parada en la peregrinación al Santuario. Los buses eran todos modernos, la empresa se llamaba Shalom y su eslogan era “la empresa que te bendice”. Otra vez partía hacia el altiplano, 8 horas de viaje, las subidas en zig-zag, el frío, todo eso que aunque sea por esta vez no tuve que pasar, por que dormí como bebito hasta el otro día.
Huancayo estaba al revés de Lima: nublado, con frío, lluvia y a 3.300 metros de altura. Ahí desayuné sopa, arroz con huevo y café, por que todos los locales que están cerca del lugar donde estaciona la empresa ofrecen por desayuno un almuerzo, y la gente se empina eso a la mañana, eran como las 7 y media y ya se están embutiendo pollos y cazuelas. Después tuve que buscar una combi que me llevara a mi destino final: La Concepción, un pueblito casi mítico para todos los chilenos que les guste la historia. Fueron 30 horas de viaje agotador, 22 hasta lima y 8 a Huancayo, pero no importa, lo volvería a hacer.
Aunque al principio no lo creía, La Concepción está a 500 kilómetros de Cusco pero no hay carreteras que vayan directo, sería muy costoso hacerlas entre tanta cordillera, así que inevitablemente hay que pasar por Lima y desde ahí tomar otro bus y retroceder hacia el centro del país; pregunté a mucha gente y todos respondían lo mismo, no me quedaba otra, las 30 horas de viaje son la única forma de llegar hasta ahí. La Concepción queda en la segunda cadena montañosa del altiplano, la de al medio, en la que ocurrieron la mayoría de los combates de la Sierra Central durante la Guerra del Pacífico.
Desde Huancayo hay media hora de viaje entre cerros y altos valles sembrados, siguiendo la corriente del río Mantaro, en una combi que te deja justo en la Plaza del pueblo. Allí está la Iglesia histórica, que debiera tener un lugar reservado en los recuerdos de todos los chilenos; después de tres años de combates, los soldados chilenos debieron subir a la sierra, al altiplano, para terminar con los últimos focos de resistencia peruana, caminando todo el día, sufriendo hambre, cansancio, sed, tifus y otras enfermedades; si es molesto viajar en bus por esas zonas ya me imagino como debería ser caminando, pasando por lugares donde la única forma de atravesar una cordillera es trepar hasta los 6.000 metros de altura. Y como si fuera poco, atacados intermitente y sorpresivamente por las montoneras locales. Así, una columna, la Cuarta Compañía del 6to. Batallón Chacabuco, llegó hasta el pueblo de La Concepción. Los 77 miembros de la unidad fueron rodeados por 300 soldados y 1.000 montoneros peruanos. Aún estando en esa desventaja abismal, no se rindieron y combatieron durante dos días; todos prefirieron morir antes que rendirse.
El ejemplo de esos soldados es un antídoto perfecto contra el cinismo, esa es la causa final por la que viajé hasta La Concepción. Un ejemplo contra todos los cínicos que niegan las cualidades humanas, la capacidad de entregarse a cambio de nada, de morir por cumplir con el deber, de saber que se puede vivir entendiendo que hay cosas superiores a los deseos individuales. Un ejemplo que contradice el cinismo de los que creen que el ser humano es pecador por naturaleza, que no puede hacer nada bueno sin que lo manche con su pecado y su maldad, y que lo único que lo puede salvar es un milagro que venga de arriba, contradice esa forma de pensar que tanto daño ha causado, y la contradice porque los soldados estaban fuera de sí, en medio de la batalla no tenían ni tiempo para pensar en lo que convenía o no hacer, se abandonaron por una pendiente sin pensar hasta las últimas consecuencias. Y por cómo se dieron las circunstancias, de yapa, sirve para contradecir una de las tantas manifestaciones de ese cinismo: la de creer que en las guerras las oligarquías utilizan a los pobres como carne de cañón.
Porque el grupo de soldados chilenos estaba liderado por el teniente Ignacio Carrera Pinto, nieto del héroe de la independencia José Miguel Carrera; junto a él se encontraba Julio Montt Salamanca, subteniente, sobrino del ex - presidente Manuel Montt, y ambos eran jóvenes miembros de la aristocracia que llevaban una vida acomodada, tenían toda una vida de comodidades por delante y que sin embargo se rompieron las botas caminando y se arriesgaron como cualquier hijo de vecino, sin que nadie los obligara a hacerlo.
La Iglesia del pueblo ahora está restaurada, ha sido pintada de celeste claro, y su techo que antes era de paja ahora es de madera. Es muy sencilla, acorde con el pueblito que es pequeño a pesar de ser capital provincial; sobresalen las dos torres, el campanario y la imagen de la Inmaculada Concepción que está en la parte alta.
