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Vietnam: De Hanoi a Hué. El tren del infierno
Escribe: Silesius
No habíamos comprado los billetes de primera clase, así que dijimos, qué narices vamos al ataque!!! y nos dispusimos tan tranquilamente con todos los vietnamitas! y lo que leeréis a continuación es la pesadilla maravillosa que vivimos.
El tren
Hanoi, Vietnam — martes, 28 de julio de 2009
Autor: Silesius
No quedaban billetes de primera clase y decidimos dejar de ser turistas para convertirnos en viajeros aunque no sabíamos que para ganarnos ese término o título se tendría que sudar, y mucho.
Esperaba un diploma similar al que dicen que dan en forma de pendiente o tatuaje al cruzar el estrecho de Magallanes cuando pusimos el pie en Hué. Pero ni la más remota de las historias ni pasajes surrealistas de Boris Vian, podrían haber imaginado semejantes horas de infierno en el tren desde Hanoi.
Llegamos a la estación hacia las seis y media después de que cayera uno de los diarios diluvios universales a los que ya nos tenían bien habituados e incluso acostumbrados el amigo Vietnam. No entendíamos hacia qué vía teníamos que dirigirnos y nuestro inglés era tan bueno como el suyo, con lo que las manos y los gestos y expresiones de cara universales, como poner ojos en blanco o el dedo pulgar arriba o abajo, nos permitieron llegar a localizar el tren, o al menos, eso parecía.
Al entrar en el vagón nos dimos cuenta de que éramos los únicos occidentales; los demás eran vietnamitas, sonrientes la mayor parte de ellos, aunque sí que es cierto que alguno que otro nos miraba con una desconfianza que para nada habíamos generado; al menos, todavía. Pero como iba diciendo, la gran mayoría sonreía. Me sigo preguntando por qué se reían si ya sabían a lo que se iban a someter.
Después de sortear maletas, paquetes y alguna que otra gallina rancia, encontramos nuestros asientos y la primera sorpresa fue descubrir que las medidas eran para una especie de pigmeos de alguna isla perdida del tipo documental de La 2, a las tres y cuarenta y cinco, justo después de Saber y Ganar. Sí sí, aquellos de voz inerte pausada y monótona que te invitan a que te duermas. Pues bien, al sentarnos comprobamos, desdicha suerte, nuestra más cruel sospecha: cabíamos, físicamente hablando, pero definitivamente no cabíamos, humanamente hablando. Rápidamente me vino a la cabeza los derechos del hombre aprobados hace ya algunos años en alguna ciudad que no recuerdo, porque estaba convencido de que algo en algún sitio se tenía que haber aprobado porque, básicamente, no me podía sentar, de ninguna de las maneras y estaba seguro de que eso era inhumano.
Por qué no nos bajamos del tren antes de empezar el viaje, quizás se pregunta el avispado lector, pues no lo sé, será porque soy estúpido y no me he dado cuenta o será porque quería ser viajero y no turista.
Al sentarnos, al menos intentarlo, nos clavamos en la rabadilla un palo. Ese palo nos dio bien al inicio, durante y hasta el último segundo del viaje pero no corramos que hay más.
Les había hablado del calor que hacía. No, ¿verdad? Bueno pues imagínense Sevilla a las cuatro de la tarde en verano más la humedad de Miami, multiplicado por algún logaritmo neperiano al infinito y súmenle un par de universos con sus estrellas y sus meteoritos e incluso así no se llegarían hacer una mínima idea de aquella imborrable sensación de baño absoluto. Un baño asqueroso. El sentirse un marrano, mejor dicho un gorrino, era obligatorio. Me sentía que me derretía y la camiseta Nike amarilla con la marca gigante verde se confundía con mi piel y barriga que en vez de desaparecer se hacía mayor por no parar de comer galletas Oreos y patatas Pringles durante los veinte días que llevábamos de viaje.
Todavía no se había puesto en marcha el tren, y casi se nos caen las lagrimas cuando descubrimos que cada dos líneas de cuatro pasajeros, dos y dos divididos por un pasillo, pegados en las paredes había ventiladores. El aire acondicionado todavía es ciencia ficción. Bien, pues los ventiladores eran de aquellos que usted, buenamente, puede comprar en los chinos por 19.95 euros. Nuestro temor se convirtió en acto cuando le pulsamos al botón "on" y efectivamente el señor ventilador no le dio la gana ponerse en marcha.
