1.300 millones y yo

Escribe: Syd
Ecos de la China

 

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Xi'an-Guilin

Guilin, China — martes, 15 de noviembre de 2011


     A pesar de la maratoniana jornada del día anterior, conseguir el billete de tren fue realmente sencillo. A pesar del estrés que puede ocasionar en toda persona occidental el solo hecho de poner el pie en una sala de venta de tickets de tren de una ciudad de China, esta vez la dependienta hablaba perfectamente inglés y se encontraba relajada (acababa de relevar a su compañero), con lo que la cosa fue hasta satisfactoria, excepto por un motivo. Litera dura, eso sí, pero la de arriba. Me puse de mala leche, pero me tuve que aguantar. Podría haber luchado contra el viento, pero los taoístas se habrían reído de mí.
     Decidir ir directamente a Guilin suponía dejar de lado Luoyang. Esta ciudad, importante en un tiempo antiguo, no me hacía ninguna ilusión, salvo por la visita a las espectaculares grutas y, especialmente, por la visita al famosísimo templo de Shaolin. Esto me dolió. He de confesar que una de mis aficiones de niño era ver aquellas películas antiguas de kung fu, donde la belleza y las artes marciales se unían con la destreza y el misticismo. Y es que los habitantes del templo de Shaolin, a diferencia de los taoístas de Wudang shan, no eran sino monjes del budismo zen, que tras sus largos periodos de meditación encontraron una forma de ejercitar su físico que no estuviera reñida con la práctica del camino interior. Sin embargo, si quería visitar Shaolin, habría de desembarcar en Luoyang a medianoche, y partir a Shaolin al día siguiente, y con el poco tiempo de que disponía, lo mejor era desistir. Además, lejos de la leyenda, hoy en día el templo de Shaolin se ha convertido en la casa del turismo, capaz de recibir cantidades ingentes de ingresos económicos diarios, lo que le hace perder casi todo su atractivo inicial.
     Así pues, me embarqué en mi séptimo tren y me dispuse a pasar las más de 27 horas de viaje que me quedaban por delante de la mejor manera posible. Esta vez, la filarmónica se compuso de los habituales ronquidos y bramidos han, como acompañamiento, aderezados por el angelical coro de varios niños pequeños en gloriosa inspiración y las voces solistas de varias mamás soprano y varios papás tenor, en tonos de magistral oronda desaprobación. Si en el fondo son adorables.
     Viajando, me gusta observar las reminiscencias de la China de otra época. Las de un pasado reciente. Las de la China comunista. Sobre todo de noche. Son como las huellas recientes de un gigante que caminó estas sendas pocos años atrás, y los pedacitos de barro, erosionados y secados por el sol, aún podrían unirse con la habilidad de quien resuelve un rompecabezas y consigue vislumbrar la historia completa. Me gusta observar las fábricas nocturnas que a veces desfilan en el paisaje, es fácil imaginar un pasado lleno de ellas, donde los sacrificados trabajadores soñaban con un mañana mejor, o algunos rótulos de letras casi gigantes de color rojo, que impactan el paisaje y nublan la vista, omnipotentes, sobrecogedores. Otro cachito de la huella son los edificios enormes, de colores opacos y monótonos, de ventanas pequeñitas y tonos azul oscuro, donde se aglutinaban las familias pensando en el progreso del país. Pero quizá el trocito de barro seco más importante de todos sea observar el propio comportamiento de las personas. Hay algo en su rutina, en sus costumbres, en sus actitudes y movimientos que te hace sentir que no hace mucho estuvieron viviendo de forma plenamente comunista. Dicen que los chinos son fríos, pero lo que ocurre es que han aprendido a sobrevivir soportándose los unos a los otros dentro de una comprensión de las necesidades colectivas ejemplar. Es un poco difícil de explicar, pero como símil es algo parecido a la sensación que tendríamos si pudiéramos poner los pies en el interior de una colmena de abejas, en la que creeríamos sentir una especie de fuerza compartida de origen común, que ejerce de motor y al mismo tiempo de corazón, y que da pie a la creación de una sociedad donde el beneficio que se busca conseguir es colectivo. Fue la sociedad donde este tipo de comportamientos fueron aprendidos. Y aún hoy quedan latentes muchos de ellos. La manera de esperar pacientemente su turno, la forma de aceptar los contratiempos, el estilo que tienen de ponerse a bailar en un parque todos a la vez, o de