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Al lado hay un edificio de baja altura, pintado del mismo color, que se utiliza como oficina de la iglesia. Entré a preguntar si acaso quedaba alguna parte de la época de la batalla, pero la secretaria me dijo que no. Está construido en uno de los espacios principales del combate. Allí los soldados chilenos establecieron su cuartel; al saber que pronto serían atacados, rodeados y que lo más probable es que moriría, desde allí organizaron la resistencia.
Si desde frente a la iglesia uno mira al Cerro del León que está detrás, no se nota lo grande que es. Es avasallador, desde ahí comenzaron a descolgarse los soldados y montoneros peruanos que sitiarían a los chilenos. Julio Montt, de 21 años, a pesar de estar incapacitado por su enfermedad, exigió que le dieran un puesto donde combatir, así que lo mandaron a los muros del patio trasero a vigilar y dirigir las operaciones en ese sector; el muro que está ahora parece bastante viejo, pero no creo que sea el mismo, porque hacia el final del combate quedó lleno de forados.
Al ver los peruanos que los chilenos sólo eran 77 soldados, les ofrecieron la rendición y respetarles las vidas: Ignacio Carrera respondió negativamente; habló de sus antepasados y de Chile, pero eran puras abstracciones, imágenes, ideas que tenía en su mente, no era la realidad, pero no importa, por que él y todos los que lo siguieron ya no estaban en la realidad, estaban como abstraídos, abandonados de sí mismo, en el aire, como entes, como ángeles; entonces, a las 2 y media de la tarde, cuando el pueblo ya estaba evacuado, comenzó el ataque, los enfrentamientos en la calle, el cuartel que rápidamente se llenó de heridos, que eran atendidos por las tres mujeres, una de ellas embarazada, y otros soldados que eran poco más que unos niños; allí, en la que ahora es la oficina de la iglesia, los oficiales daban las órdenes, pensaban la estrategia, por eso quise entrar, aunque sólo sea para estar en el mismo lugar de los hechos, sin poder ver nada todavía de los restos de aquel día de 1882.
En la noche de aquel día el combate continuaba y se les hizo el infierno, la estrategia peruana era incendiar el techo de paja para obligarlos a salir; los techos comenzaron a arder y a incendiar tanto la iglesia como el cuartel; en ese momento trataron de hacer una salida; desde algún lugar la madre embarazada recibió un disparo y cayó muerta sobre el niño que acababa de dar a luz; A Dolores, otra mujer, madre de un niño que daba vueltas aterrado por el lugar, se le ocurrió entonces entrar por un forado de la pared de la Iglesia para pasar allí y tener más espacio para continuar resistiendo.
La Iglesia conserva una parte de la pared de aquella época; dentro de toda la remodelación, esa parte quedó expuesta, como recordatorio. A los costados el templo tiene altares para varios santos, es todo bien sencillo; en el altar principal hay una bandera peruana y cuando fui había unas velas prendidas. Me dirigí a la parte donde se conserva expuesta la estructura de los días de la batalla y puse una mano sobre esa pared, mientras le sacaba una foto; en un segundo se me pasó por la mente todo el sufrimiento y el heroísmo del combate. La voy a ampliar, enmarcar y colgar en el living de mi casa. Es la foto que más valoro de todo el viaje.
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Al lado izquierdo de la iglesia se encuentra un monumento a los héroes de La Concepción, aunque no queda claro a si es a los héroes peruanos o a los chilenos. A un costado, otro monumento no deja lugar a dudas: recuerda las salidas del cuartel que hacían los soldados chilenos, salidas en las que muchos sabían que iban a encontrar la muerte. El monumento es conmovedor porque capta el momento heroico, la decisión mantenida hasta el final. Aparecen dos soldados chilenos saliendo, encontrándose obviamente rodeados de inmediato por 4 uniformados peruanos que los esperan y los atacan con armas de fuego. Es un monumento al heroísmo chileno en pleno Perú.
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Salazar, comandante de los montoneros, lideró un asalto nocturno al cuartel chileno, en el que muchos de los que iban adelante no llevaban armas de fuego y ninguna protección. Esa noche nacieron centenares de héroes peruanos, que también son recordados por la comunidad actualmente. Fueron rechazados hasta la plaza por una de esas salidas chilenas, en la que cayó muerto Ignacio Carrera Pinto cuando volvía al cuartel.