Al lado de los ventiladores muertos, se erigían fluorescentes que cuando empezamos a movernos, el trote del tren hacía que Pachá o Ministry of Sound fueran meros aprendices en lo que respecta al juego de luces. El mareo empezó a despertarse.
Así que empezamos el viaje y como comentaba el vagón estaba lleno de vietnamitas y de moscas, mosquitos, abejorros, libélulas, Tyrannosaurus Rex y alguna que otra orca.
Entendimos que el juego nacional de Vietnam era levantar los pies, toda vez estaban sentados, y tocárselos con las manos en el mismo asiento, juntamente con emisiones esporádicas de risas (la risa es un lenguaje internacional) y de sonidos guturales que nos recordaban la cantina de Mos Eisley en la Guerra de las Galaxias (aquélla donde entraban Obi Wan Kenobi y Luke Skywalker y se encontraban a todo tipo de seres de otros planetas). Pues los ruidos eran algo así: "yuuu uaa, maoyinaaan, ooouuhhss, minoloaodk", y, en fin, un infinito elenco de ruidos que ellos llaman idioma. Debía ser súper divertido porque se partían de la risa. Nosotros ni pizca de gracia.
Debíamos llevar, por lo menos, unas cinco horas de viaje de las catorce que nos esperaban ya que habíamos partido a las siete de la tarde, así que mire mi reloj Panerai de apariencia cuatro mil euros y de precio no llega a diez, comprado y regateado en Hanoi un día antes y me di cuenta que sólo habían transcurrido no más de veinte minutos de eterna travesía y comencé a hablar solo: "no puede ser que llevemos veinte minutos todavía".
El trote del tren era feo, no era como aquellos cercanías de hace veinte años que me montaba en la Estación de Francia en Barcelona con mi yaya y que salían a la hora que querían, dirección Pineda de Mar, con asientos de piel raídos y con ventanillas atrancadas que sólo bajaban o subían cuando ellas querían, no cuando mi yaya lo intentaba. También, recuerdo que mi yaya me daba un bocata en algún momento del viaje, que solía ser entre Llavaneras y Sant Pol y una lata de Coca-Cola normal ya que todavía no existían las light ni las zero.
Pero el hedor me devolvió al mundo real con una patada en la nariz, o tal vez al mundo surrealista, porque algo parecido a la comida había entrado en el vagón de la mano de una vietnamita con cara de pocos amigos. Giré la cara hacia el pasillo y vi una olla enorme de dimensiones fálicas freudianas. Inmediatamente las dos chicas que estaban sentadas detrás nuestro, pies desnudos, por supuesto, me vieron la cara y les entró la risa fácil e inaguantable ni para ellas ni para mí al ver la desolación y pánico en mi sudoroso rostro. Algo se dijeron en vietnamita que seguro que venía a ser algo como: "pero qué narices están haciendo estos dos tíos aquí".
Y yo me preguntaba lo mismo.
La olla de las ollas aterrizó a mi vera y la amable camarera me espetó algo imposible de entender a lo que le respondí en un más que notable castellano "no, gracias"; total, no hablaban inglés así que o todos moros o todos cristianos. El contenido se parecía a una sopa blanca, y en este caso me gustaría enfatizar que aquí la sopa es el epíteto, porque blanca seguro que era pero al entrarme arcadas retiré la mirada cual lince corre detrás de su presa. Y pensar que yo me había reído viendo al pobre Indiana Jones ese comiendo sopa de ojos.
Mis fuerzas menguaban; no podía más y no llevábamos ni una hora, así que saqué las Oreo y me las comí con Sprite caliente. Debo admitir que para ese momento y estando en esas tierras fue un verdadero manjar. Todavía me acuerdo cuando, mucho más tarde, oteamos a lo lejos, encima de un rascacielos enano de Saigón, un letrero de Pizza Hut. Qué manera de abrazarnos.
Y me empezó a venir la mala ostia, normal, déjenme que les recuerde el contexto hasta ahora: calor, no calor normal, calor asqueroso, calor "kaka", como dijo mi amigo, calor muy asqueroso, hedor de comida putrefacta, más olor a pies, cientos de ellos, ventiladores muertos, mosquitos a doquier y las luces ibicencas, ¿qué más podía pasar?