montar en bicicleta como si circularan en perfecta conjunción dentro del estrepitoso caos del tráfico. Y una de las más importantes, es la forma de vestir. Y cómo explicar esto. Casi todos los señores de cierta edad, e incluso muchos jóvenes, tienen una forma de vestir muy parecida, y vistos todos en grupo, se podría decir que los colores que más abundan son, por este orden, el azul oscuro, el negro, el gris y el marrón oscuro. Es casi como los edificios más antiguos. Una vida monocroma. Y esto entra dentro de mi teoría sobre el control comunista, donde si usas colores apagados, no despiertas las ansias de poseer de la gente, al contrario que los colores vivos y alegres, los cuales despiertan en los seres humanos distintas sensaciones y emociones, pudiendo despertar el ansia de poseer. Como la propiedad privada. 
El rojo se reserva para la bandera.
O a lo mejor es que son horteras sin solución.
Fuera de bromas, puedo comprobar, en una China a mitad de camino entre el pasado y el futuro, que de lo que tiene miedo el mundo occidentalizado mercantil sobre este país no es sino de una China sin escrúpulos y plenamente capitalista del beneficio sin piedad. Qué ironía.
     El tren avanzaba recorriendo las tierras de la China central apuntando hacia el sur. En este por las vías deslizar se iban comenzando a suceder toda una suerte de paisajes que por las tierras del norte no podían brotar. El sol comenzaba a iluminar casi todas las horas de luz del camino y la vida natural mostraba su cara más verde e intensa, rebosando fertilidad y vitalidad. El nuevo clima empezaba a hacer desaparecer casi todas las prendas de abrigo, haciendo mejorar el bienestar de mi cuerpo, tan adaptado al verano clemente de mi ciudad. Y el agua comenzaba a despertar, amplia, como su majestad, ocupando a veces todo el ancho del paisaje que la visión dejaba contemplar. Pequeños cultivos de arroz dejaban ser encontrados, haciendo adivinar que las grandes plantaciones pronto estarían por llegar. Atrás, en el recuerdo, quedaba el frío glacial de los Himalayas y las latitudes del mundo septentrional. En mí, una sonrisa comenzaba a brotar. Me gusta el sur.
     Y cómo escribir sobre esto. Hay unas zonas de peligro en los trenes de largo recorrido de China. Hay unas zonas donde no rigen las leyes al más puro estilo de las aguas internacionales. Los descansillos para fumadores de las conexiones entre vagón. Aquí se reúnen toda una serie de seres y personajes cuya curiosidad no conoce límites y cuyo repertorio de actuaciones y peripecias garantizarían un seguro óscar a la mejor película extranjera. Y ahí me encontraba yo, en la zona roja del país casi rojo, una vez más, sabedor del peligro que ello conlleva y actuando en consecuencia. Pero por otro lado, en su favor, también es donde se puede llegar a gozar de las mejores visiones en la contemplación de las ilimitadas secuencias de paisajes. Lo típico es saber la nacionalidad, qué haces en China y si estás casado y por qué no. Pero una cosa llevó a la otra y otra vez me volví a convertir en la atracción del vagón. Así, me dieron asiento alrededor del cual un corro de visitantes ocasionales y otro de abonados de tribuna se agolparon entre el traqueteo de las vías y las voces de los vendedores al pasar. Hubo risas, cervezas, fotos y bromas, de los que no voy a detallar, y esta vez sin la presencia de ningún traductor, con lo que la diversión y el entretenimiento estuvieron garantizados. Y en toda revuelta hay siempre un cabecilla. Tenía cuarenta años y llevaba el pelo corto y gafas de cristales cuadrados. Su curtido espejo del alma no podría ser centella de muchedumbre a no ser de ese aire picaresco y travieso que arqueaba en su sonrisa. Su escudero, de panza como Sancho, abrió fuego y raudo se apartó a un costado, donde la hostilidad del contratiempo se pasa mejor a cubierto y se descansa mejor sin ser visto. Cabalgaron día y noche en el estrecho carricoche y de sus hazañas se contaban hasta las entrañas. Y de todo lo álgido hay un hacia abajo, y de todo don Quijote, calamitoso desenlace. Y lo que pasó es que el afamado don Quijote acabó borracho como una cuba y a sus compañeros de vagón no les hacía ya mucha gracia, con lo que que decidí marcharme al mío, no sin antes poder presenciar como me reverenciaba y me besaba la mano. Un óscar.
     Con veinte minutos de retraso, a 40 para la media noche, el tren llegó a Guilin.



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