Al otro día continuaba la lucha. Al final, tal como recuerdo haber leído en mi infancia, sólo quedaron cuatro soldados chilenos, cuatro contra 900; se les pidió rendición pero tampoco lo aceptaron. Luis Cruz Martínez, “cabo tachuela”, fue el último en resistir junto a otros cuatro que continuaban en la iglesia; le llevaron una niña con la que se había encariñado para ver si lo convencía de rendirse; él había respondido que si el teniente Carrera no se rindió, él “no tenía ninguna razón” para rendirse; no hubo caso, el último asalto ocurrió a las 8 y media, en la batahola una mujer mayor que vivía en el pueblo se acercó a los combatientes arriesgando su vida para pedirle a Cruz Martinez que se rindiera, recibiendo como respuesta un “váyase a su casa señora!” “por favor no se exponga!”.
Cuando no les quedaron más balas, se arrojaron bayoneta en mano contra la multitud de soldados que llenaban la plaza y murieron acribillados, aunque para la gente que es así no creo que exista un final.
Al lado del monumento le pedí a una familia que me sacara unas fotos; ahí nos pusimos a conversar, y me enteré que todos los años, los 9 y 10 de Julio, se conmemora en el pueblo esta victoria contra los invasores chilenos; cuando les dije que era de Chile, la señora me dijo “ja!, aquí quemaron a los chilenos”, éste fue el único caso en todo el viaje en que noté una reacción negativa al saber mi nacionalidad. Si, le dije yo, los quemaron porque no se rindieron. Un poco enojada me dice “aquí no quieren ver a los chilenos” – “yo tampoco me pienso rendir” contestó el energúmeno. Entonces se quedó pensando un rato, probablemente nunca se había detenido a pensar en el hecho de que a pesar de la inferioridad numérica los tuvieron que matar a todos porque no se rendían; mientras tanto, el marido, que tuvo una actitud muy amable, se quedó conversando con migo, me tomó una foto y después, ante la insistencia de la niña, se tomaron una foto ellos también:
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Les expliqué como veíamos nosotros al combate de La Concepción, que para los chilenos los 77 soldados eran héroes, que el teniente aparece en el billete más usado por la población; a mí me llamó mucho la atención que ellos festejaran una victoria de 1.300 contra 77, si es así, desde mi punto de vista no hay mucho que festejar, pero ellos dijeron que se festeja el hecho de que impidieron la invasión a su provincia.
Después la misma señora que estaba media enojada me dio amablemente las indicaciones para subir a un cerro desde donde se ve todo el pueblo y el valle del río Mantaro. El marido se rió cuando me tuvo que dar la mano para despedirse.
Así que desde la iglesia, a unas pocas cuadras está el camino que sube al cerro, de a poco se ven los techos de las casas bajas de la población, casi todas con tejas rojas, no hay ningún edificio que sobresalga del resto, ni siquiera la Iglesia. Como la subida no la construyeron los Incas, los escalones están pensados para personas normales. En este cerro se han preocupado de hacer paradas techadas para que uno pueda descansar. Al costado se encuentran ejemplares de distintos tipos de ánforas de la Sierra Central del Perú, destacando una que tiene una forma de campana invertida. Pensando en las clases, traté de buscar la foto que graficara el primer ataque que sufrieron los héroes refugiados en el cuartel, una foto que mostrara al mismo tiempo el Cerro del León y la Iglesia, para que se vea de una sola vez la gran diferencia entre las dos fuerzas. Los peruanos bajaron a lo largo de cientos de metros por la pendiente del cerro y rodearon el cuartel chileno. En esa foto la iglesia y el cuartel apenas se ven, y la ciudad de Huancayo se observa al fondo.
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Desde arriba me pareció que la ciudad era toda una especie de Santuario, un Altar frente al que fue sacrificado lo mejor de los hombres y mujeres de América. Después bajé y busqué cerca de la plaza algún lugar para tomar algo. En uno de los kioscos la señora que atendía también se puso a conversarme, no sé bien cómo pudo darse cuenta de que soy extranjero, por que creo que por la apariencia sería muy difícil enterarse. Ella me habló sobre todo de la época del terrorismo. En esta zona del Altiplano, llamada Sierra Central o “la Breña”, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, aliados con bandas de narcotraficantes, casi produce una guerra civil, y varias personas con las que hablé todavía recuerdan esa época. Han contribuido tanto a desprestigiar el socialismo, que a veces pienso si acaso no habrán sido un grupo armado por la derecha, pero en tal caso tendrían que ser excelentes actores. Su táctica consistía en manchar los más altos ideales realizando atentados terroristas, secuestros, extorsiones, torturas y mantener a la población aterrorizada. Todo eso se veía en este pequeño pueblo de La Concepción hasta hace poco más de 10 años. La población vivía en el terror, según me contaron, tanto por las acciones del Movimiento como por la respuesta de la Policía, que no tardó en comenzar a torturar inocentes creyendo que podrían sacar información sobre el paradero o los nombres de los terroristas. La situación duró desde mediados de los 80 hasta que el grupo fue prácticamente desarticulado al morir sus líderes en la toma de la Embajada de Japón en 1997. Sin embargo, se sabe que aún intenta reagruparse y continuar con sus acciones.