Pues que pararon el tren para vaciar los urinarios. Ipso facto, cuello de camiseta Nike sudada hacia arriba, en plan Ejército Zapatista de Liberación Nacional y gritamos: "¿pero, qué, es, esto, por Dios?". Los vietnamitas lo entendieron, estoy convencido, y ya no aguantaron las carcajadas, éramos su particular Circo Español. El vagón entero se hundió en interminables aplausos y bajo esta soberana ovación a los dos turistas, que no viajeros, nos decían cosas y nos apuntaban con el dedo preguntándose cómo podíamos tener esas caras de mamelucos perdidos en medio de Vietnam.
Nos dimos cuenta de que los mosquitos que había antes eran sólo una humilde avanzadilla, ya que a las pocas horas llegó todo el ejército. Pero no nos iban a coger desprevenidos, veníamos preparados. Nos pusimos velozmente la pulsera antimosquitos en la muñeca, en el tobillo y casi me pongo una en la nariz. Además nos rociamos de todo tipo de cremas de las que te dicen en las farmacias que van geniales.
Pero al contrario: parecía que les dábamos de comer. Venían todos a por nosotros. Creo que pensaron que éramos el plato especial del día. En ese momento pensé en Rambo y entendí, entre otras cosas, porqué perdieron la guerra los americanos.
Me levanté casi sin energía pero con ganas de luchar y me cambié la camiseta por las de un dólar con la estrella amarilla de Vietnam y "los otros" seguían riéndose y, cómo no, tocándose los pies. Me vino a la cabeza cuántos años podrían caerme si mataba alguno, y de esta manera no pensé más en los mordiscos de los mosquitos.
Otra parada y todos los meados a la vía y que no pare la fiesta y la rabadilla la tenía clavada en el píloro y medio loco, le robé el mp3 al amigo, el mío lo había dejado en Barcelona no fuera el caso que lo perdiera allí, cuando más lo necesitaba. Las paradas que hizo el tren además de ser eternas fueron incontables. Me levanté a las mil y algo horas, cuando el tren seguía gimiendo, por enésima vez medio inclinado y "los otros" dormían perfectamente ensillados en sus butacas made in and for Vietnam o bien estaban tumbados en el suelo porque había siempre algún hueco. Me fijé que jugaban inconscientemente al Tetris humano.
Les driblé de puntillas hacia el baño aunque cuando abrí la puerta de los reservados, me di cuenta que aquello no era un baño, aquello era el infierno. Allí Satán no hubiera entrado. Se hubiera hecho pipi encima. Además justo en la entrada había una luz cenital que doy por supuesto que tanto la Gestapo como la Stasi habían utilizado ese modelo para algunos de sus interrogatorios.
Acabé, salí y me dirigí hacia mi silla de torturas particular y encuentro que mi amigo había invadido mi sitio tumbándose en los dos asientos, con el agravio de que se había apropiado de mi antifaz de zorro mejicano que llevaba porque si hay luz no duermo y mi collarín de viaje que anuncian en el tele tienda junto con el kit de viaje por 9,95 euros, gastos de transporte no incluidos.
No sabía si despertarle, pegarle, quemarle a lo bonzo o dejarle dormir y allí es cuando me vino la desesperación. No recuerdo nunca haber utilizado esa palabra en mi persona, pero es que estaba desesperado.
Si me hubieran dicho "Pedro paga mil euros por una litera en primera clase", las hubiera pagado y de regalo un riñón o el bazo que según me cuentan amigos médicos se puede vivir sin alguno de estos miembros al menos durante un tiempo.
Opté por dejarle dormir, agarré una toalla y de nuevo de puntillas, esquivando cuerpos y mosquitos, bañado en mi sudor y con el olfato atrofiado me senté delante del baño y me apoyé en la puerta opuesta de la que en teoría se abría al llegar a las paradas. Con la toalla haciendo una campana en mi cabeza me protegí un poco de la luz criminal y me dormí por pena y con pena. Pensé que si se abre la puerta pues que le vamos a hacer.
