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Encantadora... Guatemala

Escribe: Bertuco
Este es uno de los mejores viajes que he realizado, por lo maravilloso del país, por las gentes que lo habitan y por las personas que me acompañaban. Hice en su día un diario del viaje y, ahora, para estrenarme en este blog, os le muestro.

 

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Flores (Peten)

Flores, Guatemala — jueves, 8 de mayo de 2003

Jueves 8 de Mayo del 2003.         Flores Peten.
           
            Me levanté sonriendo, me duché y salí a dar el último paseo por los jardines del hotel, ya que hoy partíamos hacia Flores. Hacía una preciosa mañana como lo era la vista del río Dulce desde el embarcadero. Después de desayunar preparamos, una vez mas, las maletas y nos dirigimos a recepción donde Antonio ya esperaba, transmitiendo la habitual tranquilidad a la que nos tenía acostumbrados.
            Emprendimos la marcha, siendo nuestro primer destino en el día de hoy, localizar un centro perteneciente a una ONG a cuyo cargo estaría un niño apadrinado por Juan Carlos y Rocío. Tras un primer intento fallido y gracias a la ayuda visual del logotipo que ya conocíamos, le encontramos a las afueras de un pequeño pueblo. Era una sólida y cuidada construcción en contraposición al resto de las edificaciones. Nos recibieron amablemente en una sala en la que nos llamó la atención, por una parte, los modernos ordenadores que ocupaban las mesas, y por otra, la anticuada bandera española que la presidía, con el águila imperial resaltando en el centro (evidencias, ambas, de la cuantía y procedencia del dinero, del cual, dependían). Se llevaron a Juan Carlos y Rocío a otras dependencias y les explicaron el funcionamiento de la organización. Comprobaron que su ahijado figuraba en la base de datos y que le hacían llegar a su lugar de residencia (un pueblo que estaba bastante alejado de allí) los medios necesarios para su educación. Satisfechos de comprobar que allí se estaba realizando un proyecto serio, continuamos el viaje.
            La siguiente parada no estaba prevista y fue obligada. Se trataba de un control del tráfico de frutas y verduras, habitual en este país. Al ver a los policías armados nos acojonamos un poco y César, portador de una verdura muy especial, la escondió en el respaldo del asiento sin advertir la presencia de uno de los policías junto a la ventana. Nos invitaron a salir del autobús y entraron a registrarle. Fueron momentos de tensión e incertidumbre (si me pinchan no sangro). Finalmente, nos permitieron continuar y nuestras pulsaciones pudieron, poco a poco, normalizarse.
            Llegamos a Flores a media mañana y nos dirigimos directamente al hotel Santana, situado a orillas de lago Peten Itza. Nos acomodamos en su bonito porche con vistas al lago y aliviamos el reseco del viaje con unas cervezas y un jugo elaborado con frutas que Emilio había adquirido en el trayecto.
Teníamos previsto un paseo en lancha por el lago, por lo que, una vez, instalados en las habitaciones, nos encaminamos a un pequeño embarcadero que estaba situado al lado del hotel. Allí nos esperaba, en una vieja barcaza, su patrón. Nos acomodamos en sus bancos, repartiendo el peso para facilitar su navegación, y pusimos rumbo hacia una playa. Íbamos todos menos Darío que no se encontraba bien y se quedó en el hotel. Al cabo de menos de una hora llegamos a nuestro destino y, después de desembarcar, el barquero regresó a la ciudad. El lugar no era lo que, normalmente, conocemos como una playa. Una de las orillas del lago la habían acondicionado, arreglando su vegetación e instalando unas mesas con bancos y cubos de basura (estos harían una buena función si alguna vez fueran vaciados). Al fondo, una caseta con lo que debían ser los baños (no quisimos comprobarlo) y, de la cual, se acercaron unos mozos a cobrar el canon que conllevaba la utilización tan magnificas instalaciones.