La señora me contó que su local, el mismo donde me encontraba tomando un refresco, fue víctima indirecta de un atentado contra un coche bomba que estaba estacionado enfrente. Fue un domingo y estaba cerrado, pero la cortina de hierro quedó destrozada y la tuvo que quitar. Me mostró como quedó el hierro por el cual bajaba la cortina, entonces me percaté de que estaba todo torcido. Nadie lo ha querido arreglar.
También me comentó que había un excelente museo, con restos de cuerpos, armas, ropa y pertrechos de la batalla de La Concepción y del resto de la campaña en el pueblito de Pucará, escenario de una de las batallas. Así que le pregunté cómo llegar.
Además me dijo que el domingo más cercano al 9 y 10 de Julio, se realiza una representación multitudinaria de las batallas de Marcavalle y Pucará, que ese pueblito se llenaba de gente todos los años en esa fecha para participar de la representación, que es la fiesta principal del calendario en esta zona.
Así que, interesado por el museo, pensé en dirigirme hasta Pucará. Antes, fui a conocer las bocacalles, las esquinas de la plaza que está frente a la iglesia; les tomé fotografías, porque allí ocho hombres se apostaron y atrincheraron en cada esquina para luchar contra cientos. Después fui al cementerio y traté de averiguar si había algo que recordara los enfrentamientos; era la hora del almuerzo y la administración estaba cerrada, pero no el lugar; preguntado llegué hasta la oficina; a ese edificio municipal se entra por un restaurant, arriba me atendieron y me dieron las indicaciones de cómo reconocer y llegar a la tumba donde se encuentran los restos de soldados chilenos y peruanos sin identificar.
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Después volví a Huancayo para tomar desde ahí otra combi para ir a Pucará. Este pueblito queda como a una hora, pero está a más altura que La Concepción, metido entre montañas. Es muy chico, no sé si llega a los mil habitantes. Pero está en un lugar excepcional para la estrategia militar, porque desde aquí, seguramente a más de 4.000 metros, se puede ver todo el valle del río Mantaro. Por eso, Andrés Avelino Cáceres, estratega peruano que había estudiado en Francia y que lideraba la resistencia a la invasión chilena lo escogió para establecer su casa y su cuartel general. Como no tenía idea donde estaba el museo, entré al que me pareció un edificio público, que resultó ser la Municipalidad. Ahí me presenté a una secretaria, dije de donde venía, y pregunté por el museo. Mala suerte, el museo estaba en la casa de Cáceres, a pocas cuadras, pero la estaban refaccionando y actualmente no se podía entrar. Entonces conversamos, me habló sobre el acontecimiento que cada año tiene lugar en la comarca, cuando las poblaciones vecinas se reúnen y conmemoran los triunfos peruanos en Marcavalle y Pucará.
Comenzaba a entender que para la gente del Altiplano Central la Guerra del Pacífico es una victoria de la población común contra el ejército chileno, así lo viven ellos, y como me dijo la secretaria, esa victoria es parte de la identidad de la cultura local. Todos los años la recuerdan, y no con una ceremonia estatal y lejana, si no la población es la que se organiza para hacerlo. Es más importante que la fiesta de la independencia. Es un tema cotidiano, está en la memoria de las gentes del lugar. Y como me di cuenta de que era parte de la identidad, nada sacaba con hablarle de Huamachuco, una batalla decisiva para terminar con el ejército de Cáceres, puesto que cuando le pregunté si desde aquí también se había planificado esa batalla la noté que se molestó un poco, y ni hablar de la batalla de Arequipa, que significó el fin de la resistencia en el Altiplano. Para ellos esas son cosas lejanas, igual que las victorias chilenas en el sur y en la costa, son como si hubieran ocurrido en otro país. Lo que les importa es que el enemigo no pudo ocupar su provincia.
