Mi viaje por Gambia y Senegal

Escribe: A-Orihuela
Un viaje por las entrañas por Gambia y Senegal

 

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Por el rio Gambia

Georgetown, Gambia — jueves, 9 de junio de 2011

POR EL RIO GAMBIA
 
 
A las seis de la mañana estábamos desayunando,  era lunes  29 de noviembre y  poco después nos íbamos a Denton Bridge un  embarcadero modestísimo cercano a Banjul  desde donde remontaríamos el rio Gambia durante tres días hasta Georgetown. La desembocadura  del rio es muy ancha, casi  doce kilómetros, por lo que apenas se ve la otra orilla  y el paseo  de momento no era tan vistoso como esperábamos.  No había nadie mas por el rio, nos movíamos en  la más absoluta soledad, no nos cruzábamos  con otras barcas y eso que el río cruza  de este a oeste todo el país, durante más de cuatrocientos kilómetros, y podría constituir una auténtica vía de comunicación de personas y mercancías dado que las carreteras en Gambia son muy deficientes, pero no, apenas vimos a nadie.
 
Navegábamos inmersos en esa grandiosa soledad,  pegados a una de las orillas toda llena de manglares. Decir  que algo más del 20% del territorio gambiano está cubierto por manglares y  que son un biotopo de bosque característico en los estuarios de ríos trópicos y zonas de marea. Empezaban a verse aves de diversas especies, entre ellas unas espectaculares garzas oscuras de gran tamaño. Pero fue al atardecer cuando se mostraban en grandes bandadas , no tenias sino que entreabrir los ojos y verlos pasar en lo alto mientras el tiempo parecía pararse según íbamos rio arriba.
 
Supimos de Abdulay  que era musulmán aunque de ninguna manera  radical  y que bebía cerveza cuando cuadraba y comía jamón si se le ofrecía. Tenía 60 años –que ni de lejos  aparentaba- y  tres esposas, dieciocho hijos y no sé cuantos hermanos. La primera de sus mujeres le fue impuesta por sus padres, la segunda elegida por él  de Guinea-Bissau y la tercera, consecuencia de una relación extra familiar relativamente reciente, de la que nació su último hijo.  En su casa –nos dijo- viven junto a sus mujeres e hijos, sus hermanos pequeños, su madre y algún pariente más a su cargo hasta un total de treinta y cuatro personas.
 
Navegábamos dejando pasar las horas mientras  Abdulay nos contaba historias de su país,  de la idiosincrasia  de sus gentes, le hacíamos todo tipo de preguntas. Es muy buen conversador, para  cada momento tenía un comentario  apropiado y no se arrugaba cuando  las preguntas eran más escabrosas.  Así hablamos largo y tendido, de la ablación, de la circuncisión, de la corrupción, de los ”cadeaux”, del turismo sexual, de la esclavitud y sus nuevas formas, de la poligamia, del repudio de la mujer, de los matrimonios concertados… de un sinfín de temas.
 
El tema de la ablación, de la mutilación genital merece atención especial. Tal rito  está muy difundido en casi toda África  por debajo del Sáhara, practicándose por igual entre animistas, musulmanes, cristianos y judíos y no tiene relación alguna con el Islam ni base en el Corán. Es una práctica muy anterior a estas religiones y  se sabe que  no se limita al continente africano, pues subsiste en varios países de Asia, América y entre los aborígenes de  Australia.
Son varias las razones que se arguyen para realizar tan  aberrante ceremonia. En el África subsahariana  se presenta como una ‘purificación’ de la niña para prepararla en el papel de esposa y madre que no podría ejercer sin esta mutilación ritual. Otros creen que una mujer que no pasa por ello será estéril o que la ablación es necesaria por motivos estéticos. También hay quien señala que una mujer ‘circuncidada’ tiene un impulso sexual menor y por eso guardará más fácilmente la fidelidad conyugal. En otras ocasiones se llega a fundamentar en que se trata de hacer desaparecer en la mujer lo que en su organismo existe de varón,  en la convicción de que el clítoris puede crecer como un pene si no se circuncida, lo mismo que cuando se circunda a los varones se está tratando de eliminar todo rasgo femenino.
  Han sido varios los guias en distintos países en  África que  nos han dicho que  tal decisión  corresponde a las mujeres y según explicó  Abdulay a ninguna de sus hijas ha permitido que se les practique. Poco a poco tal aberración  va desapareciendo y  aunque  en Gambia y en Senegal,  está expresamente abolida se sigue practicándose sobre todo en los pueblos y aldeas del interior, existiendo etnias como la “mandinga” que la  práctica de forma mayoritaria.
Lo malo es  que por la expresa prohibición vigente, las madres no pueden llevar a sus hijas a clínica alguna, con lo que los riesgos aumentan considerablemente por las rudimentarias técnicas de corte que se están aplicando, sin anestesia por supuesto y muchas veces utilizando  simples cuchillas de afeitar  u otros instrumentos rudimentarios en condiciones penosas lo que conlleva  a menudo, complicaciones por hemorragia o infección. A pesar del pausado descenso de la ablación la mayoría de las mujeres gambianas de entre 15 y 49 años han pasado por dicho  ritual y éstas mismas mujeres, ya adultas, son las que quieren que sus hijas continúen la tradición
 
