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Vietnam. Desde la delirante y mágica Hanoi hasta las milenarias etnias del norte
Escribe: ArielRC
La capital de Vietnam fue el comienzo de un viaje por el sudeste asiático que incluyó a Tailandia y Camboya. Una aventura urbana jamás vivida en una ciudad tan delirante como mágica. Desde la belleza de Halong Bay hasta las montañas del norte donde viven las etnias milenarias nos introducimos en una cultura que cambia con la globalización. La intención de este diario es reflejar las costumbres de un pueblo fascinante.
Una mágica locura llamada Hanoi
Hanoi, Vietnam — viernes, 27 de mayo de 2011
Allí mismo, en este viejo aeropuerto que sirvió como base de operaciones aéreas de Vietnam durante la guerra con Estados Unidos, tomamos un taxi para ir hacia el centro de Hanoi. Nuestro primer contacto directo con un vietnamita fue Hong, el taxista, un arquitecto jubilado de unos 63 años y con un conocimiento casi perfecto del español. Es que a comienzos de los 70 y en plena guerra por este lado del mundo, Hong realizaba su carrera universitaria en Cuba. Como muchos de sus compatriotas en esos tiempos, las relaciones entre países comunistas pro-soviéticos eran lógicamente intensas. No superaba el metro 65 de altura, su aguda voz se distinguía sólo entre nosotros claro está.
Al salir del aeropuerto ya se ven dos características bien vietnamitas, por un lado, la de siempre, los arrozales en cada metro de tierra, a medida que avanzamos y nos acercamos a la gran ciudad las grandes extensiones del verde terreno plano van dejando lugar a la urbanidad, sin embargo, si hay terreno, hay arrozal, aunque sea en un baldío entre casa y casa. Si hay algo que los vietnamitas no desaprovechan son las bondades de la tierra. Por otro lado, el sello de hoy, obras en sus rutas que se van transformando en modernas autopistas, polvo, mucho polvo, señal de un país que desde los últimos diez años está en construcción permanente.
Al costado del camino, los campesinos, la mayoría de ellos mujeres, metidos casi hasta a las rodillas en el agua que cubre el arrozal, con sus infaltables sombreros de paja, cuyo nombre es Non La, aunque el día este bastante plomizo. Esta foto, esa imagen que tantas veces vimos será una constante del viaje y jamás perderemos la capacidad de asombrarnos cuando está frente a nosotros.
Seguimos avanzando, Hanoi está más cerca y las motos lo certifican, primero son decenas, después centenas y a los pocos kilómetros, miles. Sí, miles, de un lado, del otro, de aquí para allá, de allá para aquí, del este al oeste, del sur al norte, del norte al sur, del oeste al este y la brújula enloquece. La mirada no alcanza, la mente no comprende y si todas tuviesen GPS no hay satélite que aguante. Estoy convencido que las leyes de la física en este país no son las mismas o quizás estén regidas por una fuerza sobrenatural que las equilibra, sino es imposible que no caigan como fichas de dominó desordenadas. Y ahí van solitarios, en pareja o en familia, con enormes canastos, por ejemplo, repletos de animales vivos. O cargados de todo aquello que puedan imaginar, esquivando algunos autos o peatones que se lanzan a cruzar la calle, a dar los que parecen ser los últimos pasos en el mundo de los seres vivos. Pero no, cruzan, llegan a la otra vereda y se convierten en sobrevivientes urbanos. Por un instante mi cabeza se detiene ante tanta vorágine y me pregunto. ¿Cómo tengo que hacer para sobrevivir? Inmediatamente me contesto: Lo hago día a día cuando transito en mi país, Argentina, en la ciudad dónde vivo, Buenos Aires. Sólo es una cuestión de instinto; pero el cómo siguió rondando en mi cabeza.
“Señores, bienvenidos a Hanoi” disparó Hong con una enorme sonrisa y un tono que en otra circunstancia nos hubiese dolido a los oídos, pero en esta sonó a bella melodía, no es el caso del ruido de los motores que apenas superan los 50 cm cúbicos pero que se multiplican por millones, aunque con el correr de los días íbamos a ir incorporándolo.
Llegamos a un hotel en pleno centro de la capital pasado el mediodía, está ubicado en un cruce de calles y una diagonal que forman una quinta esquina, el video juego humano-motorizado está en su máximo nivel de complejidad, cada vez más apasionante y eso que todavía no salimos a caminar.