Me mostró un DVD que habían editado recientemente con imágenes en video de las celebraciones del 9 y 10 de Julio, me lo quiso entregar de regalo pero después se acordó que no era de ella, si no de la municipalidad. Se quedó pensando como hacerlo. Me dijo que mejor me lo vendía, pero ahí había otro problema, el precio, porque el DVD no trae un precio, y además, ¿qué iba a poner en la boleta?. ¿A cuanto se lo vendo?, le preguntó a una asistente, que no quería tomar parte del asunto. Además yo le dije que cuando lo pasara en la sala de clases no iba a cobrar entrada. Entonces me dijo que mejor le sacara una copia, el problema era a dónde. En eso se acordó del alcalde que justo estaba en la puerta de la municipalidad. Mientras esperaba que terminara de hablar con un vecino, me puse a conversar con un niño para ver si sabía algo de las batallas, y sabía todo, los lugares, las fechas, todo. Ahí hablé con alcalde, le conté lo lejos que queda mi ciudad, él tampoco supo que hacer, y dijo que lo decidiera la secretaria, y que en la gobernación de Huancayo habían montones, tenían para regalar. De vuelta en la oficina, le conté la respuesta, y todo esto por un DVD, cuánta escrupulosidad, así que me dijo que mejor cuando volviera a Huancayo pasara por la gobernación, y en el 4to piso pidiera o comprara uno.
Antes le dijo a la asistente que me llevara a la casa de Cáceres, así por lo menos tenía una foto desde afuera.
La casa del héroe peruano está en una esquina; el balcón esquinero hizo seguramente las veces de mirador del valle; “ahí se asomaba a pensar”, me dijo la improvisada guía turística. La casa está bastante vieja y obviamente necesitaba una remodelación, por que salvo la pintura, todo lo demás estaba igual que en la época de las batallas. Las ventanas ya están a punto de caerse. Adentro está todo demacrado, tiene pinta de museo, pero de museo de sitio.
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Recuerdo que la asistente saludó a absolutamente todas las personas con las que se cruzó en el camino. Llevan una vida muy tranquila y todos se conocen con todos. Le comentaba eso cuando me dijo que “ahora”, por que antes, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru les hizo la vida imposible; hubo atentados en el pueblo, y la gente también vivía con miedo.
Después fui a sacar fotos al mirador del valle, que queda en una especie de centro del pueblito, la única parte llana que vi. Desde allí se nota el pobre río Mantaro, antiguamente caudaloso y ahora apenas un río estrecho. Cerca está la pintoresca iglesia roja y amarilla, y el monumento a Cáceres.
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Después volví a Huancayo, ciudad por la que pasaba ya por tercera vez en el día. Me sorprendió encontrar a tal altura, entre esos campos y montañas que había visto casi deshabitadas, una ciudad mucho más grande que Temuco, de 350.000 habitantes, muy moderna, donde los semáforos no eran un adorno, bien ornamentada y con muchos profesionales caminando de aquí para allá. E igual que en todo el altiplano, con los puestos callejeros que son parte fundamental del estilo de vida altiplánico.
Capital del Departamento de Junín, es conocida por su historia de valentía guerrera: los huancas, el pueblo originario local, fueron conquistados por los incas, y durante el dominio de los cusqueños siempre estuvieron rebelándose; en esta zona, “huanca” es un adjetivo muy usado, como sinónimo de valiente. También la urbe es conocida por recibir de José de San Martín el apodo de “ciudad incontrastable”, por la valentía de los soldados que participaron en la independencia. Pero lo que más a contribuido a su fama nacional la ha conseguido por ser la cuna de las populares “papas a la huancaína”, quizá el plato más conocido de la cocina peruana.
Allí tenía que buscar el edificio de la Gobernación del departamento de Junín. Aproveché de pasear y sacar fotos a esta ciudad tan particular, en la que las vías del tren tienen gran protagonismo y le dan un toque distintivo, puesto que ese medio de transporte a desaparecido de casi todo el altiplano; pero aquí, por lo menos en los 9 meses en que no llueve tanto, funciona y trae mucho turismo en sus vagones. Alrededor de la vía, en la Avenida del Ferrocarril, se arremolinan los mercados. Por la calle Ica se ubican una serie de puestos verdes, un verdadero restaurant al aire libre muy curioso. En el Google Earth casi no hay fotografías de esta parte céntrica de la ciudad, aunque por el tamaño que tiene es probable que haya otros centros en otras partes. La plaza donde está la Iglesia de María Inmaculada está llena de vida, es casi imposible sacar una foto más o menos ordenada, hay que esperar varios minutos.
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El centro cívico, donde están los edificios públicos, es bastante raro por su gran puesto de información turística y la enorme antena que está al lado de la “municipalidad provincial”; la Avenida Real tiene los edificios públicos como en Temuco y los semáforos como en Nueva York.
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Entrar a la Gobernación es como entrar a la Intendencia en Temuco. El edificio, por dentro, tiene el mismo espíritu burocrático, exactamente el mismo. El ascensor me pareció un clon. Los funcionarios que subieron comentaron cosas parecidas, y privilegian el gris igual que sus colegas de 4.000 kilómetros al sur. Tuve que ir hasta la oficina donde organizan las escenificaciones de las Batallas de Marcavalle y Pucará, que tanta gente atrae y tanto entusiasmo provoca, y hablar con la encargada. La oficina tiene muebles parecidos, computadores parecidos, carpetas parecidas, tono de luz idéntico, era como estar en la Intendencia.