Ocupamos una de las mesas y nos dispusimos a darnos un baño. Emilio nos mostró la nueva moda de baño de este año en Guatemala, farda pollas negro, zapatos negros y calcetines de rombos (arrebatador). Teníamos que ir con cuidado porque el fondo estaba lleno de piedras, pero el agua estaba buenísima. Hace mucho tiempo podías servir de alimento a los cocodrilos, hoy en día, lo único que nos llamó la atención fueron las conchas de caracolas que encontramos, abandonadas entre las piedras. El resto del tiempo lo pasamos charlando y dando cuenta de las bebidas que llevábamos en la nevera.
El barquero regreso a la hora convenida y navegamos de vuelta a Flores. Una vez allí, Emilio nos dio la tarde libre para que pudiéramos practicar el arte del regateo. Compramos ceniceros decorados, pulseras, camisetas, ...., pero lo mejor resultó el regateo que mantuvimos Amparo y yo para conseguir un instrumento de percusión típico de la zona. Hubo un toma y daca con el comerciante, que era un pillo, hasta finalmente llegar a un acuerdo que consideramos bueno. Cuando salimos, entraba Juan Carlos (maestro en este arte) y se lo contamos orgullosos, felicitándonos por la compra. Le dejamos allí y nos fuimos a tomar algo a un bar muy bonito situado al lado del hotel, en el que, curiosamente, no tenían cerveza gallo. Cuando vino Juan Carlos nos comentó que había sacado un precio bastante mejor que el nuestro por el instrumento, eso sí, con la condición de que no nos dijera nada. Amparo y yo nos miramos como diciendo: si vamos para allá le capamos.
Fuimos a cenar a un restaurante que conocía Emilio. Tenía una acogedora terraza y nosotros un hambre voraz, ya que desde el desayuno no habíamos probado bocado. Yo me equivoqué en la elección del menú, ya que pedí costillas con salsa barbacoa y, dicha salsa, tenía un sabor dulzón que no me gustó nada.
Después de cenar, unos se marcharon a dormir y otros (los mas crápulas: César, Diana y un servidor) nos fuimos a tomar algo por ahí con Emilio. Entramos en un bar, compramos unas cerves y buscamos un lugar agradable y discreto para beberlas. Lo encontramos, junto al lago, y nos sentamos a disfrutar de la tranquilidad de la noche. César se puso a trabajar en la manufactura de un peta, mientras Emilio empezaba a contar uno de sus chistes verdes. En ello estábamos cuando, una pareja de policías montados en sendas bicicletas, aparecieron de repente por el callejón, deteniéndose a escasos 25 metros de nosotros. Así, permanecimos durante un buen rato, charlando y bebiendo, esperando que el dúo continuara su ronda, circunstancia que no ocurriría. Parece ser que, nos explicó Emilio, que nuestra presencia les resultaba tan incomoda a ellos, como la suya a nosotros. Su intención era la de colarse en una casa donde les esperaban dos mozas que pretendían hacerles mas agradable la guardia, y la nuestra, en ese momento, se hallaba esparcida por las rocas situadas bajo nuestro pies. Decidimos, pues, concederles la intimidad que merecían, aunque solamente, sea por la antigüedad de su cargo. Nos despedimos de Emilio y nos fuimos a mi habitación del hotel, esperando que a Darío no le importara. Tal como le había dejado nos le encontramos, postrado en su cama. Nos acomodamos en la terraza a reanudar la interrumpida operación: risas en la oscuridad. Darío se unió al club, aunque no tenía muchas ganas de reírse. Lo que si tenía es hambre, ya que no había comido en todo el día, por lo que le di unos caramelos que compré en Lidl y que tuvieron mucho éxito. Pasamos un buen rato, riéndonos y diciendo paridas hasta que, finalmente, decidimos irnos a dormir. Ahora el hambre lo teníamos el resto, así que, volví a rebuscar en la maleta y encontré unas chocolatinas (Kit Kat, haz un paréntesis en tu vida) y nos zampamos un par... con un par...
           

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