Dejamos las valijas y mochilas, cargamos cámaras y el momento de lo inevitable, de lo esperado, llegó. Salir a caminar por Hanoi. Sin exagerar, una de las máximas aventuras que he vivido en mucho tiempo. Por esa cuestión de un mal occidental llamado ansiedad me olvidé de preguntar el cómo, no sabía si existía pero me imaginaba que alguna técnica tenía que haber. Hicimos el primer paso y el segundo, y al tercero ya tuvimos que esquivar unas cinco motos estacionadas en la vereda que obstruían el camino, esto implicaba bajar a la calle para pasar. La adrenalina empezaba a correr, como nosotros para retomar la vereda. En ese instante me dí cuenta del primer detalle, nadie, absolutamente nadie acelera el paso para cruzar. Lo que hay que hacer es encarar despacio y no detenerse, tampoco volver hacia atrás aunque veas que una moto, o mejor dicho varias, vengan en tu dirección y allí encomendarte al destino o a lo que te haga bien. Son los motociclistas los encargados de esquivarte.
Apenas cruzamos nos encontramos con que se hacía muy difícil subir al cordón, las calles están invadidas por un sinfín de cosas, entre ellas puestos de comidas con sus cocinas, ollas y sartenes, las infaltables sillas de plástico que apenas superan los 30 cm de altura con las mesas apenas algo más altas y la gente, mucha gente comiendo en esos emprendimientos gastronómicos familiares que en algunos casos funcionan las 24 horas y emplean por lo menos a 20 personas. Todo se origina en la casa, en el patio lavan las verduras y por otro lado la vajilla en grandes fuentones. Ocupan unos 50 metros de la cuadra y hasta la vereda de enfrente colocando exhibidores y la cocina al vista de todos. Variedad de sopas, carne de búfalo, pollo, cerdo, mucha verdura. Todo acompañado por hierbas y especias dónde predomina en lemon grass o hierba limón. Picante, todo bien picante, por lo menos para aquellos que no estamos acostumbrados. El arroz infaltable, como los palitos. En medio de esta escenografía bien real, los olores se entremezclan y terminan de ubicarte tu posición en el mundo. Comer en la calle es parte de la cultura vietnamita y vale la pena hacerlo si el lugar te impresiona bien.
Si no son puestos callejeros de comida, son vendedores ambulantes o peluqueros que colocan un sillón frente a una columna de alumbrado donde cuelgan el espejo. O los locales comerciales con la exhibición de sus productos, estos están divididos por rubros y por zonas. Indumentaria, anteojos, calzado, valijas o maletas, dulces, carnes, frutas, verduras, peces de los más extraños, cascos de motos y lo que se venga a la cabeza está ahí, en plena calle. Cada casa es un negocio, que nunca supera los 4 metros de ancho, pero si tiene unos cuantos de profundidad. Entro a uno y pregunto por un pantalón outdoor de marca que vale sólo 20 dólares, copia fiel tal vez. Pido por el probador y me indica el camino. No lo encuentro. Le vuelvo a preguntar y me dice en inglés, here. Estoy en el living de la estrecha vivienda, entre la mesa ratona y la repisa decorada por un buda y las estatuas de la Libertad y Eiffel junto a las fotos familiares. A mi lado, un señor europeo en bóxer a cuadros probándose un pantalón similar y al fondo la escena se completa con el resto de la familia comiendo una sopa frente al televisor que pasaba a los interminables Tom y Jerry en Cartoon Network. Ah, me olvidaba, el pantalón que llevaba puesto lo dejé encima de un frasco que contenía una cobra en formol, en ese memorable instante de mi vida le repetí a mi mujer y mis amigos el bienvenidos a Hanoi de Hong. Y vaya si fuimos bienvenidos en un país donde la gran mayoría de la gente sonríe todo el tiempo y jamás se niega a una foto
A cada instante situaciones como estas se presentan, sólo es cuestión de entrar en la magia de una ciudad que en pocos años perderá parte de esta esencia. Por supuesto que también están las visitas imperdibles como el Templo de la Literatura, dónde cruzamos a bellísimas mujeres vietnamitas vestidas de fiesta para su graduación. Los lagos Hoa Kiem o Trúc Bach, dónde cayó el avión del ex candidato republicano norteamericano John MacCain, el templo Ngoc Son, el mausoleo de Ho Chi Minh, las marionetas en el agua, el museo de etnología y de guerra entre otras cosas. De estos lugares siempre habrá información, pero la esencia de una ciudad irá cambiando, como la vida misma y quise retratar este momento.
El tren hacia el norte del país nos espera, la salida está marcada para las 21:30 y marchamos hacía la estación dónde empezará otra parte de esta historia.
“Ella estaba entre tantas, los vestidos a rayas multicolores horizontales confundían, pero ella estaba ahí. En ese momento no me daba cuenta por qué no era una más, mi mirada occidental unificaba sus rostros como siempre, pero ella empezaba a distinguirse. Atrás la bruma impedía aún ver las montañas. El frío intimidaba. Sapa y sus etnias así nos recibían”
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Últimos comentarios
aldeas dice:
Me ha encantado tu relato!!!! gracias por compartirlo!!!!!
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