Cuando me presenté a la encargada, ella me empezó a hacer un pequeño cuestionario antes de ver si me entregaba el material o no. Primero me preguntó cómo se enseñaba la guerra del Pacífico en Chile, yo le dije que no había una forma fija, si no que dependía de cada profesor, y por eso estaba yo en esa oficina, para mejorar mis explicaciones; entonces me preguntó cómo la enseñaba yo, y le respondí que la guerra empezó por una provocación de Bolivia y que, eso sí, el castigo a ese país había sido desproporcionado. Después discutimos cuando hablamos de las acciones en el Altiplano, para ella los chilenos eran invasores, para mí también pero eso no les quitaba ni un pedacito de heroísmo; a ella tampoco se le podía nombrar Huamachuco y Arequipa, la victoria y la expulsión de los invasores está tan fusionada con su identidad que al escuchar esos nombres que recuerdan la victoria final chilena, respondió que habían sucedido antes de Marcavalle y Pucará.
Pero lo importante fue que llegamos a una conclusión común: que todo el episodio de la guerra en el Altiplano central sirve para educar; para, como ella dijo, “enseñar una forma de comportamiento, seguir el ejemplo de los antepasados, mantener el espíritu de sacrificio”; le hice ver que entonces al final hacíamos lo mismo, ella organizando la recreación y yo haciendo clases, y que estaría contento de mostrar que en Perú también hubo gente que pensaba que había cosas más importantes que los deseos personales.
Pasada esta dura prueba, con gusto abrió el cajón y sacó el DVD. Sólo me pidió que dejara mi nombre y mi nacionalidad anotado en una lista. Me dijo que había ido a Arica a presentar el DVD el año pasado y que le gustaría ir al colegio donde trabajo.
Cuando volvía para Lima al atardecer me pasaba algo parecido a la vez que retornaba de Cienfuegos en Cuba: estaba contento por haber obtenido un material original imposible de conseguir de otra manera, pero además toda esa gira por los lugares históricos de ese día me parecía un poco irreal, porque demasiada gente me había querido ayudar igual que cuando andaba buscando el reactor nuclear en Cienfuegos; otra vez los muchos se habían ofrecido para contestar mis dudas, para ayudar, para conversar, y la excursión había salido mucho mejor de lo pensado, así que retornaba con una alegría parecida a la del año anterior, aunque nadie había llegado al extremo de invitarme a comer o pedirme que volviera a la ciudad a dormir a su casa como en la Ciudad Nuclear cubana.
Tuve que atravesar toda la ciudad hasta llegar a un Terminal grande, moderno y vacío, porque a esa hora se estaría llegando a Lima en plena madrugada. Costó bastante que se llenara un bus. Desde ahí, todo continuó tranquilo, como se hizo de noche había que cenar, así que nos bajamos en La Oroya cuando ya eran casi las nueve, a comer en un lugar donde vendían seco de cordero y rana frita. Hasta ahí íbamos bien.
Como les decía en un correo anterior, ni en Bolivia ni en Perú, nunca vi que un bus afuera a 130 kilómetros por hora como en Chile, ni que se sobrepasaran mutuamente a esa velocidad; en el caso de la empresa en la que iba de Huancayo a Lima, que se llama “Yola” y todos le dicen “Yolita”, se llegó al extremo de la precaución cuando el asistente se dirigió a los pasajeros en un memorable discurso, diciendo que esa empresa era segura, preferían llegar tarde antes de arriesgarse, que no querían quejas por las demoras y que si alguien estaba apurado, “que se baje y tome un taxi”.
Todo iba bien, yo prefiero empresas así. Pero al ir cruzando la tercera cordillera, la última antes de bajar a Lima, un derrumbe de nieve nos impidió continuar y todo el tráfico entre la Capital y las ciudades de la Sierra Central quedó interrumpido. No sabíamos ni siquiera que pasaba, sólo estábamos metidos en un atochamiento inconmensurable de autos, buses y camiones. Informarse implicaba caminar kilómetros y kilómetros. Es una carretera con mucho tráfico. Al principio se corrió la voz, finalmente equivocada, de que había volcado un camión. No teníamos idea de cuando íbamos a poder seguir, no había ningún tipo de comunicación, la temperatura bajó bastante, y en esa incógnita, así tuvimos que pasar la noche. Yo no me angustié, simplemente tendría que agregar un día a mis vacaciones.