 Como el tema para nosotros es interesante no dejamos de hurgar en él aunque   apenas interesa a los hombres africanos y  después de oír tantas voces sobre ello he llegado al convencimiento de que no se trata de una subyugación de la mujer por parte del hombre, dado que la ceremonia es siempre un asunto estrictamente femenino. Por mucho que nos extrañe a los europeos, son las mujeres las más reticentes en abandonar esta tradición hasta el punto de que muchas la practican en sus hijas o nietas contra la voluntad expresa de los padres.
 
Entiendo que la única manera de erradicarla es via concienciación y sin herir sensibilidades  de cada pais y  no entrar a saco como se está haciendo hasta ahora,  lo que motiva  que muchos paises lo consideren   como un entrometimiento en la  capacidad de decidir  y sus costumbres .
Quizá  sea  como aquí las corridas de toros mientras a unos les parece aberrante  otros lo considera  auténtica cultura
 
Por  otro lado  constatamos   cómo los matrimonios concertados  son muy habituales en África  nada raro y menos aun si pensamos que en  las culturas que llamamos occidentales hasta hace cuatro días también imperaba este tipo de matrimonios y solo mucho mas tarde  el binomio “amor-matrimonio” se fue imponiendo.
 Hablamos de la esclavitud que aun sigue “vigente” y que sigue existiendo en los poblados del interior, donde incluso hay aldeas enteras de esclavos o de descendientes de ellos, que se siguen considerando tales.  Al parecer  los descendientes de los esclavos, en su día una práctica legal,  tienen una vida mas cómoda  que siendo libres. Siguen trabajando sin remuneración alguna en las  tareas domesticas, el cuidado del ganado, el cultivo de los campos, etc y sin preocupación alguna de buscarse la vida por cuanto eso corresponde a sus “amos”.
 
   Navega que navega , habla que te habla  llegamos a la pequeña Isla de Fort James, que se encuentra casi en mitad del río Gambia, que hasta su abandono en 1.820 fue un lugar de tránsito, custodia y reembarque de esclavos. En la ribera norte, a unos dos kilómetros de la Isla, se encuentra la aldea de Juffurh que a finales del siglo XX se convirtió en el lugar más visitado de Gambia y es que los americanos negros vinieron en tromba a ver sus orígenes africanos por cuanto se dijo que era de aquí, de estos parajes, de donde había partido el Kunta Kinte de verdad cuya vida se llevó al cine  con un rotundo éxito.
Nosotros  nos limitamos a desembarcar en la pequeña Isla, más bien islote, en el que se encuentran las ruinas de un viejo fuerte colonial donde se agrupaban los esclavos antes de su envío a América.  Nos comimos un buen lomo que llevábamos de España a lo que no dijo que no Abdulay y por el contrario rechazaron los barqueros dada su proveniencia del cerdo.
 
Después de casi nueve horas de navegación, habiendo recorrido unos ciento veinte kilómetros  llegábamos sobre las 17,30 horas a Tendaba, pequeña aldea nativa en la que hay un albergue con unas chozas y habitaciones sencillas con mosquiteras, duchas decentes y un pequeño restaurante.  Es tan llano Gambia que hasta allí  llegan las mareas marinas durante unos ocho meses al año hasta el periodo de lluvias.
 