Así aguante tres horas más hasta que me desperté roto, literalmente roto. Paró el tren. Era de noche cerrada y pude bajar 5 minutos y disfruté de las estrellas y la luna de Vietnam y eso no sé cómo describirlo porque no se han inventado todavía las palabras exactas para expresar lo que sentí o yo no las he aprendido.
Volví al vagón y encontré un par de sitios libres de gente que había bajado y me hice fuerte. Ya nadie me los pudo quitar y escuché durante dos horas a The Cure mientras amanecía. Así que a la desesperanza, dolor y tristeza le añadí unos toques de melancolía.
Llegamos después de catorce horas y se pueden creer que hoy desde la oficina a miles de kilómetros de distancia, los echo de menos a todos: a los vietnamitas riendo, a la súper olla, a la cosa blanca, a los mosquitos, a las luces, al palo de la rabadilla, al olor de los baños no, a las sillas enanas, a las tormentas, a la luna sobre Vietnam y a la noche vietnamita.
Ahora bien, me perdonarán cuando les diga que ya no soy un turista, ya no me siento uno de ellos, ahora soy un viajero.
En el preciso momento de poner el pie en el suelo de Hué, me entraron ganas de llorar aunque los The Cure me cantaban boys don't cry.
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Últimos comentarios
aleburin dice:
Simplemente genial. Ser extranjero a veces es casi pertenecer a otro planeta. Y de alguna manera es así. No nos damos cuenta de todos los pequeños ingredientes de nuestra cultura hasta que nos sacan de nuestra rutina y verdaderamente nos sentimos perdidos.
Te puedo contar un día perdida en Tepito, una feria de un par de manzanas en Ciudad de México ¡Y eso que hablamos el mismo idioma!
Un placer leer tu diario. Espero la continuación...
Publicado
mirnoca dice:
Muy entretenido tu diario,bueno cuando uno conoce ese tipo de realidades es cuanto mas quiere a su tierra, y cuando tus compatriotas alegan de que la movilizacion, la educacion , la salud etc...etc estan tan mal, uno les dice " si yo estuve en tal lugar y esto es un paraiso al lado. eso es lo entretenido de viajar y conocer otras realidades y culturas.Al igual que Aleburin un placer leer tu diario. Un abrazo
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Antoni13 dice:
Muy bueno. Me encantó.
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Jose-pfa dice:
Gran relato, compañero.
Vietnam ha estado este año entre mis opciones de viaje, al final descartada temporalmente, pero sigue en la recámara para un futuro próximo. Me ha gustado cómo transmites ese punto por el que muchos pasamos, de turista a viajero, esa mutación o evolución, que a veces se cobra el precio de una rabadilla, una pituitaria, o algunas vértebras a punto de quebrarse, pero que tiene una recompensa muchas veces inimaginada desde nuestra poltrona occidental y a veces malcriada.
Sigue escribiendo, yo seguiré leyéndote.
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Lalar dice:
Excelente relato !!! el sudeste asiático será mi próximo destino para el año que viene !!!
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juangalmes dice:
Después de los estrictos y rigidos sistemas europeos con sus trenes puntuales y todos pitucos creo que no se debe defenestrar lo que tienen otros paises con realidades diferentes, em resulta mas divertido y emocionanet viajar en trenes "chotos" que en trenes donde tenes todo servidito, debe ser porque soy de Argentina supongo. Simplemente no me gustó tu relatoya que lo considero un poco egoista, y no diría racista ni nada de eso..simplemte poco tolerante, ya que ese viaje en tren no creo que te lo olvides mas... Saludos
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nehomarm dice:
Jajaja que loco tu diario, eso por aca en sur america seria un mero paseo, lo que si me reventaria serian esos asientos maden in ando for vietnan ya que mido 1.90
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Quela dice:
Fantástico diario, hasta he olido el caldo blanco, he sentido la estrechez y el calor húmedo.
Me ha encantado.
Un abrazo desde los madriles
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Quela dice:
Lástima que no haya fotos. Me hubiera encantado verlas.
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ZIPIROT dice:
Muy bueno, dentro de una semana me voy para Nam y creo que no cojeré ese tren....
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cscheuch dice:
Una obra de arte tu relato...venia por datos, y me fui con una gran historia...
abrazo desde chile...
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Lely12 dice:
Excelente historia!...cuantos detalles! Senti todos los aromas y detalles! jajajaj
y me sumo a lo de las fotos!...
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