Al otro día nos dimos cuenta de que casi nos habíamos quedado en la cumbre de las montañas. Todo alrededor, sólo había nieve, y hay que recordar que estábamos en pleno verano. Por lo tanto, ya que no veía montañas a nuestro alrededor que estuvieran más altas que las que estábamos en ese momento, calculo que habremos estado a 5000 metros de altura o más. Recordé que cerca de ahí, en el mismo tren que va a Huancayo, al cruzar esta cordillera se encuentra el paso ferroviario más alto del mundo. Hay muchos que se adjudican ese título, pero científicamente ése es el más alto. Es el verdadero tren a las nubes.
Yo estaba loco de alegría, ¡por fin conocía la nieve! La podía tocar con mis manos, y todo se veía blanco y plomo por todos lados, prácticamente el único paisaje que me falta ver en este viaje.
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El único problema, que no me inquietaba tanto por que a diferencia de todo el resto del bus yo estaba de vacaciones, es que en estas situaciones, en Perú, no se sabe cuándo uno va a poder salir de ahí. El asunto podía extenderse por días. Alguien comentó que no se podía hacer nada, salvo esperar que la nieve se derrita, yo al principio creí que era broma, pero después pensé que tenía cierta lógica, era muy difícil deshacer el atochamiento como para que pasaran grúas o algo así, de tal forma no nos quedaba otra que esperar. Pasaban las horas, la música, de todos los estilos populares de Perú, los vendedores ambulantes que subían a vendernos lo último que les quedaba por que al parecer estábamos al medio de la enorme fila.
Hasta que como a la 1 de la tarde del otro día se empezó a mover un poco el bus, y como a las tres el atochamiento se transformó en caravana. La noticia apareció en todos los diarios.
http://www.generaccion.com/noticia/94216/nuevamente-nevada-restringe-transito-carretera-central
http://gestion.pe/impresa/noticia/hasta-cuando-falta-prevision/2011-02-24/29254
Lamentablemente, esas trampitas de las empresas que les comentaba en el correo anterior, relacionadas con el hecho de que para que los pasajeros compren el boleto más caro cortan el agua y hacen que el baño sea insoportable en los buses de pasaje barato, se cobraron una víctima en el atochamiento, un niño tuvo que salir a hacer sus necesidades afuera y no soportó el cambio de temperatura, al menos eso supimos arriba, aunque los medios lo contaron de esta forma:
http://correoperu.pe/correo/nota.php?txtEdi_id=8&txtSecci_parent=0&txtSecci_id=16&txtNota_id=562555
En el bus de nosotros no hacía frío, al contrario, teníamos que abrir un poco las ventanas. Había adolescentes que estaban sufriendo lo indecible con el apunamiento. Al final todo se solucionó después de casi 24 horas, por fin empezamos a bajar de esas alturas, de a poco el tránsito se normalizó mientras aparecía una laguna de leche;
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Una vez ya más en el llano, uno se demora poco más de dos horas en llegar a Lima, pero antes hay que pasar por una larga conurbación que da la sensación de no terminar de entrar a la capital en horas, pero en realidad, buena parte de la conurbación que parece empezar en Chosica, a 30 kilómetros del centro, sólo existe en los alrededores de la ruta. Entrando pude ver eslóganes de candidatos al congreso de este tipo:
“Pena de muerte a los violadores”
“No al aborto”
Y más quejas contra los productos chinos.
Rápidamente fui al hostal, me bañé y continué conociendo Lima. Esta vez iría al Parque de la Reserva de Agua, algo muy original. Por casualidad escogí irme por la Avenida Grau, una calle donde se ubican los comandos centrales de Keiko Fujimori y Alejandro Toledo, y como ya era de noche, habían reuniones y gente saliendo y entrando. Adentro del comando de Keiko aparece un personaje que no existe en su campaña, su padre; en el Hall de entrada (se ve desde afuera, no entré) hay una imagen de Alberto Fujimori, el ex – “presidente” que ha sido juzgado y encontrado culpable por varios tipos de corrupción, numerosos crímenes, secuestros, usurpación de funciones, abuso de autoridad, incitación al allanamiento, etc. Lo curioso es que junto a la imagen hay una frase que dice “volverá a ser presidente”, para lo cual habría que retorcer, estrujar o finalmente romper la ley que lo ha condenado, o esperar que viva hasta después de los 94 años y aún conserve facultades. Quizá entonces ya no pueda hacer tanto daño como en su primera y segunda magistraturas.
El comando de Toledo estaba rodeado de gente bien, probablemente los que se han beneficiado con el despegue económico que se vivió bajo su gobierno. En la misma avenida, y por una curiosa casualidad, circulan y se muestran al público muchas mujeres que en realidad no lo son. Confundirse en esta avenida puede ser muy dramático.