En la aldea de Tendaba  nos dimos una vuelta, llegando a lo que hacía las veces de escuela en cuyo patio unos niños estaban jugando descalzos al fútbol con un balón absolutamente cochambroso. Jugamos un rato con ellos y se acercó el maestro, con quien hablamos y al que  dimos 200 dalasis (unos 5 euros)  para que comprara un balón nuevo, eso sí previamente llamamos a un par de chiquillos para que fueran testigos y se lo dijeran a sus padres para que el maestro no tuviera la debilidad de quedarse con el dinero. Por votación eligieron comprar un buen balón antes que dos malos (todo por los 5 euros referidos). Como siempre digo, es difícil explicar las sensaciones que se pasan por la cabeza cuando uno vive estas cosas. 
 
Siguiendo con nuestro paseo, pasamos  junto a un grupo de mujeres que en grandes morteros machacaban grano, por supuesto nos pusimos a hablar con ellas en un francés macarrónico y mucho por señas. Les divierte mucho cuando te diriges  al grupo y preguntas quien está soltera y luego coges su mano y le  preguntas  si quiere    casarse contigo.  Eso si, han aprendido a que  a cada foto, a cada charla  pueden  sacarle algún beneficio. 
 
Después de ducharnos y de cenar en el mismo campamento  escuchamos a lo lejos música africana en vivo.   El caso es que se formaba un grupo en cuyo centro  estaba el griot  que, danzando, canturreaba al compás de unos sonidos musicales que venía de una kora y de una especie de bombo. Mientras, un numeroso grupo de mujeres  ataviadas  con sus ropas multicolor  escuchaban atentamente turnándose por salir a danzar  alrededor del griot con frenético ritmo dejándole siempre algún presente  al abandonar su danza.  Según nos contaría nuestro guía cada una de las salidas a danzar de las mujeres era debida a que el griot estaba narrando algo relativo –digo yo que bueno- a su familia.
La figura del griot  o jeli es muy importante en la sociedad africana subsahariana, en la que el lenguaje escrito sigue siendo el privilegio de solo unos cuantos. Es el guardián de la historia. Intervienen en todos los festejos de la aldea y la conocen como nadie. Luego sus descendientes contaran las historias a los descendientes de quien se las contó  a ellos  y lo harán  cantando y acompañándose  de un instrumento rústico, ya sea una maraca, una calabaza, una kora, o cualquier cosa que sirva para marcar ritmo.
 
Nos levantamos temprano y pudimos  presenciar un nuevo amanecer  en el  río que se volvía  mas  serpenteante. Más arriba nos encontramos con una pequeña aldea de nombre Kunda Tenda donde bajamos. Si José Luis y David  habían  hecho mil fotos a  todo lo que se moviera  en la aldea anterior, en ésta más recóndita y menos visitada se volvieron locos. No era para menos y es que estábamos en plena África a la hora de la comida con el ajetreo que eso supone. Todo, absolutamente todo, era auténtico y no se veían influencias ajenas al encontrarse fuera de los circuitos turísticos gambianos habituales. Como siempre sucede, al ver los niños que nos aproximábamos con intención de desembarcar acudieron  en masa  – les llegaba algo distinto- y tenían una curiosidad inmensa.

Nos dejaron hacer fotos (sin pedir dinero a cambio),  las mujeres más jóvenes, mejor dicho las chiquillas ,  eran  coquetas  e incluso  se cambiaron de ropa un par de veces y se paseaban por el poblado. Los niños más  pequeños nos pedían de todo, se llevaron las botellas de agua  de plástico vacías  que automáticamente  convertían en juguetes. Los  mozalbetes y los hombres  holgazaneaban  esperando a la comida y  al saber que éramos españoles no dejaban de hablarnos del partido que por la tarde enfrentaría al Barcelona con el Real Madrid.
   Reembarcados, nuestros barqueros nos prepararon un muy buen almuerzo, basado en un pescado que instantes antes habíamos comprado a unos pescadores,  y el consabido arroz.  Mientras comíamos pudimos ver algún hipopótamo y poco  después, ya en el  atardecer,  se desperezaron los pájaros y monos apareciendo  ante nuestros ojos.


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