Hasta la Reserva de Agua cada dos o tres cuadras hay un parque o jardines bien arreglados. Esto distingue a Lima, la gran cantidad y el cuidado con el que son mantenidos los espacios verdes.
El espectáculo es un gran atractivo turístico. Consiste en mezclar luces de colores con fuentes de agua y a veces, música. La entrada es barata, está al alcance de cualquier bolsillo peruano, por eso está lleno de gente, sobre todo en la noche, ya que en esas horas se puede apreciar mejor el juego de luces. En todas las ciudades peruanas que visité, he encontrado fuentes especiales, no sólo por su belleza, su distinción, si no además, por que en la noche las iluminan y se ven aún mejor. Creo que subí una foto unos correos atrás, donde estaba la fuente de agua de la Plaza San Francisco en Cusco. Así que es una tradición de los peruanos, que encuentra en este “Parque de la Reserva” su máxima expresión.
El parque es bastante grande, calculo unas 8 o 9 hectáreas. Lo primero es la Fuente del Arco Iris, ahí uno se da cuenta de lo que le espera en el recorrido; es una fuente de agua con forma de arco iris, y aunque tiene sólo tres colores, de todas formas se ve bien.
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Después se pasa por un túnel que da cuenta de toda la obra que realizó el ex – alcalde Luis Castañeda, actual candidato presidencial. No sé que porcentaje de todo el presupuesto se habrá gastado en transformar feas plazas y sitios eriazos en bellos parques públicos, pero debió ser bastante grande. Me pregunto si no habrá otras necesidades. Pero lo cierto es que son decenas de obras públicas; actualmente ese túnel es la mejor propaganda para su candidatura, pero lástima que sólo lo vean los limeños.
Al otro lado del túnel está la estatua a Sucre y la mayor parte de las atracciones. Hay fuentes de todas formas y colores, y alguna blanca para variar un poco. Los árboles también están adornados para la ocasión, con luces como si fuera navidad. Se encuentra otro túnel, esta vez formado por agua, por donde la gente pasa y se moja; después hay otras piscinas de casi cincuenta metros de largo.
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El atractivo principal es la llamada “Fuente Mágica”, de unos 30 o 40 metros, que prácticamente es un televisor gigante. A los saltos de agua los atraviesan rayos de luz, que van describiendo figuras geométricas, juegos de círculos y corazones, mientras los chorros parecen fuegos artificiales. Estrellas de David y de otras formas se pasean a lo largo de los treinta metros de agua y luz.
http://www.youtube.com/watch?v=ENW__VCgWuo
Después hace su aparición una bailarina gigante de flamenco, vestida de blanco, que da vueltas y más vueltas, como si fuera una holografía. Pronto se le suma otro bailarín. El show en esta fuente termina a lo grande, cuando a las formas geométricas bailan al son de la música clásica.
El paseo continúa por varias fuentes más, uno puede estar más de dos horas metido aquí sin dejar de impresionarse. No sé como, con lo poco que busqué información, pude dar con este lugar.
Hay fuentes que desafían al transeúnte a que pase sin ser mojado, en realidad eso es difícil de lograr. Otras fuentes, las más difíciles, simplemente sirven para jugar bajo el agua.
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Otras más semejan castillos, mezquitas, piscinas donde se podría haber bañado Trajano, y al final de este sector está la fuente mágica, que te traslada, por la arquitectura que la rodea, a los tiempos del Imperio Romano. En el sector de la entrada se combinan árboles con luces y agua, jardineados de tal forma que adoptan la figura de elefantes que sirven el té, y por último, una pirámide perfecta de agua que cambia de colores cada cierto tiempo.
Me volví por la Avenida Arequipa, cruzando el Parque Cervantes, el Parque Washington, y quien sabe cuántos parques más. En una esquina pude ver un atochamiento de vehículos, gente que atestaba la calle; escuché los gritos de los que anuncian los recorridos de las micros, a un tipo que salía de una línea de transporte público y, entre el gentío, te invitaba pasar, haciendo todo tipo de muecas y algunos gestos de gentileza del siglo XIX; las multitudes comiendo en la calle, cruzar las avenidas esquivando vehículos que no pueden avanzar, gente que va de un lado a otro con mochilas, cuadernos bajo el brazo, vestidos algunos de traje y corbata, con las cosas de sus trabajos entre manos. Pero no es la hora peak, no son las 6 de la tarde, son las once y media de la noche.
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Últimos comentarios
anilou dice:
interesante tu relato por la sierra central.
los buses son solo urinarios porque el sistema de quimicos no es para otros desechos.... aún en los servicios cruzero suite o bus cama que son los más caros.
Publicado
Alcione2 dice:
No, en ese bus no se podía usar ni siquiera como urinario.
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